Nadie sabe a quién mira con más respeto el chaval marroquí que acaba de salir del Mercadona más cercano al barrio de El Príncipe de Ceuta con una bolsa llena de zumos y de refrescos, si al militar que le observa a unos metros delante de un blindado que custodia el perímetro del supermercado o al vecino jovencito y con cara de pocos amigos, de muy pocos amigos, con una porra casera en la mano que le está empezando a gritar, insultándole, desde el otro lado de la acera. «Eh, tú, Mohamed, vuelve por donde has venido. Déjanos tranquilos en nuestro país», le increpa. El magrebí, un tipo casi imberbe con dos piernas que parecen dos palillos cubiertas a medias por unas calzonas del Real Madrid que le están grandes, dibuja en su cara un gesto de pavor y sale corriendo calle abajo. Le siguen el del palo y sus amigos: «Qué quieres, ¿galletas? Pues vas a tener galletas…», le gritan mientras dos agentes de la Policía Nacional que también están destacados en la zona tratan de neutralizarles. El magrebí se emplea como un gamo y no hay quien lo alcance. «Que no le veamos más por aquí. Lo digo por su bien», comentan sus perseguidores, que acaban parándose en una esquina para recuperar el aliento.El supermercado junto al que se produce la escena se encuentra a unos cientos de metros del barrio de El Príncipe, a un paso de la frontera de El Tarajal por la que entre el jueves y el viernes entraron en territorio español en tropel, en éxtasis y a sus anchas, más de sesenta mil jóvenes del país vecino sin que las fuerzas de seguridad, incluido el Ejército, movieran un dedo para disuadirlos o al menos para informarles de que su proceder era ilegal. El Mercadona, literalmente sitiado por soldados y agentes de policía, vive horas frenéticas: abre por primera vez con cierta normalidad desde mediados de la semana que acaba, y los clientes compran como si no hubiera un mañana, o como si mañana fuera el momento exacto en el que el mundo va a dejar de ser el mundo conocido. Las colas de carros para pagar la cuenta serpentean por todo el establecimiento y colonizan las orillas de la pescadería, en el extremo opuesto del establecimiento, y el acceso a las bandejas de pan, que están vacías a media mañana. «Una no sabe qué va a pasar el lunes o el martes que viene. Si han entrado una vez, ya se habrán aprendido el camino y, como nadie les dice nada, volverán a hacerlo. Así que, yo voy a llenar la despensa, por lo que pueda pasar…», comenta una de las clientas locales -los inmigrantes sólo acceden a la tienda con cuenta gotas y muy vigilados- que lleva más de media hora a la espera de que le hagan la cuenta en la caja.Pero el Mercadona es, con todo su frenesí excepcional, el paraíso comparado con los despachos de comestibles de El Príncipe, donde a esa misma hora hay bofetadas, y en sentido literal, para hacerse con una barra de pan, con un litro de leche o con una caja de yogures. Los blindados del Ejército de Tierra se han convertido en un elemento más del parque móvil de un enclave, puro ‘territorio comanche’, en el que siguen pululando a su antojo cientos y cientos de inmigrantes integrados en el contingente de la invasión del jueves y el viernes. Van con sus bolsas de plástico vacías en busca de un bocado que echarse a la boca y con sus móviles en la mano suplicando un cargador portátil a quienes crucen la mirada con ellos. «Los que aguantan en Ceuta lo hacen porque vecinos de aquí les ayudan, y lo hacen en contra de lo que mandan los militares y la Policía, que los están escoltando desde ayer, a las buenas o a las malas, hacia la frontera para que cojan el camino de casa». Lo dice un empleado auxiliar del Hospital Universitario de Ceuta, también próximo a la frontera de El Tarajal. «Yo lo he visto: vienen en moto hacia donde están los chavales que han llegado de Marruecos, unos en una sombra de un portal y otros debajo de un toldo en el descampado; se los llevan a su casa, allí se duchan, comen y cargan el móvil. Lo que no sé es qué les darán a cambio. Y así no acabamos con este problema», se extiende el trabajador, que asegura que el recinto sanitario funciona ya con normalidad -la misma que ha recuperado casi al completo la mayoría del núcleo urbano- y a diferencia del cierto colapso del jueves y el viernes. «Los que aguantan en Ceuta lo hacen porque vecinos