Tadej Pogacar, el ciclista más grande de esta época, agrandó su leyenda con un triunfo para la historia: conquistó en un sprint soberbio ante Thomas Pidcock la clásica Milán-Sanremo, su obsesión, una de las pocas presas que le faltaban al esloveno, que eleva a 11 los Monumentos logrados -igualando a Roger de Vlaeminck-, el cuarto de los cinco. Ya solo le falta la París-Roubaix.
El esloveno venció en un sprint final de infarto al británico Thomas Pidcock, el campeón olímpico de BTT
Tadej Pogacar, el ciclista más grande de esta época, agrandó su leyenda con un triunfo para la historia: conquistó en un sprint soberbio ante Thomas Pidcock la clásica Milán-San Remo, su obsesión, una de las pocas presas que le faltaban al esloveno, que eleva a 11 los Monumentos logrados, el cuarto de los cinco. Ya solo le falta la París-Roubaix.
No hubo el duelo esperado entre Pogacar y Mathieu Van der Poel, el clasicómano por excelencia (con 8 Monumentos en su mochila), el rey del sprint. El neerlandés se desfondó antes de llegar a la cima del Poggio, el último repecho a falta de 9 km de la meta en la Via Roma de San Remo. No pudo seguir el ritmo imposible que marcaron Pogacar y Pidcock, que habían tomado el mando de la carrera a 27 km de meta, al iniciar la Cipressa, poco después de que el esloveno se quedase cortado por una caída a falta de 32 km. Salvó el susto y se conjuró para atacar su Monumento más deseado.
“Prefiero ganar la Milán-San Remo que seis Tours de Francia”, admitía Pogacar en la previa de la 117.ª edición de la Classicissima. “Entre cero y uno, hay una enorme diferencia que entre cuatro y cinco o entre cinco y seis”, justificaba el esloveno, que tenía una obsesión con esta clásica. De los cinco monumentos, solo se le habían negado la París-Roubaix (2.º en el 2025) y la Milán-San Remo (3.º los dos últimos años). La Classicissima o La Primavera, era su asignatura pendiente, la prueba que marca el inicio de la temporada de clásicas de primavera.
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