Aunque sólo hubiera sido una vez, ya nunca te parecerán iguales esas calles. Se dice que la Semana Santa es el tiempo sin tiempo, el momento en que las costumbres de todos los días saltan por los aires y casi todos, hasta los niños que lo llevarán siempre grabado, pueden hacer lo que nunca hacen a las horas en que casi nunca están. Es cierto, pero, ¿y el espacio? También la ciudad cambia en ese tiempo, se marca durante unos días, quizá sólo unas pocas horas, y las calles se visten de fiesta, se mudan en otras y se les queda una marca que conservarás durante muchos días por los mismos lugares. Hasta en los sitios por los que no pisa un nazareno está el aire del tiempo distinto. Por eso el Lunes Santo los Jardines de la Agricultura era un palacio verde para filtrar la luz a la Virgen de la Estrella, Claudio Marcelo y su templo un escenario para el momento en que al Señor lo condenan a muerte, Ronda del Marrubial la avenida para que la Merced ingrese en la ciudad vieja, la plaza de la Magdalena volvía a tener su parroquia abierta para rezar por los difuntos con el Cristo del Remedio de Ánimas y Horno de la Trinidad, por la que acortas cuando vas pisando la ciudad, era otra vez la calle que tiene que llenarse de los nazarenos que van con el Cristo de la Salud. Noticia relacionada general No No Las mejores imágenes del Lunes Santo de la Semana Santa de Córdoba 2026 ABC CórdobaPasó y pasará que en los meses siguientes esos lugares y otros muchos te suenen a marchas. Entonces los notarás distintos, cotidianos, acaso rutinarios y para no pensar en que son días como todos lo evocarás. No era la primera vez que disfrutabas en las calles de Cañero , con casas bajas, con naranjos, con colgaduras, con una estrechez como para ver venir un paso, ni tampoco era nuevo el dolor para dejarlo. Cuando vas a la plaza ya es siempre para ti el lugar en que se abre la casa del Señor de los Afligidos y al buscar sus calles que parecen iguales, pero que tienen nombres llenos de sabor – ‘Concilio de Nicea’, ‘Sancho Panza’- sabes que son aquellas por las que llega.Ni era la primera vez que salía ni llegaba por primera vez a la Catedral, pero el Señor de los Afligidos ya estaba en el Lunes Santo y se dirigía a la carrera oficial con las demás. Muchos decían en aquel tiempo que estaba para pedir la venia y este Lunes Santo tenía que hacerlo. A las cuatro de la tarde el fresco del Domingo de Ramos parecía haberse pasado y se había contagiado la emoción de los suyos. Salieron bastantes nazarenos, con cola blanca y estampa esbelta y en la penumbra de la iglesia se veía expectante al Ecce Homo hasta pisar la calle.Ofrenda y oracionesCuando el misterio estaba en mitad de la plaza, en la ofrenda ante el monumento al obispo Fray Albino, que promovió la construcción del barrio, el consiliario, Pablo Garzón, dirigió una oración por los feligreses fallecidos a lo largo de los años y también por las personas mayores y hasta dirigió la levantá con la que la cofradía se ponía en marcha. Había quien recordaba el diálogo entre Pilato y el Señor al ver una y otra vez el misterio de aire clásico con sus claveles rojos.Callejeaba pronto la cofradía y en aquellas horas de la tarde, con el sol fuerte, te pegabas a un costero, para buscarle a Jesús pronto la mirada y que no se te escapara. Era Lunes Santo y te dabas cuenta de que un paso que se marcha puede hacerlo para siempre y no te resignas, pero lo tuviste que dejar marchar hacia Córdoba y soñaste con que quienes no conocían al Señor de los Afligidos no concibieran desde ahora un Lunes Santo sin él. No podías dejar de recordar la música de la Redención, claro, porque allí donde está siempre tiene que dejar un hueco.Una ciudad sin cofradías en un día de Semana Santa parece dormir, estar en una calma extraña. Vacía, como si lo que de verdad importase estuviera en otra parte. Lo pensabas al buscar por las calles el lugar por el que tenías que encontrar