A la salida de Santa María de Medeiros, en Monterrei (Orense), se yergue todavía orgulloso el viejo roble. El pasado agosto las llamas lo calcinaron, tiznando por completo su tronco y sus ramas, que todavía se extienden diez metros hacia el cielo, como si el fuego no las hubiera devorado. A su alrededor, componiendo una circunferencia casi perfecta, se retuercen los esqueletos de arbustos, dolientes, cuasi expresionistas. Podría parecer, a pequeña escala, un cementerio donde se vela por el reposo del carballo gallego, un lugar de muerte. Y sin embargo, entre la espesa negrura, emerge el verdor de una naturaleza que se resiste a ser desterrada. Casi un año después de los incendios que engulleron más de 100.000 hectáreas en la provincia de Orense, el territorio -como el roble- no oculta las heridas, pero por él se abre camino una débil esperanza, bajo el signo -casi maldición- de que el fuego volverá a cruzarse en su camino antes o después.— Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones — automaticoEn Cualedro, una de las ‘zonas cero’ del espantoso fuego de agosto reina una triste tranquilidad. No hay miedo a que se repita la angustia de 2025, cuando se calcinaron algo más de 23.000 hectáreas. «Este año ya no queda nada que arder», comenta resignado Eusebio, «pero el que viene volverá a haber maleza». A Miguel Fernández, en la vecina parroquia de Santa Baia de Montes, le resulta bastante indiferente lo que suceda dentro de un año, o de diez. Él perdió su explotación avícola, consumida por las temperaturas infernales que desplomaron el techo interior y acabaron con las 19.000 gallinas ponedoras que criaba. Los animales perecieron antes por el humo. De nada le sirvió que en los alrededores de su parcela la finca estuviera perfectamente desbrozada, limpia de la maleza que sirve de combustible, y los árboles a distancia suficiente como para haber esquivado el fuego. La violencia del incendio atravesó todas las prevenciones. Hoy, en el lugar de su explotación solo quedan el depósito de agua, la toma eléctrica y una lámina de hormigón, desnuda, a la intemperie. No volverá a haber actividad agrícola sobre ella. «Tengo 63 años, mi mujer tiene una incapacidad, y mi hijo está estudiando y no quiere esto», confiesa, «así que no tengo relevo generacional, como se dice ahora». Percibió una indemnización del seguro por los daños en la explotación, pero no la reinvertirá en recuperar lo perdido. Nada pudo ser recuperable: por supuesto los animales, que fueron cremados; pero tampoco la estructura de la nave, que ya no era segura y su única salida fue el desmontaje completo y el envío a un vertedero. No le encuentra sentido reintentarlo, reconoce, no tiene por delante vida para empezar de cero. Desde el que fue el suelo de su granja se otea un horizonte de árboles consumidos y un suelo que quiere volver a ser verde, del que brota maleza. La maleza verde surge bajo los esqueletos de la maleza calcinada Miguel MuñizEn la explotación al otro lado de la carretera se salvaron sus dueños porque la Guardia Civil los extrajo antes de que llegaran las llamas y, sobre todo, el letal humo. Han podido mantener su actividad. Las cercanas colmenas se perdieron, sin embargo. Las intensas lluvias del invierno provocaron arrastres de cenizas del monte hacia los acuíferos, y la traída municipal de agua va a estar un par de años sin poder consumirse, hasta que vuelva a ser potable. Miguel mira al infinito, con resignación. Ha interiorizado la pérdida y hoy sólo conserva el recuerdo de 26 años de actividad. «El rural exige sacrificio, exige muchas horas y pasar situaciones como esta es muy ingrato a veces», admite, «y tienes que estar los 30 días del mes pendientes de esto». Muchos jóvenes no quieren heredar esa esclavitud por la que han pasado sus padres y abuelos.«Esto volverá a pasar»Las llamas también asediaron a Agrícola Calvo, a las afueras de Vilar de Lebres, otra parroquia de Cualedro. Aquel 17 de agosto, el fuego pudo llevarse por delante no solo la explotación de la familia de Gabriel, sino también su hogar, a pocos metros. Apenas fueron quince minutos los que tardó la lengua de destrucción en aproximarse por el sur, arrasar la finca colindante y saltar los ocho metros de carretera, como si tuviera vida propia, impulsada por el fuerte viento que soplaba. «Nos salvó la experiencia de 2015», relata a ABC, «cuando tuvimos otro incendio en las inmediaciones, y gracias a eso pudimos salvar la casa y la granja». Ese aprendizaje, por ejemplo, llevó a su padre a situar cubos de agua entre las naves de animales, por si una chispa saltaba y prendía en los suelos de paja, y así poder apagarla de