Hay conciertos cuya fecha acaba formando parte de su significado. El último día de octubre, víspera de Todos los Santos, la Catedral Primada de Toledo acogió Ein deutsches Requiem, de Johannes Brahms, mientras la sociedad permanecía consternada por el trágico accidente ferroviario ocurrido en Urda, en la propia provincia toledana. Difícilmente podía imaginarse una coincidencia de mayor hondura para una partitura concebida desde la experiencia íntima de la pérdida y consagrada al consuelo de quienes han de continuar viviendo con la ausencia. Bajo el órgano del Emperador, en el crucero de la Catedral, el Coro Jacinto Guerrero de Toledo y el Coro de la Universidad Politécnica de Madrid, junto a la Orquesta Filarmónica Española, interpretaron una de las creaciones más extraordinarias de la literatura sinfónico-coral romántica. Bauti Carmena asumió la dirección musical, con la soprano Sonia de Munck y el barítono César San Martín como solistas.Entre los asistentes se encontraban representantes institucionales del Ayuntamiento, la Diputación Provincial y la Consejería de Educación y Cultura. El deán de la Catedral precedió la interpretación con unas palabras dedicadas a la magnificencia de la obra. El marco, por sí solo, imponía respeto. A la solemnidad habitual de las grandes celebraciones musicales de la Primada se sumaba una emoción de naturaleza distinta, muy próxima, compartida por una sociedad que apenas comenzaba a asumir las consecuencias de la tragedia.Música para los que quedanBrahms escribió su Réquiem pensando, ante todo, en los vivos. La muerte de Robert Schumann, en 1856, y la de su propia madre, nueve años después, dejaron huellas profundas en una obra cuya elaboración se prolongó durante años y que terminó por situarlo entre los grandes compositores europeos de su tiempo. La selección de textos bíblicos, realizada personalmente a partir de la traducción alemana de Lutero, revela una sensibilidad espiritual de extraordinaria amplitud. El músico llegó a expresar su preferencia por una denominación que aludiera a toda la humanidad. Quizá ninguna circunstancia reciente haya hecho tan oportuno recordar aquellas palabras como la vivida estos días en Toledo. La música de Brahms ofrecía una expresión colectiva al duelo y a la necesidad, tan humana, de encontrar amparo en los demás.Las tragedias colectivas dejan al descubierto la vulnerabilidad de una comunidad, pero también su fortaleza: la disposición a socorrer, a acompañar, a hacerse cargo del dolor ajeno. En Urda y en las localidades próximas, la solidaridad de vecinos y equipos de emergencia ha mostrado precisamente esa dimensión de la condición humana. Y en la Catedral, durante la noche del sábado, la música permitió contemplarla desde otro lugar. Una sociedad que respira junta, que llora junta y que aprende a reconocerse en la voz de los demás encuentra en el canto coral una de las más hermosas expresiones de su propia convivencia. Cada voz conserva su singularidad, escucha a las otras, comparte el aire y contribuye a construir un discurso que únicamente adquiere sentido con el concurso de todos.La unión de las voces y la acústica de la PrimadaLa reunión de los dos coros merece un reconocimiento especial. El Jacinto Guerrero, estrechamente vinculado a la vida musical toledana, y el Coro de la Universidad Politécnica de Madrid, preparado por Javier Corcuera y con una dilatada trayectoria en el repertorio sinfónico-coral, aunaron esfuerzos para abordar una partitura de considerable exigencia. La unión de agrupaciones con distintas tradiciones de trabajo, hábitos de emisión y concepciones del sonido comporta inevitablemente ciertos sacrificios en la homogeneidad tímbrica y en la unidad estilística. El color de las voces, el tratamiento de las vocales, los ataques y la propia manera de articular las frases revelan procedencias y experiencias diversas. Es el peaje que a veces exige la suma de voluntades, sobradamente compensado por el valor artístico y humano de una empresa compartida. Más aún tratándose de una composición que encuentra su principal vehículo expresivo en la voz de una comunidad.La imponente presencia visual de la masa coral, desplegada bajo el órgano del Emperador, contrastó, sin embargo, con las dificultades que planteó la acústica del recinto. La Catedral de Toledo posee una reverberación espléndida para ciertas músicas y particularmente comprometida para otras. En Brahms, cuya escritura reclama precisión en los ataques, claridad en las líneas contrapuntísticas y una cuidadosa inteligibilidad del texto, las naves acabaron por desdibujar buena parte del trabajo de los cantores. Las consonantes perdían definición, las articulaciones se diluían en una resonancia persistente y las voces, especialmente en los episodios fugados, llegaban al oyente envueltas en una densidad que dificultaba apreciar los detalles de la construcción musical.El Réquiem de Brahms luce generalmente mejor en un auditorio sinfónico, donde los planos vocales, las relaciones entre coro y orquesta y el admirable trabajo contrapuntístico pueden percibirse con mayor claridad. La Catedral aporta una espectacularidad visual y una resonancia espiritual difíciles de igualar. La belleza del espacio cobra, sin embargo, un