En el Parque de El Retiro se levanta una estatua dedicada al apóstol del árbol, don Ricardo Codorníu, un ingeniero de montes que lleva plantado allí, junto a los árboles del parque, más de cien años. La suya fue una vida dedicada al campo, al monte, al árbol y a la naturaleza. Quizá por eso, su sitio es este parque que en Madrid atesora el pulmón que nos salva de ser simplemente acera y asfalto. Ricardo nació en Cartagena en 1846 y por poco no se hizo Guardiamarina. Nuestra suerte fue que decidiera estudiar montes y hacerlo en Madrid, donde ingresó en el Cuerpo de Ingenieros en 1871. Su vocación estaba marcada desde pequeño. Muy probablemente estemos ante el primer humanista de la rama, de la naturaleza; un ecologista que dio significado a esa palabra cuando ni siquiera existían pasiones sobre las aves y el campo, sobre los árboles y los montes. Dijo una vez Einstein que miráramos profundamente a la naturaleza para comprender todo mejor. Y eso lo tuvo claro Ricardo desde niño, puesto que su pasión por ella fue, más que una forma de vida, un modo de relacionarse con su entorno. Puede que no exista mayor humanismo del que se refiere precisamente a eso. Lo extraño es que fueran pocas personas las que decidieran encontrar en la observación y la admiración del medioambiente, el retorno a todas sus expectativas. Volvió a su tierra para acometer la primera gran reforestación de Murcia, en la Sierra Espuña, así como la restauración de la pinada de Guardamar del Segura. Pero, ¿por qué incluimos a un tipo de Murcia en esta sección de ABC que dedicamos a los gatos que fueron tigres? Sencillamente por una cosa: la regeneración. Ricardo Codorníu utilizó a la naturaleza como excusa para ejercer la regeneración que surgió durante el siglo diecinueve para poner remedio a los grandes males que azotaban nuestro país. De este modo, el regeneracionismo se convirtió en un movimiento de carácter fuertemente transversal, con regeneracionistas tanto conservadores como progresistas, tradicionalistas como republicanos, que buscaban un bien mayor para todos por igual, independientemente de ideologías, gustos o derivas. Y aquí es donde Ricardo Codorníu adquiere una importancia tan actual como universal: mejorar lo que recibimos e impedir que la decadencia actual termine por corromperlo todo.Noticia relacionada reportaje No No Gatos que fueron tigres Antoñete Chenel, el zorro plateado de Madrid Alfonso J. Ussía Además de todo esto, también fue un tipo que apostó por el Esperantismo, un movimiento que pretendía unir al mundo entero bajo la misma moneda: el esperanto. Aunque fue una iniciativa que quedó en nada, lo cierto es que mantenía un fuerte espíritu conciliador e universal. Porque si algo enseña la figura de Ricardo Codorníu es que las ideas, cuando se sostienen sobre hechos, acaban echando raíces más profundas que cualquier discurso. Allí donde otros veían un problema sin solución, él vio un reto que exigía paciencia, conocimiento y una fe poco común en el paso del tiempo. No hay épica más silenciosa que la de quien planta sabiendo que no disfrutará de la sombra. Quizá por eso, al volver al Retiro, su figura cobra un sentido aún más preciso. Muy cerca de donde se alza su estatua resiste el ahuehuete, el árbol más antiguo del parque, plantado en el siglo XVII y testigo mudo de todo cuanto Madrid ha sido desde entonces. No deja de ser significativo que convivan allí ambos tiempos: el del árbol que ha visto pasar la historia y el del hombre que dedicó su vida a garantizar que otros árboles pudieran contarla en el futuro.Esa forma de entender la acción pública, alejada del aplauso inmediato, resulta hoy casi contracultural. Codorníu trabajó en una España convulsa y, sin embargo, eligió un camino alejado de las urgencias. Frente a la prisa, método; frente al ruido, constancia. Y tal vez por eso su nombre no ocupa el lugar que debería en la memoria colectiva, aunque su legado siga creciendo en silencio. Madrid guarda respeto y memoria al apóstol del árbol. En