inmediato. Otro hermano, subido a un tractor cisterna, regaba y refrescaba el perímetro de la finca con todo lo que tenía a mano, desde agua a los purines de los animales. Todo valía para ahuyentar las llamas, aunque la normativa -siempre la normativa- no lo permitiera. Gabriel, en las inmediaciones de la granja familiar de Vilar de Lebres // Aingeru señala por dónde entró el fuego en A Veiga das Meás // El roble calcinado de Medeiros Miguel MuñizGabriel también se resigna a que esto vuelva a pasar. «Ardió en 2015, de nuevo en 2025 y en el 2035 volverá -pronostica- cuando vuelva a haber árboles» lo suficientemente frondosos como para que el fuego adquiera la violencia sufrida el último verano. Este año está habiendo conatos, «como uno en Medeiros el pasado sábado, pero era solo hierba seca» y se pudo atajar rápidamente por los equipos de extinción. Que no haya maleza ni zonas arboladas disminuye la amenaza.Hacia el este, en A Veiga das Meás, en el municipio de Vilardevós, tampoco olvidan lo vivido el pasado agosto. El incendio se les acercó por retaguardia del pueblo, y la unión de los vecinos consiguió extinguirlo a pocos metros de las casas. Desde la casa de Argentina todavía se identifica dónde se quedó el fuego. Hace un año, vigilaba ese límite un reguero de garrafas y bidones de agua, por si acaso. Si salvaron sus propiedades fue, entre otras cosas, porque el contorno del núcleo de población estaba desbrozado, limpio de malezas, con la vegetación a la distancia necesaria. «Pasamos cuatro días horribles».Argentina desbroza su finca ella misma, y de paso la del vecino, cumpliendo la norma autonómica que obliga a tenerlas limpias a 31 de mayo. «Pero con este tiempo, mira cómo está otra vez», así que madrugará uno de estos días -porque esas tareas están prohibidas en las horas de más calor- para darle una nueva pasada. Con todo, «este verano estamos más tranquilos». Ella, al igual que la veintena de vecinos que habitan A Veiga todo el año, forma parte de la asociación de comuneros. Este año han retirado y subastado la madera calcinada, y los fondos irán a restaurar el Monte Mayor, con nuevas plantaciones. «Todo aquello que se ve ahora marrón, antes era verde», cuenta señalando hacia el monte su nieto Aingeru, que aprendió a levantarse por la mañana «y mirar a ver si hay humo y por dónde viene».El abandonoDesbrozar las fincas no es civismo ni una muestra de responsabilidad por parte de los propietarios de las fincas, es una obligación legal. Pero en la Galicia del minifundio, todo se difumina. El fuego de A Veiga das Meás llegó procedente de Vilar de Cervos, la parroquia colindante, cuyo núcleo consiguió desviar las llamas y alejarlo de las casas. Esperanza no oculta su angustia porque en la trasera de la casa de Toniña, su madre de 90 años, los vecinos no han limpiado las parcelas que les corresponden, y la vegetación se le echa encima. «Todas esas fincas son privadas y tienen un dueño», pero ninguno se ha molestado en desbrozar. Ella incluso telefoneó a algunos por teléfono para afearles su olvido, «y aún me reprocharon que por qué los llamaba, que quién era yo». Acto seguido se plantó en el Concello, y la respuesta que le dieron era que resultaba imposible contactar a todos los propietarios.El fenómeno es complejo. Parcelas pequeñas de los abuelos, no siempre fácilmente localizables en el mapa, que se dividen sucesivamente con el paso de las herencias, repartiéndose entre familiares que dejaron el pueblo olvidado una o dos generaciones atrás. No volvieron porque solo quedan ruinas a compartir entre varios, y cuesta más rehabilitar que lo poco que puedan dar por ellas, si acaso existiese un comprador. Las fincas rústicas, de escasa superficie, valen todavía menos. La ley gallega de montes faculta a los ayuntamientos a proceder con el desbroce de las fincas que no lo hagan y, posteriormente, pasar la factura al propietario. Pero la realidad es que a veces es imposible de notificar, y los concellos más pequeños no tienen recursos para asumir año tras año esas tareas en un rural diseminado en decenas -o centenas- de pequeños núcleos de población.La zona de los fuegos, el año pasado, días después de que empezara a arder Miguel MuñizEsta realidad fue transmitida a Yolanda Díaz el pasado septiembre, cuando fue a hacerse la foto a San Vicente de Leira, en la comarca de Valdeorras, por los alcaldes de la zona: las cartas de aviso a propietarios les venían de vuelta, sin acuse de recibo. Por decenas. Regidores de todo color político le pusieron de manifiesto que la burocracia se da de bruces con un territorio complejo y abandonado, que ella debía de conocer porque «soy gallega, no