El Intermedio acompañó durante siete horas y desde el interior de su vivienda a la mujer de 87 años hasta que se ejecutó el desahucio. Ropero, única periodista que vivió desde dentro sus últimos minutos en la casa, acabó llorando: «Me ha tocado cubrir momentos muy duros, pero esto es inenarrable» Leer El Intermedio acompañó durante siete horas y desde el interior de su vivienda a la mujer de 87 años hasta que se ejecutó el desahucio. Ropero, única periodista que vivió desde dentro sus últimos minutos en la casa, acabó llorando: «Me ha tocado cubrir momentos muy duros, pero esto es inenarrable» Leer
La televisión sirve para muchas cosas. Para entretener, para evadir, para acompañar, para enfadar, para hacer ruido, para rellenarlo. Y, algunas veces, sirve simplemente para estar. Estar donde hay que estar. Mirar cuando quizá preferiríamos apartar la mirada. Enseñar lo que ocurre cuando ya no quedan discursos, declaraciones, comunicados ni argumentarios que puedan amortiguar la realidad. Anoche, El Intermedio hizo exactamente eso con el desahucio de Maricarmen. Y Andrea Ropero estuvo allí.
Allí era dentro.
Dentro de la casa en la que Maricarmen, de 87 años, había vivido durante más de 70. Dentro mientras fuera cientos de personas intentaban impedir que se ejecutara el cuarto intento de desahucio. Dentro mientras se amontonaban muebles contra la puerta. Dentro mientras llegaban los agentes. Dentro mientras una sierra comenzaba a cortar esa puerta. Dentro mientras aquella mujer comprendía que esta vez ya no habría una nueva suspensión, que esta vez sí iba a tener que abandonar su casa.
Y esa es la diferencia entre contar una noticia y vivirla delante de una cámara.
Andrea Ropero llegó a la vivienda a las cinco de la madrugada. A esas horas, más de 200 personas permanecían acampadas en el portal y los alrededores de la madrileña calle Alcalde Sainz de Baranda, en el barrio de Retiro. El desahucio de Maricarmen se había convertido ya en mucho más que el desahucio de una mujer de 87 años: era el símbolo de una crisis de vivienda y de una historia que llevaba años enquistada. La propiedad del inmueble había cambiado en 2018 y el conflicto por el alquiler había acabado recorriendo los tribunales hasta desembocar, después de tres intentos fallidos, en el lanzamiento de este miércoles.
Pero nada de eso explica lo que se vio anoche en El Intermedio. Porque las cifras, las leyes y los procedimientos judiciales explican un desahucio. No explican lo que significa perder una casa. Eso lo explicó una mirada: la de Maricarmen.
«Estoy cansada, muy cansada», le dijo a Ropero cuando todavía quedaban horas. Había dormido algo después de una jornada extenuante. A su alrededor estaban su familia, miembros del Sindicato de Inquilinas y el equipo del programa. Fuera esperaba una multitud. Ella todavía hablaba de los demás. De quienes llevaban años acompañándola. «Siento una gran alegría y un gran respeto por toda esa gente que está luchando por mí en la calle porque es mi familia».
Es difícil encontrar una frase que explique mejor lo que estaba sucediendo dentro de aquellas cuatro paredes. Mientras todo el mundo hablaba de Maricarmen, Maricarmen hablaba de los demás. Ropero la escuchaba, le agarraba la mano, la acompañaba.
Entonces llegó la hora.
Los muebles fueron colocados contra la puerta para retrasar la entrada. Sofás, una mesa, una estantería. Objetos de una casa convertidos por unos minutos en una barricada. Hasta que empezó a escucharse la sierra. No hacía falta ver nada más.
Probablemente esa sea una de las imágenes -en realidad, un sonido- más brutales que ha dejado la televisión en mucho tiempo. La cámara muestra un patio interior mientras se oyen los golpes, la sierra, los gritos y el llanto de Maricarmen. Una televisión acostumbrada a enseñarlo absolutamente todo descubrió de repente que no enseñar podía ser muchísimo más poderoso.
Ropero lo explicó después: «Ese sonido de esa sierra cuando cortaban la puerta, cuando entraban… es difícil de calificar». Y ahí se rompió.
