El Cristo de la Esperanza no faltó a su cita con el Lunes Santo toledano. Apenas abandonó la iglesia de San Andrés, la silueta de este crucificado del siglo XVIII de autor anónimo se proyectó majestuosa, imponente y sobrecogedora sobre la fachada del Centro de Formación Sacerdotal Sagrado Corazón.La plaza de San Andrés presentaba este año un aspecto distinto. Todavía no había concluido la entrada triunfal del Cristo Cautivo en la Catedral a los acordes del himno de España y, sin embargo, el entorno de San Andrés ya era un hervidero de gente , que tenían ganas de más Semana Santa. Tanto que la Policía Local tuvo impidió, en un determinado momento, el acceso de más personas a la plaza al activar un estricto protocolo de seguridad que también se aplicó en el encuentro del Cristo de la Vega con el Señor del Polígono.Con una puntualidad de libro, el Cristo de la Esperanza cruzó lentamente el arco de herradura que preside la salida del templo, auténtico crisol de estilos arquitectónicos. Lo hizo acompañado por cerca de un centenar de cofrades y portado a hombros por ocho cargadores, hombres y mujeres, que se fueron relevando por todo el recorrido procesional.Noticia relacionada reportaje No No SEMANA SANTA Un Encuentro con lo sublime en la toledana Puerta de Bisagra Fernando FrancoTras la primera estación del Vía Crucis, la música se encarnó en las voces de los estudiantes del Seminario Metropolitano de Toledo, que interpretaron a ‘Miserere Mei’, obra de Juan José Calvo Martínez, compositor de varias piezas litúrgicas y que fue alumno del Seminario toledano. Fue uno de los momentos más esperados de la noche.No fue la única música que se escuchó. Al Cristo de la Esperanza también lo acompañó en su vía crucis un trío de capilla, formación musical instrumental pequeña, típica de la Semana Santa, compuesta por instrumentos de viento que precede a pasos de crucificados o dolorosas, creando un ambiente de recogimiento. Los dos oboes y un fagot de los toledanos ‘Ceremoniam’ envolvieron la procesión en una atmósfera íntima muy distinta a la de otros cortejos de la Semana Santa toledana.La Semana Santa Toledana, declarada de interés turístico internacional, es una celebración de contrastes. La sobriedad y el recogimiento del Cristo de la Esperanza conviven, por ejemplo, con el atronador paso del Cautivo, el Señor del Polígono, que va a acompañado por una agrupación musical de supera los setenta integrantes.En la procesión del Cristo de la Esperanza, que se venera durante todo el año en la iglesia de San Cipriano, menos es más. Una premisa que está muy presente, por ejemplo, en su exorno floral, un pequeño gólgota de lirios y rosas de pitiminí que refuerza la sobria elegancia de una procesión que huye de las estridencias y del barroquismo. Los cuatro faroles con velones verdes que flanquean la imagen, en sintonía cromática con los cirios que portan los hermanos de la cofradía, y el golpe seco de las horquillas que llevan los cargadores contra los adoquines de las empedradas calles del Casco son otros pequeños detalles que hacen grande a la procesión que cierra el Lunes Santo toledano.Tras cerca de dos horas de recorrido, el Cristo de la Esperanza regresó a San Andrés. Y allí de nuevo, su nombre adquirió todo su sentido al reencontrarse entre los muros del templo con el Resucitado que recorrerá el domingo el Casco histórico acompañado por la Virgen de la Alegría. Y es que, parafraseando a Delibes, maestro de la austeridad en el lenguaje, la sombra de la Esperanza es alargada. Mucho más que la de cualquier ciprés. El Cristo de la Esperanza no faltó a su cita con el Lunes Santo toledano. Apenas abandonó la iglesia de San Andrés, la silueta de este crucificado del siglo XVIII de autor anónimo se proyectó majestuosa, imponente y sobrecogedora sobre la fachada del Centro de Formación Sacerdotal Sagrado Corazón.La plaza de San Andrés presentaba este año un aspecto distinto. Todavía no había concluido la entrada triunfal del Cristo Cautivo en la Catedral a los acordes del himno de España y, sin embargo, el entorno de San Andrés ya era un hervidero de gente , que tenían ganas de más Semana Santa. Tanto que la Policía Local tuvo impidió, en un determinado momento, el acceso de más personas a la plaza al activar un estricto protocolo de seguridad que también se aplicó en el encuentro del Cristo de la Vega con el Señor del Polígono.Con una puntualidad de libro, el Cristo de la Esperanza cruzó lentamente el arco de herradura que preside la salida del templo, auténtico crisol de estilos arquitectónicos. Lo hizo acompañado por cerca de un centenar de cofrades y portado a hombros por ocho cargadores, hombres y mujeres, que se fueron relevando por todo el recorrido procesional.Noticia relacionada reportaje No No SEMANA SANTA Un Encuentro con lo sublime en la toledana Puerta de Bisagra Fernando FrancoTras la primera estación del Vía Crucis, la música se encarnó en las voces de los estudiantes del Seminario Metropolitano de Toledo, que interpretaron a ‘Miserere Mei’, obra de Juan José Calvo Martínez, compositor de varias piezas litúrgicas y que fue alumno del Seminario toledano. Fue uno de los momentos más