a la Merced, que entraba en la Córdoba vieja por la plaza del Cristo de Gracia. Claro que echaste de menos Agrupación Córdoba, Caravaca de la Cruz y Sagunto, pero ya las tenías marcadas y ya te pasa que son calles de la Merced cuando te asomas alguna vez.La jornada se comportó de forma dinámica y ligera, pero aún así hubo quince minutos de retraso en la carrera oficial al finalEl sol seguía primaveral e inclemente tal y como debía de caer en el momento en que al Señor lo coronaban de espinas en el primer Viernes Santo. Ahora venía otra vez doliente, con la boca en un gesto que no se sabe si es de dolor o de oración por los verdugos y por todos los seres humanos extraviados. Las flores llamaron la atención por la combinación entre flores malvas y moradas, que a la luz clara tomaban matices y había que fijarse en el faldón frontal que han bordado José Luis Guerra en el medallón y Francisco Pérez Artés en el oro y que completan uno de los grandes pasos de Córdoba en estos años. A veces el cielo te bendice con un rincón de coincidencias hermosas. El Señor, con ‘Amor de Madre’ que cortaba la respiración en el dúo. Si a la Virgen de la Merced la asocias a calles, por aquellas en que buscaba la sombra, era con el palio azul y venía con el blanco. Claro que hay que acostumbrarse, pero el de ahora consagra un conjunto lleno de luz y además resplandecen las sedas que dan algo de contraste al oro. Era el mismo palio y distinto, desde luego más a juego con la advocación, pero cambiado en algo más que en el color, con un aura diferente. Pero eso para los detallistas o para cuando estaba lejos: al llegar la Virgen no había ojos más que para Ella, porque acaparaba toda la atención con la mirada, con la unción, con el dolor, con el frontal, con los perfiles. En las flores, blancas y variadas vistes azules muy breves que no parecían extraños en los últimos años, pero que quizá fueran un recuerdo del pasado. ¿Y había que despedirse en aquel momento? ¿Por qué una Semana Santa siempre tiene que ser tan breve después de haberse hecho esperar tanto tiempo? Otra vez la Providencia te dio algo para endulzarlo. En el mismo giro, ante las personas mayores de la residencia, sonó ‘Pasan los campanilleros’ y no te dejaste ni una nota por disfrutar mientras el palio se movía con una ingravidez insólita, como desplazado por una pequeña brisa, con las caídas golpeando en los varales con timidez.El Lunes Santo se había desatado y con la prisa hasta echabas de menos de ver, como otras veces, las cruces de guía y las insignias. Un jardín como el de la Agricultura da siempre una visión novedosa de una hermandad al tener que hacer curvas y medios círculos y los pasos se ven venir sin moverse desde varias perspectivas. Te impresionó otra vez ver andar al misterio del Señor de la Redención, con algo que más que dar pasos de humano parece deslizamiento portentoso impulsado por una música, la de su banda, que volvía a barnizar en perfección y elegancia cualquier partitura. Lo dejabas pasar y volvías, una vez y otra, y encontrabas al Señor abatido, y los detalles del misterio, y los claveles rojos, eternos y clásicos, y las ramas de los árboles te parecían pensadas para que una cofradía atravesara el lugar, y no eras el único que habías tenido la idea, porque ya se ha hecho un clásico del Lunes Santo.La cabeza engañaba a los que sabían que ya hay un diseño para los bordados de la Virgen de la Estrella , porque también debían esperar. No importaba en la majestad de sus proporciones, en la luz que se filtraba por los árboles y en la candelería encendida, aunque fuera a una hora tan alta de la tarde, también cautivaba en el misterio de los ojos caídos. Fue de los primeros pasos en tomar el camino de la innovación floral y maravilló con los claveles rosas que se mezclaban con otras especies.Por el Centro salía la hermandad de la Sentencia. De aquel primer Lunes Santo quedaba el recuerdo de la noche