La novela más famosa de Milan Kundera me ha inspirado el título de esta columna que nada tiene que ver con ella. O sí, también el tiempo gravita entre lo leve y lo pesado. Julio parece no acabar y agosto, no llegar nunca, aunque ambos tengan los mismos días. Esta tensión sucede dos veces al año: en diciembre y ahora. En realidad, el primero es el que nos marca el paso convencional y oficial del calendario. Se acaba el año y con él todos los plazos y la agenda. Final de año tiene un aire nostálgico, consciente de la rapidez del paso de la vida y su levedad. Por el contrario, julio se hace inacabable a la espera -impaciente- de agosto: la logística familiar, las actividades de los niños, las últimas reuniones, el informe pendiente, la revisión del coche, la nevera vacía, la casa limpia, tan agobiados como Gregor Samsa, protagonista de ‘La metamorfosis’ de Kafka , convertido en un monstruoso insecto, cuya única preocupación era no llegar tarde al trabajo. Todo se acumula en julio y todo ha de quedar cerrado por vacaciones, como si fuese el pago a Caronte para ingresar en el merecido descanso, aunque este no sea el eterno. Y es que julio revela la mirada personal y relativa del tiempo, que convierte en instante lo que deseamos duradero y en eternidad lo que sería mejor breve. Marcel Proust describió magistralmente cómo el sabor de un pastel mojado en té le recordó a las magdalenas que su tía le ofrecía los sábados por la mañana y le bastó para que el tiempo perdido regresara vivamente. O como le sucedió a Jaromir Hladík, personaje de Borges , que, condenado a muerte, puede vivir todo un año de su existencia entre la orden del sargento y el disparo del pelotón de fusilamiento, porque el universo físico se detuvo. Pero dice el Eclesiastés: «Todo tiene […] su tiempo bajo el cielo, tiempo de nacer y tiempo de morir […], tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de guerra, tiempo de paz». El tiempo que a cada uno le toca vivir. Felices vacaciones. La novela más famosa de Milan Kundera me ha inspirado el título de esta columna que nada tiene que ver con ella. O sí, también el tiempo gravita entre lo leve y lo pesado. Julio parece no acabar y agosto, no llegar nunca, aunque ambos tengan los mismos días. Esta tensión sucede dos veces al año: en diciembre y ahora. En realidad, el primero es el que nos marca el paso convencional y oficial del calendario. Se acaba el año y con él todos los plazos y la agenda. Final de año tiene un aire nostálgico, consciente de la rapidez del paso de la vida y su levedad. Por el contrario, julio se hace inacabable a la espera -impaciente- de agosto: la logística familiar, las actividades de los niños, las últimas reuniones, el informe pendiente, la revisión del coche, la nevera vacía, la casa limpia, tan agobiados como Gregor Samsa, protagonista de ‘La metamorfosis’ de Kafka , convertido en un monstruoso insecto, cuya única preocupación era no llegar tarde al trabajo. Todo se acumula en julio y todo ha de quedar cerrado por vacaciones, como si fuese el pago a Caronte para ingresar en el merecido descanso, aunque este no sea el eterno. Y es que julio revela la mirada personal y relativa del tiempo, que convierte en instante lo que deseamos duradero y en eternidad lo que sería mejor breve. Marcel Proust describió magistralmente cómo el sabor de un pastel mojado en té le recordó a las magdalenas que su tía le ofrecía los sábados por la mañana y le bastó para que el tiempo perdido regresara vivamente. O como le sucedió a Jaromir Hladík, personaje de Borges , que, condenado a muerte, puede vivir todo un año de su existencia entre la orden del sargento y el disparo del pelotón de fusilamiento, porque el universo físico se detuvo. Pero dice el Eclesiastés: «Todo tiene […] su tiempo bajo el cielo, tiempo de nacer y tiempo de morir […], tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de guerra, tiempo de paz». El tiempo que a cada uno le toca vivir. Felices vacaciones.
La novela más famosa de Milan Kundera me ha inspirado el título de esta columna que nada tiene que ver con ella. O sí, también el tiempo gravita entre lo leve y lo pesado. Julio parece no acabar y agosto, no llegar nunca, aunque … ambos tengan los mismos días. Esta tensión sucede dos veces al año: en diciembre y ahora. En realidad, el primero es el que nos marca el paso convencional y oficial del calendario. Se acaba el año y con él todos los plazos y la agenda. Final de año tiene un aire nostálgico, consciente de la rapidez del paso de la vida y su levedad.
Por el contrario, julio se hace inacabable a la espera -impaciente- de agosto: la logística familiar, las actividades de los niños, las últimas reuniones, el informe pendiente, la revisión del coche, la nevera vacía, la casa limpia, tan agobiados como Gregor Samsa, protagonista de ‘La metamorfosis’ de Kafka, convertido en un monstruoso insecto, cuya única preocupación era no llegar tarde al trabajo. Todo se acumula en julio y todo ha de quedar cerrado por vacaciones, como si fuese el pago a Caronte para ingresar en el merecido descanso, aunque este no sea el eterno.
Y es que julio revela la mirada personal y relativa del tiempo, que convierte en instante lo que deseamos duradero y en eternidad lo que sería mejor breve. Marcel Proust describió magistralmente cómo el sabor de un pastel mojado en té le recordó a las magdalenas que su tía le ofrecía los sábados por la mañana y le bastó para que el tiempo perdido regresara vivamente. O como le sucedió a Jaromir Hladík, personaje de Borges, que, condenado a muerte, puede vivir todo un año de su existencia entre la orden del sargento y el disparo del pelotón de fusilamiento, porque el universo físico se detuvo. Pero dice el Eclesiastés: «Todo tiene […] su tiempo bajo el cielo, tiempo de nacer y tiempo de morir […], tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de guerra, tiempo de paz». El tiempo que a cada uno le toca vivir. Felices vacaciones.
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