Los colegios de los países ricos están fallando. Las últimas puntuaciones de las pruebas PISA de lectura, matemáticas y ciencias, publicadas el 8 de septiembre, son las peores desde que estas pruebas, administradas por la OCDE, comenzaron en el año 2000. Los educadores ya no pueden achacarlo todo a los confinamientos por la Covid-19, que trastocaron gravemente las clases y provocaron una caída en las calificaciones de PISA. La pandemia ya ha terminado, pero las puntuaciones han seguido cayendo más o menos al mismo ritmo. En los 35 países ricos que participan en las pruebas, un joven de 15 años medio lee ahora a un nivel no superior al de un joven de 14 años de hace una década. Se está produciendo un desastre a cámara lenta.Las puntuaciones en las pruebas no son la única medida del valor de un niño. Pero son un buen indicador de los resultados deseables y un baluarte contra muchos de los peores. Los niños que obtienen buenos resultados en las pruebas suelen ganar más dinero, vivir vidas más largas y saludables, y cometer menos delitos. Según una estimación, aumentar las puntuaciones de PISA en tan solo un cuarto de desviación estándar podría incrementar el crecimiento anual en los países ricos en medio punto porcentual.¿Quizá, sin embargo, a medida que mejore la inteligencia artificial, el hecho de que los niños tengan dificultades intelectuales no importe tanto? Los adultos del futuro podrán delegar su pensamiento a máquinas inteligentes, del mismo modo que utilizan máquinas para realizar innumerables tareas físicas. Entonces, ¿por qué preocuparse por estudiar a fondo?the_economist_0770Este argumento no podría estar más equivocado. La IA no hará que sea inútil entrenar el cerebro humano, del mismo modo que la invención de los coches no eliminó la necesidad de hacer ejercicio físico. Al contrario, adaptarse a un mundo de cambios rápidos impulsados por la IA requerirá más agilidad mental, no menos. Y precisamente porque la IA aumentará la tentación de que las personas deleguen las tareas cognitivas difíciles, las escuelas tienen la responsabilidad adicional de ayudar a los alumnos a ejercitar sus cerebros y a adquirir los hábitos de pensamiento que requieren esfuerzo. No proporcionarles los pilares básicos de una mente bien desarrollada, como la alfabetización y la aritmética, es inexcusable.La IA no hará que sea inútil entrenar el cerebro humanoMás de 10 años desdenciendo en las pruebasLas puntuaciones de las pruebas PISA comenzaron a descender alrededor de 2012. Cada vez hay más pruebas de que las tabletas, los teléfonos móviles y otras pantallas similares distraen a los jóvenes de sus estudios y los alejan de aficiones, como la lectura de libros, que inculcan la capacidad de concentración. Por lo tanto, parece prudente establecer límites al uso de las pantallas. Aproximadamente la mitad de los países prohíben ya, en mayor o menor medida, el uso de teléfonos móviles en los centros educativos; otros deberían seguir su ejemplo. Si se utiliza con cuidado, la tecnología puede beneficiar a las aulas. Sin embargo, lo más habitual es que las nuevas y llamativas herramientas y dispositivos solo sean un estorbo.Pero un problema aún mayor es el pensamiento confuso entre los educadores. Algunos han caído en el bulo de la izquierda de que los exámenes son perjudiciales y las notas son racistas. Otros han permitido que las preocupaciones razonables sobre la salud mental de los niños se conviertan en una excusa para tener bajas expectativas. Algunos hábitos poco útiles adquiridos durante la pandemia se han mantenido: los niños siguen perdiéndose más clases que antes, y muchos profesores que relajaron sus criterios de calificación no han vuelto a endurecerlos.Advertencia sobre el rigor¿Qué hacer? Hay pocas pruebas de que inyectar más dinero en las escuelas vaya a suponer una gran diferencia: Japón gasta un 30 % menos por alumno que Estados Unidos y obtiene resultados mucho mejores. Pero la investigación necesita un gran impulso. La docencia, como profesión, sigue mostrando una vergonzosa falta de interés por las pruebas que indican qué técnicas funcionan mejor. Los departamentos de educación de las universidades cuentan con algunos de los profesores más débiles y radicales, a menudo más interesados en ideas abstractas de justicia social que en los beneficios más concretos que unas mejores notas podrían aportar a los alumnos.Los lugares que han evitado el declive merecen