para huir de la lluvia y ahora lo veías poco después de las seis, con el sol en todo lo alto, y parecía todo distinto. También es ahora Barroso calle de nazarenos de túnica granate y de esperar al misterio sobrio y sutil. Iba esta vez el Señor con las manos atadas al frente, lo más habitual en las últimas décadas, con el oro de rey de su túnica inconmensurable, y quizá fuera el son clásico del Sol, tan suyo, como la evocación de viejos Lunes Santos en el Centro de la ciudad, en el friso severo de claveles rojos. Suspiraba el Señor en una tarde que empezaba a hacerse seria. La cofradía está en un buen momento y se nota y no había forma humana de moverse entre todos los que querían disfrutarla. Llevaba muchos nazarenos, eso se sabe, pero iban rápido y en organización impecable, y por eso serían muchos. Pudiste ver un poco más a la Virgen de Gracia y Amparo, buscarla en el palacio grande que se ha hecho su palio, fijarte en los nuevos varales de Ramón León, apreciar las rosas blancas y citarte para el reencuentro de la noche.El palio de la Merced mostró detalles nuevos en su regreso al blanco y se movió con una levedad que llamó la atenciónHabía cambiado el día de signo. San Lorenzo aguardaba a Ánimas después de dos años de suspensiones por la lluvia y parecía que no hubiera faltado nunca al escuchar la escala de avemarías, las campanas doblando por las almas, el ‘Miserere’ eterno. No importaba que no fuera de noche: la hace el Cristo del Remedio de Ánimas, la muerte que es dulce, la meditación que tiende a lo eterno. Era nuevo su velo de tinieblas, pequeña novedad de algo que tiene que ser tan eterno como su estampa. Echarás de menos que cualquier calle estrecha sea cortejo de Ánimas, compacto y austero, oír los misterios del rosario y buscar por allí a la Virgen de las Tristezas, que sorprendía en el detalle de las coronillas de las tulipas y en la sutileza extrema de los tonos rosas en su paso. Cuánto ha faltado en estos Lunes Santos en que sólo se la podía ver en San Lorenzo.Al caer la tarde nacía el Vía Crucis. Lo buscas por esas calles por los que va ninguna otra y te gusta, aquí más que nunca, ver llenarse la calle de nazarenos y crecer el ambiente recogido de una cofradía de negro a la que no se puede molestar. Un golpe de tambor detrás de otro hasta llegar al Cristo de la Salud, aspirar el silencio y rezar en esas calles que siempre te saben a su presencia, a esa Semana Santa distinta a la que no renuncias. El día avanzaba y se iba. Dejó un retraso de quince minutos en la carrera oficial y se fue por esas mismas calles que ya nunca tendrás que ver rutinarias ni iguales a las de cada día. Aunque sólo hubiera sido una vez, ya nunca te parecerán iguales esas calles. Se dice que la Semana Santa es el tiempo sin tiempo, el momento en que las costumbres de todos los días saltan por los aires y casi todos, hasta los niños que lo llevarán siempre grabado, pueden hacer lo que nunca hacen a las horas en que casi nunca están. Es cierto, pero, ¿y el espacio? También la ciudad cambia en ese tiempo, se marca durante unos días, quizá sólo unas pocas horas, y las calles se visten de fiesta, se mudan en otras y se les queda una marca que conservarás durante muchos días por los mismos lugares. Hasta en los sitios por los que no pisa un nazareno está el aire del tiempo distinto. Por eso el Lunes Santo los Jardines de la Agricultura era un palacio verde para filtrar la luz a la Virgen de la Estrella, Claudio Marcelo y su templo un escenario para el momento en que al Señor lo condenan a muerte, Ronda del Marrubial la avenida para que la Merced ingrese en la ciudad vieja, la plaza de la Magdalena volvía a tener su parroquia abierta para rezar por los difuntos con el Cristo del Remedio de Ánimas y Horno de la Trinidad, por la que acortas cuando vas pisando la ciudad, era otra vez la calle que tiene que llenarse de los nazarenos que van con el Cristo de la Salud. Noticia