A Rufi Velázquez le danzaban los libros en derredor como si fuesen mariposas. Las palabras, las oraciones, los versos, las canciones. Todo lo escrito, incluso los corazones de tiza en la pared, en las cortezas de los árboles. Esos amores eternos que lo mismo duran unas horas o no basta una vida para gastarlos. Así, como no le ha bastado a Javier.A Rufi le danzaban alrededor todas las palabras con invisibles alas. Ella se las dio y se las regaló a niños y mayores; las dejó en libertad, a su albedrío. Treinta y cinco años en bibliotecas pueden ser treinta y cinco vidas. Luego, el día que se nos fue, hace unos meses, fue como si se las hubiese llevado todas. Yo entonces no las tenía, no las encontraba, como si fuesen cromos que regresan al álbum al que siempre pertenecieron. Como si esas palabras que brotaban de la tierra y tomaban vuelo en los libros quisieran regresar a la tierra, ser aire, con ella, que las conocía todas.El día que se fue Javier no dijo nada. Nos pidió una sonrisa al cielo a quienes la queríamos. Una inmensa suma de sonrisas a quien supo sonreír mirando de frente a la muerte. Aquellos ojos tan preciosos que se posaron miles y miles de horas sobre miles de páginas. Ese papel que se toca, se huele, se acaricia. Que canta, llora, reza, maldice, sueña, vuela, se hunde adentro.No existe ningún viaje más hermoso que un libro. Y Rufi, que siempre lo supo, dedicó si vida a enseñar a leer a los zamoranos. No ese aprendizaje primero letra a letra, sílaba a sílaba, de la escuela. Leer con el alma, las manos, las tripas. A escuchar, sentir los libros. A cantar y contar historias. A hurgar en las raíces, donde duele. A tocar el cielo con la yema de los dedos. Esos ojos. Esa sonrisa valiente.Noticia relacionada opinion No No Desde la Raya Herminio, la memoria de la tierra Ana PedreroUna iniciativa ciudadana, respaldada por instituciones y entidades que se suman, pide el nombre de Rufi para una de las bibliotecas de Zamora. Una biblioteca que ya lleva su nombre sin letras desde hace tanto. Es imposible pasar por San José Obrero, el histórico barrio peleón de Zamora, y no pensar en Rufi yendo y viniendo a su biblioteca. Ayudando, enseñando, compartiendo. ¡Cuántos niños habrán disfrutado de su primer libro bajo su sombra! Cuántos talleres, intercambios, encuentros con escritores.A Rufi le bailaban las palabras como si fuesen mariposas. No era escritora, pero abrió también las puertas de las palabras a los que andamos juntando letras de cuando en cuando. Esta Caja de Pandora.En las ciudades pequeñas -supongo que en las grandes también- somos muy de querer a toro pasado, a título póstumo, cuando quienes deberían disfrutarlo ya no pueden. Así de cicateros somos a veces con quienes más generosos han sido desde sus respectivos ámbitos con esta tierra y sus gentes.Rufi fue, es, muy querida por todos. Sigue viva en cada letra, en cada punto; en el imperceptible sonido de las hojas al pasar; en el bendito silencio de las bibliotecas y salas de lectura; en la intimidad de una tarde de invierno frente a un libro; en la soledad de una noche de insomnio; en la lámpara que se resiste a ser apagada; en las pupilas admiradas de miles de niños abriéndose a la vida.El día que Rufi se nos fue se llevó todas las palabras y Javier nos pidió una sonrisa. Y ahora, desde esta sonrisa de papel que le dedico, esta ventana queda abierta al cielo. Aquí, en la tierra, se suma a la justa petición y el deseo de tantos: que una biblioteca zamorana tenga el nombre de una mujer. Rufi Velázquez; esposa, madre, abuela, amiga. Vallisoletana de nacimiento y con Zamora en el alma, tan dentro, y todas las palabras del mundo en el corazón.Brindo por ti, querida mía, ahora que en el cielo se brinda con Dehesa de los Canónigos, uva eterna del Duero, nuestro río de la vida, que empapa los versos de Claudio, que siempre es canción. A