El actor argentino se mete en la piel del hombre que reconstruye su vida junto a Lucía (Paula Echevarría) hasta que el marido al que creían muerto regresa del mar: «Tristán es fiel a los afectos y a las deudas que siente que tiene que pagar» Leer El actor argentino se mete en la piel del hombre que reconstruye su vida junto a Lucía (Paula Echevarría) hasta que el marido al que creían muerto regresa del mar: «Tristán es fiel a los afectos y a las deudas que siente que tiene que pagar» Leer
Michel Noher necesitó inventarse una vida antes de interpretar la de otro. Cuando Tristán apareció en sus manos apenas existían los datos imprescindibles que contenían los primeros guiones de A la deriva. Sabía quién era, de dónde venía, a quién quería y, sobre todo, qué debía. Pero para Noher aquello no bastaba. Así que hizo lo que acostumbra cuando un personaje todavía es poco más que un puñado de páginas: se puso a escribir.
Escribió el pasado de Tristán, imaginó su infancia, reconstruyó su viaje a Argentina, buscó cuándo podría haber partido de España y cuándo tendría sentido que regresara. Fue rellenando los huecos que nunca aparecerían en pantalla hasta fabricar algo parecido a una existencia completa. «Yo soy de la escuela clásica», explica. Su método consiste en rastrear «la historia del personaje, quién es y las circunstancias que lo llevaron a ser quien es». De ahí sale una especie de biografía secreta que probablemente nunca conocerá el espectador, pero que él necesita conocer. «Soy muy de ponerme a escribir y armarme como mi diario íntimo del personaje».
La casualidad quiso que esta vez personaje y actor utilizaran el mismo método. Porque Tristán también escribe un diario.
Y no es un detalle menor para entender al tercer vértice del triángulo sobre el que se levanta buena parte de A la deriva, la ficción de Atresplayer protagonizada por Paula Echevarría, Daniel Grao y Michel Noher. La serie arranca con un naufragio, aunque el verdadero desastre llega después, cuando cinco hombres regresan de entre los muertos. O casi. Dos años antes, el Minerva desapareció durante una tormenta frente al pequeño pueblo pesquero de Bastuel. No hubo cuerpos y, por tanto, tampoco viudas legalmente reconocidas. Las mujeres quedaron atrapadas en un extraño limbo: habían perdido a sus maridos, pero ni siquiera podían ser oficialmente viudas. Tuvieron que aprender a seguir adelante, sostener a sus familias y reconstruirse. Hasta que los desaparecidos reaparecen.
Para entonces, Lucía, el personaje de Echevarría, ya ha conseguido rehacer su vida junto a Tristán, viejo amigo de su marido. Y ahí aparece el problema: Héctor Parrado, interpretado por Daniel Grao, es uno de los hombres que vuelve. El regreso que devuelve la alegría a Bastuel es, para ellos, el principio de otro naufragio.
«Tristán es un hombre fiel«, repite Noher cuando intenta resumirlo. Fiel «a los afectos que tiene» y también «a las deudas que tiene por pagar o que él siente que tiene por pagar». Sobre todo, alguien atravesado por «un sentimiento de familia muy fuerte». No es casual. Tristán era hijo de los guardeses de la casa de los Parrado y, tras quedarse sin padres, fue criado por la familia de Héctor. Cuando tuvo edad suficiente se marchó a recorrer mundo y acabó en Argentina buscando las raíces de su madre. Muchos años después, al conocer la desaparición de su amigo en el naufragio, decidió regresar a Bastuel. Si aquella familia lo había cuidado cuando él lo necesitó, ahora le correspondía hacer lo mismo. Lo que no estaba previsto era Lucía.
Ni mucho menos que, dos años después, Héctor tuviera la ocurrencia de aparecer vivo. «Este inoportuno decide regresar de la muerte y desestructurar todo lo que habíamos construido», bromea Noher. Una frase que esconde prácticamente todo el conflicto de su personaje. Porque el hombre al que la vida le devuelve es su amigo, casi su hermano; pero también el marido de la mujer de la que se ha enamorado.
La lealtad que define a Tristán empieza entonces a jugar en su contra. Ya no se trata simplemente de escoger entre dos personas, sino de enfrentarse a todo aquello que él cree que debe a los demás. A la familia que lo crió, al amigo desaparecido, a Lucía y también a la vida que ambos han construido durante su ausencia. Ahí es donde Noher encuentra la humanidad de una historia que podría haberse quedado en el gran golpe de efecto de unos muertos que regresan a casa.
«Es una historia netamente humana», asegura. Para él, la fuerza está en personajes construidos para que el espectador pueda reconocerse en alguna de sus contradicciones y tome partido aunque después la historia se empeñe en desmontarle sus certezas: «Ese deseo de que las cosas salgan de un modo y quizás no sean de ese modo».
Porque A la deriva utiliza el naufragio como detonante, pero lo que coloca en el centro son las consecuencias. ¿Qué ocurre cuando alguien a quien has llorado -o no- durante dos años vuelve? ¿Qué sucede si durante su ausencia has descubierto que podías vivir sin él? ¿Y si incluso habías empezado otra vida? Bastuel recibe a los cinco supervivientes como héroes, pero su resurrección desentierra también secretos, conflictos y heridas que algunos preferían dejar bajo tierra.