el Parque de El Retiro se levanta una estatua dedicada al apóstol del árbol, don Ricardo Codorníu, un ingeniero de montes que lleva plantado allí, junto a los árboles del parque, más de cien años. La suya fue una vida dedicada al campo, al monte, al árbol y a la naturaleza. Quizá por eso, su sitio es este parque que en Madrid atesora el pulmón que nos salva de ser simplemente acera y asfalto. Ricardo nació en Cartagena en 1846 y por poco no se hizo Guardiamarina. Nuestra suerte fue que decidiera estudiar montes y hacerlo en Madrid, donde ingresó en el Cuerpo de Ingenieros en 1871. Su vocación estaba marcada desde pequeño. Muy probablemente estemos ante el primer humanista de la rama, de la naturaleza; un ecologista que dio significado a esa palabra cuando ni siquiera existían pasiones sobre las aves y el campo, sobre los árboles y los montes. Dijo una vez Einstein que miráramos profundamente a la naturaleza para comprender todo mejor. Y eso lo tuvo claro Ricardo desde niño, puesto que su pasión por ella fue, más que una forma de vida, un modo de relacionarse con su entorno. Puede que no exista mayor humanismo del que se refiere precisamente a eso. Lo extraño es que fueran pocas personas las que decidieran encontrar en la observación y la admiración del medioambiente, el retorno a todas sus expectativas. Volvió a su tierra para acometer la primera gran reforestación de Murcia, en la Sierra Espuña, así como la restauración de la pinada de Guardamar del Segura. Pero, ¿por qué incluimos a un tipo de Murcia en esta sección de ABC que dedicamos a los gatos que fueron tigres? Sencillamente por una cosa: la regeneración. Ricardo Codorníu utilizó a la naturaleza como excusa para ejercer la regeneración que surgió durante el siglo diecinueve para poner remedio a los grandes males que azotaban nuestro país. De este modo, el regeneracionismo se convirtió en un movimiento de carácter fuertemente transversal, con regeneracionistas tanto conservadores como progresistas, tradicionalistas como republicanos, que buscaban un bien mayor para todos por igual, independientemente de ideologías, gustos o derivas. Y aquí es donde Ricardo Codorníu adquiere una importancia tan actual como universal: mejorar lo que recibimos e impedir que la decadencia actual termine por corromperlo todo.Noticia relacionada reportaje No No Gatos que fueron tigres Antoñete Chenel, el zorro plateado de Madrid Alfonso J. Ussía Además de todo esto, también fue un tipo que apostó por el Esperantismo, un movimiento que pretendía unir al mundo entero bajo la misma moneda: el esperanto. Aunque fue una iniciativa que quedó en nada, lo cierto es que mantenía un fuerte espíritu conciliador e universal. Porque si algo enseña la figura de Ricardo Codorníu es que las ideas, cuando se sostienen sobre hechos, acaban echando raíces más profundas que cualquier discurso. Allí donde otros veían un problema sin solución, él vio un reto que exigía paciencia, conocimiento y una fe poco común en el paso del tiempo. No hay épica más silenciosa que la de quien planta sabiendo que no disfrutará de la sombra. Quizá por eso, al volver al Retiro, su figura cobra un sentido aún más preciso. Muy cerca de donde se alza su estatua resiste el ahuehuete, el árbol más antiguo del parque, plantado en el siglo XVII y testigo mudo de todo cuanto Madrid ha sido desde entonces. No deja de ser significativo que convivan allí ambos tiempos: el del árbol que ha visto pasar la historia y el del hombre que dedicó su vida a garantizar que otros árboles pudieran contarla en el futuro.Esa forma de entender la acción pública, alejada del aplauso inmediato, resulta hoy casi contracultural. Codorníu trabajó en una España convulsa y, sin embargo, eligió un camino alejado de las urgencias. Frente a la prisa, método; frente al ruido, constancia. Y tal vez por eso su nombre no ocupa el lugar que debería en la memoria colectiva, aunque su legado siga creciendo en silencio. Madrid guarda respeto y memoria al apóstol del árbol.
