Hace casi 40 años, la pelea diaria en un basurero a las afueras de Antananarivo, capital de Madagascar, desencadenó un milagro. En aquella montaña de basura, unos niños hambrientos, descalzos y sucios, se enfrentaban con las ratas y otras alimañas por los restos de comida entre los desperdicios. Una mañana, el religioso argentino Pedro Opeka se horrorizó al ver la escena y decidió actuar. Hace ocho años, la primera vez que conocí al padre Pedro, como le conocen todos en la isla africana, aún torcía el gesto bajo una espesa barba blanca al recordar aquel día. “Era la pobreza más absoluta. Allí no había nada que decir, había que actuar. Pedí a Dios que me ayudara y regresé para trabajar hombro con hombro con esta gente”.
Hace casi 40 años, la pelea diaria en un basurero a las afueras de Antananarivo, capital de Madagascar, desencadenó un milagro. En aquella montaña de basura, unos niños hambrientos, descalzos y sucios, se enfrentaban con las ratas y otras alimañas por los restos de comida entre los desperdicios. Una mañana, el religioso argentino Pedro Opeka se horrorizó al ver la escena y decidió actuar. Hace ocho años, la primera vez que conocí al padre Pedro, como le conocen todos en la isla africana, aún torcía el gesto bajo una espesa barba blanca al recordar aquel día. “Era la pobreza más absoluta. Allí no había nada que decir, había que actuar. Pedí a Dios que me ayudara y regresé para trabajar hombro con hombro con esta gente”.Seguir leyendo…
Hace casi 40 años, la pelea diaria en un basurero a las afueras de Antananarivo, capital de Madagascar, desencadenó un milagro. En aquella montaña de basura, unos niños hambrientos, descalzos y sucios, se enfrentaban con las ratas y otras alimañas por los restos de comida entre los desperdicios. Una mañana, el religioso argentino Pedro Opeka se horrorizó al ver la escena y decidió actuar. Hace ocho años, la primera vez que conocí al padre Pedro, como le conocen todos en la isla africana, aún torcía el gesto bajo una espesa barba blanca al recordar aquel día. “Era la pobreza más absoluta. Allí no había nada que decir, había que actuar. Pedí a Dios que me ayudara y regresé para trabajar hombro con hombro con esta gente”.
Hace unos días, volví con unos amigos de Azpeitia a visitar al argentino más famoso de Madagascar –cuando en la isla alguien pide un favor imposible, se contesta “ni que yo fuera Pedro Opeka”– y fui testigo otra vez de lo imposible. Aquel océano de mierda se ha convertido en barrios de calles adoquinadas, con casas pintadas de colores y un futuro en el horizonte: en las más de cien escuelas construidas por el padre Pedro y sus colaboradores, todos malgaches, hay inscritos 22.000 alumnos. Su obra Akamasoa ( buenos amigos en lengua local) es tan descomunal que cada año opta al Nobel de la Paz. Él insiste en que queda mucho por hacer: acaban de estrenar una universidad.
Ver a Leo arropado por los argentinos nos punzó el corazón a los culés
“¿Puedes creerlo? Quién me iba a decir a mí hace 50 años, cuando llegué a la isla, que habría una universidad aquí”. Mientras el padre Pedro se relamía de satisfacción, charlamos de sus otras grandes pasiones: fútbol y Messi. Fue su condición la primera vez que le entrevisté: ir a un campo de fútbol y charlar mientras chutábamos a puerta. Le recordé que, desde aquella primera vez, tanto Argentina como España habían ganado el Mundial y bromeé con que a ver si le dábamos la misma suerte al Barça en la Champions. “Oh, pero en la final los españoles nos bailaron, ¿eh?”.
Me confesó que, cuando visitó Barcelona hace una década, se vio con Messi y Mascherano y alabó su sensibilidad y humildad. No pude evitar lanzar un lamento entre susurros (“ya nos queda poco del 10”, dije) y reaccionó a mi pena con vitalidad. “Ah, pronto dejará de jugar, pero lo recordaremos siempre. Por algo es el hijo de Dios”, dijo, y soltó una carcajada.
Esta semana, Messi dijo adiós a la albiceleste durante un homenaje multitudinario que dio envidia a los culés, huérfanos todavía de una despedida digna al jugador que más nos hizo soñar. Ver a Messi arropado por los argentinos (que primero le repudiaron y solo lo idolatraron cuando empezó a ganar) nos punzó el corazón a los culés que vimos crecer a un argentino que, como el padre Pedro, nos hizo creer en los
milagros.
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