más atención. Gran Bretaña es uno de ellos. En 2009, sus alumnos se colaron por los pelos entre los 30 mejores del mundo en matemáticas y lectura. Ahora se sitúan entre los diez primeros. Parte de este éxito se debe a que, en Inglaterra, bajo un anterior Gobierno conservador, se volvió a apostar por medidas tradicionales como exámenes rigurosos, inspecciones estrictas y planes de estudios repletos de conocimientos.Los gobiernos que mejoran las escuelas rara vez verán beneficios de los que puedan presumir antes de las próximas eleccionesLa bajada de las puntuaciones no se solucionará en un abrir y cerrar de ojos. Como se necesita tiempo para educar a un niño, los últimos resultados de las pruebas reflejan las decisiones tomadas hace entre diez y veinte años. Ese largo desfase hace que la reforma sea políticamente más difícil. Los gobiernos que mejoran las escuelas rara vez verán beneficios de los que puedan presumir antes de las próximas elecciones. Pero deberían preocuparse de todos modos. Los políticos de las últimas décadas, desde Tony Blair hasta George Bush, han ganado cargos prometiendo arreglar la educación. Los líderes actuales parecen haber perdido interés por las escuelas, salvo como campos de batalla en la guerra cultural. Esa falta de atención seria invita a la catástrofe. A medida que las máquinas se vuelven más inteligentes, no dejemos que los adolescentes se vuelvan más torpes. Los colegios de los países ricos están fallando. Las últimas puntuaciones de las pruebas PISA de lectura, matemáticas y ciencias, publicadas el 8 de septiembre, son las peores desde que estas pruebas, administradas por la OCDE, comenzaron en el año 2000. Los educadores ya no pueden achacarlo todo a los confinamientos por la Covid-19, que trastocaron gravemente las clases y provocaron una caída en las calificaciones de PISA. La pandemia ya ha terminado, pero las puntuaciones han seguido cayendo más o menos al mismo ritmo. En los 35 países ricos que participan en las pruebas, un joven de 15 años medio lee ahora a un nivel no superior al de un joven de 14 años de hace una década. Se está produciendo un desastre a cámara lenta.Las puntuaciones en las pruebas no son la única medida del valor de un niño. Pero son un buen indicador de los resultados deseables y un baluarte contra muchos de los peores. Los niños que obtienen buenos resultados en las pruebas suelen ganar más dinero, vivir vidas más largas y saludables, y cometer menos delitos. Según una estimación, aumentar las puntuaciones de PISA en tan solo un cuarto de desviación estándar podría incrementar el crecimiento anual en los países ricos en medio punto porcentual.¿Quizá, sin embargo, a medida que mejore la inteligencia artificial, el hecho de que los niños tengan dificultades intelectuales no importe tanto? Los adultos del futuro podrán delegar su pensamiento a máquinas inteligentes, del mismo modo que utilizan máquinas para realizar innumerables tareas físicas. Entonces, ¿por qué preocuparse por estudiar a fondo?the_economist_0770Este argumento no podría estar más equivocado. La IA no hará que sea inútil entrenar el cerebro humano, del mismo modo que la invención de los coches no eliminó la necesidad de hacer ejercicio físico. Al contrario, adaptarse a un mundo de cambios rápidos impulsados por la IA requerirá más agilidad mental, no menos. Y precisamente porque la IA aumentará la tentación de que las personas deleguen las tareas cognitivas difíciles, las escuelas tienen la responsabilidad adicional de ayudar a los alumnos a ejercitar sus cerebros y a adquirir los hábitos de pensamiento que requieren esfuerzo. No proporcionarles los pilares básicos de una mente bien desarrollada, como la alfabetización y la aritmética, es inexcusable.La IA no hará que sea inútil entrenar el cerebro humanoMás de 10 años desdenciendo en las pruebasLas puntuaciones de las pruebas PISA comenzaron a descender alrededor de 2012. Cada vez hay más pruebas de que las tabletas, los teléfonos móviles y otras pantallas similares distraen a los jóvenes de sus estudios y los alejan de aficiones, como la lectura de libros, que inculcan la capacidad de concentración. Por lo tanto, parece prudente establecer límites al uso de las pantallas. Aproximadamente la mitad de los países prohíben ya, en mayor o menor medida, el uso de teléfonos móviles en los centros educativos; otros deberían seguir su ejemplo. Si se utiliza con cuidado, la tecnología