La ‘influencer’ española Blanca Pombo anunció en sus redes sociales un sorteo, organizado por Cooperating Volunteers. El premio consistía en viajar durante dos semanas a Uganda para participar en uno de los proyectos de la organización, todo con alojamiento, comidas y recogida en el aeropuerto incluidos. Días después de anunciarlo, la creadora de contenido eliminó su publicación. ¿La razón? Numerosos usuarios la recriminaban al presentar estas experiencias solidarias como si fueran un premio. Varios de sus seguidores consideraron que un voluntariado no debía tratarse como un sorteo y la situación generó un debate sobre la forma en la que este tipo de iniciativas afectan realmente a las comunidades locales de países en desarrollo. ¿Puede la pobreza ajena convertirse en un escenario para la autopromoción?Un país del África Occidental, Burkina Faso, ha aprobado recientemente un decreto que prohíbe la difusión de imágenes de personas en situación de vulnerabilidad mientras reciben ayuda humanitaria. En concreto, si el objetivo es generar contenido. El propio Ejecutivo ha puesto nombre a esta práctica sin rodeos: «pornografía de la pobreza».La pornificación de la pobrezaEsta expresión se popularizó a partir de 2008 tras el estreno de la película ‘Slumdog Millionarie’. Fue todo un fenómeno cinematográfico. Arrasó en Estados Unidos y Gran Bretaña, siendo nominado a los Globos de Oro y los Bafta. Mientras la película era celebrada en el mundo occidental, en la India abrió una discusión mucho más incómoda. Para muchos críticos, la representación de la India que se mostraba en varias escenas convertía la pobreza en un elemento estético, construido únicamente para conmover al espectador internacional . Otro caso igual de polémico apareció una década después. En 2018, ‘World Press Photo’ publicó en su cuenta de Instagram una fotografía de Alessio Mamo. Se podían captar a dos niños de la India situados al frente de unas mesas repletas de comida. La intención, según declaraba Mamo en su momento, era concienciar sobre el desperdicio de comida en Occidente. ‘Dreaming Food’ por Alessio Mamo. World Press PhotoEl efecto provocó totalmente lo contrario. Varios de los usuarios se vieron indignados por la crueldad de situar este tipo de comida a niños que no tienen acceso a ello. Estos casos se asocian a ‘influencers’, creadores de contenido y fotógrafos, pero sus raíces se remontan a las campañas de ONG de las décadas de 1980 y 1990 . Varias de ellas publicaban, con el objetivo de generar recaudaciones, fotografías de niños desnutridos y miradas directas a cámara. «Las redes sociales se han convertido en un peligro muy grande de sobreexposición de la infancia»’Save the Children’, una de las organizaciones de ayuda humanitaria más conocidas, se vio varias veces envuelta en la crítica por anuncios que algunos calificaban de ‘sobreexposición de la pobreza’. Belén Manrique, responsable de prensa de Fundación Pablo Horstmann afirma que «es cierto que las ONG necesitan, para recaudar dinero, mostrar el trabajo que hacen. Normalmente ese trabajo es siempre mejorar una situación en la que hay una necesidad». «Pero por otro lado, sí que es cierto que nuevos formatos como las redes sociales lo han convertido en un peligro muy grande de sobreexposición de la infancia», ha añadido. La ONG Manos Unidas sigue la misma línea. Virginia Martínez Iniesta, responsable de marketing de la organización afirma que «son conscientes que, en el entorno digital actual, existe el riesgo de que determinadas situaciones de pobreza o vulnerabilidad se presenten de manera excesivamente emocional».Expertos en cooperación internacional y estudios poscoloniales llevan años alertando sobre el impacto de este tipo de contenido. El sociólogo experto Luis Ballester lo limita a dos puntos: «Situaría el límite en un punto muy claro: se visibiliza para dignificar e informar; se explota cuando se usa el sufrimiento como recurso emocional sin respetar a las personas» .El escaparate de las ayudas humanitariasBlanca Pombo en una de las fotografías que promocionaba el voluntariado. RRSSCada vez se vuelve más común ver a ‘influencers’ o creadores de contenido grabando cada detalle de sus viajes a las zonas más empobrecidas del continente; fotografías que delatan la desigualdad solo con ver la vestimenta, los cuerpos y la salud de los integrantes. La lógica del algoritmo premia lo emocional , lo impactante y lo visualmente potente. Y pocas cosas generan más reacción que la desigualdad extrema. La ayuda humanitaria se vuelve contenido: viajes solidarios que se documentan minuto a minuto, campañas que apelan más a la estética , relatos centrados en quien ayuda más que en quien recibe.