Bilal es un pequeño de cinco años, invidente, que el viernes por la tarde tuvo que abandonar su casa en Navalagamella junto a sus padres de forma precipitada, tras la orden de evacuación inmediata que emitió el mando operativo único por el avance del incendio en la Sierra Oeste de Madrid . Como él, otros 164 vecinos fueron trasladados en autobuses hasta el punto de acogida de evacuados que se habilitó en el Polideportivo municipal de Alcobendas. Para Bilal, las tres noches que ha pasado allí, y las que quedan, son como un juego. Una aventura. Mientras come una bolsa de patatas fritas y ofrece una al periodista, se le ilumina la cara cuando oye el ruido de la cámara de fotos. Suena como en las películas. Su afán ahora es que su madre le deje ir cuanto antes a la piscina del recinto deportivo. En cuanto los voluntarios le den un bañador, irá disparado a nadar «en lo más hondo». Bilal se ha ganado el corazón de los 50 voluntarios que están volcados en Alcobendas en cuidar y atender a los evacuados. No les falta de nada, pero los días van pasando y las horas empiezan a pesar, sobre todo para los más mayores. En el polideportivo quedan 99 vecinos, 17 de ellos son niños, después de que otros muchos se marcharan durante el fin de semana a casa de otros familiares o amigos. Este lunes han tenido una visita especial. Una de las cinco oficinas móviles de atención al ciudadano de la Comunidad de Madrid se ha desplazado hasta allí con una psicóloga para ofrecerles apoyo, charlar un rato con ellos o, sencillamente, pasarles el brazo por los hombros y transmitirles ánimo y esperanza.En la primera jornada de asistencia psicológica en distintos puntos de acogida de evacuados en la región, se han realizado 165 atenciones de las que 20 han sido intervenciones de atención psicológica especializada grupal. De ellas, las más numerosas han sido las vinculadas a la vivienda, seguidas de información sobre la emergencia y los incendios. También se han resuelto cuestiones relacionadas con el empleo y la asistencia sanitaria. Las oficinas móviles con atención psicológica llegarán a los 18 puntos de acogida, en 16 municipios, donde se hallan unas 2.500 personas evacuadas. La idea es alcanzar también los municipios confinados. María Ninoska y Mari Laura son hermanas venezolanas. Coquetas ellas, se sonrojan al decir que prefieren no decir su edad. Llevan ocho años y medio vivienda en España, en concreto en Navalagamella, aunque son de origen gallego. Su madre es de La Coruña. «Estamos aquí por razones obvias, por la situación de nuestro país, y ahora estamos afectadas por la factura que pasa la naturaleza». Sentadas en una de las camas colocadas por Cruz Roja en el polideportivo, se emocionan al hablar con la psicóloga Aitana Farias. Las lágrimas de Mari Laura son las acumuladas por todo lo que ha pasado en su país, después del terremoto de finales de junio, a lo que se une ahora esta catástrofe natural que están viviendo en primera persona en España. La psicóloga le deja hablar y la abraza. «No estamos bien de ánimo, pero no porque estemos mal por la tragedia que estamos viviendo aquí, sino porque tenemos un cúmulo de experiencias y llega un momento en que explotamos. Nos ha dicho la psicóloga que tenemos un sentimiento de culpa del superviviente y que es normal lo que estamos sintiendo».Mari Luz asegura que está «agobiada por tantas atenciones» en este punto de acogida, que contrasta con la situación que viven sus compatriotas en Venezuela, «que no tienen ni agua ni dónde enterrar a sus muertos». «Aquí estamos mejor que en nuestra casa en este momento, como en un hotel de cinco estrellas. Son tan atentos todos…». Solos y sin llamadasEntre los vecinos de Navalagamella evacuados y acogidos en Alcobendas hay dos personas mayores especialmente solas. «Nadie ha venido a verlos ni nadie ha llamado para preguntar por ellos». Allí están acompañados a todas horas por los voluntarios, con todos