El doctor fue muy claro al decir que le quedaban pocos meses de vida y a la semana siguiente mi abuela se la llevó de vacaciones al hotel Big Rock de Playa de Aro, entonces uno de los mejores hoteles de la Costa Brava, con el atractivo añadido de la cocina de Carles Camós.Rosi era una dependienta de toda la vida, esposa de uno de los buenos cocineros que tuvo Semon. Cuando a veces mi abuela decía que sus trabajadores, sobre todo los más veteranos, eran como su familia, no exageraba. Nos instalamos en el Big Rock con el encargo de mi abuela de cuidar y mimar a Rosi. Su marido acudía cuando salía de trabajar y llegaba a cenar.Ni mi hermana ni yo tuvimos que esforzarnos porque también queríamos mucho a Rosi. En los años buenos de mi abuela, los fines de semana siempre había algún empleado invitado, normalmente con su familia. No decíamos «mira, llegan los empleados» pero les tratábamos mejor que a los amigos o familiares. Mi abuela me educó para entender como un deber cualquier posición de privilegio. El deber de usar mi lujo en favor de las personas que hacían posible nuestra empresa, y a quererles a través del agradecimiento.Mi abuela no se lo pensó dos veces cuando le dijo a Rosi que se irían juntas al Big Rock y en mi familia no nos resultó extraño que una trabajadora a punto de morir quisiera pasar gran parte de lo que fueron sus últimos días con nosotros. ¿Con quién iba a estar mejor?Hoy dirían que mi abuela se metía en la vida de su gente, y lo hacía. Es verdad. Y además era muy dura y tenía mala leche, y decía las cosas de una manera muy salvaje. Reñía a los maridos que sabía que habían sido infieles, porque en Barcelona se sabía todo y más alrededor de Semon; estaba al corriente de las notas de sus hijos y les llamaba y les reñía todavía más si no iban bien en el colegio. Por cierto que, hablando hijos y de colegios, a todos se les ofreció poder ir al mismo que íbamos mi hermana y yo.Nadie discutía la entrega a la empresa y la empresa no negociaba con la dignidad del trabajador. Rosi estaba muy débil pero disfrutó aquellos días. El chef Camós estuvo muy atento cocinando sus platos un poco más suaves para que pudiera comerlos sin que le sentaran mal por culpa de la medicación. Todos en el Big Rock conocían a mi abuela y se volcaron con Rosi. Fue tan agradable que en algún momento hasta nos olvidamos del motivo por el que estábamos allí, aunque el médico tenía razón y la enfermedad avanzó muy rápidamente.Los meses que le quedaban eran realmente pocos, y Rosi no llegó a septiembre. Tras el entierro, mi abuela dijo que quería cerrar el negocio durante tres días y el marido viudo le dijo que el mejor homenaje que podía hacerle a su esposa era abrir cada día, trabajar mejor, y ganar más dinero. Mi abuela nunca olvidó a Rosi. Cuando ya muy mayor no distinguía entre el día y la noche, y no siempre sabía de qué hablaba, explicaba anécdotas de su antigua dependienta y recordaba con precisión cada detalle. Rosi fue la primera en irse, pero el Big Rock también cerró. Carles Camós murió, mi abuela tampoco está y aunque por supuesto lo nuevo es también muy emocionante, los derechos han deteriorado la calidad humana. Los camareros tienen hoy más derechos que entonces, pero los empresarios sienten menos deber hacia ellos. Algunos dicen que las condiciones de trabajo han mejorado mucho, pero yo creo que hemos perdido todos. Tú pregunta y sólo escucharás quejas. Antes no hacía falta preguntar nada porque los empleados estaban cenando en tu casa y tratarlos mejor de lo que nos tratábamos entre nosotros era nuestra manera de darles las gracias. El doctor fue muy claro al decir que le quedaban pocos meses de vida y a la semana siguiente mi abuela se la llevó de vacaciones al hotel Big Rock de Playa de Aro, entonces uno de los mejores hoteles de la Costa Brava, con el atractivo añadido de la cocina de Carles Camós.Rosi era una dependienta de toda la vida, esposa de uno de los buenos cocineros que tuvo Semon. Cuando a veces mi abuela decía que sus trabajadores, sobre todo los más veteranos, eran como su familia, no exageraba. Nos instalamos en el Big Rock con el encargo de mi abuela de cuidar y mimar a Rosi. Su marido acudía cuando salía de trabajar y llegaba a cenar.Ni mi hermana ni yo tuvimos que esforzarnos porque también queríamos mucho a Rosi. En los años buenos de mi abuela, los fines de semana siempre había algún empleado invitado, normalmente con su familia. No decíamos «mira, llegan los empleados» pero les tratábamos mejor que a los amigos o familiares. Mi abuela me educó para entender como un deber cualquier posición de privilegio. El deber de usar mi lujo en favor de las personas que hacían posible nuestra empresa, y a quererles a través del agradecimiento.Mi abuela no se lo pensó dos veces cuando le dijo a Rosi que se irían juntas al Big Rock y en mi familia no nos resultó extraño que una trabajadora a punto de morir quisiera pasar gran parte de lo que fueron sus últimos días con nosotros. ¿Con quién iba a estar mejor?Hoy dirían que mi abuela se metía en la vida de su gente, y lo hacía. Es verdad. Y además era muy dura y tenía mala leche, y decía las cosas de una manera muy salvaje. Reñía a los maridos que sabía que habían sido infieles, porque en Barcelona se sabía todo y más alrededor de Semon; estaba al corriente de las notas de sus hijos y les llamaba y les reñía todavía más si no iban bien en el colegio. Por cierto que, hablando hijos