madrileña», como presumió en aquella reunión en la que más que soluciones fue a ofrecerse por «si hay proyectos de economía social que yo pueda apoyar». Esperanza muestra la vegetación que acecha la casa de su madre // Avelina, en Vilar de Cervos // Retrato de Toniña, a sus 90 años Miguel MuñizNada de eso tranquiliza a Esperanza o Toniña, a las que nadie les quita el miedo del cuerpo. «Estamos rodeados de maleza y aquí no pasa nada», lamenta, «o esto comienza con multas gordas, con el Concello tomando cartas en el asunto, o no sé que va a ser». A Avelina le llegó la carta en tiempo y forma. Al igual que cuando ABC se encontró con ella hace un año por las angostas calles de Vilar de Cervos, mantiene su vestimenta oscura y su inseparable sombrero. Sonríe, pícara. «Mi hija estudió Derecho, y me dijo ‘mamá, las leyes están para cumplirlas’, así que por la cuenta que me trae tengo desbrozada la parcela», y no solo, porque en una de las fincas que se le quemaron el pasado año «también me advirtieron que no puedo plantar ni pino ni eucalipto a menos de 150 metros de las casas», dos especies pirófitas, que propagan con facilidad el fuego. «Y las multas son considerables, eh», confiesa.Una de las pocas viviendas habituales destruidas por los fuegos del último agosto fue en la parroquia de A Caridade, en Cualedro. Pertenecían a Samuel Vieira y José Antonio García. Sus suelos y techos de madera ardieron como teas, dejando un rastro de ruina. Un año después, en la parroquia parece que se ha detenido el tiempo, porque todo sigue igual. Las ayudas concedidas sirvieron para desescombrar -como cumplidamente informan los carteles con logos de las administraciones públicas-; las casas afectadas son meros cascarones, fachadas vacías de las que se retiraron las vigas y enseres calcinados. Con los 140.000 euros que percibió por la vivienda siniestrada, José Antonio dice que no le llega para recuperar su casa, propiedad de su madre Dosinda. Ahora vive de alquiler en un domicilio próximo, y restaura con sus propias manos -y al ritmo que puede- el que fue su hogar. Samuel, su primo, tampoco ha abandonado A Caridade, y encontró alojamiento en el barrio de arriba. Unos y otros murmuran y se preguntan qué sentido tiene recuperar lo perdido, en un rural que se muere irremediablemente, condenado por la falta de oportunidades.De vuelta al centro de Cualedro, Eusebio reflexiona en voz alta. «Antes, cuando el monte se trabajaba, cuando había animales y pastoreo, no había incendios», recuerda, «ahora apenas se ven vacas ni cabras». El abandono del campo es otra de las explicaciones a los incendios. Los sacrificios de la vida en el rural, para muchos incompatibles con los beneficios del estado del bienestar, para otros enfrentados a la burocracia administrativa empeñada en regularlo todo, han espantado a las nuevas generaciones, que no quieren padecer como sus padres y abuelos. Por no haber, «no hay ni quien te limpie el monte», confiesa Eusebio, «la gente mayor que no puede hacerlo a veces ni siquiera encuentra quien se lo haga». Avelina continúa la ronda por el pequeño pueblo, de apenas una treintena de vecinos. Ha visto muchos veranos, y advierte ante lo que se viene. «Este año todo se está ‘agostando’ antes». Negro augurio. A la salida de Santa María de Medeiros, en Monterrei (Orense), se yergue todavía orgulloso el viejo roble. El pasado agosto las llamas lo calcinaron, tiznando por completo su tronco y sus ramas, que todavía se extienden diez metros hacia el cielo, como si el fuego no las hubiera devorado. A su alrededor, componiendo una circunferencia casi perfecta, se retuercen los esqueletos de arbustos, dolientes, cuasi expresionistas. Podría parecer, a pequeña escala, un cementerio donde se vela por el reposo del carballo gallego, un lugar de muerte. Y sin embargo, entre la espesa negrura, emerge el verdor de una naturaleza que se resiste a ser desterrada. Casi un año después de los incendios que engulleron más de 100.000 hectáreas en la provincia de Orense, el territorio -como el roble- no oculta las heridas, pero por él se abre camino una débil esperanza, bajo el signo -casi maldición- de que el fuego volverá a cruzarse en su camino antes o después.— Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones — automaticoEn Cualedro, una de las ‘zonas cero’ del espantoso fuego de agosto reina una triste tranquilidad. No hay miedo a que se repita la angustia de 2025, cuando se calcinaron algo más de 23.000 hectáreas. «Este año ya no queda nada que arder», comenta resignado Eusebio, «pero el que viene volverá a haber maleza». A Miguel Fernández, en la vecina parroquia de Santa Baia de Montes, le resulta bastante indiferente lo que suceda dentro de un año, o de diez. Él perdió su explotación avícola, consumida por las temperaturas infernales que desplomaron el techo interior y acabaron con las 19.000 gallinas ponedoras que criaba. Los animales perecieron antes por el humo. De nada le sirvió que en los alrededores de su parcela la finca estuviera perfectamente desbrozada, limpia de la maleza que sirve de combustible, y los árboles a distancia suficiente como para haber esquivado el fuego. La violencia del incendio atravesó todas las prevenciones. Hoy, en el lugar de su explotación solo quedan el depósito de agua, la toma eléctrica y una lámina de hormigón, desnuda, a la intemperie. No volverá a haber actividad agrícola sobre ella. «Tengo 63 años, mi mujer tiene una incapacidad, y mi hijo está estudiando y no quiere esto», confiesa, «así que no tengo relevo generacional, como se dice ahora». Percibió una indemnización del seguro por los daños en la explotación, pero no la reinvertirá en recuperar lo perdido. Nada pudo ser recuperable: por supuesto los animales, que fueron cremados; pero tampoco la estructura de la nave, que ya no era segura y su única salida fue el desmontaje completo y el envío a un vertedero. No le encuentra sentido reintentarlo, reconoce, no tiene por delante vida para empezar de cero. Desde el que fue el suelo de su granja se otea un horizonte de árboles consumidos y un suelo que quiere volver a ser verde, del que brota maleza. La maleza verde surge bajo los esqueletos de la maleza calcinada Miguel MuñizEn la explotación al otro lado de la carretera se salvaron sus dueños porque la Guardia Civil los extrajo antes de que llegaran las llamas y, sobre todo, el letal humo. Han podido mantener su actividad. Las cercanas colmenas se perdieron, sin embargo. Las intensas lluvias del invierno provocaron arrastres de cenizas del monte hacia los acuíferos, y la traída municipal de agua va a estar un par de años sin poder consumirse, hasta que vuelva a ser potable. Miguel mira al infinito, con resignación. Ha interiorizado la pérdida y hoy sólo conserva el recuerdo de 26 años de actividad. «El rural exige sacrificio, exige muchas horas y pasar situaciones como esta es muy ingrato a veces», admite, «y tienes que estar los 30 días del mes pendientes de esto». Muchos jóvenes no quieren heredar esa esclavitud por la que han pasado sus padres y abuelos.«Esto volverá a pasar»Las llamas también asediaron a Agrícola Calvo, a las afueras de Vilar de Lebres, otra parroquia de Cualedro. Aquel 17 de agosto, el fuego pudo llevarse por delante no solo la explotación de la familia de Gabriel, sino también su hogar, a pocos metros. Apenas fueron quince minutos los que tardó la lengua de destrucción en aproximarse por el sur, arrasar la finca colindante y saltar los ocho metros de carretera, como si tuviera vida propia, impulsada por el fuerte viento que soplaba. «Nos salvó la experiencia de 2015», relata a ABC, «cuando tuvimos otro incendio en las inmediaciones, y gracias a eso pudimos salvar la casa y la granja». Ese aprendizaje, por ejemplo, llevó a su padre a situar cubos de agua entre las naves de animales, por si una chispa saltaba y prendía en los suelos de paja, y así poder apagarla de inmediato. Otro hermano, subido a un tractor cisterna, regaba y refrescaba el perímetro de la finca con todo lo que tenía a mano, desde agua a los purines de los animales. Todo valía para ahuyentar las llamas, aunque la normativa -siempre la normativa- no lo permitiera. Gabriel, en las inmediaciones de la granja familiar de Vilar de Lebres // Aingeru señala por dónde entró el fuego en A Veiga das Meás // El roble calcinado de Medeiros Miguel MuñizGabriel también se resigna a que esto vuelva a pasar. «Ardió en 2015, de nuevo en 2025 y en el 2035 volverá -pronostica- cuando vuelva a haber árboles» lo suficientemente frondosos como para que el fuego adquiera la violencia sufrida el último verano. Este año está habiendo conatos, «como uno en Medeiros el pasado sábado, pero era solo hierba seca» y se pudo atajar rápidamente por los equipos de extinción. Que no haya maleza ni zonas arboladas disminuye la amenaza.Hacia el este, en A Veiga das Meás, en el municipio de Vilardevós, tampoco olvidan lo vivido el pasado agosto. El incendio se les acercó por retaguardia del pueblo, y la unión de los vecinos consiguió extinguirlo a pocos metros de las casas. Desde la casa de Argentina todavía se identifica dónde se quedó el fuego. Hace un año, vigilaba ese límite un reguero de garrafas y bidones de agua, por si acaso. Si salvaron sus propiedades fue, entre otras cosas, porque el contorno del núcleo de