tributo acústico considerable. Sería injusto atribuir exclusivamente a los intérpretes una pérdida de definición que pertenece, en buena medida, a la propia naturaleza del recinto.El comienzo de la obra constituye una lección magistral de economía expresiva. Brahms prescinde de los violines, oscurece la paleta instrumental y confía a las cuerdas graves y a las maderas la preparación de una atmósfera de recogimiento casi sobrehumano. Sobre ella aparecen las primeras palabras del coro: Selig sind, die da Leid tragen. «Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados». La frase se despliega con una dulzura contenida, sostenida por una armonía que parece avanzar con la cautela de quien se acerca a una herida todavía abierta. La escritura requiere un empaste exquisito y una respiración coral capaz de mantener el aliento de períodos muy extensos.El segundo movimiento, Denn alles Fleisch, es ist wie Gras, ofrece uno de los ejemplos más impresionantes de la capacidad de Brahms para transformar la materia musical. La marcha fúnebre, asentada sobre un ritmo ternario de insistencia casi obsesiva, discurre con la gravedad de una procesión interminable. El timbal acentúa la sensación de fatalidad mientras las voces recuerdan la condición perecedera de toda existencia. La aparición de la palabra aber—«pero»— transforma después el curso de la música y abre paso a una fuga jubilosa. También aquí la reverberación dificultó distinguir las diferentes voces del entramado contrapuntístico, cuya formidable energía necesita definición para desplegarse plenamente.Los solistas y la dirección musicalCésar San Martín resolvió sus intervenciones con buen hacer, nobleza en el fraseo y una voz de sana y generosa proyección, cualidades particularmente apreciables en una partitura que exige al barítono imponerse sobre una plantilla instrumental y coral de considerables dimensiones. En el tercer movimiento, Herr, lehre doch mich, la voz solista plantea los interrogantes del ser humano ante la brevedad de la existencia, antes de desembocar en una gran fuga construida sobre un prolongado pedal de re. El barítono reaparece en el sexto movimiento para anunciar el misterio de la resurrección, episodio de una monumentalidad casi apocalíptica que culmina con una de las más extraordinarias construcciones contrapuntísticas del repertorio romántico.El cuarto movimiento, Wie lieblich sind deine Wohnungen, ocupa el centro de la composición. Su carácter apacible, la calidez de las maderas y el delicado balanceo de las frases ofrecen un remanso de serenidad después de las tensiones anteriores. Brahms deja aquí entrever su profundo conocimiento de Bach y Händel, asimilado mediante un lenguaje armónico y una flexibilidad expresiva enteramente personales.Pero seguramente ningún pasaje adquiría en esta ocasión una significación tan directa como el quinto movimiento, Ihr habt nun Traurigkeit. Brahms lo incorporó después de la primera interpretación de la obra en seis partes, y en él parece resonar de manera especialmente íntima el recuerdo de su madre. Sonia de Munck conectó con el texto desde su habitual elegancia, con un canto de delicada sensibilidad y una expresión ajena a cualquier énfasis innecesario. Hay palabras que adquieren en determinadas voces una resonancia singular, una hondura que pertenece al ámbito más reservado de la experiencia y que apenas necesita insinuarse. La soprano encontró en esta página un espacio particularmente propicio para esa comunicación íntima que nace de la propia sustancia del texto. Brahms dispone una melodía de extraordinaria ternura, sostenida por una orquestación transparente, mientras el coro introduce, casi como una voz llegada desde la distancia, la promesa de consuelo: «Os consolaré como una madre consuela a su hijo».Resulta difícil escuchar esas palabras, pocos días después de una tragedia como la de Urda, sin pensar en las familias que han perdido a sus seres queridos y en quienes han acudido a prestar ayuda sin esperar nada a cambio. La música alcanza aquí una forma de proximidad que rara vez consiguen las palabras.El director, Bauti Carmena, se enfrentó a las dificultades de una partitura que exige un control muy preciso de las proporciones, los balances y las transiciones entre los distintos episodios. La amplitud de la formación coral y orquestal, unida a la extraordinaria reverberación de la Catedral, pareció poner a prueba una experiencia quizá menos habituada a manejar efectivos de semejantes dimensiones en condiciones acústicas tan comprometidas. Se echó en falta, en determinados pasajes, una mayor definición de los planos sonoros y un tratamiento más cuidadoso de los tiempos de resonancia, especialmente en las grandes construcciones contrapuntísticas, donde la acumulación del sonido tendía a evanescer el discurso.La Orquesta Filarmónica Española mostró una apreciable calidad instrumental, con interesantes intervenciones solísticas, riqueza de colores y momentos de indudable interés musical. Las maderas aportaron algunos de los timbres más sugerentes de la velada, mientras la cuerda sostuvo con solvencia buena parte del entramado armónico brahmsiano. Sin embargo, las distintas familias instrumentales no siempre parecieron respirar al