La actriz irrumpió en los últimos minutos de la entrevista del presidente en La Revuelta y, entre carcajadas, irreverencias y preguntas incómodas, puso palabras a lo que había ocurrido durante hora y media: demasiado hombre explicando el mundo y muy pocas mujeres en la conversación Leer La actriz irrumpió en los últimos minutos de la entrevista del presidente en La Revuelta y, entre carcajadas, irreverencias y preguntas incómodas, puso palabras a lo que había ocurrido durante hora y media: demasiado hombre explicando el mundo y muy pocas mujeres en la conversación Leer
Candela Peña estaba anoche entre bastidores de La Revuelta por si había que salvar los muebles. Por si la entrevista de Pedro Sánchez terminaba antes de lo previsto, por si al presidente le daba por levantarse y marcharse, por si David Broncano se venía arriba y aquello acababa como el rosario de la aurora. La imaginación al poder. Imagínense a Pedro Sánchez abandonando la entrevista porque le han hecho una pregunta incómoda. En fin. Una utopía. El caso es que Candela esperaba pacientemente su momento por si había que rescatar el programa. Y vaya si lo rescató. Lo que nadie podía imaginar es que no iba a salvarlo de un presidente que se marchaba, sino de un presidente que no dejaba de explicarse y de un presentador que, padre y muy señor mío, dejó claro que es lo suyo y que no lo es.
«Mucho nabo y poca señora». Se puede decir más alto, se puede decir con más delicadeza, se puede adornar con un sesudo análisis sobre la representación femenina en los espacios de poder, pero difícilmente se puede decir mejor.
Candela Peña resumió en cinco palabras lo que habíamos visto durante hora y media. Un señor entrevistando a otro señor. Un señor preguntando y otro señor contestando. Un señor intentando sacar algo que no estuviera previsto y otro señor llevando cada respuesta a su terreno. Dos hombres hablando de política, de poder, de quién tiene razón, de quién se equivoca, de quién manda y de quién debería mandar. Como esas conversaciones de barra de bar en las que los hombres sacan pecho, se miden los conocimientos (por no decir otra cosa), se disputan la última palabra y, si hace falta, arreglan el mundo antes de que llegue la siguiente ronda. Sólo faltaban los palillos, el carajillo y alguien diciendo aquello de «esto lo solucionaba yo en dos días».
Y, gracias a Dios, entonces llegó Candela. Bendita Candela.
Porque lo extraordinario de Candela Peña es que nunca sabes por dónde va a salir. Ni ella misma parece saberlo. Es una fuerza de la naturaleza que entra en un plató y convierte el protocolo en papel mojado. Una actriz capaz de llamar «la Peter» o «la Pedra» al presidente del Gobierno, preocuparse por lo delgado que está, preguntar por «la Bego», interesarse por su salud mental, soltar una barbaridad y, cuando todavía estás intentando recuperarte de la carcajada, dejarte una pregunta que te obliga a pensar. Todo sin despeinarse. Bueno, despeinándose lo que haga falta.
«Marica, ¿por qué quieres seguir?». Esa fue una de sus preguntas. Y no era ninguna tontería. Venía a decirle que después de una pandemia, un volcán, un apagón, la crisis de Ceuta y todos los marrones que ha tenido que gestionar (los suyos y los de los demás), qué necesidad había de seguir empeñado en gobernar. Candela Peña quería saber si iba a terapia, si necesitaba ayuda, si todo aquello no le había pasado factura. Incluso deslizó, con su particular sentido del humor, una pregunta que casi noquea al presidente: «¿Eres un psicópata?».
Pedro Sánchez respondió que medita, que hace deporte y que le gusta lo que hace. Candela escuchaba, intervenía, volvía a preguntar, le tocaba. No había argumentarios, ni bloques temáticos, ni preguntas ordenadas en una escaleta. Había una mujer haciendo lo que le daba la gana. Y, curiosamente, de aquel aparente desbarajuste salían preguntas que tenían bastante más recorrido del que parecía.
Que nadie se confunda. Candela Peña no ocultó en ningún momento su simpatía por Pedro Sánchez. Es fan de «Peter», todavía más de «la Bego», y se le escapó hasta un «¿crees que lo vamos a conseguir?» cuando le preguntó por la posibilidad de alcanzar los 176 escaños que reclamó anoche Pedro Sánchez durante la entrevista. Se corrigió inmediatamente: «¿Crees que lo vais a conseguir?». Broncano, que llevaba toda la noche intentando guardar un equilibrio (al menos en cuanto a utilizar la primera persona del plural) entre el humor, la entrevista política y la imparcialidad, encontró en aquel lapsus una buena razón para reírse. Candela no había ido allí a fingir una neutralidad que no sentía.