En el Parque de El Retiro se levanta una estatua dedicada al apóstol del árbol, don Ricardo Codorníu, un ingeniero de montes que lleva plantado allí, junto a los árboles del parque, más de cien años. La suya fue una vida dedicada al campo, … al monte, al árbol y a la naturaleza. Quizá por eso, su sitio es este parque que en Madrid atesora el pulmón que nos salva de ser simplemente acera y asfalto.
Ricardo nació en Cartagena en 1846 y por poco no se hizo Guardiamarina. Nuestra suerte fue que decidiera estudiar montes y hacerlo en Madrid, donde ingresó en el Cuerpo de Ingenieros en 1871. Su vocación estaba marcada desde pequeño. Muy probablemente estemos ante el primer humanista de la rama, de la naturaleza; un ecologista que dio significado a esa palabra cuando ni siquiera existían pasiones sobre las aves y el campo, sobre los árboles y los montes. Dijo una vez Einstein que miráramos profundamente a la naturaleza para comprender todo mejor. Y eso lo tuvo claro Ricardo desde niño, puesto que su pasión por ella fue, más que una forma de vida, un modo de relacionarse con su entorno. Puede que no exista mayor humanismo del que se refiere precisamente a eso. Lo extraño es que fueran pocas personas las que decidieran encontrar en la observación y la admiración del medioambiente, el retorno a todas sus expectativas.
Volvió a su tierra para acometer la primera gran reforestación de Murcia, en la Sierra Espuña, así como la restauración de la pinada de Guardamar del Segura. Pero, ¿por qué incluimos a un tipo de Murcia en esta sección de ABC que dedicamos a los gatos que fueron tigres? Sencillamente por una cosa: la regeneración. Ricardo Codorníu utilizó a la naturaleza como excusa para ejercer la regeneración que surgió durante el siglo diecinueve para poner remedio a los grandes males que azotaban nuestro país. De este modo, el regeneracionismo se convirtió en un movimiento de carácter fuertemente transversal, con regeneracionistas tanto conservadores como progresistas, tradicionalistas como republicanos, que buscaban un bien mayor para todos por igual, independientemente de ideologías, gustos o derivas. Y aquí es donde Ricardo Codorníu adquiere una importancia tan actual como universal: mejorar lo que recibimos e impedir que la decadencia actual termine por corromperlo todo.
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Además de todo esto, también fue un tipo que apostó por el Esperantismo, un movimiento que pretendía unir al mundo entero bajo la misma moneda: el esperanto. Aunque fue una iniciativa que quedó en nada, lo cierto es que mantenía un fuerte espíritu conciliador e universal.
Porque si algo enseña la figura de Ricardo Codorníu es que las ideas, cuando se sostienen sobre hechos, acaban echando raíces más profundas que cualquier discurso. Allí donde otros veían un problema sin solución, él vio un reto que exigía paciencia, conocimiento y una fe poco común en el paso del tiempo. No hay épica más silenciosa que la de quien planta sabiendo que no disfrutará de la sombra. Quizá por eso, al volver al Retiro, su figura cobra un sentido aún más preciso. Muy cerca de donde se alza su estatua resiste el ahuehuete, el árbol más antiguo del parque, plantado en el siglo XVII y testigo mudo de todo cuanto Madrid ha sido desde entonces. No deja de ser significativo que convivan allí ambos tiempos: el del árbol que ha visto pasar la historia y el del hombre que dedicó su vida a garantizar que otros árboles pudieran contarla en el futuro.
Esa forma de entender la acción pública, alejada del aplauso inmediato, resulta hoy casi contracultural. Codorníu trabajó en una España convulsa y, sin embargo, eligió un camino alejado de las urgencias. Frente a la prisa, método; frente al ruido, constancia. Y tal vez por eso su nombre no ocupa el lugar que debería en la memoria colectiva, aunque su legado siga creciendo en silencio. Madrid guarda respeto y memoria al apóstol del árbol.
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