Para un cuidador, el día a día se convierte a menudo en una carrera de obstáculos donde lo urgente siempre aplaza lo importante. Las citas médicas, la burocracia, las terapias físicas y la supervisión constante acaparan las horas, relegando a un rincón oscuro algo tan fundamental como las emociones . Sin embargo, cuando la salud mental de un hijo con discapacidad se resiente o no encuentra vías de expresión, el impacto sacude los cimientos de toda la familia, multiplicando el agotamiento de quienes le cuidan.Reme conoce muy bien esta sacudida. Su hija Paloma, de 16 años, convive con autismo y un trastorno psicótico que, de un día para otro, lo cambió todo en su hogar . Las crisis, marcadas por el miedo y las alucinaciones auditivas, obligaron a Reme a mantenerse en una alerta continua y devastadora. «Nos cambió la vida por completo. Yo dormía abrazada a ella porque me daba miedo», confiesa esta madre, que de repente se vio obligada a estar pendiente de su hija las veinticuatro horas del día. En situaciones así, el cuidador asume un peso que, sin la orientación adecuada, termina por desbordarle.La respuesta a esta soledad compartida llegó de la mano de la Asociación Gaditana de Espina Bífida e Hidrocefalia y discapacidades afines ( AGEBH ). A través de su programa ‘ActívaTE’, una iniciativa que cuenta con el apoyo de la Fundación Unicaja, decenas de jóvenes de la provincia de Cádiz están descubriendo un espacio seguro donde el tratamiento no es solo físico o laboral, sino también emocional.El taller como oasis familiarMaría Jesús Mayi es la psicóloga encargada de guiar estos talleres emocionales, un lugar donde chicos y chicas aprenden a poner nombre a lo que sienten y a lidiar con la frustración. Ella misma lo explica con una lucidez inmensa: «Los familiares son la parte desconocida de la problemática y realmente llevan una carga y unas preocupaciones que solemos obviar». Para esta profesional, el hecho de que los jóvenes asistan al taller tiene un efecto mariposa en el hogar. Por una parte, significa un tiempo de respiro indispensable para los padres y, por otra, propicia que al volver a casa la comunicación fluya de una manera mucho más sana y abierta.María Jesús Mayi, en un momento del taller. ABCLos resultados de este trabajo saltan a la vista. Paloma, que antes tenía serias dificultades para confiar y relacionarse, ahora habla de sus sentimientos con una madurez asombrosa. «He aprendido de las emociones a ser más autónoma, a hacer las cosas más bien sola, sin ayuda de gente. Son talleres que nos ayudan a aprender nuestra valía », explica. Para su madre, el cambio ha sido la mejor de las recompensas: «Ha habido un antes y un después. Muchas veces la dejo en la asociación y sale completamente transformada, alegre y participativa. Y eso nos deja a nosotros mucho más tranquilos».Encontrar un lugar en el mundoEste aprendizaje emocional no solo es vital en casos de autismo o problemas de salud mental, sino ante cualquier discapacidad física que obligue a reescribir el guion de la propia vida desde la infancia. Es el caso de Mario, un joven de 21 años con espina bífida que forma parte de la asociación desde que era un bebé y que ha tenido que aprender a moverse por la ciudad en silla de ruedas. «Antes no pensaba en las emociones , era muy callado y me costaba expresarme», recuerda Mario. Sin embargo, el trabajo grupal lo ha transformado. «Ahora soy más alegre, más suelto. Soy otra persona», reflexiona con una sonrisa, reconociendo que convivir día a día con sus compañeros le ha permitido no sentirse juzgado.Mario, en la sede de la asociación. ABCComo subraya José Antonio Serrano, integrador social de AGEBH, el proyecto ‘ActívaTE’ parte de una premisa básica y necesaria : para que las personas con discapacidad se abran camino en la sociedad, deben tener cubiertas sus necesidades a nivel físico, social y, por supuesto, mental. Gracias al respaldo de entidades como Fundación Unicaja, este enfoque integral se sostiene en el tiempo, permitiendo que la verdadera inclusión también se concrete en un bienestar emocional . Como bien reivindica Reme al mirar a su hija con orgullo, «estos niños son súper válidos, y ahí es donde hay que ayudarlos para que la sociedad los integre como uno más».Claves para el cuidado Acompañar emocionalmente a un familiar con discapacidad requiere, ante todo, grandes dosis de paciencia y autocuidado. En primer lugar, es fundamental validar siempre los sentimientos de la persona a la que cuidamos, por incomprensibles o intensos que nos parezcan en un inicio; escuchar sin juzgar es el paso inicial para rebajar la angustia en el hogar. Asimismo, resulta imprescindible apoyarse en el tejido asociativo y buscar redes de apoyo, ya que compartir experiencias y miedos con otras familias rompe el aislamiento psicológico del cuidador. Por último, debemos aprender a delegar y proteger nuestros propios tiempos de descanso, entendiendo que fomentar la autonomía de nuestros hijos y permitirles acudir a talleres o terapias grupales es, en realidad, el mayor acto de amor y la mejor garantía para la salud mental de toda la familia. Para