puede beneficiar a las aulas. Sin embargo, lo más habitual es que las nuevas y llamativas herramientas y dispositivos solo sean un estorbo.Pero un problema aún mayor es el pensamiento confuso entre los educadores. Algunos han caído en el bulo de la izquierda de que los exámenes son perjudiciales y las notas son racistas. Otros han permitido que las preocupaciones razonables sobre la salud mental de los niños se conviertan en una excusa para tener bajas expectativas. Algunos hábitos poco útiles adquiridos durante la pandemia se han mantenido: los niños siguen perdiéndose más clases que antes, y muchos profesores que relajaron sus criterios de calificación no han vuelto a endurecerlos.Advertencia sobre el rigor¿Qué hacer? Hay pocas pruebas de que inyectar más dinero en las escuelas vaya a suponer una gran diferencia: Japón gasta un 30 % menos por alumno que Estados Unidos y obtiene resultados mucho mejores. Pero la investigación necesita un gran impulso. La docencia, como profesión, sigue mostrando una vergonzosa falta de interés por las pruebas que indican qué técnicas funcionan mejor. Los departamentos de educación de las universidades cuentan con algunos de los profesores más débiles y radicales, a menudo más interesados en ideas abstractas de justicia social que en los beneficios más concretos que unas mejores notas podrían aportar a los alumnos.Los lugares que han evitado el declive merecen más atención. Gran Bretaña es uno de ellos. En 2009, sus alumnos se colaron por los pelos entre los 30 mejores del mundo en matemáticas y lectura. Ahora se sitúan entre los diez primeros. Parte de este éxito se debe a que, en Inglaterra, bajo un anterior Gobierno conservador, se volvió a apostar por medidas tradicionales como exámenes rigurosos, inspecciones estrictas y planes de estudios repletos de conocimientos.Los gobiernos que mejoran las escuelas rara vez verán beneficios de los que puedan presumir antes de las próximas eleccionesLa bajada de las puntuaciones no se solucionará en un abrir y cerrar de ojos. Como se necesita tiempo para educar a un niño, los últimos resultados de las pruebas reflejan las decisiones tomadas hace entre diez y veinte años. Ese largo desfase hace que la reforma sea políticamente más difícil. Los gobiernos que mejoran las escuelas rara vez verán beneficios de los que puedan presumir antes de las próximas elecciones. Pero deberían preocuparse de todos modos. Los políticos de las últimas décadas, desde Tony Blair hasta George Bush, han ganado cargos prometiendo arreglar la educación. Los líderes actuales parecen haber perdido interés por las escuelas, salvo como campos de batalla en la guerra cultural. Esa falta de atención seria invita a la catástrofe. A medida que las máquinas se vuelven más inteligentes, no dejemos que los adolescentes se vuelvan más torpes.
Los colegios de los países ricos están fallando. Las últimas puntuaciones de las pruebas PISA de lectura, matemáticas y ciencias, publicadas el 8 de septiembre, son las peores desde que estas pruebas, administradas por la OCDE, comenzaron en el año 2000. Los educadores ya no … pueden achacarlo todo a los confinamientos por la Covid-19, que trastocaron gravemente las clases y provocaron una caída en las calificaciones de PISA. La pandemia ya ha terminado, pero las puntuaciones han seguido cayendo más o menos al mismo ritmo. En los 35 países ricos que participan en las pruebas, un joven de 15 años medio lee ahora a un nivel no superior al de un joven de 14 años de hace una década. Se está produciendo un desastre a cámara lenta.
Las puntuaciones en las pruebas no son la única medida del valor de un niño. Pero son un buen indicador de los resultados deseables y un baluarte contra muchos de los peores. Los niños que obtienen buenos resultados en las pruebas suelen ganar más dinero, vivir vidas más largas y saludables, y cometer menos delitos. Según una estimación, aumentar las puntuaciones de PISA en tan solo un cuarto de desviación estándar podría incrementar el crecimiento anual en los países ricos en medio punto porcentual.
¿Quizá, sin embargo, a medida que mejore la inteligencia artificial, el hecho de que los niños tengan dificultades intelectuales no importe tanto? Los adultos del futuro podrán delegar su pensamiento a máquinas inteligentes, del mismo modo que utilizan máquinas para realizar innumerables tareas físicas. Entonces, ¿por qué preocuparse por estudiar a fondo?