«La pobreza debe hacerse visible, porque ocultarla también es una forma de injusticia; sin embargo, esa visibilización no puede apoyarse en la humillación, en el morbo ni en la reducción de las personas a su carencia. Tampoco se deben obviar las causas que provocan estas situaciones, algo que, en entornos como las redes sociales, resulta difícil », explica Ballester.Blanca Pombo acabo pidiendo disculpas y reconoció que la forma de comunicar la iniciativa del sorteo no fue la adecuada. Aseguró que le «da muchísima pena cómo se ha entendido el mensaje» aunque reconoce que las críticas positivas y desde el respeto le han hecho reflexionar : «Gracias a esas personas he sido capaz de darme cuenta de que el error efectivamente es mío. Me he equivocado en la manera de comunicar el mensaje».En el fondo, el debate no es solo sobre lo que se muestra, sino sobre cómo y para qué se muestra. Porque en un entorno donde todo se comparte, incluso las buenas intenciones pueden acabar pareciendo otra forma de generar contenido. Y ahí es donde empieza la duda y entra la crisis de lo que se llama ‘la pornografía de la pobreza’. La ‘influencer’ española Blanca Pombo anunció en sus redes sociales un sorteo, organizado por Cooperating Volunteers. El premio consistía en viajar durante dos semanas a Uganda para participar en uno de los proyectos de la organización, todo con alojamiento, comidas y recogida en el aeropuerto incluidos. Días después de anunciarlo, la creadora de contenido eliminó su publicación. ¿La razón? Numerosos usuarios la recriminaban al presentar estas experiencias solidarias como si fueran un premio. Varios de sus seguidores consideraron que un voluntariado no debía tratarse como un sorteo y la situación generó un debate sobre la forma en la que este tipo de iniciativas afectan realmente a las comunidades locales de países en desarrollo. ¿Puede la pobreza ajena convertirse en un escenario para la autopromoción?Un país del África Occidental, Burkina Faso, ha aprobado recientemente un decreto que prohíbe la difusión de imágenes de personas en situación de vulnerabilidad mientras reciben ayuda humanitaria. En concreto, si el objetivo es generar contenido. El propio Ejecutivo ha puesto nombre a esta práctica sin rodeos: «pornografía de la pobreza».La pornificación de la pobrezaEsta expresión se popularizó a partir de 2008 tras el estreno de la película ‘Slumdog Millionarie’. Fue todo un fenómeno cinematográfico. Arrasó en Estados Unidos y Gran Bretaña, siendo nominado a los Globos de Oro y los Bafta. Mientras la película era celebrada en el mundo occidental, en la India abrió una discusión mucho más incómoda. Para muchos críticos, la representación de la India que se mostraba en varias escenas convertía la pobreza en un elemento estético, construido únicamente para conmover al espectador internacional . Otro caso igual de polémico apareció una década después. En 2018, ‘World Press Photo’ publicó en su cuenta de Instagram una fotografía de Alessio Mamo. Se podían captar a dos niños de la India situados al frente de unas mesas repletas de comida. La intención, según declaraba Mamo en su momento, era concienciar sobre el desperdicio de comida en Occidente. ‘Dreaming Food’ por Alessio Mamo. World Press PhotoEl efecto provocó totalmente lo contrario. Varios de los usuarios se vieron indignados por la crueldad de situar este tipo de comida a niños que no tienen acceso a ello. Estos casos se asocian a ‘influencers’, creadores de contenido y fotógrafos, pero sus raíces se remontan a las campañas de ONG de las décadas de 1980 y 1990 . Varias de ellas publicaban, con el objetivo de generar recaudaciones, fotografías de niños desnutridos y miradas directas a cámara. «Las redes sociales se han convertido en un peligro muy grande de sobreexposición de la infancia»’Save the Children’, una de