un cuidador, el día a día se convierte a menudo en una carrera de obstáculos donde lo urgente siempre aplaza lo importante. Las citas médicas, la burocracia, las terapias físicas y la supervisión constante acaparan las horas, relegando a un rincón oscuro algo tan fundamental como las emociones . Sin embargo, cuando la salud mental de un hijo con discapacidad se resiente o no encuentra vías de expresión, el impacto sacude los cimientos de toda la familia, multiplicando el agotamiento de quienes le cuidan.Reme conoce muy bien esta sacudida. Su hija Paloma, de 16 años, convive con autismo y un trastorno psicótico que, de un día para otro, lo cambió todo en su hogar . Las crisis, marcadas por el miedo y las alucinaciones auditivas, obligaron a Reme a mantenerse en una alerta continua y devastadora. «Nos cambió la vida por completo. Yo dormía abrazada a ella porque me daba miedo», confiesa esta madre, que de repente se vio obligada a estar pendiente de su hija las veinticuatro horas del día. En situaciones así, el cuidador asume un peso que, sin la orientación adecuada, termina por desbordarle.La respuesta a esta soledad compartida llegó de la mano de la Asociación Gaditana de Espina Bífida e Hidrocefalia y discapacidades afines ( AGEBH ). A través de su programa ‘ActívaTE’, una iniciativa que cuenta con el apoyo de la Fundación Unicaja, decenas de jóvenes de la provincia de Cádiz están descubriendo un espacio seguro donde el tratamiento no es solo físico o laboral, sino también emocional.El taller como oasis familiarMaría Jesús Mayi es la psicóloga encargada de guiar estos talleres emocionales, un lugar donde chicos y chicas aprenden a poner nombre a lo que sienten y a lidiar con la frustración. Ella misma lo explica con una lucidez inmensa: «Los familiares son la parte desconocida de la problemática y realmente llevan una carga y unas preocupaciones que solemos obviar». Para esta profesional, el hecho de que los jóvenes asistan al taller tiene un efecto mariposa en el hogar. Por una parte, significa un tiempo de respiro indispensable para los padres y, por otra, propicia que al volver a casa la comunicación fluya de una manera mucho más sana y abierta.María Jesús Mayi, en un momento del taller. ABCLos resultados de este trabajo saltan a la vista. Paloma, que antes tenía serias dificultades para confiar y relacionarse, ahora habla de sus sentimientos con una madurez asombrosa. «He aprendido de las emociones a ser más autónoma, a hacer las cosas más bien sola, sin ayuda de gente. Son talleres que nos ayudan a aprender nuestra valía », explica. Para su madre, el cambio ha sido la mejor de las recompensas: «Ha habido un antes y un después. Muchas veces la dejo en la asociación y sale completamente transformada, alegre y participativa. Y eso nos deja a nosotros mucho más tranquilos».Encontrar un lugar en el mundoEste aprendizaje emocional no solo es vital en casos de autismo o problemas de salud mental, sino ante cualquier discapacidad física que obligue a reescribir el guion de la propia vida desde la infancia. Es el caso de Mario, un joven de 21 años con espina bífida que forma parte de la asociación desde que era un bebé y que ha tenido que aprender a moverse por la ciudad en silla de ruedas. «Antes no pensaba en las emociones , era muy callado y me costaba expresarme», recuerda Mario. Sin embargo, el trabajo grupal lo ha transformado. «Ahora soy más alegre, más suelto. Soy otra persona», reflexiona con una sonrisa, reconociendo que convivir día a día con sus compañeros le ha permitido no sentirse juzgado.Mario, en la sede de la asociación. ABCComo subraya José Antonio Serrano, integrador social de AGEBH, el proyecto ‘ActívaTE’ parte de una premisa básica y necesaria : para que las personas con discapacidad se abran camino en la sociedad, deben tener cubiertas sus necesidades a nivel físico, social y, por supuesto, mental. Gracias al respaldo de entidades como Fundación Unicaja, este enfoque integral se sostiene en el tiempo, permitiendo que la verdadera inclusión también se concrete en un bienestar emocional . Como bien reivindica Reme al mirar a su hija con orgullo, «estos niños son súper válidos, y ahí es donde hay que ayudarlos para que la sociedad los integre como uno más».Claves para el cuidado Acompañar emocionalmente a un familiar con discapacidad requiere, ante todo, grandes dosis de paciencia y autocuidado. En primer lugar, es fundamental validar siempre los sentimientos de la persona a la que cuidamos, por incomprensibles o intensos que nos parezcan en un inicio; escuchar sin juzgar es el paso inicial para rebajar la angustia en el hogar. Asimismo, resulta imprescindible apoyarse en el tejido asociativo y buscar redes de apoyo, ya que compartir experiencias y miedos con otras familias rompe el aislamiento psicológico del cuidador. Por último, debemos aprender a delegar y proteger nuestros propios tiempos de descanso, entendiendo que fomentar la autonomía de nuestros hijos y permitirles acudir a talleres o terapias grupales es, en realidad, el mayor acto de amor y la mejor garantía para la salud mental de toda la familia.
