El presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, ha logrado cerrar el círculo. El obispo vallisoletano ha logrado que la extrema derecha y el populismo gubernamental le presenten con cuernos y tridente en medio de las llamas del infierno. Los unos le tildan de rojo sodomita mientras los otros le acusan de facha pederasta. Alguien podría pensar que el prelado es un profesional de meterse en charcos buscando protagonismo, un escaño en el Congreso o un butacón de tertuliano en la televisión pública, pero nada más lejos de la realidad.No es ni nuevo ni invención de Argüello que la Iglesia haga suya la defensa del pobre y del inmigrante como tampoco lo es que afirme sin remilgos que la dignidad humana se extiende desde el útero materno hasta el último aliento de la vida. Sólo la ignorancia o la mala intención pueden pervertir esos principios del cristianismo que, como todo en la doctrina católica, se resumen en que amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Salirse de ese paradigma será merecedor de estatuas ecuestres nacionalcatolicistas o de salvoconductos de progre como los que ahora desde la política se pretenden erigir o imponer a quien hable legítimamente en nombre de la Iglesia. En definitiva, izquierda y derecha se afanan por explicar a los católicos a qué partido político han de votar mientras les niegan el derecho a pensar porque si piensan es que están politizados. Es paradójico que la libertad sea una condición más accesible a quienes establecen su fe dogmática como principio vital que a quienes ven sometida su ideología a los argumentarios de un partido político. La Iglesia ha de abstenerse de cualquier veleidad partidista pero no por eso ha de renunciar a mostrar su doctrina sobre cómo debemos conducirnos como seres humanos, eso se llama apostolado y nada tiene que ver con afiliarse a ningún partido político. El presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, ha logrado cerrar el círculo. El obispo vallisoletano ha logrado que la extrema derecha y el populismo gubernamental le presenten con cuernos y tridente en medio de las llamas del infierno. Los unos le tildan de rojo sodomita mientras los otros le acusan de facha pederasta. Alguien podría pensar que el prelado es un profesional de meterse en charcos buscando protagonismo, un escaño en el Congreso o un butacón de tertuliano en la televisión pública, pero nada más lejos de la realidad.No es ni nuevo ni invención de Argüello que la Iglesia haga suya la defensa del pobre y del inmigrante como tampoco lo es que afirme sin remilgos que la dignidad humana se extiende desde el útero materno hasta el último aliento de la vida. Sólo la ignorancia o la mala intención pueden pervertir esos principios del cristianismo que, como todo en la doctrina católica, se resumen en que amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Salirse de ese paradigma será merecedor de estatuas ecuestres nacionalcatolicistas o de salvoconductos de progre como los que ahora desde la política se pretenden erigir o imponer a quien hable legítimamente en nombre de la Iglesia. En definitiva, izquierda y derecha se afanan por explicar a los católicos a qué partido político han de votar mientras les niegan el derecho a pensar porque si piensan es que están politizados. Es paradójico que la libertad sea una condición más accesible a quienes establecen su fe dogmática como principio vital que a quienes ven sometida su ideología a los argumentarios de un partido político. La Iglesia ha de abstenerse de cualquier veleidad partidista pero no por eso ha de renunciar a mostrar su doctrina sobre cómo debemos conducirnos como seres humanos, eso se llama apostolado y nada tiene que ver con afiliarse a ningún partido político.
El presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, ha logrado cerrar el círculo. El obispo vallisoletano ha logrado que la extrema derecha y el populismo gubernamental le presenten con cuernos y tridente en medio de las llamas del infierno. Los unos le tildan de rojo … sodomita mientras los otros le acusan de facha pederasta. Alguien podría pensar que el prelado es un profesional de meterse en charcos buscando protagonismo, un escaño en el Congreso o un butacón de tertuliano en la televisión pública, pero nada más lejos de la realidad.
No es ni nuevo ni invención de Argüello que la Iglesia haga suya la defensa del pobre y del inmigrante como tampoco lo es que afirme sin remilgos que la dignidad humana se extiende desde el útero materno hasta el último aliento de la vida. Sólo la ignorancia o la mala intención pueden pervertir esos principios del cristianismo que, como todo en la doctrina católica, se resumen en que amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.
Salirse de ese paradigma será merecedor de estatuas ecuestres nacionalcatolicistas o de salvoconductos de progre como los que ahora desde la política se pretenden erigir o imponer a quien hable legítimamente en nombre de la Iglesia. En definitiva, izquierda y derecha se afanan por explicar a los católicos a qué partido político han de votar mientras les niegan el derecho a pensar porque si piensan es que están politizados. Es paradójico que la libertad sea una condición más accesible a quienes establecen su fe dogmática como principio vital que a quienes ven sometida su ideología a los argumentarios de un partido político.
La Iglesia ha de abstenerse de cualquier veleidad partidista pero no por eso ha de renunciar a mostrar su doctrina sobre cómo debemos conducirnos como seres humanos, eso se llama apostolado y nada tiene que ver con afiliarse a ningún partido político.
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