de aquí les ayudan en contra de lo que mandan los militares y la Policía», cuenta un trabajador del hospital«Los pacientes de Ceuta no venían a las consultas por miedo, porque sabían que del CETI [el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes] mandaban aquí a los marroquíes aunque tuvieran solo un corte pequeño, y no querían encontrárselos por miedo. Y además las Urgencias estaban volcados en ellos, en los amigos que nos han llegado de nuestro querido país vecino», narra en uno de los accesos principales al complejo sanitario, en cuyos alrededores sestean, aunque sea la hora de comer, grupos aislados de jóvenes visitantes, unos con una venda en el pie, otros con muletas.La cara más cruda del episodio que ha sacudido a Ceuta es la de los menores que llegaron a nado en los últimos días. En la parte trasera del barrio de El Príncipe hay un núcleo de naves industriales en el que cientos de ellos pasan el día y la noche al amparo de una asociación dependiente del Gobierno, que ha habilitado un pabellón para darles techo y aseo. Para algunos de los niños esa ayuda es poca: le ocurrió a un adolescente que llegó este sábado a la frontera acompañado por una enfermera del Hospital Universitario. «El chico, de catorce años, vino a nado el jueves e ingresó con neumonía. Ya se ha recuperado, pero no sabemos cómo puede volver a su país. Él no ha podido contactar con su familia», explicaba la sanitaria antes de dirigirse a los militares situados en puesto fronterizo y plantearles la difícil situación. «A ver qué solución nos dan». Nadie sabe a quién mira con más respeto el chaval marroquí que acaba de salir del Mercadona más cercano al barrio de El Príncipe de Ceuta con una bolsa llena de zumos y de refrescos, si al militar que le observa a unos metros delante de un blindado que custodia el perímetro del supermercado o al vecino jovencito y con cara de pocos amigos, de muy pocos amigos, con una porra casera en la mano que le está empezando a gritar, insultándole, desde el otro lado de la acera. «Eh, tú, Mohamed, vuelve por donde has venido. Déjanos tranquilos en nuestro país», le increpa. El magrebí, un tipo casi imberbe con dos piernas que parecen dos palillos cubiertas a medias por unas calzonas del Real Madrid que le están grandes, dibuja en su cara un gesto de pavor y sale corriendo calle abajo. Le siguen el del palo y sus amigos: «Qué quieres, ¿galletas? Pues vas a tener galletas…», le gritan mientras dos agentes de la Policía Nacional que también están destacados en la zona tratan de neutralizarles. El magrebí se emplea como un gamo y no hay quien lo alcance. «Que no le veamos más por aquí. Lo digo por su bien», comentan sus perseguidores, que acaban parándose en una esquina para recuperar el aliento.El supermercado junto al que se produce la escena se encuentra a unos cientos de metros del barrio de El Príncipe, a un paso de la frontera de El Tarajal por la que entre el jueves y el viernes entraron en territorio español en tropel, en éxtasis y a sus anchas, más de sesenta mil jóvenes del país vecino sin que las fuerzas de seguridad, incluido el Ejército, movieran un dedo para disuadirlos o al menos para informarles de que su proceder era ilegal. El Mercadona, literalmente sitiado por soldados y agentes de policía, vive horas frenéticas: abre por primera vez con cierta normalidad desde mediados de la semana que acaba, y los clientes compran como si no hubiera un mañana, o como si mañana fuera el momento exacto en el que el mundo va a dejar de ser el mundo conocido. Las colas de carros para pagar la cuenta serpentean por todo el establecimiento y colonizan las orillas de la pescadería, en el extremo opuesto del establecimiento, y el acceso a las bandejas de pan, que están vacías a media mañana. «Una no sabe qué va a pasar el lunes o el martes que viene. Si han entrado una vez, ya se habrán aprendido el camino y, como nadie les dice nada, volverán a hacerlo. Así que, yo voy a llenar la despensa, por lo que pueda pasar…», comenta una de las clientas locales -los inmigrantes sólo acceden a la tienda con cuenta gotas y muy vigilados- que lleva más de media hora a la espera de que le hagan la cuenta en la caja.Pero el Mercadona es, con todo su frenesí excepcional, el paraíso comparado con los despachos de comestibles de El Príncipe, donde