Hay una frase del himno del Rayo Vallecano que siempre me ha llamado la atención: “El Rayo Vallecano del jugar hace virtud”. Y ello se debe a que me parece una bonita y deportiva forma de adaptar el refrán de “hacer de la necesidad virtud”, el dicho popular que llama a sacar alguna oportunidad de una situación que, de partida, es negativa o, cuando menos, forzosa.
Hay una frase del himno del Rayo Vallecano que siempre me ha llamado la atención: “El Rayo Vallecano del jugar hace virtud”. Y ello se debe a que me parece una bonita y deportiva forma de adaptar el refrán de “hacer de la necesidad virtud”, el dicho popular que llama a sacar alguna oportunidad de una situación que, de partida, es negativa o, cuando menos, forzosa.Seguir leyendo…
Hay una frase del himno del Rayo Vallecano que siempre me ha llamado la atención: “El Rayo Vallecano del jugar hace virtud”. Y ello se debe a que me parece una bonita y deportiva forma de adaptar el refrán de “hacer de la necesidad virtud”, el dicho popular que llama a sacar alguna oportunidad de una situación que, de partida, es negativa o, cuando menos, forzosa.
Es evidente que muchos de los vecinos de Vallecas hacen cada día de la necesidad virtud, porque no tienen otra alternativa para intentar vivir con la renta per cápita media más baja de Madrid. Es un barrio obrero, un barrio humilde, y lo lleva a gala, con orgullo.
Y esa realidad está vinculada a la del propio Rayo Vallecano, que tiene un presupuesto de unos 50 millones de euros, uno de los más modestos de toda la Primera División española y que contrasta con el de los diez clubs españoles que superan los 100 millones de euros en gastos. En esta coyuntura, al Rayo Vallecano solo le queda hacer virtud del jugar, porque no hay para más. Compite en peores circunstancias y con menos recursos.
Pese a esa realidad, llevamos unas temporadas en las que el virtuosismo rayista está siendo la regla. En estos últimos años el Rayo ha cumplido su primer centenario y ha conseguido dos hitos históricos: garantizar por sexta temporada consecutiva su mantenimiento en la Primera División y llegar a su primera final europea. Todo ello a puro pulmón, a base de talento, perseverancia, valentía deportiva, mucho esfuerzo y una conexión equipo-afición como se han visto pocas. Y todo ello, además, mientras el club y la afición rayista abrazan simultáneamente, siguiendo la tónica del barrio al que representan, multitud de causas sociales que van desde el apoyo a la investigación contra el cáncer de mama o la lucha contra la discriminación racista, machista y LGTBIfóbica a la denuncia del incumplimiento del derecho internacional y sus consecuencias, tanto en destrucción como en vidas humanas, para la población civil.
Hoy miércoles, el Rayo Vallecano jugará la final de la Conference League contra el Crystal Palace, que es, de nuevo, otro gigante económico desde la perspectiva vallecana. Si esta final se gana, lo celebraré como una gesta increíble. Pero si se pierde, estaré exactamente igual de orgulloso por haber sido testigo de que un equipo de fútbol humilde, de barrio, haya conseguido llevar los valores que representa a una final europea y hacer feliz a tantas vallecanas, a tantos vallecanos.
Suceda lo que suceda, y ojalá suceda lo mejor, seguiremos acompañando al Rayo Vallecano, como el resto de su afición. Es algo que va mucho más allá de lo deportivo. Se basa en la convicción de que la combinación entre compromiso social, humildad y trabajo consigue lo imposible. En la vida y en el fútbol. Por eso, Vallecas defiende ser el mejor barrio del mundo y el Rayo es su mejor embajador, que en Leipzig lo será de todo el fútbol español. El Rayo y su afición se merecen disfrutar de la gloria europea. Se lo han ganado.
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