relacionada general No No Las mejores imágenes del Lunes Santo de la Semana Santa de Córdoba 2026 ABC CórdobaPasó y pasará que en los meses siguientes esos lugares y otros muchos te suenen a marchas. Entonces los notarás distintos, cotidianos, acaso rutinarios y para no pensar en que son días como todos lo evocarás. No era la primera vez que disfrutabas en las calles de Cañero , con casas bajas, con naranjos, con colgaduras, con una estrechez como para ver venir un paso, ni tampoco era nuevo el dolor para dejarlo. Cuando vas a la plaza ya es siempre para ti el lugar en que se abre la casa del Señor de los Afligidos y al buscar sus calles que parecen iguales, pero que tienen nombres llenos de sabor – ‘Concilio de Nicea’, ‘Sancho Panza’- sabes que son aquellas por las que llega.Ni era la primera vez que salía ni llegaba por primera vez a la Catedral, pero el Señor de los Afligidos ya estaba en el Lunes Santo y se dirigía a la carrera oficial con las demás. Muchos decían en aquel tiempo que estaba para pedir la venia y este Lunes Santo tenía que hacerlo. A las cuatro de la tarde el fresco del Domingo de Ramos parecía haberse pasado y se había contagiado la emoción de los suyos. Salieron bastantes nazarenos, con cola blanca y estampa esbelta y en la penumbra de la iglesia se veía expectante al Ecce Homo hasta pisar la calle.Ofrenda y oracionesCuando el misterio estaba en mitad de la plaza, en la ofrenda ante el monumento al obispo Fray Albino, que promovió la construcción del barrio, el consiliario, Pablo Garzón, dirigió una oración por los feligreses fallecidos a lo largo de los años y también por las personas mayores y hasta dirigió la levantá con la que la cofradía se ponía en marcha. Había quien recordaba el diálogo entre Pilato y el Señor al ver una y otra vez el misterio de aire clásico con sus claveles rojos.Callejeaba pronto la cofradía y en aquellas horas de la tarde, con el sol fuerte, te pegabas a un costero, para buscarle a Jesús pronto la mirada y que no se te escapara. Era Lunes Santo y te dabas cuenta de que un paso que se marcha puede hacerlo para siempre y no te resignas, pero lo tuviste que dejar marchar hacia Córdoba y soñaste con que quienes no conocían al Señor de los Afligidos no concibieran desde ahora un Lunes Santo sin él. No podías dejar de recordar la música de la Redención, claro, porque allí donde está siempre tiene que dejar un hueco.Una ciudad sin cofradías en un día de Semana Santa parece dormir, estar en una calma extraña. Vacía, como si lo que de verdad importase estuviera en otra parte. Lo pensabas al buscar por las calles el lugar por el que tenías que encontrar a la Merced, que entraba en la Córdoba vieja por la plaza del Cristo de Gracia. Claro que echaste de menos Agrupación Córdoba, Caravaca de la Cruz y Sagunto, pero ya las tenías marcadas y ya te pasa que son calles de la Merced cuando te asomas alguna vez.La jornada se comportó de forma dinámica y ligera, pero aún así hubo quince minutos de retraso en la carrera oficial al finalEl sol seguía primaveral e inclemente tal y como debía de caer en el momento en que al Señor lo coronaban de espinas en el primer Viernes Santo. Ahora venía otra vez doliente, con la boca en un gesto que no se sabe si es de dolor o de oración por los verdugos y por todos los seres humanos extraviados. Las flores llamaron la atención por la combinación entre flores malvas y moradas, que a la luz clara tomaban matices y había que fijarse en el faldón frontal que han bordado José Luis Guerra en el medallón y Francisco Pérez Artés en el oro y que completan uno de los grandes pasos de Córdoba en estos años. A veces el cielo te bendice con un rincón de coincidencias hermosas. El Señor, con ‘Amor de Madre’ que cortaba la respiración en el dúo. Si a la Virgen de la Merced la asocias a calles, por aquellas en que buscaba la sombra, era con el palio azul y venía con el blanco. Claro que hay que