Poco antes de llegar a San Martín de Valdeiglesias , un velo de hollín comienza a desplegarse y a ganar terreno. Un manto de ceniza recubre el sotobosque y un ligero olor a humo impregna, quince días después, el entorno. Bajo los pinos, la maleza ha adquirido un tono plomizo; la hojarasca se adivina tiznada y las jaras y los tomillos se dibujan, ennegrecidos, sobre la abrasada tierra. Las llamas, caprichosas en su avance, parecieron echar a suertes qué ardía y qué no: algunas copas aún se aferran a su verde habitual. Durante kilómetros, la imagen se repite. Costa de Madrid, la última urbanización en recuperar la normalidad, se extiende silenciosa. Durante varios minutos, ni rastro de vecinos. «Quizá se dejen caer por aquí el fin de semana. Yo mismo he venido hace un rato para comprobar una avería y me vuelvo a ir», cuenta el único hombre que aparece durante el recorrido. Camino al pantano de San Juan, el verano parece haberse detenido. Allí, la estampa es desoladora: chiringuitos cerrados, embarcaderos vacíos y un embalse sumido en una extraña quietud. Sólo una valla de seguridad amarilla impidiendo el paso y el restaurante Monasterio rompiendo la estampa de abandono.Sentada en una de las mesas que componen la terraza, Esperanza, propietaria del establecimiento, afronta un verano que ya da prácticamente por perdido. Resopla. «Toda esta zona vive del turismo de verano. Trabajamos cuatro meses para poder pasar el invierno y, si esto sigue así, no va a haber negocios ni trabajo», lamenta. El día anterior, con el pantano todavía vacío por la prohibición del baño, apenas se ocuparon cinco mesas. Una imagen difícil de reconocer para quien está acostumbrada a recibir colas en estas fechas. «Un día como hoy, en agosto, esto estaría lleno». Y es que, desde el pasado 23 de julio, el paisaje que sostiene buena parte de la economía local ha quedado transformado. «A partir de Navas del Rey, todo está muy mal. La lucha va a ser muy dura en la zona».El negocio da trabajo a trece personas y, por ahora, Esperanza no ha despedido a ninguna. Pero sabe que la situación puede obligarla a hacerlo. «Como esto siga así… El dinero no cae de los árboles. Y me temo que la temporada está ya perdida». Para Cati, Yudelys y David, los camareros, los incendios originados en la Sierra Oeste también han dejado una incertidumbre difícil de digerir: cuánto tiempo podrán mantener sus empleos si el turismo no regresa. «Estamos prácticamente todo el día parados. Sabemos que podemos quedarnos sin empleo», cuentan.El regreso al establecimiento, perteneciente a Pelayos de la Presa , se produjo el pasado miércoles, a primera hora de la mañana. Sin embargo, al otro lado de la valla, la situación sigue siendo muy distinta. El Real Club Náutico de Madrid, enclavado en el término municipal de San Martín de Valdeiglesias, permanece cerrado al público pese a que la Dirección General de Salud Pública de la Comunidad de Madrid califica como apta para el baño la calidad del agua en el embalse. «Nos hace polvo», resume su presidente, Cristóbal Carrasco, que advierte de las consecuencias económicas para una entidad que depende casi exclusivamente de las cuotas de sus socios.Ignacio GilEl club, el único de la región con actividad deportiva de vela y competiciones de ámbito nacional e internacional, no puede funcionar. «Nos tienen cerrado el acceso. El problema está en el camino, puesto que todavía hay árboles ardiendo por dentro, cables por el suelo… Acceder una hora al día, de 10.00 a 11.00 horas, es insuficiente, no sirve para nada», lamenta. Mientras esperan una reapertura más amplia, los esfuerzos se concentran en recuperar las instalaciones dañadas por el fuego. La compañía de seguros ya ha comenzado a valorar los desperfectos. También han tenido que vaciar las cámaras frigoríficas del restaurante, hacer frente a cortes de agua, sanear la red y estudiar cómo restablecer el suministro eléctrico. La próxima semana comenzarán además los derribos de las estructuras que han quedado calcinadas.La incertidumbre afecta también a las cerca de 200 familias que acuden habitualmente los fines de semana a esta zona del pantano. «Si ellas no vienen, el pueblo se resiente», advierte Carrasco. Mientras tanto, la junta directiva y el personal de mantenimiento apenas pueden acceder para realizar tareas básicas y preparar, si las restricciones lo permiten, el calendario de regatas de septiembre. «Tenemos muchos frentes abiertos», concluye. Poco