Para un cuidador, el día a día se convierte a menudo en una carrera de obstáculos donde lo urgente siempre aplaza lo importante. Las citas médicas, la burocracia, las terapias físicas y la supervisión constante acaparan las horas, relegando a un rincón oscuro algo … tan fundamental como las emociones. Sin embargo, cuando la salud mental de un hijo con discapacidad se resiente o no encuentra vías de expresión, el impacto sacude los cimientos de toda la familia, multiplicando el agotamiento de quienes le cuidan.
Reme conoce muy bien esta sacudida. Su hija Paloma, de 16 años, convive con autismo y un trastorno psicótico que, de un día para otro, lo cambió todo en su hogar. Las crisis, marcadas por el miedo y las alucinaciones auditivas, obligaron a Reme a mantenerse en una alerta continua y devastadora. «Nos cambió la vida por completo. Yo dormía abrazada a ella porque me daba miedo», confiesa esta madre, que de repente se vio obligada a estar pendiente de su hija las veinticuatro horas del día. En situaciones así, el cuidador asume un peso que, sin la orientación adecuada, termina por desbordarle.
La respuesta a esta soledad compartida llegó de la mano de la Asociación Gaditana de Espina Bífida e Hidrocefalia y discapacidades afines (AGEBH). A través de su programa ‘ActívaTE’, una iniciativa que cuenta con el apoyo de la Fundación Unicaja, decenas de jóvenes de la provincia de Cádiz están descubriendo un espacio seguro donde el tratamiento no es solo físico o laboral, sino también emocional.
El taller como oasis familiar
María Jesús Mayi es la psicóloga encargada de guiar estos talleres emocionales, un lugar donde chicos y chicas aprenden a poner nombre a lo que sienten y a lidiar con la frustración. Ella misma lo explica con una lucidez inmensa: «Los familiares son la parte desconocida de la problemática y realmente llevan una carga y unas preocupaciones que solemos obviar». Para esta profesional, el hecho de que los jóvenes asistan al taller tiene un efecto mariposa en el hogar. Por una parte, significa un tiempo de respiro indispensable para los padres y, por otra, propicia que al volver a casa la comunicación fluya de una manera mucho más sana y abierta.

(ABC)
Los resultados de este trabajo saltan a la vista. Paloma, que antes tenía serias dificultades para confiar y relacionarse, ahora habla de sus sentimientos con una madurez asombrosa. «He aprendido de las emociones a ser más autónoma, a hacer las cosas más bien sola, sin ayuda de gente. Son talleres que nos ayudan a aprender nuestra valía», explica. Para su madre, el cambio ha sido la mejor de las recompensas: «Ha habido un antes y un después. Muchas veces la dejo en la asociación y sale completamente transformada, alegre y participativa. Y eso nos deja a nosotros mucho más tranquilos».
Encontrar un lugar en el mundo
Este aprendizaje emocional no solo es vital en casos de autismo o problemas de salud mental, sino ante cualquier discapacidad física que obligue a reescribir el guion de la propia vida desde la infancia.
Es el caso de Mario, un joven de 21 años con espina bífida que forma parte de la asociación desde que era un bebé y que ha tenido que aprender a moverse por la ciudad en silla de ruedas. «Antes no pensaba en las emociones, era muy callado y me costaba expresarme», recuerda Mario. Sin embargo, el trabajo grupal lo ha transformado. «Ahora soy más alegre, más suelto. Soy otra persona», reflexiona con una sonrisa, reconociendo que convivir día a día con sus compañeros le ha permitido no sentirse juzgado.

(ABC)
Como subraya José Antonio Serrano, integrador social de AGEBH, el proyecto ‘ActívaTE’ parte de una premisa básica y necesaria: para que las personas con discapacidad se abran camino en la sociedad, deben tener cubiertas sus necesidades a nivel físico, social y, por supuesto, mental.
Gracias al respaldo de entidades como Fundación Unicaja, este enfoque integral se sostiene en el tiempo, permitiendo que la verdadera inclusión también se concrete en un bienestar emocional. Como bien reivindica Reme al mirar a su hija con orgullo, «estos niños son súper válidos, y ahí es donde hay que ayudarlos para que la sociedad los integre como uno más».
Claves para el cuidado
Acompañar emocionalmente a un familiar con discapacidad requiere, ante todo, grandes dosis de paciencia y autocuidado.
En primer lugar, es fundamental validar siempre los sentimientos de la persona a la que cuidamos, por incomprensibles o intensos que nos parezcan en un inicio; escuchar sin juzgar es el paso inicial para rebajar la angustia en el hogar.
Asimismo, resulta imprescindible apoyarse en el tejido asociativo y buscar redes de apoyo, ya que compartir experiencias y miedos con otras familias rompe el aislamiento psicológico del cuidador.
Por último, debemos aprender a delegar y proteger nuestros propios tiempos de descanso, entendiendo que fomentar la autonomía de nuestros hijos y permitirles acudir a talleres o terapias grupales es, en realidad, el mayor acto de amor y la mejor garantía para la salud mental de toda la familia.
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