acostumbrarse, pero el de ahora consagra un conjunto lleno de luz y además resplandecen las sedas que dan algo de contraste al oro. Era el mismo palio y distinto, desde luego más a juego con la advocación, pero cambiado en algo más que en el color, con un aura diferente. Pero eso para los detallistas o para cuando estaba lejos: al llegar la Virgen no había ojos más que para Ella, porque acaparaba toda la atención con la mirada, con la unción, con el dolor, con el frontal, con los perfiles. En las flores, blancas y variadas vistes azules muy breves que no parecían extraños en los últimos años, pero que quizá fueran un recuerdo del pasado. ¿Y había que despedirse en aquel momento? ¿Por qué una Semana Santa siempre tiene que ser tan breve después de haberse hecho esperar tanto tiempo? Otra vez la Providencia te dio algo para endulzarlo. En el mismo giro, ante las personas mayores de la residencia, sonó ‘Pasan los campanilleros’ y no te dejaste ni una nota por disfrutar mientras el palio se movía con una ingravidez insólita, como desplazado por una pequeña brisa, con las caídas golpeando en los varales con timidez.El Lunes Santo se había desatado y con la prisa hasta echabas de menos de ver, como otras veces, las cruces de guía y las insignias. Un jardín como el de la Agricultura da siempre una visión novedosa de una hermandad al tener que hacer curvas y medios círculos y los pasos se ven venir sin moverse desde varias perspectivas. Te impresionó otra vez ver andar al misterio del Señor de la Redención, con algo que más que dar pasos de humano parece deslizamiento portentoso impulsado por una música, la de su banda, que volvía a barnizar en perfección y elegancia cualquier partitura. Lo dejabas pasar y volvías, una vez y otra, y encontrabas al Señor abatido, y los detalles del misterio, y los claveles rojos, eternos y clásicos, y las ramas de los árboles te parecían pensadas para que una cofradía atravesara el lugar, y no eras el único que habías tenido la idea, porque ya se ha hecho un clásico del Lunes Santo.La cabeza engañaba a los que sabían que ya hay un diseño para los bordados de la Virgen de la Estrella , porque también debían esperar. No importaba en la majestad de sus proporciones, en la luz que se filtraba por los árboles y en la candelería encendida, aunque fuera a una hora tan alta de la tarde, también cautivaba en el misterio de los ojos caídos. Fue de los primeros pasos en tomar el camino de la innovación floral y maravilló con los claveles rosas que se mezclaban con otras especies.Por el Centro salía la hermandad de la Sentencia. De aquel primer Lunes Santo quedaba el recuerdo de la noche para huir de la lluvia y ahora lo veías poco después de las seis, con el sol en todo lo alto, y parecía todo distinto. También es ahora Barroso calle de nazarenos de túnica granate y de esperar al misterio sobrio y sutil. Iba esta vez el Señor con las manos atadas al frente, lo más habitual en las últimas décadas, con el oro de rey de su túnica inconmensurable, y quizá fuera el son clásico del Sol, tan suyo, como la evocación de viejos Lunes Santos en el Centro de la ciudad, en el friso severo de claveles rojos. Suspiraba el Señor en una tarde que empezaba a hacerse seria. La cofradía está en un buen momento y se nota y no había forma humana de moverse entre todos los que querían disfrutarla. Llevaba muchos nazarenos, eso se sabe, pero iban rápido y en organización impecable, y por eso serían muchos. Pudiste ver un poco más a la Virgen de Gracia y Amparo, buscarla en el palacio grande que se ha hecho su palio, fijarte en los nuevos varales de Ramón León, apreciar las rosas blancas y citarte para el reencuentro de la noche.El palio de la Merced mostró detalles nuevos en su regreso al blanco y se movió con una levedad que llamó la atenciónHabía cambiado el día de signo. San Lorenzo aguardaba a Ánimas después de dos años de suspensiones por la lluvia y parecía que