Supero el síndrome de abstinencia de partidos de Liga viendo los tres capítulos de la docuserie Ronaldinho Gaúcho (Netflix). Para los que no lo vieron jugar, la serie puede servirles como museo. Un museo que te permite interactuar emocional y racionalmente y entender el carisma de un jugador que, manoseando los adjetivos tópicos del periodismo deportivo, podemos calificar de irrepetible.
Supero el síndrome de abstinencia de partidos de Liga viendo los tres capítulos de la docuserie Ronaldinho Gaúcho (Netflix). Para los que no lo vieron jugar, la serie puede servirles como museo. Un museo que te permite interactuar emocional y racionalmente y entender el carisma de un jugador que, manoseando los adjetivos tópicos del periodismo deportivo, podemos calificar de irrepetible.Seguir leyendo…
Supero el síndrome de abstinencia de partidos de Liga viendo los tres capítulos de la docuserie Ronaldinho Gaúcho (Netflix). Para los que no lo vieron jugar, la serie puede servirles como museo. Un museo que te permite interactuar emocional y racionalmente y entender el carisma de un jugador que, manoseando los adjetivos tópicos del periodismo deportivo, podemos calificar de irrepetible.
Para los que tuvieron la suerte de verlo jugar y vivir la transición culé desde el oscurantismo negligente de la era Gaspart a los Mejores Años de Nuestra Vida decretados por la temeridad y la audacia del laportismo primigenio, la serie es una oportunidad para activar la nostalgia. También para entender que el paso del tiempo maquilla la percepción de los hechos con muchas capas de buena y de mala memoria.
Volver a ver las jugadas de Ronaldinho es analgésico
La entrevista con el Ronaldinho actual sirve de columna vertebral de una mirada retrospectiva sobre la vida del jugador en la que conviene diferenciar la obra del artista. Ejemplo: el apoyo de Ronaldinho a Jair Bolsonaro es un detalle que la serie obvia, quizá porque se centra en la admiración unánime que el brasileño suscitó entre los aficionados de los clubs donde jugó y también de algunos –el Madrid– de sus rivales.
La lista de entrevistados sigue el modelo clásico de documental polifónico. Deco, Puyol, Laporta, Belletti, Edmílson, Messi, Cristina Cubero, periodistas y entrenadores brasileños, el presidente del PSG, Laurent Perpère, y el testimonio discontinuo de su hermano-mánager-tutor plenipotenciario, Roberto de Assis. Las imágenes de archivo se encadenan, desde los inicios hasta el final. Impresiona ver que, cuando solo tenía seis años y jugaba en un equipo de fútbol sala de Porto Alegre, Ronaldinho ya mostraba la misma gestualidad de peonza creativa que definió su estilo y, más adelante, una vocación noctámbula y festiva a prueba de bombas.

Virtuoso del regate, la finta, el cambio de ritmo, el flow , los lanzamientos con efecto o los cacaos imparables, Ronaldinho completaba todas sus jugadas con una sonrisa que, según la versión oficial, “nos devolvió la alegría”. Discrepo: no nos la devolvió porque no la teníamos. Si acaso, nos permitió descubrirla, igual que descubrimos que podíamos tener un entrenador educado, elegante, respetuoso y ligeramente ahumado como Frank Rijkaard, al que, para no perder el músculo cínico, apodábamos Mister Ripeto y, por razones que se me escapan, solemos olvidar.
La serie incluye referencias a momentos difíciles, como los meses de cárcel en Paraguay y la muerte de la madre del jugador, que la grada del Atlético Mineiro de Belo Horizonte transformó en un episodio conmovedor. Y Barcelona, por supuesto, una ciudad “ideal para los brasileños”, según el hermano-representante y que nos regaló esos años maravillosos encarnados en la Noche del Gazpacho. Deco, Messi y Puyol lo recuerdan con una sonrisa felizmente inevitable, y Cristina Cubero aporta una reflexión que explica la trayectoria, futbolísticamente impresionante y algo errática a nivel de coherencia, del jugador: “No soporta los conflictos. Cuando ve un conflicto, huye”. Quizá por eso era tan bueno: cuando veía a un defensa acercándose con intenciones conflictivas, siempre encontraba la manera de escaparse.
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