En Netflix no falta entretenimiento. Hay estrenos y opciones. Pero son raras las veces que, al ver un nuevo título, se ven en la pantalla esas ganas de producir algo de calidad, ambicioso, con pretensiones más allá de ser un vicio, con la intención de perdurar en la mente del espectador. Así que, cuando uno se encuentra una propuesta como la nueva adaptación de Al este del Edén, la sensación es de asombro. Hay algo interesante, con el potencial de aportar algo, como cuando estrenaron Ridley o The OA o Bronca.
La adaptación televisiva de ‘Al este del Edén’ de Zoe Kazan tiene determinación al transmitir la dureza de la historia: nada de concesiones para aligerar el visionado
En Netflix no falta entretenimiento. Hay estrenos y opciones. Pero son raras las veces que, al ver un nuevo título, se ven en la pantalla esas ganas de producir algo de calidad, ambicioso, con pretensiones más allá de ser un vicio, con la intención de perdurar en la mente del espectador. Así que, cuando uno se encuentra una propuesta como la nueva adaptación de Al este del Edén, la sensación es de asombro. Hay algo interesante, con el potencial de aportar algo, como cuando estrenaron Ridley o The OA o Bronca.
La creadora es Zoe Kazan, más conocida por su trayectoria como actriz de Revolutionary Road, Olive Kitteridge o The Deuce, que decidió abordar la novela de John Steinbeck tan importante para su familia: Elia Kazan, su abuelo, dirigió la película de 1955 con James Dean. Es interesante la elección. Un clásico de la literatura siempre es un terreno muy exigente pero todavía lo es más enfrentarse a un título que ya tiene una adaptación con un impacto entre el público y la crítica. Así, en vez de temer el enfrentamiento, se lo toma como un asunto familiar.

La primera escena parece salida de una película de terror. Una mujer herida, sucia y sangrienta se arrastra por el campo como si fuera un muerto viviente. Consigue llegar hasta la puerta de esa casa: Charles la apunta con la escopeta, planteándose qué hacer con esa visita inoportuna, mientras que su hermano Adam ayuda con urgencia a la herida. Avisan al médico ante la desconfianza de Charles y se encuentran conviviendo con una mujer que dice no recordar qué le sucedió. El primer episodio insinúa la dureza de la propuesta y el segundo revela unos niveles de toxicidad desorbitados. Hay partido.
La dirección de arte es tan cuidada como humilde y realista, con una mirada muy clara de cómo servir a la historia. La creación de espacios adustos se utiliza para acentuar la presencia, el peso y la posible amenaza que representan los personajes. La luz instala al espectador en una segunda mitad del siglo XIX verosímil. Y la aspereza del guion confía en los silencios como herramientas para enrarecer, amenazar, cuestionar.

La virtud de Kazan, de hecho, es su compromiso con la dureza y la crueldad de lo que cuenta: al mantener la lentitud y la frialdad, se compromete con el desasosiego y, al narrar el pasado de Cathy Ames, demuestra tener convicción al retratar la amoralidad. Qué fácil sería victimizar cuando el desafío consiste en despojar al espectador de excusas, darle la cruda realidad y plantearle si se atreve a seguir conociendo a los personajes, consciente que no habrá concesiones para aligerar la mirada.
Al vislumbrar el guion a partir de las imágenes, se entiende de una forma cristalina por qué Florence Pugh aceptó el papel de Cathy, la desmemoriada: no existe ni una actriz que pueda ver ese material y no entienda que es una oportunidad exigente, antipática y seductora, y que pocas veces aparecen textos con personajes femeninos tan jugosos. Christopher Abbott y Mike Faist, con físicos tan distintos, ilustran las naturalezas opuestas de dos hermanos de relación, por supuesto,
Este compromiso posiblemente ahuyentará un sector del público: Al este del Edén no engaña y ofrece una experiencia ardua por ritmo, por la inexistencia de humor, por los actos de maldad abordados detrás de la cámara sin pátina moralista, redentora o juiciosa. Pero, al ver el primer tramo de la miniserie de siete episodios, también tiene una calidad magnética, un tanto sedante, que exige admiración y confianza por la solidez de la presentación y la determinación de su voluntad clásica, definitiva, de gran historia.
La miniserie de Netflix, de hecho, tiene una esencia tan similar a los principios de ficción del HBO tradicional que, en comparación, las series de HBO de la última década parecen desviaciones.
Series