las organizaciones de ayuda humanitaria más conocidas, se vio varias veces envuelta en la crítica por anuncios que algunos calificaban de ‘sobreexposición de la pobreza’. Belén Manrique, responsable de prensa de Fundación Pablo Horstmann afirma que «es cierto que las ONG necesitan, para recaudar dinero, mostrar el trabajo que hacen. Normalmente ese trabajo es siempre mejorar una situación en la que hay una necesidad». «Pero por otro lado, sí que es cierto que nuevos formatos como las redes sociales lo han convertido en un peligro muy grande de sobreexposición de la infancia», ha añadido. La ONG Manos Unidas sigue la misma línea. Virginia Martínez Iniesta, responsable de marketing de la organización afirma que «son conscientes que, en el entorno digital actual, existe el riesgo de que determinadas situaciones de pobreza o vulnerabilidad se presenten de manera excesivamente emocional».Expertos en cooperación internacional y estudios poscoloniales llevan años alertando sobre el impacto de este tipo de contenido. El sociólogo experto Luis Ballester lo limita a dos puntos: «Situaría el límite en un punto muy claro: se visibiliza para dignificar e informar; se explota cuando se usa el sufrimiento como recurso emocional sin respetar a las personas» .El escaparate de las ayudas humanitariasBlanca Pombo en una de las fotografías que promocionaba el voluntariado. RRSSCada vez se vuelve más común ver a ‘influencers’ o creadores de contenido grabando cada detalle de sus viajes a las zonas más empobrecidas del continente; fotografías que delatan la desigualdad solo con ver la vestimenta, los cuerpos y la salud de los integrantes. La lógica del algoritmo premia lo emocional , lo impactante y lo visualmente potente. Y pocas cosas generan más reacción que la desigualdad extrema. La ayuda humanitaria se vuelve contenido: viajes solidarios que se documentan minuto a minuto, campañas que apelan más a la estética , relatos centrados en quien ayuda más que en quien recibe.«La pobreza debe hacerse visible, porque ocultarla también es una forma de injusticia; sin embargo, esa visibilización no puede apoyarse en la humillación, en el morbo ni en la reducción de las personas a su carencia. Tampoco se deben obviar las causas que provocan estas situaciones, algo que, en entornos como las redes sociales, resulta difícil », explica Ballester.Blanca Pombo acabo pidiendo disculpas y reconoció que la forma de comunicar la iniciativa del sorteo no fue la adecuada. Aseguró que le «da muchísima pena cómo se ha entendido el mensaje» aunque reconoce que las críticas positivas y desde el respeto le han hecho reflexionar : «Gracias a esas personas he sido capaz de darme cuenta de que el error efectivamente es mío. Me he equivocado en la manera de comunicar el mensaje».En el fondo, el debate no es solo sobre lo que se muestra, sino sobre cómo y para qué se muestra. Porque en un entorno donde todo se comparte, incluso las buenas intenciones pueden acabar pareciendo otra forma de generar contenido. Y ahí es donde empieza la duda y entra la crisis de lo que se llama ‘la pornografía de la pobreza’.
La ‘influencer’ española Blanca Pombo anunció en sus redes sociales un sorteo, organizado por Cooperating Volunteers. El premio consistía en viajar durante dos semanas a Uganda para participar en uno de los proyectos de la organización, todo con alojamiento, comidas y recogida en el … aeropuerto incluidos. Días después de anunciarlo, la creadora de contenido eliminó su publicación. ¿La razón? Numerosos usuarios la recriminaban al presentar estas experiencias solidarias como si fueran un premio.
Varios de sus seguidores consideraron que un voluntariado no debía tratarse como un sorteo y la situación generó un debate sobre la forma en la que este tipo de iniciativas afectan realmente a las comunidades locales de países en desarrollo. ¿Puede la pobreza ajena convertirse en un escenario para la autopromoción?
Un país del África Occidental, Burkina Faso, ha aprobado recientemente un decreto que prohíbe la difusión de imágenes de personas en situación de vulnerabilidad mientras reciben ayuda humanitaria. En concreto, si el objetivo es generar contenido. El propio Ejecutivo ha puesto nombre a esta práctica sin rodeos: «pornografía de la pobreza».