no hubiera faltado nunca al escuchar la escala de avemarías, las campanas doblando por las almas, el ‘Miserere’ eterno. No importaba que no fuera de noche: la hace el Cristo del Remedio de Ánimas, la muerte que es dulce, la meditación que tiende a lo eterno. Era nuevo su velo de tinieblas, pequeña novedad de algo que tiene que ser tan eterno como su estampa. Echarás de menos que cualquier calle estrecha sea cortejo de Ánimas, compacto y austero, oír los misterios del rosario y buscar por allí a la Virgen de las Tristezas, que sorprendía en el detalle de las coronillas de las tulipas y en la sutileza extrema de los tonos rosas en su paso. Cuánto ha faltado en estos Lunes Santos en que sólo se la podía ver en San Lorenzo.Al caer la tarde nacía el Vía Crucis. Lo buscas por esas calles por los que va ninguna otra y te gusta, aquí más que nunca, ver llenarse la calle de nazarenos y crecer el ambiente recogido de una cofradía de negro a la que no se puede molestar. Un golpe de tambor detrás de otro hasta llegar al Cristo de la Salud, aspirar el silencio y rezar en esas calles que siempre te saben a su presencia, a esa Semana Santa distinta a la que no renuncias. El día avanzaba y se iba. Dejó un retraso de quince minutos en la carrera oficial y se fue por esas mismas calles que ya nunca tendrás que ver rutinarias ni iguales a las de cada día.
Aunque sólo hubiera sido una vez, ya nunca te parecerán iguales esas calles. Se dice que la Semana Santa es el tiempo sin tiempo, el momento en que las costumbres de todos los días saltan por los aires y casi todos, hasta los … niños que lo llevarán siempre grabado, pueden hacer lo que nunca hacen a las horas en que casi nunca están.
Es cierto, pero, ¿y el espacio? También la ciudad cambia en ese tiempo, se marca durante unos días, quizá sólo unas pocas horas, y las calles se visten de fiesta, se mudan en otras y se les queda una marca que conservarás durante muchos días por los mismos lugares. Hasta en los sitios por los que no pisa un nazareno está el aire del tiempo distinto.
Por eso el Lunes Santo los Jardines de la Agricultura era un palacio verde para filtrar la luz a la Virgen de la Estrella, Claudio Marcelo y su templo un escenario para el momento en que al Señor lo condenan a muerte, Ronda del Marrubial la avenida para que la Merced ingrese en la ciudad vieja, la plaza de la Magdalena volvía a tener su parroquia abierta para rezar por los difuntos con el Cristo del Remedio de Ánimas y Horno de la Trinidad, por la que acortas cuando vas pisando la ciudad, era otra vez la calle que tiene que llenarse de los nazarenos que van con el Cristo de la Salud.
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Pasó y pasará que en los meses siguientes esos lugares y otros muchos te suenen a marchas. Entonces los notarás distintos, cotidianos, acaso rutinarios y para no pensar en que son días como todos lo evocarás.
No era la primera vez que disfrutabas en las calles de Cañero, con casas bajas, con naranjos, con colgaduras, con una estrechez como para ver venir un paso, ni tampoco era nuevo el dolor para dejarlo.
Cuando vas a la plaza ya es siempre para ti el lugar en que se abre la casa del Señor de los Afligidos y al buscar sus calles que parecen iguales, pero que tienen nombres llenos de sabor – ‘Concilio de Nicea’, ‘Sancho Panza’- sabes que son aquellas por las que llega.
Ni era la primera vez que salía ni llegaba por primera vez a la Catedral, pero el Señor de los Afligidos ya estaba en el Lunes Santo y se dirigía a la carrera oficial con las demás. Muchos decían en aquel tiempo que estaba para pedir la venia y este Lunes Santo tenía que hacerlo.
A las cuatro de la tarde el fresco del Domingo de Ramos parecía haberse pasado y se había contagiado la emoción de los suyos. Salieron bastantes nazarenos, con cola blanca y estampa esbelta y en la penumbra de la iglesia se veía expectante al Ecce Homo hasta pisar la calle.
