El campeonato mundial de fútbol ha traído muchas mercedes. Es lo que sucede cuando la realidad sabe que acaricia, que toca ya, un sueño. Nadie, excepto los majaderos, contraviene su gracia. La España campeona ha conseguido, aunque sea por poco tiempo, que cesen las divisiones y el griterío político. Las noticias vuelven a no ser todas aciagas: unos días sin escándalos, cloacas, hermanísimos, amigotes y farsantes ‘supermujeres’. Aunque lo bueno dura poco, ¡menudo descanso y cómo se agradece ser lo que somos y que nos dejen serlo!Dicen los expertos en comunicación no verbal que cuanto más grande es un espacio, más se acercan las personas que lo comparten. Solo los radicales permanecen en los extremos. Este desafío a escala mundial ha hecho que nos unamos, que aparezca el sentido de pertenencia y la identidad. Contra la polarización, el tú más y la España de cada uno en su trinchera, la hazaña española coloca las cosas en su sitio, somos capaces de brillar a una y sin fisuras. También aquí funciona el «¿y por qué no?» de Laporte , una esperanza que alumbró el triunfo de un país unido y feliz. La victoria cuesta y enseña. En el partido nuestro de cada día, a veces, también tememos que lleguen los penaltis, que el tiempo se haga eterno cuando desearíamos que fuese solo un instante. El juego nos anula goles verdaderos y merecidos, y silencia faltas que nos abruman. Nos sacan tarjetas amarillas y rojas, -cada uno sabrá cuáles y por qué-, e incluso nos expulsarán de lugares y almas, tal vez injustamente. Trabajamos duro por superar retos y saboreamos logros. Mientras unos se alegran por los éxitos , otros lloran la derrota. Todos tenemos más de un árbitro empeñado en amargarnos la existencia y un portero atento que frena las goleadas inevitables del vivir. Hay marrulleros, violentos, provocadores, que hacen sufrir con su mal perder, pero, a pesar de todo, ahí está la lección de nuestro equipo: es posible mantener el balón, el tipo, la buena actitud y la grandeza en el césped y en la vida. El campeonato mundial de fútbol ha traído muchas mercedes. Es lo que sucede cuando la realidad sabe que acaricia, que toca ya, un sueño. Nadie, excepto los majaderos, contraviene su gracia. La España campeona ha conseguido, aunque sea por poco tiempo, que cesen las divisiones y el griterío político. Las noticias vuelven a no ser todas aciagas: unos días sin escándalos, cloacas, hermanísimos, amigotes y farsantes ‘supermujeres’. Aunque lo bueno dura poco, ¡menudo descanso y cómo se agradece ser lo que somos y que nos dejen serlo!Dicen los expertos en comunicación no verbal que cuanto más grande es un espacio, más se acercan las personas que lo comparten. Solo los radicales permanecen en los extremos. Este desafío a escala mundial ha hecho que nos unamos, que aparezca el sentido de pertenencia y la identidad. Contra la polarización, el tú más y la España de cada uno en su trinchera, la hazaña española coloca las cosas en su sitio, somos capaces de brillar a una y sin fisuras. También aquí funciona el «¿y por qué no?» de Laporte , una esperanza que alumbró el triunfo de un país unido y feliz. La victoria cuesta y enseña. En el partido nuestro de cada día, a veces, también tememos que lleguen los penaltis, que el tiempo se haga eterno cuando desearíamos que fuese solo un instante. El juego nos anula goles verdaderos y merecidos, y silencia faltas que nos abruman. Nos sacan tarjetas amarillas y rojas, -cada uno sabrá cuáles y por qué-, e incluso nos expulsarán de lugares y almas, tal vez injustamente. Trabajamos duro por superar retos y saboreamos logros. Mientras unos se alegran por los éxitos , otros lloran la derrota. Todos tenemos más de un árbitro empeñado en amargarnos la existencia y un portero atento que frena las goleadas inevitables del vivir. Hay marrulleros, violentos, provocadores, que hacen sufrir con su mal perder, pero, a pesar de todo, ahí está la lección de nuestro equipo: es posible mantener el balón, el tipo, la buena actitud y la grandeza en el césped y en la vida.
El campeonato mundial de fútbol ha traído muchas mercedes. Es lo que sucede cuando la realidad sabe que acaricia, que toca ya, un sueño. Nadie, excepto los majaderos, contraviene su gracia. La España campeona ha conseguido, aunque sea por poco tiempo, que cesen … las divisiones y el griterío político. Las noticias vuelven a no ser todas aciagas: unos días sin escándalos, cloacas, hermanísimos, amigotes y farsantes ‘supermujeres’. Aunque lo bueno dura poco, ¡menudo descanso y cómo se agradece ser lo que somos y que nos dejen serlo!
Dicen los expertos en comunicación no verbal que cuanto más grande es un espacio, más se acercan las personas que lo comparten. Solo los radicales permanecen en los extremos. Este desafío a escala mundial ha hecho que nos unamos, que aparezca el sentido de pertenencia y la identidad. Contra la polarización, el tú más y la España de cada uno en su trinchera, la hazaña española coloca las cosas en su sitio, somos capaces de brillar a una y sin fisuras. También aquí funciona el «¿y por qué no?» de Laporte, una esperanza que alumbró el triunfo de un país unido y feliz.
La victoria cuesta y enseña. En el partido nuestro de cada día, a veces, también tememos que lleguen los penaltis, que el tiempo se haga eterno cuando desearíamos que fuese solo un instante. El juego nos anula goles verdaderos y merecidos, y silencia faltas que nos abruman. Nos sacan tarjetas amarillas y rojas, -cada uno sabrá cuáles y por qué-, e incluso nos expulsarán de lugares y almas, tal vez injustamente. Trabajamos duro por superar retos y saboreamos logros.
Mientras unos se alegran por los éxitos, otros lloran la derrota. Todos tenemos más de un árbitro empeñado en amargarnos la existencia y un portero atento que frena las goleadas inevitables del vivir. Hay marrulleros, violentos, provocadores, que hacen sufrir con su mal perder, pero, a pesar de todo, ahí está la lección de nuestro equipo: es posible mantener el balón, el tipo, la buena actitud y la grandeza en el césped y en la vida.
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