La implantación del Servicio Nacional de Salud (SNS), al desarrollar la Ley General de Sanidad de 1986, ha sido uno de los mayores éxitos que hemos tenido en España. Es eficiente y eficaz, universal y gratuito, ha permitido mejorar la calidad de vida y la esperanza media de vida de los ciudadanos. Semejante logro se ha hecho con un coste económico inferior al costo de sistemas similares en el mundo desarrollado.Este éxito colectivo se está convirtiendo en el principal problema para el SNS. Extender la oferta pública y gratuita de servicios y prestaciones sanitarias no solo no ha reducido la demanda de esas prestaciones sino que ha disparado las listas de espera y las demoras; hay zonas que corremos el riesgo de que se conviertan en desiertos médicos.La ley de la oferta y demanda en materia de derechos y prestaciones es inexorable: cuantos más servicios ofreces, más demanda se crea. Preparar profesionales nos toma un mínimo de 10 años y es un proceso costoso. Formar un profesional cuesta una media de 200.000 euros y en este momento tenemos déficit en algunas especialidades y territorios.Recuerdo mi generación, finales de los años 70 del pasado siglo, cuando llegó a haber tasas de subempleo y desempleo estructural entre los médicos, enfermeros y técnicos sanitarios. Volver a aquel horror no puede ser la solución. Caño libre para la formación de médicos sería un error, pero mantener una política de númerus clausus muy mojigata no permitirá abordar el necesario relevo generacional. Es urgente que haya una planificación de los recursos humanos y debemos abrir el debate sobre cómo recuperar la inversión que la sociedad invierte en formación sanitaria.En los 80 Narcís Serra se encontró con una fuga masiva de pilotos militares hacia el sector privado y hubo que obligar a que los que se habían formado gracias a la generosidad del sistema tuvieran que permanecer unos años en el ejército. Debemos pensar en soluciones que permitan al SNS recuperar lo que gastamos en formación sanitaria de profesionales con dinero público, para garantizar la asistencia publica y evitar los desiertos médicos. Devolver parte de lo recibido de la sociedad es razonable y muchos en mi generación lo practicamos por necesidad. La implantación del Servicio Nacional de Salud (SNS), al desarrollar la Ley General de Sanidad de 1986, ha sido uno de los mayores éxitos que hemos tenido en España. Es eficiente y eficaz, universal y gratuito, ha permitido mejorar la calidad de vida y la esperanza media de vida de los ciudadanos. Semejante logro se ha hecho con un coste económico inferior al costo de sistemas similares en el mundo desarrollado.Este éxito colectivo se está convirtiendo en el principal problema para el SNS. Extender la oferta pública y gratuita de servicios y prestaciones sanitarias no solo no ha reducido la demanda de esas prestaciones sino que ha disparado las listas de espera y las demoras; hay zonas que corremos el riesgo de que se conviertan en desiertos médicos.La ley de la oferta y demanda en materia de derechos y prestaciones es inexorable: cuantos más servicios ofreces, más demanda se crea. Preparar profesionales nos toma un mínimo de 10 años y es un proceso costoso. Formar un profesional cuesta una media de 200.000 euros y en este momento tenemos déficit en algunas especialidades y territorios.Recuerdo mi generación, finales de los años 70 del pasado siglo, cuando llegó a haber tasas de subempleo y desempleo estructural entre los médicos, enfermeros y técnicos sanitarios. Volver a aquel horror no puede ser la solución. Caño libre para la formación de médicos sería un error, pero mantener una política de númerus clausus muy mojigata no permitirá abordar el necesario relevo generacional. Es urgente que haya una planificación de los recursos humanos y debemos abrir el debate sobre cómo recuperar la inversión que la sociedad invierte en formación sanitaria.En los 80 Narcís Serra se encontró con una fuga masiva de pilotos militares hacia el sector privado y hubo que obligar a que los que se habían formado gracias a la generosidad del sistema tuvieran que permanecer unos años en el ejército. Debemos pensar en soluciones que permitan al SNS recuperar lo que gastamos en formación sanitaria de profesionales con dinero público, para garantizar la asistencia publica y evitar los desiertos médicos. Devolver parte de lo recibido de la sociedad es razonable y muchos en mi generación lo practicamos por necesidad.
La implantación del Servicio Nacional de Salud (SNS), al desarrollar la Ley General de Sanidad de 1986, ha sido uno de los mayores éxitos que hemos tenido en España. Es eficiente y eficaz, universal y gratuito, ha permitido mejorar la calidad de vida y la … esperanza media de vida de los ciudadanos. Semejante logro se ha hecho con un coste económico inferior al costo de sistemas similares en el mundo desarrollado.
Este éxito colectivo se está convirtiendo en el principal problema para el SNS. Extender la oferta pública y gratuita de servicios y prestaciones sanitarias no solo no ha reducido la demanda de esas prestaciones sino que ha disparado las listas de espera y las demoras; hay zonas que corremos el riesgo de que se conviertan en desiertos médicos.
La ley de la oferta y demanda en materia de derechos y prestaciones es inexorable: cuantos más servicios ofreces, más demanda se crea. Preparar profesionales nos toma un mínimo de 10 años y es un proceso costoso. Formar un profesional cuesta una media de 200.000 euros y en este momento tenemos déficit en algunas especialidades y territorios.
Recuerdo mi generación, finales de los años 70 del pasado siglo, cuando llegó a haber tasas de subempleo y desempleo estructural entre los médicos, enfermeros y técnicos sanitarios. Volver a aquel horror no puede ser la solución. Caño libre para la formación de médicos sería un error, pero mantener una política de númerus clausus muy mojigata no permitirá abordar el necesario relevo generacional. Es urgente que haya una planificación de los recursos humanos y debemos abrir el debate sobre cómo recuperar la inversión que la sociedad invierte en formación sanitaria.
En los 80 Narcís Serra se encontró con una fuga masiva de pilotos militares hacia el sector privado y hubo que obligar a que los que se habían formado gracias a la generosidad del sistema tuvieran que permanecer unos años en el ejército. Debemos pensar en soluciones que permitan al SNS recuperar lo que gastamos en formación sanitaria de profesionales con dinero público, para garantizar la asistencia publica y evitar los desiertos médicos. Devolver parte de lo recibido de la sociedad es razonable y muchos en mi generación lo practicamos por necesidad.
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