los servicios a su disposición, incluido el de apoyo psicológico. No falta comida: muchas empresas reaccionaron desde el primer momento con donación de alimentos y bebidas. Los evacuados tienen el comedor abierto durante todo el día, con posibilidad de comer lo que necesiten y las veces que quieran. Y para los 30 musulmanes que se encuentran allí, como el pequeño Bilal y su madre, también hay comida halal. «La comida aquí no me gusta mucho, prefiero la de casa», confiesa Bilal con sinceridad. Su plato preferido son las lentejas a la olla que hace su madre. Hay platos y cubiertos donados por Ikea, y el Grupo Hefame ha contribuido con las necesidades de parafarmacia, incluidos, por ejemplo, pañales para personas mayores. Además, se ha tramitado una diálisis y se ha renovado la medicación a 25 personas. Los pequeños y los jóvenes, y los no tan jóvenes, pueden disfrutar de todos los servicios del polideportivo, incluida la piscina. Las mascotas tienen una sala propia: hay ocho perros, tres gatos y un conejo. Y los vecinos que quieran ir a misa, también pueden hacerlo, porque el párroco de Navalagamella les está acompañando todos los días. Arriba, el pequeño Bilal, la ‘estrella’ del Polideportivo de Alcobendas. Abajo, algunos evacuados descansan a media mañana en las camas habilitadas por Crus Roja Belén DíazJessica y Daniela, madre e hija, están desayunando sin prisas. Anoche fue la primera que pudieron dormir, después de no pegar ojo las dos anteriores. «Tenemos mucha angustia, Lo poquito que hemos conseguido desde que llegamos a España se ha quedado ahí», comenta la madre. «Cuando llegó la alerta me puse a llorar, estaba sola. Hice una bolsa con todos los papeles». Marleen es una mujer alemana de 89 años. Lleva 50 en España y también es vecina de Navalagamella. Con los ojos rojos y una pequeña sonrisa afirma que para ella esto «no es nada». «De niña ya tenía que correr al refugio cuando caían las bombas», dice al recordar su infancia en Bremen. «Esto ahora es como una excursión». Con resignación, comenta que espera que puedan volver a casa «antes de Navidad». Marleen sabe, como el resto de sus vecinos, que su casa está bien. Las llamas no han llegado a su pueblo, aunque el humo hizo irrespirable el aire. Por precaución, y con el incendio sin controlar en la Sierra Oeste, las autoridades no tienen todavía previsto el regreso.Arriba, la alemana Marleen, que lleva 50 años en España. Abajo, Manuel, que vive esta experiencia junto a su mujer Pilar Belén DíazManuel es uno de los más veteranos. Tiene 87 años. Su mujer, Pilar, de 88, está en ese momento en la misa que oficia el párroco de Navalagamella, allí en el polideportivo. «Hace 80 años mi padre me dio a leer el ABC y desde entonces no he dejado de leerlo», explica a modo de saludo. El matrimonio lleva 17 años residiendo en Navalagamella y ahora viven con serenidad el paso del tiempo en Alcobendas hasta que pase la alerta en su pueblo. «Es una experiencia muy especial, porque sale lo mejor de cada persona. Aparece la solidaridad, la amabilidad», comenta Manuel. «Aquí solo se oye una pregunta: ¿Qué necesitas? ¿Cómo te puedo ayudar? Eso es calor humano y no tiene precio», afirma, mientras la psicóloga hace su trabajo. Ante la catástrofe que se vive en la Sierra Oeste, asegura que «nunca» había visto algo así. «Nunca», subraya. Se despide con una exclamación: «¡Que viva el ABC!».Gloria, con 71 años, tiene a su marido y a uno de sus hijos en Protección Civil y apagando el fuego de Villa del Prado. «No estoy asustada porque me dan tranquilidad», comenta junto a su perrita. Eso sí, cuando salió de su casa pensaba que iba a ser para un par de días, y este lunes ya llevaba tres noches encima. Por ahora. Gloria está en el polideportivo junto a dos de sus nietos y aunque allí todos los voluntarios intentan que estén lo más cómodo posible, susurra con resignación: «Estoy deseando ir a casa». Bilal es un pequeño de cinco