población estaba desbrozado, limpio de malezas, con la vegetación a la distancia necesaria. «Pasamos cuatro días horribles».Argentina desbroza su finca ella misma, y de paso la del vecino, cumpliendo la norma autonómica que obliga a tenerlas limpias a 31 de mayo. «Pero con este tiempo, mira cómo está otra vez», así que madrugará uno de estos días -porque esas tareas están prohibidas en las horas de más calor- para darle una nueva pasada. Con todo, «este verano estamos más tranquilos». Ella, al igual que la veintena de vecinos que habitan A Veiga todo el año, forma parte de la asociación de comuneros. Este año han retirado y subastado la madera calcinada, y los fondos irán a restaurar el Monte Mayor, con nuevas plantaciones. «Todo aquello que se ve ahora marrón, antes era verde», cuenta señalando hacia el monte su nieto Aingeru, que aprendió a levantarse por la mañana «y mirar a ver si hay humo y por dónde viene».El abandonoDesbrozar las fincas no es civismo ni una muestra de responsabilidad por parte de los propietarios de las fincas, es una obligación legal. Pero en la Galicia del minifundio, todo se difumina. El fuego de A Veiga das Meás llegó procedente de Vilar de Cervos, la parroquia colindante, cuyo núcleo consiguió desviar las llamas y alejarlo de las casas. Esperanza no oculta su angustia porque en la trasera de la casa de Toniña, su madre de 90 años, los vecinos no han limpiado las parcelas que les corresponden, y la vegetación se le echa encima. «Todas esas fincas son privadas y tienen un dueño», pero ninguno se ha molestado en desbrozar. Ella incluso telefoneó a algunos por teléfono para afearles su olvido, «y aún me reprocharon que por qué los llamaba, que quién era yo». Acto seguido se plantó en el Concello, y la respuesta que le dieron era que resultaba imposible contactar a todos los propietarios.El fenómeno es complejo. Parcelas pequeñas de los abuelos, no siempre fácilmente localizables en el mapa, que se dividen sucesivamente con el paso de las herencias, repartiéndose entre familiares que dejaron el pueblo olvidado una o dos generaciones atrás. No volvieron porque solo quedan ruinas a compartir entre varios, y cuesta más rehabilitar que lo poco que puedan dar por ellas, si acaso existiese un comprador. Las fincas rústicas, de escasa superficie, valen todavía menos. La ley gallega de montes faculta a los ayuntamientos a proceder con el desbroce de las fincas que no lo hagan y, posteriormente, pasar la factura al propietario. Pero la realidad es que a veces es imposible de notificar, y los concellos más pequeños no tienen recursos para asumir año tras año esas tareas en un rural diseminado en decenas -o centenas- de pequeños núcleos de población.La zona de los fuegos, el año pasado, días después de que empezara a arder Miguel MuñizEsta realidad fue transmitida a Yolanda Díaz el pasado septiembre, cuando fue a hacerse la foto a San Vicente de Leira, en la comarca de Valdeorras, por los alcaldes de la zona: las cartas de aviso a propietarios les venían de vuelta, sin acuse de recibo. Por decenas. Regidores de todo color político le pusieron de manifiesto que la burocracia se da de bruces con un territorio complejo y abandonado, que ella debía de conocer porque «soy gallega, no madrileña», como presumió en aquella reunión en la que más que soluciones fue a ofrecerse por «si hay proyectos de economía social que yo pueda apoyar». Esperanza muestra la vegetación que acecha la casa de su madre // Avelina, en Vilar de Cervos // Retrato de Toniña, a sus 90 años Miguel MuñizNada de eso tranquiliza a Esperanza o Toniña, a las que nadie les quita el miedo del cuerpo. «Estamos rodeados de maleza y aquí no pasa nada», lamenta, «o esto comienza con multas gordas, con el Concello tomando cartas en el asunto, o no sé que va a ser». A Avelina le llegó la carta en tiempo y forma. Al igual que cuando ABC se encontró con ella hace un año por las angostas calles de Vilar de Cervos, mantiene su vestimenta oscura y su inseparable sombrero. Sonríe, pícara. «Mi hija estudió Derecho, y me dijo ‘mamá, las leyes están para cumplirlas’, así que por la cuenta que me trae tengo desbrozada la parcela», y no solo, porque en una de las fincas que se le quemaron el pasado año «también me advirtieron que no puedo plantar ni pino ni eucalipto a menos de 150 metros de las casas», dos especies pirófitas, que propagan con facilidad el fuego. «Y las multas son considerables, eh», confiesa.Una de las pocas viviendas habituales destruidas por los fuegos del último agosto fue en la parroquia de A Caridade, en Cualedro. Pertenecían a Samuel Vieira y José Antonio García. Sus suelos y techos de madera