a esa misma hora hay bofetadas, y en sentido literal, para hacerse con una barra de pan, con un litro de leche o con una caja de yogures. Los blindados del Ejército de Tierra se han convertido en un elemento más del parque móvil de un enclave, puro ‘territorio comanche’, en el que siguen pululando a su antojo cientos y cientos de inmigrantes integrados en el contingente de la invasión del jueves y el viernes. Van con sus bolsas de plástico vacías en busca de un bocado que echarse a la boca y con sus móviles en la mano suplicando un cargador portátil a quienes crucen la mirada con ellos. «Los que aguantan en Ceuta lo hacen porque vecinos de aquí les ayudan, y lo hacen en contra de lo que mandan los militares y la Policía, que los están escoltando desde ayer, a las buenas o a las malas, hacia la frontera para que cojan el camino de casa». Lo dice un empleado auxiliar del Hospital Universitario de Ceuta, también próximo a la frontera de El Tarajal. «Yo lo he visto: vienen en moto hacia donde están los chavales que han llegado de Marruecos, unos en una sombra de un portal y otros debajo de un toldo en el descampado; se los llevan a su casa, allí se duchan, comen y cargan el móvil. Lo que no sé es qué les darán a cambio. Y así no acabamos con este problema», se extiende el trabajador, que asegura que el recinto sanitario funciona ya con normalidad -la misma que ha recuperado casi al completo la mayoría del núcleo urbano- y a diferencia del cierto colapso del jueves y el viernes. «Los que aguantan en Ceuta lo hacen porque vecinos de aquí les ayudan en contra de lo que mandan los militares y la Policía», cuenta un trabajador del hospital«Los pacientes de Ceuta no venían a las consultas por miedo, porque sabían que del CETI [el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes] mandaban aquí a los marroquíes aunque tuvieran solo un corte pequeño, y no querían encontrárselos por miedo. Y además las Urgencias estaban volcados en ellos, en los amigos que nos han llegado de nuestro querido país vecino», narra en uno de los accesos principales al complejo sanitario, en cuyos alrededores sestean, aunque sea la hora de comer, grupos aislados de jóvenes visitantes, unos con una venda en el pie, otros con muletas.La cara más cruda del episodio que ha sacudido a Ceuta es la de los menores que llegaron a nado en los últimos días. En la parte trasera del barrio de El Príncipe hay un núcleo de naves industriales en el que cientos de ellos pasan el día y la noche al amparo de una asociación dependiente del Gobierno, que ha habilitado un pabellón para darles techo y aseo. Para algunos de los niños esa ayuda es poca: le ocurrió a un adolescente que llegó este sábado a la frontera acompañado por una enfermera del Hospital Universitario. «El chico, de catorce años, vino a nado el jueves e ingresó con neumonía. Ya se ha recuperado, pero no sabemos cómo puede volver a su país. Él no ha podido contactar con su familia», explicaba la sanitaria antes de dirigirse a los militares situados en puesto fronterizo y plantearles la difícil situación. «A ver qué solución nos dan».
Nadie sabe a quién mira con más respeto el chaval marroquí que acaba de salir del Mercadona más cercano al barrio de El Príncipe de Ceuta con una bolsa llena de zumos y de refrescos, si al militar que le observa a unos metros delante … de un blindado que custodia el perímetro del supermercado o al vecino jovencito y con cara de pocos amigos, de muy pocos amigos, con una porra casera en la mano que le está empezando a gritar, insultándole, desde el otro lado de la acera.
«Eh, tú, Mohamed, vuelve por donde has venido. Déjanos tranquilos en nuestro país», le increpa. El magrebí, un tipo casi imberbe con dos piernas que parecen dos palillos cubiertas a medias por unas calzonas del Real Madrid que le están grandes, dibuja en su cara un gesto de pavor y sale corriendo calle abajo. Le siguen el del palo y sus amigos: «Qué quieres, ¿galletas? Pues vas a tener galletas…», le gritan mientras dos agentes de la Policía Nacional que también están destacados en la zona tratan de neutralizarles. El magrebí se emplea como un gamo y no hay quien lo alcance. «Que no le veamos más por aquí. Lo digo por su bien», comentan sus perseguidores, que acaban parándose en una esquina para recuperar el aliento.