años, invidente, que el viernes por la tarde tuvo que abandonar su casa en Navalagamella junto a sus padres de forma precipitada, tras la orden de evacuación inmediata que emitió el mando operativo único por el avance del incendio en la Sierra Oeste de Madrid . Como él, otros 164 vecinos fueron trasladados en autobuses hasta el punto de acogida de evacuados que se habilitó en el Polideportivo municipal de Alcobendas. Para Bilal, las tres noches que ha pasado allí, y las que quedan, son como un juego. Una aventura. Mientras come una bolsa de patatas fritas y ofrece una al periodista, se le ilumina la cara cuando oye el ruido de la cámara de fotos. Suena como en las películas. Su afán ahora es que su madre le deje ir cuanto antes a la piscina del recinto deportivo. En cuanto los voluntarios le den un bañador, irá disparado a nadar «en lo más hondo». Bilal se ha ganado el corazón de los 50 voluntarios que están volcados en Alcobendas en cuidar y atender a los evacuados. No les falta de nada, pero los días van pasando y las horas empiezan a pesar, sobre todo para los más mayores. En el polideportivo quedan 99 vecinos, 17 de ellos son niños, después de que otros muchos se marcharan durante el fin de semana a casa de otros familiares o amigos. Este lunes han tenido una visita especial. Una de las cinco oficinas móviles de atención al ciudadano de la Comunidad de Madrid se ha desplazado hasta allí con una psicóloga para ofrecerles apoyo, charlar un rato con ellos o, sencillamente, pasarles el brazo por los hombros y transmitirles ánimo y esperanza.En la primera jornada de asistencia psicológica en distintos puntos de acogida de evacuados en la región, se han realizado 165 atenciones de las que 20 han sido intervenciones de atención psicológica especializada grupal. De ellas, las más numerosas han sido las vinculadas a la vivienda, seguidas de información sobre la emergencia y los incendios. También se han resuelto cuestiones relacionadas con el empleo y la asistencia sanitaria. Las oficinas móviles con atención psicológica llegarán a los 18 puntos de acogida, en 16 municipios, donde se hallan unas 2.500 personas evacuadas. La idea es alcanzar también los municipios confinados. María Ninoska y Mari Laura son hermanas venezolanas. Coquetas ellas, se sonrojan al decir que prefieren no decir su edad. Llevan ocho años y medio vivienda en España, en concreto en Navalagamella, aunque son de origen gallego. Su madre es de La Coruña. «Estamos aquí por razones obvias, por la situación de nuestro país, y ahora estamos afectadas por la factura que pasa la naturaleza». Sentadas en una de las camas colocadas por Cruz Roja en el polideportivo, se emocionan al hablar con la psicóloga Aitana Farias. Las lágrimas de Mari Laura son las acumuladas por todo lo que ha pasado en su país, después del terremoto de finales de junio, a lo que se une ahora esta catástrofe natural que están viviendo en primera persona en España. La psicóloga le deja hablar y la abraza. «No estamos bien de ánimo, pero no porque estemos mal por la tragedia que estamos viviendo aquí, sino porque tenemos un cúmulo de experiencias y llega un momento en que explotamos. Nos ha dicho la psicóloga que tenemos un sentimiento de culpa del superviviente y que es normal lo que estamos sintiendo».Mari Luz asegura que está «agobiada por tantas atenciones» en este punto de acogida, que contrasta con la situación que viven sus compatriotas en Venezuela, «que no tienen ni agua ni dónde enterrar a sus muertos». «Aquí estamos mejor que en nuestra casa en este momento, como en un hotel de cinco estrellas. Son tan atentos todos…». Solos y sin llamadasEntre los vecinos de Navalagamella evacuados y acogidos en Alcobendas hay dos personas mayores especialmente solas. «Nadie ha venido a verlos ni nadie ha llamado para preguntar por ellos». Allí están acompañados a todas horas por los voluntarios, con todos los servicios a su