ardieron como teas, dejando un rastro de ruina. Un año después, en la parroquia parece que se ha detenido el tiempo, porque todo sigue igual. Las ayudas concedidas sirvieron para desescombrar -como cumplidamente informan los carteles con logos de las administraciones públicas-; las casas afectadas son meros cascarones, fachadas vacías de las que se retiraron las vigas y enseres calcinados. Con los 140.000 euros que percibió por la vivienda siniestrada, José Antonio dice que no le llega para recuperar su casa, propiedad de su madre Dosinda. Ahora vive de alquiler en un domicilio próximo, y restaura con sus propias manos -y al ritmo que puede- el que fue su hogar. Samuel, su primo, tampoco ha abandonado A Caridade, y encontró alojamiento en el barrio de arriba. Unos y otros murmuran y se preguntan qué sentido tiene recuperar lo perdido, en un rural que se muere irremediablemente, condenado por la falta de oportunidades.De vuelta al centro de Cualedro, Eusebio reflexiona en voz alta. «Antes, cuando el monte se trabajaba, cuando había animales y pastoreo, no había incendios», recuerda, «ahora apenas se ven vacas ni cabras». El abandono del campo es otra de las explicaciones a los incendios. Los sacrificios de la vida en el rural, para muchos incompatibles con los beneficios del estado del bienestar, para otros enfrentados a la burocracia administrativa empeñada en regularlo todo, han espantado a las nuevas generaciones, que no quieren padecer como sus padres y abuelos. Por no haber, «no hay ni quien te limpie el monte», confiesa Eusebio, «la gente mayor que no puede hacerlo a veces ni siquiera encuentra quien se lo haga». Avelina continúa la ronda por el pequeño pueblo, de apenas una treintena de vecinos. Ha visto muchos veranos, y advierte ante lo que se viene. «Este año todo se está ‘agostando’ antes». Negro augurio.
A la salida de Santa María de Medeiros, en Monterrei (Orense), se yergue todavía orgulloso el viejo roble. El pasado agosto las llamas lo calcinaron, tiznando por completo su tronco y sus ramas, que todavía se extienden diez metros hacia el cielo, como si el … fuego no las hubiera devorado. A su alrededor, componiendo una circunferencia casi perfecta, se retuercen los esqueletos de arbustos, dolientes, cuasi expresionistas. Podría parecer, a pequeña escala, un cementerio donde se vela por el reposo del carballo gallego, un lugar de muerte. Y sin embargo, entre la espesa negrura, emerge el verdor de una naturaleza que se resiste a ser desterrada. Casi un año después de los incendios que engulleron más de 100.000 hectáreas en la provincia de Orense, el territorio -como el roble- no oculta las heridas, pero por él se abre camino una débil esperanza, bajo el signo -casi maldición- de que el fuego volverá a cruzarse en su camino antes o después.
En Cualedro, una de las ‘zonas cero’ del espantoso fuego de agosto reina una triste tranquilidad. No hay miedo a que se repita la angustia de 2025, cuando se calcinaron algo más de 23.000 hectáreas. «Este año ya no queda nada que arder», comenta resignado Eusebio, «pero el que viene volverá a haber maleza». A Miguel Fernández, en la vecina parroquia de Santa Baia de Montes, le resulta bastante indiferente lo que suceda dentro de un año, o de diez. Él perdió su explotación avícola, consumida por las temperaturas infernales que desplomaron el techo interior y acabaron con las 19.000 gallinas ponedoras que criaba. Los animales perecieron antes por el humo. De nada le sirvió que en los alrededores de su parcela la finca estuviera perfectamente desbrozada, limpia de la maleza que sirve de combustible, y los árboles a distancia suficiente como para haber esquivado el fuego. La violencia del incendio atravesó todas las prevenciones. Hoy, en el lugar de su explotación solo quedan el depósito de agua, la toma eléctrica y una lámina de hormigón, desnuda, a la intemperie. No volverá a haber actividad agrícola sobre ella.
«Tengo 63 años, mi mujer tiene una incapacidad, y mi hijo está estudiando y no quiere esto», confiesa, «así que no tengo relevo generacional, como se dice ahora». Percibió una indemnización del seguro por los daños en la explotación, pero no la reinvertirá en recuperar lo perdido. Nada pudo ser recuperable: por supuesto los animales, que fueron cremados; pero tampoco la estructura de la nave, que ya no era segura y su única salida fue el desmontaje completo y el envío a un vertedero. No le encuentra sentido reintentarlo, reconoce, no tiene por delante vida para empezar de cero. Desde el que fue el suelo de su granja se otea un horizonte de árboles consumidos y un suelo que quiere volver a ser verde, del que brota maleza.