Ofrenda y oraciones
Cuando el misterio estaba en mitad de la plaza, en la ofrenda ante el monumento al obispo Fray Albino, que promovió la construcción del barrio, el consiliario, Pablo Garzón, dirigió una oración por los feligreses fallecidos a lo largo de los años y también por las personas mayores y hasta dirigió la levantá con la que la cofradía se ponía en marcha. Había quien recordaba el diálogo entre Pilato y el Señor al ver una y otra vez el misterio de aire clásico con sus claveles rojos.
Callejeaba pronto la cofradía y en aquellas horas de la tarde, con el sol fuerte, te pegabas a un costero, para buscarle a Jesús pronto la mirada y que no se te escapara. Era Lunes Santo y te dabas cuenta de que un paso que se marcha puede hacerlo para siempre y no te resignas, pero lo tuviste que dejar marchar hacia Córdoba y soñaste con que quienes no conocían al Señor de los Afligidos no concibieran desde ahora un Lunes Santo sin él. No podías dejar de recordar la música de la Redención, claro, porque allí donde está siempre tiene que dejar un hueco.
Una ciudad sin cofradías en un día de Semana Santa parece dormir, estar en una calma extraña. Vacía, como si lo que de verdad importase estuviera en otra parte. Lo pensabas al buscar por las calles el lugar por el que tenías que encontrar a la Merced, que entraba en la Córdoba vieja por la plaza del Cristo de Gracia. Claro que echaste de menos Agrupación Córdoba, Caravaca de la Cruz y Sagunto, pero ya las tenías marcadas y ya te pasa que son calles de la Merced cuando te asomas alguna vez.
La jornada se comportó de forma dinámica y ligera, pero aún así hubo quince minutos de retraso en la carrera oficial al final
El sol seguía primaveral e inclemente tal y como debía de caer en el momento en que al Señor lo coronaban de espinas en el primer Viernes Santo. Ahora venía otra vez doliente, con la boca en un gesto que no se sabe si es de dolor o de oración por los verdugos y por todos los seres humanos extraviados.
Las flores llamaron la atención por la combinación entre flores malvas y moradas, que a la luz clara tomaban matices y había que fijarse en el faldón frontal que han bordado José Luis Guerra en el medallón y Francisco Pérez Artés en el oro y que completan uno de los grandes pasos de Córdoba en estos años. A veces el cielo te bendice con un rincón de coincidencias hermosas. El Señor, con ‘Amor de Madre’ que cortaba la respiración en el dúo.
Si a la Virgen de la Merced la asocias a calles, por aquellas en que buscaba la sombra, era con el palio azul y venía con el blanco. Claro que hay que acostumbrarse, pero el de ahora consagra un conjunto lleno de luz y además resplandecen las sedas que dan algo de contraste al oro. Era el mismo palio y distinto, desde luego más a juego con la advocación, pero cambiado en algo más que en el color, con un aura diferente.
Pero eso para los detallistas o para cuando estaba lejos: al llegar la Virgen no había ojos más que para Ella, porque acaparaba toda la atención con la mirada, con la unción, con el dolor, con el frontal, con los perfiles. En las flores, blancas y variadas vistes azules muy breves que no parecían extraños en los últimos años, pero que quizá fueran un recuerdo del pasado.
¿Y había que despedirse en aquel momento? ¿Por qué una Semana Santa siempre tiene que ser tan breve después de haberse hecho esperar tanto tiempo? Otra vez la Providencia te dio algo para endulzarlo. En el mismo giro, ante las personas mayores de la residencia, sonó ‘Pasan los campanilleros’ y no te dejaste ni una nota por disfrutar mientras el palio se movía con una ingravidez insólita, como desplazado por una pequeña brisa, con las caídas golpeando en los varales con timidez.
El Lunes Santo se había desatado y con la prisa hasta echabas de menos de ver, como otras veces, las cruces de guía y las insignias. Un jardín como el de la Agricultura da siempre una visión novedosa de una hermandad al tener que hacer curvas y medios círculos y los pasos se ven venir sin moverse desde varias perspectivas.