y de colegios, a todos se les ofreció poder ir al mismo que íbamos mi hermana y yo.Nadie discutía la entrega a la empresa y la empresa no negociaba con la dignidad del trabajador. Rosi estaba muy débil pero disfrutó aquellos días. El chef Camós estuvo muy atento cocinando sus platos un poco más suaves para que pudiera comerlos sin que le sentaran mal por culpa de la medicación. Todos en el Big Rock conocían a mi abuela y se volcaron con Rosi. Fue tan agradable que en algún momento hasta nos olvidamos del motivo por el que estábamos allí, aunque el médico tenía razón y la enfermedad avanzó muy rápidamente.Los meses que le quedaban eran realmente pocos, y Rosi no llegó a septiembre. Tras el entierro, mi abuela dijo que quería cerrar el negocio durante tres días y el marido viudo le dijo que el mejor homenaje que podía hacerle a su esposa era abrir cada día, trabajar mejor, y ganar más dinero. Mi abuela nunca olvidó a Rosi. Cuando ya muy mayor no distinguía entre el día y la noche, y no siempre sabía de qué hablaba, explicaba anécdotas de su antigua dependienta y recordaba con precisión cada detalle. Rosi fue la primera en irse, pero el Big Rock también cerró. Carles Camós murió, mi abuela tampoco está y aunque por supuesto lo nuevo es también muy emocionante, los derechos han deteriorado la calidad humana. Los camareros tienen hoy más derechos que entonces, pero los empresarios sienten menos deber hacia ellos. Algunos dicen que las condiciones de trabajo han mejorado mucho, pero yo creo que hemos perdido todos. Tú pregunta y sólo escucharás quejas. Antes no hacía falta preguntar nada porque los empleados estaban cenando en tu casa y tratarlos mejor de lo que nos tratábamos entre nosotros era nuestra manera de darles las gracias. El doctor fue muy claro al decir que le quedaban pocos meses de vida y a la semana siguiente mi abuela se la llevó de vacaciones al hotel Big Rock de Playa de Aro, entonces uno de los mejores hoteles de la Costa Brava, con el atractivo añadido de la cocina de Carles Camós.Rosi era una dependienta de toda la vida, esposa de uno de los buenos cocineros que tuvo Semon. Cuando a veces mi abuela decía que sus trabajadores, sobre todo los más veteranos, eran como su familia, no exageraba. Nos instalamos en el Big Rock con el encargo de mi abuela de cuidar y mimar a Rosi. Su marido acudía cuando salía de trabajar y llegaba a cenar.Ni mi hermana ni yo tuvimos que esforzarnos porque también queríamos mucho a Rosi. En los años buenos de mi abuela, los fines de semana siempre había algún empleado invitado, normalmente con su familia. No decíamos «mira, llegan los empleados» pero les tratábamos mejor que a los amigos o familiares. Mi abuela me educó para entender como un deber cualquier posición de privilegio. El deber de usar mi lujo en favor de las personas que hacían posible nuestra empresa, y a quererles a través del agradecimiento.Mi abuela no se lo pensó dos veces cuando le dijo a Rosi que se irían juntas al Big Rock y en mi familia no nos resultó extraño que una trabajadora a punto de morir quisiera pasar gran parte de lo que fueron sus últimos días con nosotros. ¿Con quién iba a estar mejor?Hoy dirían que mi abuela se metía en la vida de su gente, y lo hacía. Es verdad. Y además era muy dura y tenía mala leche, y decía las cosas de una manera muy salvaje. Reñía a los maridos que sabía que habían sido infieles, porque en Barcelona se sabía todo y más alrededor de Semon; estaba al corriente de las notas de sus hijos y les llamaba y les reñía todavía más si no iban bien en el colegio. Por cierto que, hablando hijos y de colegios, a todos se les ofreció poder ir al mismo que íbamos mi hermana y yo.Nadie discutía la entrega a la empresa y la empresa no negociaba con la dignidad del trabajador. Rosi estaba muy débil pero disfrutó aquellos días. El chef Camós estuvo muy atento cocinando sus platos un poco más suaves para que pudiera comerlos sin que le sentaran mal por culpa de la medicación. Todos en el Big Rock conocían a mi abuela y se volcaron con Rosi. Fue tan agradable que en algún momento hasta nos olvidamos del motivo por el que estábamos allí, aunque el médico tenía razón y la enfermedad avanzó muy rápidamente.Los meses que le quedaban eran realmente pocos, y Rosi no llegó a septiembre. Tras el entierro, mi abuela dijo que quería cerrar el negocio durante tres días y el marido viudo le dijo que el mejor homenaje que podía hacerle a su esposa era abrir cada día, trabajar mejor, y ganar más dinero. Mi abuela nunca olvidó a Rosi. Cuando ya muy mayor no distinguía entre el día y la noche, y no siempre sabía de qué hablaba, explicaba anécdotas de su antigua dependienta y recordaba con precisión cada detalle. Rosi fue la primera en irse, pero el Big Rock también cerró. Carles Camós murió, mi abuela tampoco está y aunque por supuesto lo nuevo es también muy emocionante, los derechos han deteriorado la calidad humana. Los camareros tienen hoy más derechos que entonces, pero los empresarios sienten menos deber hacia ellos. Algunos dicen que las condiciones de trabajo han mejorado mucho, pero yo creo que hemos perdido todos. Tú pregunta y sólo escucharás quejas. Antes no hacía falta preguntar nada porque los empleados estaban cenando en tu casa y tratarlos mejor de lo que nos tratábamos entre nosotros era nuestra manera de darles las gracias. RSS de noticias de cultura
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