(Miguel Muñiz)
En la explotación al otro lado de la carretera se salvaron sus dueños porque la Guardia Civil los extrajo antes de que llegaran las llamas y, sobre todo, el letal humo. Han podido mantener su actividad. Las cercanas colmenas se perdieron, sin embargo. Las intensas lluvias del invierno provocaron arrastres de cenizas del monte hacia los acuíferos, y la traída municipal de agua va a estar un par de años sin poder consumirse, hasta que vuelva a ser potable. Miguel mira al infinito, con resignación. Ha interiorizado la pérdida y hoy sólo conserva el recuerdo de 26 años de actividad. «El rural exige sacrificio, exige muchas horas y pasar situaciones como esta es muy ingrato a veces», admite, «y tienes que estar los 30 días del mes pendientes de esto». Muchos jóvenes no quieren heredar esa esclavitud por la que han pasado sus padres y abuelos.
«Esto volverá a pasar»
Las llamas también asediaron a Agrícola Calvo, a las afueras de Vilar de Lebres, otra parroquia de Cualedro. Aquel 17 de agosto, el fuego pudo llevarse por delante no solo la explotación de la familia de Gabriel, sino también su hogar, a pocos metros. Apenas fueron quince minutos los que tardó la lengua de destrucción en aproximarse por el sur, arrasar la finca colindante y saltar los ocho metros de carretera, como si tuviera vida propia, impulsada por el fuerte viento que soplaba. «Nos salvó la experiencia de 2015», relata a ABC, «cuando tuvimos otro incendio en las inmediaciones, y gracias a eso pudimos salvar la casa y la granja».
Ese aprendizaje, por ejemplo, llevó a su padre a situar cubos de agua entre las naves de animales, por si una chispa saltaba y prendía en los suelos de paja, y así poder apagarla de inmediato. Otro hermano, subido a un tractor cisterna, regaba y refrescaba el perímetro de la finca con todo lo que tenía a mano, desde agua a los purines de los animales. Todo valía para ahuyentar las llamas, aunque la normativa -siempre la normativa- no lo permitiera.
(Miguel Muñiz)
Gabriel también se resigna a que esto vuelva a pasar. «Ardió en 2015, de nuevo en 2025 y en el 2035 volverá -pronostica- cuando vuelva a haber árboles» lo suficientemente frondosos como para que el fuego adquiera la violencia sufrida el último verano. Este año está habiendo conatos, «como uno en Medeiros el pasado sábado, pero era solo hierba seca» y se pudo atajar rápidamente por los equipos de extinción. Que no haya maleza ni zonas arboladas disminuye la amenaza.
Hacia el este, en A Veiga das Meás, en el municipio de Vilardevós, tampoco olvidan lo vivido el pasado agosto. El incendio se les acercó por retaguardia del pueblo, y la unión de los vecinos consiguió extinguirlo a pocos metros de las casas. Desde la casa de Argentina todavía se identifica dónde se quedó el fuego. Hace un año, vigilaba ese límite un reguero de garrafas y bidones de agua, por si acaso. Si salvaron sus propiedades fue, entre otras cosas, porque el contorno del núcleo de población estaba desbrozado, limpio de malezas, con la vegetación a la distancia necesaria. «Pasamos cuatro días horribles».
Argentina desbroza su finca ella misma, y de paso la del vecino, cumpliendo la norma autonómica que obliga a tenerlas limpias a 31 de mayo. «Pero con este tiempo, mira cómo está otra vez», así que madrugará uno de estos días -porque esas tareas están prohibidas en las horas de más calor- para darle una nueva pasada. Con todo, «este verano estamos más tranquilos». Ella, al igual que la veintena de vecinos que habitan A Veiga todo el año, forma parte de la asociación de comuneros. Este año han retirado y subastado la madera calcinada, y los fondos irán a restaurar el Monte Mayor, con nuevas plantaciones. «Todo aquello que se ve ahora marrón, antes era verde», cuenta señalando hacia el monte su nieto Aingeru, que aprendió a levantarse por la mañana «y mirar a ver si hay humo y por dónde viene».
El abandono
Desbrozar las fincas no es civismo ni una muestra de responsabilidad por parte de los propietarios de las fincas, es una obligación legal. Pero en la Galicia del minifundio, todo se difumina. El fuego de A Veiga das Meás llegó procedente de Vilar de Cervos, la parroquia colindante, cuyo núcleo consiguió desviar las llamas y alejarlo de las casas. Esperanza no oculta su angustia porque en la trasera de la casa de Toniña, su madre de 90 años, los vecinos no han limpiado las parcelas que les corresponden, y la vegetación se le echa encima. «Todas esas fincas son privadas y tienen un dueño», pero ninguno se ha molestado en desbrozar. Ella incluso telefoneó a algunos por teléfono para afearles su olvido, «y aún me reprocharon que por qué los llamaba, que quién era yo». Acto seguido se plantó en el Concello, y la respuesta que le dieron era que resultaba imposible contactar a todos los propietarios.