disposición, incluido el de apoyo psicológico. No falta comida: muchas empresas reaccionaron desde el primer momento con donación de alimentos y bebidas. Los evacuados tienen el comedor abierto durante todo el día, con posibilidad de comer lo que necesiten y las veces que quieran. Y para los 30 musulmanes que se encuentran allí, como el pequeño Bilal y su madre, también hay comida halal. «La comida aquí no me gusta mucho, prefiero la de casa», confiesa Bilal con sinceridad. Su plato preferido son las lentejas a la olla que hace su madre. Hay platos y cubiertos donados por Ikea, y el Grupo Hefame ha contribuido con las necesidades de parafarmacia, incluidos, por ejemplo, pañales para personas mayores. Además, se ha tramitado una diálisis y se ha renovado la medicación a 25 personas. Los pequeños y los jóvenes, y los no tan jóvenes, pueden disfrutar de todos los servicios del polideportivo, incluida la piscina. Las mascotas tienen una sala propia: hay ocho perros, tres gatos y un conejo. Y los vecinos que quieran ir a misa, también pueden hacerlo, porque el párroco de Navalagamella les está acompañando todos los días. Arriba, el pequeño Bilal, la ‘estrella’ del Polideportivo de Alcobendas. Abajo, algunos evacuados descansan a media mañana en las camas habilitadas por Crus Roja Belén DíazJessica y Daniela, madre e hija, están desayunando sin prisas. Anoche fue la primera que pudieron dormir, después de no pegar ojo las dos anteriores. «Tenemos mucha angustia, Lo poquito que hemos conseguido desde que llegamos a España se ha quedado ahí», comenta la madre. «Cuando llegó la alerta me puse a llorar, estaba sola. Hice una bolsa con todos los papeles». Marleen es una mujer alemana de 89 años. Lleva 50 en España y también es vecina de Navalagamella. Con los ojos rojos y una pequeña sonrisa afirma que para ella esto «no es nada». «De niña ya tenía que correr al refugio cuando caían las bombas», dice al recordar su infancia en Bremen. «Esto ahora es como una excursión». Con resignación, comenta que espera que puedan volver a casa «antes de Navidad». Marleen sabe, como el resto de sus vecinos, que su casa está bien. Las llamas no han llegado a su pueblo, aunque el humo hizo irrespirable el aire. Por precaución, y con el incendio sin controlar en la Sierra Oeste, las autoridades no tienen todavía previsto el regreso.Arriba, la alemana Marleen, que lleva 50 años en España. Abajo, Manuel, que vive esta experiencia junto a su mujer Pilar Belén DíazManuel es uno de los más veteranos. Tiene 87 años. Su mujer, Pilar, de 88, está en ese momento en la misa que oficia el párroco de Navalagamella, allí en el polideportivo. «Hace 80 años mi padre me dio a leer el ABC y desde entonces no he dejado de leerlo», explica a modo de saludo. El matrimonio lleva 17 años residiendo en Navalagamella y ahora viven con serenidad el paso del tiempo en Alcobendas hasta que pase la alerta en su pueblo. «Es una experiencia muy especial, porque sale lo mejor de cada persona. Aparece la solidaridad, la amabilidad», comenta Manuel. «Aquí solo se oye una pregunta: ¿Qué necesitas? ¿Cómo te puedo ayudar? Eso es calor humano y no tiene precio», afirma, mientras la psicóloga hace su trabajo. Ante la catástrofe que se vive en la Sierra Oeste, asegura que «nunca» había visto algo así. «Nunca», subraya. Se despide con una exclamación: «¡Que viva el ABC!».Gloria, con 71 años, tiene a su marido y a uno de sus hijos en Protección Civil y apagando el fuego de Villa del Prado. «No estoy asustada porque me dan tranquilidad», comenta junto a su perrita. Eso sí, cuando salió de su casa pensaba que iba a ser para un par de días, y este lunes ya llevaba tres noches encima. Por ahora. Gloria está en el polideportivo junto a dos de sus nietos y aunque allí todos los voluntarios intentan que estén lo más cómodo posible, susurra con resignación: «Estoy deseando ir a casa». Bilal es un pequeño de cinco años, invidente, que el