antes de llegar a San Martín de Valdeiglesias , un velo de hollín comienza a desplegarse y a ganar terreno. Un manto de ceniza recubre el sotobosque y un ligero olor a humo impregna, quince días después, el entorno. Bajo los pinos, la maleza ha adquirido un tono plomizo; la hojarasca se adivina tiznada y las jaras y los tomillos se dibujan, ennegrecidos, sobre la abrasada tierra. Las llamas, caprichosas en su avance, parecieron echar a suertes qué ardía y qué no: algunas copas aún se aferran a su verde habitual. Durante kilómetros, la imagen se repite. Costa de Madrid, la última urbanización en recuperar la normalidad, se extiende silenciosa. Durante varios minutos, ni rastro de vecinos. «Quizá se dejen caer por aquí el fin de semana. Yo mismo he venido hace un rato para comprobar una avería y me vuelvo a ir», cuenta el único hombre que aparece durante el recorrido. Camino al pantano de San Juan, el verano parece haberse detenido. Allí, la estampa es desoladora: chiringuitos cerrados, embarcaderos vacíos y un embalse sumido en una extraña quietud. Sólo una valla de seguridad amarilla impidiendo el paso y el restaurante Monasterio rompiendo la estampa de abandono.Sentada en una de las mesas que componen la terraza, Esperanza, propietaria del establecimiento, afronta un verano que ya da prácticamente por perdido. Resopla. «Toda esta zona vive del turismo de verano. Trabajamos cuatro meses para poder pasar el invierno y, si esto sigue así, no va a haber negocios ni trabajo», lamenta. El día anterior, con el pantano todavía vacío por la prohibición del baño, apenas se ocuparon cinco mesas. Una imagen difícil de reconocer para quien está acostumbrada a recibir colas en estas fechas. «Un día como hoy, en agosto, esto estaría lleno». Y es que, desde el pasado 23 de julio, el paisaje que sostiene buena parte de la economía local ha quedado transformado. «A partir de Navas del Rey, todo está muy mal. La lucha va a ser muy dura en la zona».El negocio da trabajo a trece personas y, por ahora, Esperanza no ha despedido a ninguna. Pero sabe que la situación puede obligarla a hacerlo. «Como esto siga así… El dinero no cae de los árboles. Y me temo que la temporada está ya perdida». Para Cati, Yudelys y David, los camareros, los incendios originados en la Sierra Oeste también han dejado una incertidumbre difícil de digerir: cuánto tiempo podrán mantener sus empleos si el turismo no regresa. «Estamos prácticamente todo el día parados. Sabemos que podemos quedarnos sin empleo», cuentan.El regreso al establecimiento, perteneciente a Pelayos de la Presa , se produjo el pasado miércoles, a primera hora de la mañana. Sin embargo, al otro lado de la valla, la situación sigue siendo muy distinta. El Real Club Náutico de Madrid, enclavado en el término municipal de San Martín de Valdeiglesias, permanece cerrado al público pese a que la Dirección General de Salud Pública de la Comunidad de Madrid califica como apta para el baño la calidad del agua en el embalse. «Nos hace polvo», resume su presidente, Cristóbal Carrasco, que advierte de las consecuencias económicas para una entidad que depende casi exclusivamente de las cuotas de sus socios.Ignacio GilEl club, el único de la región con actividad deportiva de vela y competiciones de ámbito nacional e internacional, no puede funcionar. «Nos tienen cerrado el acceso. El problema está en el camino, puesto que todavía hay árboles ardiendo por dentro, cables por el suelo… Acceder una hora al día, de 10.00 a 11.00 horas, es insuficiente, no sirve para nada», lamenta. Mientras esperan una reapertura más amplia, los esfuerzos se concentran en recuperar las instalaciones dañadas por el fuego. La compañía de seguros ya ha comenzado a valorar los desperfectos. También han tenido que vaciar las cámaras frigoríficas del restaurante, hacer frente a cortes de agua, sanear la red y estudiar cómo restablecer el suministro eléctrico. La próxima semana comenzarán además los derribos de las estructuras que han quedado calcinadas.La incertidumbre afecta también a las cerca de 200 familias que acuden habitualmente los fines de semana a esta zona del pantano. «Si ellas no vienen, el pueblo se resiente», advierte Carrasco. Mientras tanto, la junta directiva y el personal de mantenimiento apenas pueden acceder para realizar tareas básicas y preparar, si las restricciones lo permiten, el calendario de regatas de septiembre. «Tenemos muchos frentes abiertos», concluye.