Lo había contado ya horas antes, todavía con la emoción pegada al cuerpo: «Ha habido un momento que me he emocionado mucho, me he puesto a llorar porque era inevitable derrumbarse«. Mientras Maricarmen estaba desconsolada, al otro lado de la puerta los agentes trataban de retirar los muebles para poder entrar. «En esta profesión me ha tocado cubrir momentos muy duros, pero el de hoy es inenarrable», reconoció.
No fue una debilidad periodística. Fue exactamente lo contrario.
Durante demasiado tiempo hemos confundido la distancia con la indiferencia. Como si para contar bien algo hubiera que inmunizarse contra ello. Como si un periodista dejara de ser periodista porque le tiemble la voz, porque se le humedezcan los ojos o porque, ante una mujer de 87 años viendo cómo revientan la puerta de la casa en la que ha transcurrido prácticamente toda su vida, sea incapaz de fingir que aquello no le atraviesa.
Andrea Ropero no era la protagonista. Y tuvo la inteligencia periodística de no convertirse nunca en ella. La protagonista siempre fue Maricarmen. Su casa. Su familia. Sus recuerdos. Su miedo. Su agotamiento. La periodista simplemente estaba allí. Que parece poco hasta que entiendes que eso es precisamente lo más difícil.
Cuando los agentes consiguieron entrar, uno de ellos se dirigió a Maricarmen: «Venimos a cumplir un mandamiento judicial». Era la realidad desnuda. La Policía ejecutaba una resolución judicial. Su familia pidió que fueran los sanitarios quienes la sacaran de la vivienda. «No es una delincuente», explicó su primo Vicente. Finalmente, Maricarmen salió en una camilla ante cientos de personas y fue trasladada en ambulancia.
Horas después, ya en el plató de El Intermedio, Ropero intentó poner palabras a lo que había vivido durante siete horas. «He sentido una tristeza absoluta», comenzó.
Y después abandonó cualquier parapeto: «¿Es legal? Sí. ¿Es ético? No, es una puñetera vergüenza».
No era ya sólo la reportera reconstruyendo una cronología. Era alguien intentando procesar lo que acababa de presenciar: los gritos de los vecinos intentando subir las escaleras, los agentes ocupando las plantas, la puerta derribada y, sobre todo, «esa mirada de Maricarmen perdida, absolutamente desconsolada porque sabía que después de 71 años le quedaban minutos en esa casa». «Ha sido realmente duro, indignante y vergonzoso», resumió Ropero.
Se puede discutir políticamente hasta el infinito sobre las responsabilidades en el caso. De hecho, el desahucio ha abierto un nuevo enfrentamiento entre administraciones: Pedro Sánchez lo calificó de «tragedia social» y responsabilizó a la Comunidad y al Ayuntamiento de Madrid, mientras durante estos días se han sucedido las explicaciones y reproches sobre qué alternativas se ofrecieron y qué administración debía proporcionarlas.
Pero el reportaje de El Intermedio consiguió algo que queda antes de esa pelea política. Nos metió dentro. Nos obligó a escuchar la sierra. Nos obligó a mirar a Maricarmen.
Y ahí está el enorme valor de lo que hizo anoche El Intermedio. Porque hay momentos en los que la televisión no necesita un gran plató, ni una exclusiva estruendosa, ni artificios, ni siquiera demasiadas palabras. Necesita una cámara, un micrófono y alguien dispuesto a quedarse cuando lo más fácil sería marcharse. Andrea Ropero se quedó. Y lloró. Y no pasó nada porque llorara. Al contrario.
En una televisión donde tantas veces se fabrica la emoción, anoche la emoción no necesitó que nadie la fabricara. Estaba detrás de aquella puerta. En el ruido de una sierra. En una mujer de 87 años mirando por última vez la casa en la que había vivido casi toda su vida. Y en una periodista que, durante unos segundos, no pudo hacer otra cosa que sentir lo mismo que estaba viendo.
A veces el mejor periodismo consiste exactamente en eso: estar allí para que los demás no podamos decir que no lo vimos.
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