El supermercado junto al que se produce la escena se encuentra a unos cientos de metros del barrio de El Príncipe, a un paso de la frontera de El Tarajal por la que entre el jueves y el viernes entraron en territorio español en tropel, en éxtasis y a sus anchas, más de sesenta mil jóvenes del país vecino sin que las fuerzas de seguridad, incluido el Ejército, movieran un dedo para disuadirlos o al menos para informarles de que su proceder era ilegal. El Mercadona, literalmente sitiado por soldados y agentes de policía, vive horas frenéticas: abre por primera vez con cierta normalidad desde mediados de la semana que acaba, y los clientes compran como si no hubiera un mañana, o como si mañana fuera el momento exacto en el que el mundo va a dejar de ser el mundo conocido.
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Las colas de carros para pagar la cuenta serpentean por todo el establecimiento y colonizan las orillas de la pescadería, en el extremo opuesto del establecimiento, y el acceso a las bandejas de pan, que están vacías a media mañana. «Una no sabe qué va a pasar el lunes o el martes que viene. Si han entrado una vez, ya se habrán aprendido el camino y, como nadie les dice nada, volverán a hacerlo. Así que, yo voy a llenar la despensa, por lo que pueda pasar…», comenta una de las clientas locales -los inmigrantes sólo acceden a la tienda con cuenta gotas y muy vigilados- que lleva más de media hora a la espera de que le hagan la cuenta en la caja.
Pero el Mercadona es, con todo su frenesí excepcional, el paraíso comparado con los despachos de comestibles de El Príncipe, donde a esa misma hora hay bofetadas, y en sentido literal, para hacerse con una barra de pan, con un litro de leche o con una caja de yogures. Los blindados del Ejército de Tierra se han convertido en un elemento más del parque móvil de un enclave, puro ‘territorio comanche’, en el que siguen pululando a su antojo cientos y cientos de inmigrantes integrados en el contingente de la invasión del jueves y el viernes. Van con sus bolsas de plástico vacías en busca de un bocado que echarse a la boca y con sus móviles en la mano suplicando un cargador portátil a quienes crucen la mirada con ellos.
«Los que aguantan en Ceuta lo hacen porque vecinos de aquí les ayudan, y lo hacen en contra de lo que mandan los militares y la Policía, que los están escoltando desde ayer, a las buenas o a las malas, hacia la frontera para que cojan el camino de casa». Lo dice un empleado auxiliar del Hospital Universitario de Ceuta, también próximo a la frontera de El Tarajal. «Yo lo he visto: vienen en moto hacia donde están los chavales que han llegado de Marruecos, unos en una sombra de un portal y otros debajo de un toldo en el descampado; se los llevan a su casa, allí se duchan, comen y cargan el móvil. Lo que no sé es qué les darán a cambio. Y así no acabamos con este problema», se extiende el trabajador, que asegura que el recinto sanitario funciona ya con normalidad -la misma que ha recuperado casi al completo la mayoría del núcleo urbano- y a diferencia del cierto colapso del jueves y el viernes.
«Los que aguantan en Ceuta lo hacen porque vecinos de aquí les ayudan en contra de lo que mandan los militares y la Policía», cuenta un trabajador del hospital
«Los pacientes de Ceuta no venían a las consultas por miedo, porque sabían que del CETI [el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes] mandaban aquí a los marroquíes aunque tuvieran solo un corte pequeño, y no querían encontrárselos por miedo. Y además las Urgencias estaban volcados en ellos, en los amigos que nos han llegado de nuestro querido país vecino», narra en uno de los accesos principales al complejo sanitario, en cuyos alrededores sestean, aunque sea la hora de comer, grupos aislados de jóvenes visitantes, unos con una venda en el pie, otros con muletas.
La cara más cruda del episodio que ha sacudido a Ceuta es la de los menores que llegaron a nado en los últimos días. En la parte trasera del barrio de El Príncipe hay un núcleo de naves industriales en el que cientos de ellos pasan el día y la noche al amparo de una asociación dependiente del Gobierno, que ha habilitado un pabellón para darles techo y aseo. Para algunos de los niños esa ayuda es poca: le ocurrió a un adolescente que llegó este sábado a la frontera acompañado por una enfermera del Hospital Universitario. «El chico, de catorce años, vino a nado el jueves e ingresó con neumonía. Ya se ha recuperado, pero no sabemos cómo puede volver a su país. Él no ha podido contactar con su familia», explicaba la sanitaria antes de dirigirse a los militares situados en puesto fronterizo y plantearles la difícil situación. «A ver qué solución nos dan».
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