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La pornificación de la pobreza
Esta expresión se popularizó a partir de 2008 tras el estreno de la película ‘Slumdog Millionarie’. Fue todo un fenómeno cinematográfico. Arrasó en Estados Unidos y Gran Bretaña, siendo nominado a los Globos de Oro y los Bafta. Mientras la película era celebrada en el mundo occidental, en la India abrió una discusión mucho más incómoda. Para muchos críticos, la representación de la India que se mostraba en varias escenas convertía la pobreza en un elemento estético, construido únicamente para conmover al espectador internacional.
Otro caso igual de polémico apareció una década después. En 2018, ‘World Press Photo’ publicó en su cuenta de Instagram una fotografía de Alessio Mamo. Se podían captar a dos niños de la India situados al frente de unas mesas repletas de comida. La intención, según declaraba Mamo en su momento, era concienciar sobre el desperdicio de comida en Occidente.

(World Press Photo)
El efecto provocó totalmente lo contrario. Varios de los usuarios se vieron indignados por la crueldad de situar este tipo de comida a niños que no tienen acceso a ello.
Estos casos se asocian a ‘influencers’, creadores de contenido y fotógrafos, pero sus raíces se remontan a las campañas de ONG de las décadas de 1980 y 1990. Varias de ellas publicaban, con el objetivo de generar recaudaciones, fotografías de niños desnutridos y miradas directas a cámara.
«Las redes sociales se han convertido en un peligro muy grande de sobreexposición de la infancia»
‘Save the Children’, una de las organizaciones de ayuda humanitaria más conocidas, se vio varias veces envuelta en la crítica por anuncios que algunos calificaban de ‘sobreexposición de la pobreza’.
Belén Manrique, responsable de prensa de Fundación Pablo Horstmann afirma que «es cierto que las ONG necesitan, para recaudar dinero, mostrar el trabajo que hacen. Normalmente ese trabajo es siempre mejorar una situación en la que hay una necesidad». «Pero por otro lado, sí que es cierto que nuevos formatos como las redes sociales lo han convertido en un peligro muy grande de sobreexposición de la infancia», ha añadido.
La ONG Manos Unidas sigue la misma línea. Virginia Martínez Iniesta, responsable de marketing de la organización afirma que «son conscientes que, en el entorno digital actual, existe el riesgo de que determinadas situaciones de pobreza o vulnerabilidad se presenten de manera excesivamente emocional».
Expertos en cooperación internacional y estudios poscoloniales llevan años alertando sobre el impacto de este tipo de contenido. El sociólogo experto Luis Ballester lo limita a dos puntos: «Situaría el límite en un punto muy claro: se visibiliza para dignificar e informar; se explota cuando se usa el sufrimiento como recurso emocional sin respetar a las personas».
El escaparate de las ayudas humanitarias

(RRSS)
Cada vez se vuelve más común ver a ‘influencers’ o creadores de contenido grabando cada detalle de sus viajes a las zonas más empobrecidas del continente; fotografías que delatan la desigualdad solo con ver la vestimenta, los cuerpos y la salud de los integrantes. La lógica del algoritmo premia lo emocional, lo impactante y lo visualmente potente. Y pocas cosas generan más reacción que la desigualdad extrema. La ayuda humanitaria se vuelve contenido: viajes solidarios que se documentan minuto a minuto, campañas que apelan más a la estética, relatos centrados en quien ayuda más que en quien recibe.
«La pobreza debe hacerse visible, porque ocultarla también es una forma de injusticia; sin embargo, esa visibilización no puede apoyarse en la humillación, en el morbo ni en la reducción de las personas a su carencia. Tampoco se deben obviar las causas que provocan estas situaciones, algo que, en entornos como las redes sociales, resulta difícil», explica Ballester.
Blanca Pombo acabo pidiendo disculpas y reconoció que la forma de comunicar la iniciativa del sorteo no fue la adecuada. Aseguró que le «da muchísima pena cómo se ha entendido el mensaje» aunque reconoce que las críticas positivas y desde el respeto le han hecho reflexionar: «Gracias a esas personas he sido capaz de darme cuenta de que el error efectivamente es mío. Me he equivocado en la manera de comunicar el mensaje».
En el fondo, el debate no es solo sobre lo que se muestra, sino sobre cómo y para qué se muestra. Porque en un entorno donde todo se comparte, incluso las buenas intenciones pueden acabar pareciendo otra forma de generar contenido. Y ahí es donde empieza la duda y entra la crisis de lo que se llama ‘la pornografía de la pobreza’.
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