Rufi Velázquez le danzaban los libros en derredor como si fuesen mariposas. Las palabras, las oraciones, los versos, las canciones. Todo lo escrito, incluso los corazones de tiza en la pared, en las cortezas de los árboles. Esos amores eternos que lo mismo duran unas horas o no basta una vida para gastarlos. Así, como no le ha bastado a Javier.A Rufi le danzaban alrededor todas las palabras con invisibles alas. Ella se las dio y se las regaló a niños y mayores; las dejó en libertad, a su albedrío. Treinta y cinco años en bibliotecas pueden ser treinta y cinco vidas. Luego, el día que se nos fue, hace unos meses, fue como si se las hubiese llevado todas. Yo entonces no las tenía, no las encontraba, como si fuesen cromos que regresan al álbum al que siempre pertenecieron. Como si esas palabras que brotaban de la tierra y tomaban vuelo en los libros quisieran regresar a la tierra, ser aire, con ella, que las conocía todas.El día que se fue Javier no dijo nada. Nos pidió una sonrisa al cielo a quienes la queríamos. Una inmensa suma de sonrisas a quien supo sonreír mirando de frente a la muerte. Aquellos ojos tan preciosos que se posaron miles y miles de horas sobre miles de páginas. Ese papel que se toca, se huele, se acaricia. Que canta, llora, reza, maldice, sueña, vuela, se hunde adentro.No existe ningún viaje más hermoso que un libro. Y Rufi, que siempre lo supo, dedicó si vida a enseñar a leer a los zamoranos. No ese aprendizaje primero letra a letra, sílaba a sílaba, de la escuela. Leer con el alma, las manos, las tripas. A escuchar, sentir los libros. A cantar y contar historias. A hurgar en las raíces, donde duele. A tocar el cielo con la yema de los dedos. Esos ojos. Esa sonrisa valiente.Noticia relacionada opinion No No Desde la Raya Herminio, la memoria de la tierra Ana PedreroUna iniciativa ciudadana, respaldada por instituciones y entidades que se suman, pide el nombre de Rufi para una de las bibliotecas de Zamora. Una biblioteca que ya lleva su nombre sin letras desde hace tanto. Es imposible pasar por San José Obrero, el histórico barrio peleón de Zamora, y no pensar en Rufi yendo y viniendo a su biblioteca. Ayudando, enseñando, compartiendo. ¡Cuántos niños habrán disfrutado de su primer libro bajo su sombra! Cuántos talleres, intercambios, encuentros con escritores.A Rufi le bailaban las palabras como si fuesen mariposas. No era escritora, pero abrió también las puertas de las palabras a los que andamos juntando letras de cuando en cuando. Esta Caja de Pandora.En las ciudades pequeñas -supongo que en las grandes también- somos muy de querer a toro pasado, a título póstumo, cuando quienes deberían disfrutarlo ya no pueden. Así de cicateros somos a veces con quienes más generosos han sido desde sus respectivos ámbitos con esta tierra y sus gentes.Rufi fue, es, muy querida por todos. Sigue viva en cada letra, en cada punto; en el imperceptible sonido de las hojas al pasar; en el bendito silencio de las bibliotecas y salas de lectura; en la intimidad de una tarde de invierno frente a un libro; en la soledad de una noche de insomnio; en la lámpara que se resiste a ser apagada; en las pupilas admiradas de miles de niños abriéndose a la vida.El día que Rufi se nos fue se llevó todas las palabras y Javier nos pidió una sonrisa. Y ahora, desde esta sonrisa de papel que le dedico, esta ventana queda abierta al cielo. Aquí, en la tierra, se suma a la justa petición y el deseo de tantos: que una biblioteca zamorana tenga el nombre de una mujer. Rufi Velázquez; esposa, madre, abuela, amiga. Vallisoletana de nacimiento y con Zamora en el alma, tan dentro, y todas las palabras del mundo en el corazón.Brindo por ti, querida mía, ahora que en el cielo se brinda con Dehesa de los Canónigos, uva eterna del Duero, nuestro río de la vida, que empapa los versos de Claudio, que siempre es canción.