El fenómeno es complejo. Parcelas pequeñas de los abuelos, no siempre fácilmente localizables en el mapa, que se dividen sucesivamente con el paso de las herencias, repartiéndose entre familiares que dejaron el pueblo olvidado una o dos generaciones atrás. No volvieron porque solo quedan ruinas a compartir entre varios, y cuesta más rehabilitar que lo poco que puedan dar por ellas, si acaso existiese un comprador. Las fincas rústicas, de escasa superficie, valen todavía menos. La ley gallega de montes faculta a los ayuntamientos a proceder con el desbroce de las fincas que no lo hagan y, posteriormente, pasar la factura al propietario. Pero la realidad es que a veces es imposible de notificar, y los concellos más pequeños no tienen recursos para asumir año tras año esas tareas en un rural diseminado en decenas -o centenas- de pequeños núcleos de población.
(Miguel Muñiz)
Esta realidad fue transmitida a Yolanda Díaz el pasado septiembre, cuando fue a hacerse la foto a San Vicente de Leira, en la comarca de Valdeorras, por los alcaldes de la zona: las cartas de aviso a propietarios les venían de vuelta, sin acuse de recibo. Por decenas. Regidores de todo color político le pusieron de manifiesto que la burocracia se da de bruces con un territorio complejo y abandonado, que ella debía de conocer porque «soy gallega, no madrileña», como presumió en aquella reunión en la que más que soluciones fue a ofrecerse por «si hay proyectos de economía social que yo pueda apoyar».
(Miguel Muñiz)
Nada de eso tranquiliza a Esperanza o Toniña, a las que nadie les quita el miedo del cuerpo. «Estamos rodeados de maleza y aquí no pasa nada», lamenta, «o esto comienza con multas gordas, con el Concello tomando cartas en el asunto, o no sé que va a ser». A Avelina le llegó la carta en tiempo y forma. Al igual que cuando ABC se encontró con ella hace un año por las angostas calles de Vilar de Cervos, mantiene su vestimenta oscura y su inseparable sombrero. Sonríe, pícara. «Mi hija estudió Derecho, y me dijo ‘mamá, las leyes están para cumplirlas’, así que por la cuenta que me trae tengo desbrozada la parcela», y no solo, porque en una de las fincas que se le quemaron el pasado año «también me advirtieron que no puedo plantar ni pino ni eucalipto a menos de 150 metros de las casas», dos especies pirófitas, que propagan con facilidad el fuego. «Y las multas son considerables, eh», confiesa.
Una de las pocas viviendas habituales destruidas por los fuegos del último agosto fue en la parroquia de A Caridade, en Cualedro. Pertenecían a Samuel Vieira y José Antonio García. Sus suelos y techos de madera ardieron como teas, dejando un rastro de ruina. Un año después, en la parroquia parece que se ha detenido el tiempo, porque todo sigue igual. Las ayudas concedidas sirvieron para desescombrar -como cumplidamente informan los carteles con logos de las administraciones públicas-; las casas afectadas son meros cascarones, fachadas vacías de las que se retiraron las vigas y enseres calcinados. Con los 140.000 euros que percibió por la vivienda siniestrada, José Antonio dice que no le llega para recuperar su casa, propiedad de su madre Dosinda. Ahora vive de alquiler en un domicilio próximo, y restaura con sus propias manos -y al ritmo que puede- el que fue su hogar. Samuel, su primo, tampoco ha abandonado A Caridade, y encontró alojamiento en el barrio de arriba. Unos y otros murmuran y se preguntan qué sentido tiene recuperar lo perdido, en un rural que se muere irremediablemente, condenado por la falta de oportunidades.
De vuelta al centro de Cualedro, Eusebio reflexiona en voz alta. «Antes, cuando el monte se trabajaba, cuando había animales y pastoreo, no había incendios», recuerda, «ahora apenas se ven vacas ni cabras». El abandono del campo es otra de las explicaciones a los incendios. Los sacrificios de la vida en el rural, para muchos incompatibles con los beneficios del estado del bienestar, para otros enfrentados a la burocracia administrativa empeñada en regularlo todo, han espantado a las nuevas generaciones, que no quieren padecer como sus padres y abuelos. Por no haber, «no hay ni quien te limpie el monte», confiesa Eusebio, «la gente mayor que no puede hacerlo a veces ni siquiera encuentra quien se lo haga».
Avelina continúa la ronda por el pequeño pueblo, de apenas una treintena de vecinos. Ha visto muchos veranos, y advierte ante lo que se viene. «Este año todo se está ‘agostando’ antes». Negro augurio.
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