Y precisamente por eso resultó tan interesante. Porque incluso desde la admiración fue capaz de introducir preguntas que no encajaban en el discurso del invitado. Una cosa es que te guste un político y otra que tengas que limitarte a aplaudirle. Candela podía hacerle un piropo y, un segundo después, preguntarle por qué los políticos tienen tantas dificultades para reconocer sus errores. Una pregunta sencilla, casi infantil, de esas que precisamente por ser tan sencillas resultan difíciles de esquivar sin que se note.
Sánchez reconoció que había cometido errores, pero introdujo inmediatamente los matices. Que no todo es blanco o negro. Que las cosas son más complejas. El habitual territorio en el que una respuesta puede empezar siendo una admisión y acabar convertida en una explicación. Broncano bromeó entonces con la posibilidad de que existiera algún artículo de la Constitución que impidiera a los políticos entonar el mea culpa. No estaría mal comprobarlo. A lo mejor está entre el derecho a la vivienda y la inviolabilidad del domicilio.
Y aquí estaba la gran diferencia entre Candela Peña y lo que había ocurrido hasta entonces.
David Broncano había intentado prepararse la entrevista. Se notaba. Y se agradece el esfuerzo. Pero una cosa es prepararse una entrevista y otra saber hacerla. Y anoche Broncano demostró que lo segundo le queda bastante más lejos que lo primero. Porque aquello no fue una entrevista, fue una carrera de obstáculos en la que los obstáculos los ponía el propio entrevistador. Preguntaba por vivienda, saltaba a la corrupción, se iba a la política internacional, regresaba a cualquier otro asunto y, cuando parecía que podía salir algo interesante, cambiaba de tercio sin haber terminado el anterior. Como quien abre 20 pestañas en el ordenador y acaba sin saber qué estaba buscando. No había hilo, no había continuidad, no había repreguntas que apretasen donde había que apretar. Había preguntas. Muchas. Demasiadas. Y ninguna paciencia para escuchar las respuestas.
Tan desesperante llegó a ser el asunto que fue el propio Pedro Sánchez quien tuvo que pedirle varias veces que le dejara hablar, que le permitiera explicarse. Imagínense la escena. El presidente del Gobierno, un político que difícilmente desaprovecha una oportunidad para desarrollar su discurso, suplicando prácticamente que el entrevistador dejase de interrumpirle. «Pero déjame hablar», «déjame que me explique». Y Broncano, erre que erre, metiendo una ocurrencia, atravesando una pregunta, buscando el chiste cuando tocaba escuchar y buscando otra pregunta cuando tocaba insistir. El problema no era que interrumpiera al presidente. Interrumpir a un político puede ser una virtud periodística, incluso una obligación cuando esquiva lo que se le pregunta. El problema es que Broncano interrumpía sin propósito, sin dirección y, sobre todo, sin aprovechar lo que acababa de escuchar. No cortaba para desmontar una respuesta; cortaba porque parecía incapaz de dejar que la conversación respirase.
Y así, lo que podía haber sido una entrevista verdaderamente interesante se convirtió en una sucesión de asuntos abiertos y abandonados a medio camino. Porque, frente a un político tan acostumbrado a manejar sus mensajes como Pedro Sánchez, el secreto no está en lanzar 20 preguntas, sino en hacer la pregunta veintiuno sobre aquello que no ha contestado en las veinte anteriores. Y eso Broncano no lo hizo. Ni supo llevarle a las cuerdas, ni supo seguir el hilo, ni supo cuándo callarse. Sánchez, mientras tanto, aprovechó cada resquicio para colocar su relato. No necesitó esquivar grandes embestidas porque apenas hubo embestidas que sostener. Y cuando el entrevistador renuncia a conducir la conversación, quien acaba conduciéndola es el entrevistado. Anoche, además, con chófer y la carretera despejada.
El presidente pudo exponer su versión de los acontecimientos, defender su gestión, explicar sus decisiones y deslizar sus mensajes políticos. Y también repartir algún que otro rejonazo. Avisó de que irá a El Hormiguero, aunque aprovechó para recordar aquella ocasión en la que Pablo Motos quiso demostrarle que en sus tertulias también había colaboradores de izquierdas y le puso como ejemplos a Rubén Amón y Juan del Val. A Sánchez aquello le pareció una broma. Ya saben, lo de repartir los carnés de izquierdas es una afición muy extendida en España. Cada cual tiene su imprenta.