Te impresionó otra vez ver andar al misterio del Señor de la Redención, con algo que más que dar pasos de humano parece deslizamiento portentoso impulsado por una música, la de su banda, que volvía a barnizar en perfección y elegancia cualquier partitura.
Lo dejabas pasar y volvías, una vez y otra, y encontrabas al Señor abatido, y los detalles del misterio, y los claveles rojos, eternos y clásicos, y las ramas de los árboles te parecían pensadas para que una cofradía atravesara el lugar, y no eras el único que habías tenido la idea, porque ya se ha hecho un clásico del Lunes Santo.
La cabeza engañaba a los que sabían que ya hay un diseño para los bordados de la Virgen de la Estrella, porque también debían esperar. No importaba en la majestad de sus proporciones, en la luz que se filtraba por los árboles y en la candelería encendida, aunque fuera a una hora tan alta de la tarde, también cautivaba en el misterio de los ojos caídos. Fue de los primeros pasos en tomar el camino de la innovación floral y maravilló con los claveles rosas que se mezclaban con otras especies.
Por el Centro salía la hermandad de la Sentencia. De aquel primer Lunes Santo quedaba el recuerdo de la noche para huir de la lluvia y ahora lo veías poco después de las seis, con el sol en todo lo alto, y parecía todo distinto. También es ahora Barroso calle de nazarenos de túnica granate y de esperar al misterio sobrio y sutil. Iba esta vez el Señor con las manos atadas al frente, lo más habitual en las últimas décadas, con el oro de rey de su túnica inconmensurable, y quizá fuera el son clásico del Sol, tan suyo, como la evocación de viejos Lunes Santos en el Centro de la ciudad, en el friso severo de claveles rojos. Suspiraba el Señor en una tarde que empezaba a hacerse seria.
La cofradía está en un buen momento y se nota y no había forma humana de moverse entre todos los que querían disfrutarla. Llevaba muchos nazarenos, eso se sabe, pero iban rápido y en organización impecable, y por eso serían muchos. Pudiste ver un poco más a la Virgen de Gracia y Amparo, buscarla en el palacio grande que se ha hecho su palio, fijarte en los nuevos varales de Ramón León, apreciar las rosas blancas y citarte para el reencuentro de la noche.
El palio de la Merced mostró detalles nuevos en su regreso al blanco y se movió con una levedad que llamó la atención
Había cambiado el día de signo. San Lorenzo aguardaba a Ánimas después de dos años de suspensiones por la lluvia y parecía que no hubiera faltado nunca al escuchar la escala de avemarías, las campanas doblando por las almas, el ‘Miserere’ eterno. No importaba que no fuera de noche: la hace el Cristo del Remedio de Ánimas, la muerte que es dulce, la meditación que tiende a lo eterno.
Era nuevo su velo de tinieblas, pequeña novedad de algo que tiene que ser tan eterno como su estampa. Echarás de menos que cualquier calle estrecha sea cortejo de Ánimas, compacto y austero, oír los misterios del rosario y buscar por allí a la Virgen de las Tristezas, que sorprendía en el detalle de las coronillas de las tulipas y en la sutileza extrema de los tonos rosas en su paso. Cuánto ha faltado en estos Lunes Santos en que sólo se la podía ver en San Lorenzo.
Al caer la tarde nacía el Vía Crucis. Lo buscas por esas calles por los que va ninguna otra y te gusta, aquí más que nunca, ver llenarse la calle de nazarenos y crecer el ambiente recogido de una cofradía de negro a la que no se puede molestar. Un golpe de tambor detrás de otro hasta llegar al Cristo de la Salud, aspirar el silencio y rezar en esas calles que siempre te saben a su presencia, a esa Semana Santa distinta a la que no renuncias.
El día avanzaba y se iba. Dejó un retraso de quince minutos en la carrera oficial y se fue por esas mismas calles que ya nunca tendrás que ver rutinarias ni iguales a las de cada día.
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