viernes por la tarde tuvo que abandonar su casa en Navalagamella junto a sus padres de forma precipitada, tras la orden de evacuación inmediata que emitió el mando operativo único por el avance del incendio en la Sierra Oeste de Madrid . Como él, otros 164 vecinos fueron trasladados en autobuses hasta el punto de acogida de evacuados que se habilitó en el Polideportivo municipal de Alcobendas. Para Bilal, las tres noches que ha pasado allí, y las que quedan, son como un juego. Una aventura. Mientras come una bolsa de patatas fritas y ofrece una al periodista, se le ilumina la cara cuando oye el ruido de la cámara de fotos. Suena como en las películas. Su afán ahora es que su madre le deje ir cuanto antes a la piscina del recinto deportivo. En cuanto los voluntarios le den un bañador, irá disparado a nadar «en lo más hondo». Bilal se ha ganado el corazón de los 50 voluntarios que están volcados en Alcobendas en cuidar y atender a los evacuados. No les falta de nada, pero los días van pasando y las horas empiezan a pesar, sobre todo para los más mayores. En el polideportivo quedan 99 vecinos, 17 de ellos son niños, después de que otros muchos se marcharan durante el fin de semana a casa de otros familiares o amigos. Este lunes han tenido una visita especial. Una de las cinco oficinas móviles de atención al ciudadano de la Comunidad de Madrid se ha desplazado hasta allí con una psicóloga para ofrecerles apoyo, charlar un rato con ellos o, sencillamente, pasarles el brazo por los hombros y transmitirles ánimo y esperanza.En la primera jornada de asistencia psicológica en distintos puntos de acogida de evacuados en la región, se han realizado 165 atenciones de las que 20 han sido intervenciones de atención psicológica especializada grupal. De ellas, las más numerosas han sido las vinculadas a la vivienda, seguidas de información sobre la emergencia y los incendios. También se han resuelto cuestiones relacionadas con el empleo y la asistencia sanitaria. Las oficinas móviles con atención psicológica llegarán a los 18 puntos de acogida, en 16 municipios, donde se hallan unas 2.500 personas evacuadas. La idea es alcanzar también los municipios confinados. María Ninoska y Mari Laura son hermanas venezolanas. Coquetas ellas, se sonrojan al decir que prefieren no decir su edad. Llevan ocho años y medio vivienda en España, en concreto en Navalagamella, aunque son de origen gallego. Su madre es de La Coruña. «Estamos aquí por razones obvias, por la situación de nuestro país, y ahora estamos afectadas por la factura que pasa la naturaleza». Sentadas en una de las camas colocadas por Cruz Roja en el polideportivo, se emocionan al hablar con la psicóloga Aitana Farias. Las lágrimas de Mari Laura son las acumuladas por todo lo que ha pasado en su país, después del terremoto de finales de junio, a lo que se une ahora esta catástrofe natural que están viviendo en primera persona en España. La psicóloga le deja hablar y la abraza. «No estamos bien de ánimo, pero no porque estemos mal por la tragedia que estamos viviendo aquí, sino porque tenemos un cúmulo de experiencias y llega un momento en que explotamos. Nos ha dicho la psicóloga que tenemos un sentimiento de culpa del superviviente y que es normal lo que estamos sintiendo».Mari Luz asegura que está «agobiada por tantas atenciones» en este punto de acogida, que contrasta con la situación que viven sus compatriotas en Venezuela, «que no tienen ni agua ni dónde enterrar a sus muertos». «Aquí estamos mejor que en nuestra casa en este momento, como en un hotel de cinco estrellas. Son tan atentos todos…». Solos y sin llamadasEntre los vecinos de Navalagamella evacuados y acogidos en Alcobendas hay dos personas mayores especialmente solas. «Nadie ha venido a verlos ni nadie ha llamado para preguntar por ellos». Allí están acompañados a todas horas por los voluntarios, con todos los servicios a su disposición, incluido el de apoyo