Estamos a dos soplos de convertir el centro de la ciudad en una postal de tránsito, alcalde, sin vecinos ya, pero con mucho trajín de turistas. El sábado mismo daba ABC un reportaje donde hablan los últimos vecinos de la Puerta del Sol , que son cuatro supervivientes de un barrio que es más bien un barrio extranjero. Sería deseable la convivencia entre turistas y vecinos, pero ya no nos van quedando vecinos. Hemos cedido la acera a la maleta con ruedas, y el rellano lo hemos dado a la contraseña de un piso que cambia de inquilino cada dos noches. El que viene trae curiosidad y deja consumo, y eso tiene su música. Pero la melodía larga la sostienen los que se quedan cuando se apagan los focos. Se nos han ido los cines de barrio, en cuyos locales hay ahora tiendas que venden lo mismo aquí que en Singapur. Se nos afinan las calles a fuerza de franquicia y se nos desafinan las conversaciones, porque ya no hay quién las continúe mañana. Cuando el panadero de toda la vida baja la persiana por última vez, no se clausura solo un negocio. Se clausura un capítulo íntimo de la ciudad . Eso no lo arregla ninguna azotea con DJ. Me temo, alcalde, que si entregamos alegremente el Madrid vivido al Madrid espectáculo, acabaremos paseando por una reproducción exacta y hueca de nosotros mismos. Tendremos muchas fotos, pero pocas historias que duren más que una batería de iPhone.Defender el vecindario no es cerrar la puerta a los pasajeros. Es dejarla entornada para que entre el aire sin que se lleve los muebles. Resulta que la capital no se sostiene con fuegos artificiales, sino con bombillas encendidas en casas que siguen habitadas por los mismos en noviembre, en febrero y en agosto. Madrid sin madrileños no es Madrid. Estamos a dos soplos de convertir el centro de la ciudad en una postal de tránsito, alcalde, sin vecinos ya, pero con mucho trajín de turistas. El sábado mismo daba ABC un reportaje donde hablan los últimos vecinos de la Puerta del Sol , que son cuatro supervivientes de un barrio que es más bien un barrio extranjero. Sería deseable la convivencia entre turistas y vecinos, pero ya no nos van quedando vecinos. Hemos cedido la acera a la maleta con ruedas, y el rellano lo hemos dado a la contraseña de un piso que cambia de inquilino cada dos noches. El que viene trae curiosidad y deja consumo, y eso tiene su música. Pero la melodía larga la sostienen los que se quedan cuando se apagan los focos. Se nos han ido los cines de barrio, en cuyos locales hay ahora tiendas que venden lo mismo aquí que en Singapur. Se nos afinan las calles a fuerza de franquicia y se nos desafinan las conversaciones, porque ya no hay quién las continúe mañana. Cuando el panadero de toda la vida baja la persiana por última vez, no se clausura solo un negocio. Se clausura un capítulo íntimo de la ciudad . Eso no lo arregla ninguna azotea con DJ. Me temo, alcalde, que si entregamos alegremente el Madrid vivido al Madrid espectáculo, acabaremos paseando por una reproducción exacta y hueca de nosotros mismos. Tendremos muchas fotos, pero pocas historias que duren más que una batería de iPhone.Defender el vecindario no es cerrar la puerta a los pasajeros. Es dejarla entornada para que entre el aire sin que se lleve los muebles. Resulta que la capital no se sostiene con fuegos artificiales, sino con bombillas encendidas en casas que siguen habitadas por los mismos en noviembre, en febrero y en agosto. Madrid sin madrileños no es Madrid.
Estamos a dos soplos de convertir el centro de la ciudad en una postal de tránsito, alcalde, sin vecinos ya, pero con mucho trajín de turistas. El sábado mismo daba ABC un reportaje donde hablan los últimos vecinos de la Puerta del Sol, que … son cuatro supervivientes de un barrio que es más bien un barrio extranjero. Sería deseable la convivencia entre turistas y vecinos, pero ya no nos van quedando vecinos. Hemos cedido la acera a la maleta con ruedas, y el rellano lo hemos dado a la contraseña de un piso que cambia de inquilino cada dos noches.
El que viene trae curiosidad y deja consumo, y eso tiene su música. Pero la melodía larga la sostienen los que se quedan cuando se apagan los focos. Se nos han ido los cines de barrio, en cuyos locales hay ahora tiendas que venden lo mismo aquí que en Singapur. Se nos afinan las calles a fuerza de franquicia y se nos desafinan las conversaciones, porque ya no hay quién las continúe mañana. Cuando el panadero de toda la vida baja la persiana por última vez, no se clausura solo un negocio. Se clausura un capítulo íntimo de la ciudad. Eso no lo arregla ninguna azotea con DJ.
Me temo, alcalde, que si entregamos alegremente el Madrid vivido al Madrid espectáculo, acabaremos paseando por una reproducción exacta y hueca de nosotros mismos. Tendremos muchas fotos, pero pocas historias que duren más que una batería de iPhone.
Defender el vecindario no es cerrar la puerta a los pasajeros. Es dejarla entornada para que entre el aire sin que se lleve los muebles. Resulta que la capital no se sostiene con fuegos artificiales, sino con bombillas encendidas en casas que siguen habitadas por los mismos en noviembre, en febrero y en agosto. Madrid sin madrileños no es Madrid.
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