esperados de la noche.No fue la única música que se escuchó. Al Cristo de la Esperanza también lo acompañó en su vía crucis un trío de capilla, formación musical instrumental pequeña, típica de la Semana Santa, compuesta por instrumentos de viento que precede a pasos de crucificados o dolorosas, creando un ambiente de recogimiento. Los dos oboes y un fagot de los toledanos ‘Ceremoniam’ envolvieron la procesión en una atmósfera íntima muy distinta a la de otros cortejos de la Semana Santa toledana.La Semana Santa Toledana, declarada de interés turístico internacional, es una celebración de contrastes. La sobriedad y el recogimiento del Cristo de la Esperanza conviven, por ejemplo, con el atronador paso del Cautivo, el Señor del Polígono, que va a acompañado por una agrupación musical de supera los setenta integrantes.En la procesión del Cristo de la Esperanza, que se venera durante todo el año en la iglesia de San Cipriano, menos es más. Una premisa que está muy presente, por ejemplo, en su exorno floral, un pequeño gólgota de lirios y rosas de pitiminí que refuerza la sobria elegancia de una procesión que huye de las estridencias y del barroquismo. Los cuatro faroles con velones verdes que flanquean la imagen, en sintonía cromática con los cirios que portan los hermanos de la cofradía, y el golpe seco de las horquillas que llevan los cargadores contra los adoquines de las empedradas calles del Casco son otros pequeños detalles que hacen grande a la procesión que cierra el Lunes Santo toledano.Tras cerca de dos horas de recorrido, el Cristo de la Esperanza regresó a San Andrés. Y allí de nuevo, su nombre adquirió todo su sentido al reencontrarse entre los muros del templo con el Resucitado que recorrerá el domingo el Casco histórico acompañado por la Virgen de la Alegría. Y es que, parafraseando a Delibes, maestro de la austeridad en el lenguaje, la sombra de la Esperanza es alargada. Mucho más que la de cualquier ciprés.
El Cristo de la Esperanza no faltó a su cita con el Lunes Santo toledano. Apenas abandonó la iglesia de San Andrés, la silueta de este crucificado del siglo XVIII de autor anónimo se proyectó majestuosa, imponente y sobrecogedora sobre la fachada del Centro de … Formación Sacerdotal Sagrado Corazón.
La plaza de San Andrés presentaba este año un aspecto distinto. Todavía no había concluido la entrada triunfal del Cristo Cautivo en la Catedral a los acordes del himno de España y, sin embargo, el entorno de San Andrés ya era un hervidero de gente, que tenían ganas de más Semana Santa. Tanto que la Policía Local tuvo impidió, en un determinado momento, el acceso de más personas a la plaza al activar un estricto protocolo de seguridad que también se aplicó en el encuentro del Cristo de la Vega con el Señor del Polígono.
Con una puntualidad de libro, el Cristo de la Esperanza cruzó lentamente el arco de herradura que preside la salida del templo, auténtico crisol de estilos arquitectónicos. Lo hizo acompañado por cerca de un centenar de cofrades y portado a hombros por ocho cargadores, hombres y mujeres, que se fueron relevando por todo el recorrido procesional.
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Tras la primera estación del Vía Crucis, la música se encarnó en las voces de los estudiantes del Seminario Metropolitano de Toledo, que interpretaron a ‘Miserere Mei’, obra de Juan José Calvo Martínez, compositor de varias piezas litúrgicas y que fue alumno del Seminario toledano. Fue uno de los momentos más esperados de la noche.
No fue la única música que se escuchó. Al Cristo de la Esperanza también lo acompañó en su vía crucis un trío de capilla, formación musical instrumental pequeña, típica de la Semana Santa española, compuesta por instrumentos de viento que precede a pasos de crucificados o dolorosas, creando un ambiente de recogimiento. Los dos oboes y un fagot de los toledanos ‘Ceremoniam’ envolvieron la procesión en una atmósfera íntima muy distinta a la de otros cortejos de la Semana Santa toledana.
En la procesión de este Cristo, que se venera durante todo el año en la iglesia de San Cipriano, menos es más. Una premisa que está muy presente, por ejemplo, en su exorno floral, un pequeño gólgota de lirios y rosas de pitiminí que refuerza la sobria elegancia de una procesión que huye de las estridencias y del barroquismo.
Los cuatro faroles con velones verdes que flanquean la imagen, en sintonía cromática con los cirios que portan los hermanos de la cofradía, y el golpe seco de las horquillas que llevan los cargadores contra los adoquines de las empedradas calles del Casco son otros pequeños detalles que hacen grande a la procesión que cierra el Lunes Santo toledano.
Tras cerca de dos horas de recorrido, el Cristo de la Esperanza regresó a San Andrés. Y allí de nuevo, su nombre adquirió todo su sentido al reencontrarse entre los muros del templo con el Resucitado que recorrerá el domingo el Casco histórico acompañado por la Virgen de la Alegría. Y es que, parafraseando a Delibes, maestro de la austeridad en el lenguaje, la sombra de la Esperanza es alargada. Mucho más que la de cualquier ciprés.
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