Para Noher, entender todo eso obligaba primero a entender de dónde venía Tristán. Y ahí empezó una investigación que llevó al actor mucho más lejos de lo que contaban los guiones. Buscó información sobre la emigración española a Argentina y trató de encajar el viaje de su personaje dentro de la Historia. Quería saber cuándo podía haber marchado, qué se habría encontrado al otro lado del Atlántico y en qué momento tendría sentido que hubiera regresado.
«Uno se empieza a meter ahí y empieza a descubrir un mundo que, la verdad, a mí me divierte», cuenta. No se trataba de una acumulación de datos destinada a aparecer después en pantalla, sino de encontrar suelo bajo los pies. «Es una forma en la que yo siento que llego más sólido» a todo lo que después le exige el guion.
Lo necesitaba además por una circunstancia poco habitual. Cuando arrancó el rodaje, recuerda, tenían la idea general de hacia dónde se dirigía la historia, pero sólo unos cuatro capítulos estaban completamente escritos. El personaje debía estar suficientemente armado para soportar lo que viniera después. «Si no tenés -dice con su adictivo acento argentino- algo más o menos sólido de base, después te podés empezar a encontrar con: ‘Pero mi personaje, ¿cómo va a hacer una cosa así?'». Para Noher, la respuesta estaba precisamente en todo aquello que había escrito y que nadie iba a ver.
Después llegó otro rompecabezas: el propio rodaje.
A la deriva se grabó entre Canarias y Madrid. Bastuel debía seguir siendo siempre Bastuel aunque sus actores estuvieran a cientos de kilómetros del lugar donde habían rodado la secuencia anterior. Noher recuerda una escena especialmente reveladora. Tenía que entrar en la casa de Tristán, ya construida en plató, y continuar exactamente una secuencia cuya parte anterior había rodado dos meses y medio antes en Agaete.
El truco tecnológico ayudaba. A través de un sistema de pantallas que sorprendió al propio actor, podía mirar por la ventana del decorado madrileño y encontrarse de nuevo con el paisaje canario. «Uno puede mirar por la ventana y está de vuelta en Agaete», cuenta. El problema era que ninguna pantalla podía devolverle el estado emocional exacto en el que había dejado a Tristán dos meses y medio antes. Había que recuperar la secuencia anterior, volver a verla, recordar el ritmo y entrar de nuevo en ella.
A esa discontinuidad geográfica se sumaba otra todavía más complicada: la narrativa. Llegaron a trabajar con seis capítulos abiertos a la vez. «De pronto estás grabando algo del ocho o del nueve y el día anterior estuviste grabando algo del cinco». Cada jornada obligaba a hacerse las mismas preguntas: de dónde viene Tristán, qué sabe en ese momento, qué ha ocurrido ya y, sobre todo, en qué punto se encuentra su relación con los otros personajes.
Con Lucía, la precisión debía ser todavía mayor. «Hay una evolución muy linda en el vínculo», explica Noher, pero esa evolución había que reconstruirla a saltos. Tristán es «un tipo muy fiel, muy respetuoso de los tiempos de ella», así que cada escena exigía calibrar el grado exacto de intimidad entre ambos: «Si es un momento en que me animo a tocarla o si para nada y tengo que estar más a la expectativa de lo que ella me ofrece».
Con Héctor, la pirueta podía ser todavía mayor. La amistad que une inicialmente a los dos hombres acaba inevitablemente sacudida por lo que ha ocurrido durante los años de ausencia y el secreto que oculta el heredero de los Parrado. Y el rodaje podía obligar a Noher y Grao a interpretar en una misma jornada momentos pertenecientes a extremos completamente distintos de esa relación: ahora hermanos; unas horas después, enemigos.
De hecho, el día anterior a esta conversación, Noher, Grao y Echevarría habían acabado metidos en «una escena de pelea total». «Nos pasó de todo. Todos salimos lastimados un poquito», relata. Hasta Echevarría, que participaba menos en la acción, acabó llevándose algún raspón. «Estamos dándolo todo».
Quizá ahí esté también una de las claves de Tristán. Mientras todo a su alrededor se mueve, él intenta permanecer fiel a algo. A los Parrado, a Héctor, a Lucía, a su pasado, a las obligaciones que ha ido acumulando y hasta a la idea que tiene de sí mismo. El problema es que la vuelta del Minerva convierte todas esas fidelidades en incompatibles. Y es entonces cuando aparece de nuevo el diario.
Tristán es un apasionado de las grandes novelas de aventuras marítimas, de Moby Dick y de esas historias en las que sus protagonistas escriben aquello que les sucede mientras se enfrentan a un mundo que no controlan. Por eso él también decide dejar constancia de su propia aventura. «Como ve que esas historias están escritas por sus protagonistas y muchas a modo de diario, él también escribe el propio», explica Noher.
El actor había hecho exactamente lo mismo sin proponérselo. Antes de que Tristán pudiera enfrentarse al regreso de un muerto, al amor de Lucía, a la culpa, a la amistad y a todas las lealtades que empiezan a tirar de él en direcciones contrarias, Michel Noher ya había escrito la historia que lo había llevado hasta allí.
Una historia que el espectador nunca leerá. Pero sin la que, para él, Tristán tampoco existiría.
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