A Rufi Velázquez le danzaban los libros en derredor como si fuesen mariposas. Las palabras, las oraciones, los versos, las canciones. Todo lo escrito, incluso los corazones de tiza en la pared, en las cortezas de los árboles. Esos amores eternos que lo mismo duran … unas horas o no basta una vida para gastarlos. Así, como no le ha bastado a Javier.
A Rufi le danzaban alrededor todas las palabras con invisibles alas. Ella se las dio y se las regaló a niños y mayores; las dejó en libertad, a su albedrío. Treinta y cinco años en bibliotecas pueden ser treinta y cinco vidas. Luego, el día que se nos fue, hace unos meses, fue como si se las hubiese llevado todas. Yo entonces no las tenía, no las encontraba, como si fuesen cromos que regresan al álbum al que siempre pertenecieron. Como si esas palabras que brotaban de la tierra y tomaban vuelo en los libros quisieran regresar a la tierra, ser aire, con ella, que las conocía todas.
El día que se fue Javier no dijo nada. Nos pidió una sonrisa al cielo a quienes la queríamos. Una inmensa suma de sonrisas a quien supo sonreír mirando de frente a la muerte. Aquellos ojos tan preciosos que se posaron miles y miles de horas sobre miles de páginas. Ese papel que se toca, se huele, se acaricia. Que canta, llora, reza, maldice, sueña, vuela, se hunde adentro.
No existe ningún viaje más hermoso que un libro. Y Rufi, que siempre lo supo, dedicó si vida a enseñar a leer a los zamoranos. No ese aprendizaje primero letra a letra, sílaba a sílaba, de la escuela. Leer con el alma, las manos, las tripas. A escuchar, sentir los libros. A cantar y contar historias. A hurgar en las raíces, donde duele. A tocar el cielo con la yema de los dedos. Esos ojos. Esa sonrisa valiente.
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Una iniciativa ciudadana, respaldada por instituciones y entidades que se suman, pide el nombre de Rufi para una de las bibliotecas de Zamora. Una biblioteca que ya lleva su nombre sin letras desde hace tanto. Es imposible pasar por San José Obrero, el histórico barrio peleón de Zamora, y no pensar en Rufi yendo y viniendo a su biblioteca. Ayudando, enseñando, compartiendo. ¡Cuántos niños habrán disfrutado de su primer libro bajo su sombra! Cuántos talleres, intercambios, encuentros con escritores.
A Rufi le bailaban las palabras como si fuesen mariposas. No era escritora, pero abrió también las puertas de las palabras a los que andamos juntando letras de cuando en cuando. Esta Caja de Pandora.
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En las ciudades pequeñas -supongo que en las grandes también- somos muy de querer a toro pasado, a título póstumo, cuando quienes deberían disfrutarlo ya no pueden. Así de cicateros somos a veces con quienes más generosos han sido desde sus respectivos ámbitos con esta tierra y sus gentes.
Rufi fue, es, muy querida por todos. Sigue viva en cada letra, en cada punto; en el imperceptible sonido de las hojas al pasar; en el bendito silencio de las bibliotecas y salas de lectura; en la intimidad de una tarde de invierno frente a un libro; en la soledad de una noche de insomnio; en la lámpara que se resiste a ser apagada; en las pupilas admiradas de miles de niños abriéndose a la vida.
El día que Rufi se nos fue se llevó todas las palabras y Javier nos pidió una sonrisa. Y ahora, desde esta sonrisa de papel que le dedico, esta ventana queda abierta al cielo. Aquí, en la tierra, se suma a la justa petición y el deseo de tantos: que una biblioteca zamorana tenga el nombre de una mujer. Rufi Velázquez; esposa, madre, abuela, amiga. Vallisoletana de nacimiento y con Zamora en el alma, tan dentro, y todas las palabras del mundo en el corazón.
Brindo por ti, querida mía, ahora que en el cielo se brinda con Dehesa de los Canónigos, uva eterna del Duero, nuestro río de la vida, que empapa los versos de Claudio, que siempre es canción.
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