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Este argumento no podría estar más equivocado. La IA no hará que sea inútil entrenar el cerebro humano, del mismo modo que la invención de los coches no eliminó la necesidad de hacer ejercicio físico. Al contrario, adaptarse a un mundo de cambios rápidos impulsados por la IA requerirá más agilidad mental, no menos. Y precisamente porque la IA aumentará la tentación de que las personas deleguen las tareas cognitivas difíciles, las escuelas tienen la responsabilidad adicional de ayudar a los alumnos a ejercitar sus cerebros y a adquirir los hábitos de pensamiento que requieren esfuerzo. No proporcionarles los pilares básicos de una mente bien desarrollada, como la alfabetización y la aritmética, es inexcusable.
La IA no hará que sea inútil entrenar el cerebro humano
Más de 10 años desdenciendo en las pruebas
Las puntuaciones de las pruebas PISA comenzaron a descender alrededor de 2012. Cada vez hay más pruebas de que las tabletas, los teléfonos móviles y otras pantallas similares distraen a los jóvenes de sus estudios y los alejan de aficiones, como la lectura de libros, que inculcan la capacidad de concentración. Por lo tanto, parece prudente establecer límites al uso de las pantallas. Aproximadamente la mitad de los países prohíben ya, en mayor o menor medida, el uso de teléfonos móviles en los centros educativos; otros deberían seguir su ejemplo. Si se utiliza con cuidado, la tecnología puede beneficiar a las aulas. Sin embargo, lo más habitual es que las nuevas y llamativas herramientas y dispositivos solo sean un estorbo.
Pero un problema aún mayor es el pensamiento confuso entre los educadores. Algunos han caído en el bulo de la izquierda de que los exámenes son perjudiciales y las notas son racistas. Otros han permitido que las preocupaciones razonables sobre la salud mental de los niños se conviertan en una excusa para tener bajas expectativas. Algunos hábitos poco útiles adquiridos durante la pandemia se han mantenido: los niños siguen perdiéndose más clases que antes, y muchos profesores que relajaron sus criterios de calificación no han vuelto a endurecerlos.
Advertencia sobre el rigor
¿Qué hacer? Hay pocas pruebas de que inyectar más dinero en las escuelas vaya a suponer una gran diferencia: Japón gasta un 30 % menos por alumno que Estados Unidos y obtiene resultados mucho mejores. Pero la investigación necesita un gran impulso. La docencia, como profesión, sigue mostrando una vergonzosa falta de interés por las pruebas que indican qué técnicas funcionan mejor. Los departamentos de educación de las universidades cuentan con algunos de los profesores más débiles y radicales, a menudo más interesados en ideas abstractas de justicia social que en los beneficios más concretos que unas mejores notas podrían aportar a los alumnos.
Los lugares que han evitado el declive merecen más atención. Gran Bretaña es uno de ellos. En 2009, sus alumnos se colaron por los pelos entre los 30 mejores del mundo en matemáticas y lectura. Ahora se sitúan entre los diez primeros. Parte de este éxito se debe a que, en Inglaterra, bajo un anterior Gobierno conservador, se volvió a apostar por medidas tradicionales como exámenes rigurosos, inspecciones estrictas y planes de estudios repletos de conocimientos.
Los gobiernos que mejoran las escuelas rara vez verán beneficios de los que puedan presumir antes de las próximas elecciones
La bajada de las puntuaciones no se solucionará en un abrir y cerrar de ojos. Como se necesita tiempo para educar a un niño, los últimos resultados de las pruebas reflejan las decisiones tomadas hace entre diez y veinte años. Ese largo desfase hace que la reforma sea políticamente más difícil. Los gobiernos que mejoran las escuelas rara vez verán beneficios de los que puedan presumir antes de las próximas elecciones. Pero deberían preocuparse de todos modos. Los políticos de las últimas décadas, desde Tony Blair hasta George Bush, han ganado cargos prometiendo arreglar la educación. Los líderes actuales parecen haber perdido interés por las escuelas, salvo como campos de batalla en la guerra cultural. Esa falta de atención seria invita a la catástrofe. A medida que las máquinas se vuelven más inteligentes, no dejemos que los adolescentes se vuelvan más torpes.
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