Poco antes de llegar a San Martín de Valdeiglesias, un velo de hollín comienza a desplegarse y a ganar terreno. Un manto de ceniza recubre el sotobosque y un ligero olor a humo impregna, quince días después, el entorno. Bajo los pinos, la … maleza ha adquirido un tono plomizo; la hojarasca se adivina tiznada y las jaras y los tomillos se dibujan, ennegrecidos, sobre la abrasada tierra. Las llamas, caprichosas en su avance, parecieron echar a suertes qué ardía y qué no: algunas copas aún se aferran a su verde habitual. Durante kilómetros, la imagen se repite.
Costa de Madrid, la última urbanización en recuperar la normalidad, se extiende silenciosa. Durante varios minutos, ni rastro de vecinos. «Quizá se dejen caer por aquí el fin de semana. Yo mismo he venido hace un rato para comprobar una avería y me vuelvo a ir», cuenta el único hombre que aparece durante el recorrido. Camino al pantano de San Juan, el verano parece haberse detenido. Allí, la estampa es desoladora: chiringuitos cerrados, embarcaderos vacíos y un embalse sumido en una extraña quietud. Sólo una valla de seguridad amarilla impidiendo el paso y el restaurante Monasterio rompiendo la estampa de abandono.
Sentada en una de las mesas que componen la terraza, Esperanza, propietaria del establecimiento, afronta un verano que ya da prácticamente por perdido. Resopla. «Toda esta zona vive del turismo de verano. Trabajamos cuatro meses para poder pasar el invierno y, si esto sigue así, no va a haber negocios ni trabajo», lamenta. El día anterior, con el pantano todavía vacío por la prohibición del baño, apenas se ocuparon cinco mesas. Una imagen difícil de reconocer para quien está acostumbrada a recibir colas en estas fechas. «Un día como hoy, en agosto, esto estaría lleno». Y es que, desde el pasado 23 de julio, el paisaje que sostiene buena parte de la economía local ha quedado transformado. «A partir de Navas del Rey, todo está muy mal. La lucha va a ser muy dura en la zona».
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Incendios en Madrid
Enia Gómez
El negocio da trabajo a trece personas y, por ahora, Esperanza no ha despedido a ninguna. Pero sabe que la situación puede obligarla a hacerlo. «Como esto siga así… El dinero no cae de los árboles. Y me temo que la temporada está ya perdida». Para Cati, Yudelys y David, los camareros, los incendios originados en la Sierra Oeste también han dejado una incertidumbre difícil de digerir: cuánto tiempo podrán mantener sus empleos si el turismo no regresa. «Estamos prácticamente todo el día parados. Sabemos que podemos quedarnos sin empleo», cuentan.
El regreso al establecimiento, perteneciente a Pelayos de la Presa, se produjo el pasado miércoles, a primera hora de la mañana. Sin embargo, al otro lado de la valla, la situación sigue siendo muy distinta. El Real Club Náutico de Madrid, enclavado en el término municipal de San Martín de Valdeiglesias, permanece cerrado al público pese a que la Dirección General de Salud Pública de la Comunidad de Madrid califica como apta para el baño la calidad del agua en el embalse. «Nos hace polvo», resume su presidente, Cristóbal Carrasco, que advierte de las consecuencias económicas para una entidad que depende casi exclusivamente de las cuotas de sus socios.

El club, el único de la región con actividad deportiva de vela y competiciones de ámbito nacional e internacional, no puede funcionar. «Nos tienen cerrado el acceso. El problema está en el camino, puesto que todavía hay árboles ardiendo por dentro, cables por el suelo… Acceder una hora al día, de 10.00 a 11.00 horas, es insuficiente, no sirve para nada», lamenta. Mientras esperan una reapertura más amplia, los esfuerzos se concentran en recuperar las instalaciones dañadas por el fuego. La compañía de seguros ya ha comenzado a valorar los desperfectos. También han tenido que vaciar las cámaras frigoríficas del restaurante, hacer frente a cortes de agua, sanear la red y estudiar cómo restablecer el suministro eléctrico. La próxima semana comenzarán además los derribos de las estructuras que han quedado calcinadas.
La incertidumbre afecta también a las cerca de 200 familias que acuden habitualmente los fines de semana a esta zona del pantano. «Si ellas no vienen, el pueblo se resiente», advierte Carrasco. Mientras tanto, la junta directiva y el personal de mantenimiento apenas pueden acceder para realizar tareas básicas y preparar, si las restricciones lo permiten, el calendario de regatas de septiembre. «Tenemos muchos frentes abiertos», concluye.
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