psicológico. No falta comida: muchas empresas reaccionaron desde el primer momento con donación de alimentos y bebidas. Los evacuados tienen el comedor abierto durante todo el día, con posibilidad de comer lo que necesiten y las veces que quieran. Y para los 30 musulmanes que se encuentran allí, como el pequeño Bilal y su madre, también hay comida halal. «La comida aquí no me gusta mucho, prefiero la de casa», confiesa Bilal con sinceridad. Su plato preferido son las lentejas a la olla que hace su madre. Hay platos y cubiertos donados por Ikea, y el Grupo Hefame ha contribuido con las necesidades de parafarmacia, incluidos, por ejemplo, pañales para personas mayores. Además, se ha tramitado una diálisis y se ha renovado la medicación a 25 personas. Los pequeños y los jóvenes, y los no tan jóvenes, pueden disfrutar de todos los servicios del polideportivo, incluida la piscina. Las mascotas tienen una sala propia: hay ocho perros, tres gatos y un conejo. Y los vecinos que quieran ir a misa, también pueden hacerlo, porque el párroco de Navalagamella les está acompañando todos los días. Arriba, el pequeño Bilal, la ‘estrella’ del Polideportivo de Alcobendas. Abajo, algunos evacuados descansan a media mañana en las camas habilitadas por Crus Roja Belén DíazJessica y Daniela, madre e hija, están desayunando sin prisas. Anoche fue la primera que pudieron dormir, después de no pegar ojo las dos anteriores. «Tenemos mucha angustia, Lo poquito que hemos conseguido desde que llegamos a España se ha quedado ahí», comenta la madre. «Cuando llegó la alerta me puse a llorar, estaba sola. Hice una bolsa con todos los papeles». Marleen es una mujer alemana de 89 años. Lleva 50 en España y también es vecina de Navalagamella. Con los ojos rojos y una pequeña sonrisa afirma que para ella esto «no es nada». «De niña ya tenía que correr al refugio cuando caían las bombas», dice al recordar su infancia en Bremen. «Esto ahora es como una excursión». Con resignación, comenta que espera que puedan volver a casa «antes de Navidad». Marleen sabe, como el resto de sus vecinos, que su casa está bien. Las llamas no han llegado a su pueblo, aunque el humo hizo irrespirable el aire. Por precaución, y con el incendio sin controlar en la Sierra Oeste, las autoridades no tienen todavía previsto el regreso.Arriba, la alemana Marleen, que lleva 50 años en España. Abajo, Manuel, que vive esta experiencia junto a su mujer Pilar Belén DíazManuel es uno de los más veteranos. Tiene 87 años. Su mujer, Pilar, de 88, está en ese momento en la misa que oficia el párroco de Navalagamella, allí en el polideportivo. «Hace 80 años mi padre me dio a leer el ABC y desde entonces no he dejado de leerlo», explica a modo de saludo. El matrimonio lleva 17 años residiendo en Navalagamella y ahora viven con serenidad el paso del tiempo en Alcobendas hasta que pase la alerta en su pueblo. «Es una experiencia muy especial, porque sale lo mejor de cada persona. Aparece la solidaridad, la amabilidad», comenta Manuel. «Aquí solo se oye una pregunta: ¿Qué necesitas? ¿Cómo te puedo ayudar? Eso es calor humano y no tiene precio», afirma, mientras la psicóloga hace su trabajo. Ante la catástrofe que se vive en la Sierra Oeste, asegura que «nunca» había visto algo así. «Nunca», subraya. Se despide con una exclamación: «¡Que viva el ABC!».Gloria, con 71 años, tiene a su marido y a uno de sus hijos en Protección Civil y apagando el fuego de Villa del Prado. «No estoy asustada porque me dan tranquilidad», comenta junto a su perrita. Eso sí, cuando salió de su casa pensaba que iba a ser para un par de días, y este lunes ya llevaba tres noches encima. Por ahora. Gloria está en el polideportivo junto a dos de sus nietos y aunque allí todos los voluntarios intentan que estén lo más cómodo posible, susurra con resignación: «Estoy deseando ir a casa». RSS de noticias de espana
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