La visita tenía además un contexto imposible de ignorar. Pedro Sánchez estrenaba en La Revuelta su ronda de entrevistas televisivas ante las elecciones del 29 de noviembre. El presidente volvía a los programas de entretenimiento, ese territorio que tan bien le funcionó en anteriores campañas y en el que los políticos pueden mostrarse cercanos, bromear, contar anécdotas y enseñar una versión de sí mismos que difícilmente aparece en una sesión de control parlamentario. Nada ilegítimo hay en ello. Broncano, además, ha invitado a los principales candidatos. Otra cosa es confundir una conversación agradable con una entrevista que permita examinar de verdad al entrevistado.
Y en esas estábamos cuando Candela Peña decidió que ya estaba bien de tanta testosterona televisiva.
Porque su «mucho nabo y poca señora» no era simplemente una ocurrencia graciosa. Era una enmienda a la totalidad de lo que acabábamos de ver. No porque los asuntos tratados carecieran de importancia, sino porque las mujeres habían ocupado un lugar secundario en aquella conversación. Y cuando aparecían, tampoco siempre era para hablar de ellas como protagonistas de la política, de la sociedad o de las decisiones que afectan a millones de personas. Candela detectó esa ausencia y la señaló sin necesidad de montar una conferencia sobre feminismo. Le bastó con abrir la boca.
Es verdad que ella misma preguntó por Begoña Gómez desde la admiración y desde la preocupación por lo que supone ser la pareja de un presidente del Gobierno. También habló de las renuncias que tantas veces se exige hacer a las mujeres. Y ahí, entre una broma y otra, apareció una reflexión que merecía bastante más tiempo del que tuvo: por qué cuando la política se pone fea son tantas veces las mujeres quienes terminan pagando una parte del precio.
Eso es Candela Peña. Puede parecer que está diciendo disparates cuando en realidad está señalando algo que los demás han pasado por alto. Puede convertir una pregunta sobre la salud mental en una escena delirante y, al mismo tiempo, recordar que detrás de un cargo público hay una persona. Puede romper la solemnidad sin convertir necesariamente todo en una frivolidad. Y puede hacer una pregunta verdaderamente incómoda sin adoptar el gesto trascendental de quien cree estar protagonizando el interrogatorio del siglo.
A Sánchez se le vio cómodo con ella. Se rio, siguió sus bromas y terminó elogiándola como una de las mejores actrices de España. Candela tampoco pretendía acorralarlo. No era su papel ni había ido allí para eso. Pero consiguió algo que había escaseado durante la entrevista: alterar el ritmo previsto, introducir una mirada distinta y obligar al invitado a salir, aunque fuera unos minutos, del terreno que mejor domina.
Y no deja de tener su gracia que el momento más imprevisible de la noche llegara cuando entró una mujer a la que habían dejado esperando por si acaso sobraba tiempo. Como la vida misma.
Grison había puesto durante la entrevista algunas de las notas de humor más afortunadas. Broncano había confundido preguntar con entrevistar, interrumpir con incomodar y saltar de un asunto a otro con llevar las riendas de una conversación. Sánchez había encontrado el escenario perfecto para desarrollar su relato. Cada uno había interpretado su papel. Aunque alguno debería revisar el guion. Candela Peña, en cambio, no interpretó ninguno. O los interpretó todos a la vez.
Ahí está la grandeza televisiva de esta mujer. No necesita un guion para convertir 10 minutos en un espectáculo. No necesita fingir que es periodista para hacer una buena pregunta. No necesita esconder sus simpatías para introducir una contradicción. Y, sobre todo, no necesita pedir permiso para decir lo que piensa.
Anoche La Revuelta reunió al presidente del Gobierno y a uno de los presentadores más populares de España. Dos hombres acostumbrados a ocupar el centro del escenario, cada uno en su territorio. Hablaron durante hora y media. De política, de televisión, del país y de sí mismos. Después salió Candela Peña, los miró y dijo: «Mucho nabo y poca señora».
Una hora y media de conversación para que llegara una mujer y resumiera el problema en cinco palabras. Y pensar que la tenían esperando por si sobraba tiempo. Como la vida misma.
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