unísono, con ciertas divergencias en el fraseo y una falta de cohesión que se hizo más evidente en los pasajes de mayor densidad. En algunos tutti, la masa orquestal terminó por imponerse incluso al numeroso coro, cuya presencia sonora quedaba parcialmente engullida por el despliegue instrumental. Faltó, en esos momentos, una mayor atención al equilibrio de los planos y a la dosificación de las dinámicas, especialmente necesaria en una acústica tan reverberante, donde el exceso de sonido acaba por emborronar los detalles de una escritura tan cuidadosamente elaborada como la de Brahms. Sin embargo las dificultades, como quien cruza un río de aguas turbulentas, no impidieron la alegría de llegar ala orilla de la escucha con satisfacción por el trabajo realizado por coros, orquesta, solistas y director.El séptimo movimiento, Selig sind die Toten, devuelve al oyente a la serenidad de las primeras páginas. Brahms completa así una arquitectura de admirable coherencia, iniciada con la bienaventuranza de quienes sufren y concluida con la de quienes descansan después de sus trabajos. Las voces se recogen, las armonías encuentran su última resolución y los sonidos se extinguen dejando tras de sí una sensación de paz difícilmente descriptible.Una Catedral, una comunidadLa celebración del VIII Centenario de la Catedral brinda una ocasión excepcional para situar la música en el centro de la vida cultural de Toledo. Hace ocho años, Ivor Bolton dirigía esta misma obra en la Primada con las agrupaciones titulares del Teatro Real. En esta ocasión, la participación de formaciones vinculadas al tejido musical y educativo de nuestro entorno puso de relieve el valor de los proyectos compartidos y la conveniencia de dar continuidad a iniciativas de semejante ambición. La práctica musical colectiva posee, además, una virtud de extraordinario alcance social: enseña a escuchar, a compartir responsabilidades y a reconocer el valor de la contribución ajena.Quizá sea precisamente esa dimensión compartida la que mejor explique la trascendencia de la velada. En un tiempo de duelo, la música recordó la posibilidad de permanecer unidos incluso ante aquello que resulta imposible comprender. Las instituciones, los músicos, los ciudadanos reunidos bajo las bóvedas de la Primada y, simbólicamente, cuantos han participado estos días en las tareas de auxilio y acompañamiento formaban parte de una misma comunidad herida, pero capaz de reconocerse en la solidaridad.La Catedral, con sus ocho siglos de memoria, ha conocido innumerables manifestaciones de dolor y esperanza. El Réquiem de Brahms añadió una nueva voz a esa historia. Al extinguirse la última palabra, selig, quedaba flotando entre las bóvedas algo de esa esperanza. Una sociedad puede llorar junta, respirar junta y hacer música junta. Y cuando el dolor resulta demasiado grande para soportarlo en soledad, quizá sea esa capacidad de compartirlo una de sus formas más nobles de resistencia. Hay conciertos cuya fecha acaba formando parte de su significado. El último día de octubre, víspera de Todos los Santos, la Catedral Primada de Toledo acogió Ein deutsches Requiem, de Johannes Brahms, mientras la sociedad permanecía consternada por el trágico accidente ferroviario ocurrido en Urda, en la propia provincia toledana. Difícilmente podía imaginarse una coincidencia de mayor hondura para una partitura concebida desde la experiencia íntima de la pérdida y consagrada al consuelo de quienes han de continuar viviendo con la ausencia. Bajo el órgano del Emperador, en el crucero de la Catedral, el Coro Jacinto Guerrero de Toledo y el Coro de la Universidad Politécnica de Madrid, junto a la Orquesta Filarmónica Española, interpretaron una de las creaciones más extraordinarias de la literatura sinfónico-coral romántica. Bauti Carmena asumió la dirección musical, con la soprano Sonia de Munck y el barítono César San Martín como solistas.Entre los asistentes se encontraban representantes institucionales del Ayuntamiento, la Diputación Provincial y la Consejería de Educación y Cultura. El deán de la Catedral precedió la interpretación con unas palabras dedicadas a la magnificencia de la obra. El marco, por sí solo, imponía respeto. A la solemnidad habitual de las grandes celebraciones musicales de la Primada se sumaba una emoción de naturaleza distinta, muy próxima, compartida por una sociedad que apenas comenzaba a asumir las consecuencias de la tragedia.Música para los que quedanBrahms escribió su Réquiem pensando, ante todo, en los vivos. La muerte de Robert Schumann, en 1856, y la de su propia madre, nueve años después, dejaron huellas profundas en una obra cuya elaboración se prolongó durante años y que terminó por situarlo entre los grandes compositores europeos de su tiempo. La selección de textos bíblicos, realizada personalmente a partir de la traducción alemana de Lutero, revela una sensibilidad espiritual de extraordinaria amplitud. El músico llegó a expresar su preferencia por una denominación que aludiera a toda la humanidad. Quizá ninguna circunstancia reciente haya hecho tan oportuno recordar aquellas palabras como la vivida estos días en Toledo. La música de Brahms ofrecía una expresión colectiva al duelo y a la necesidad, tan humana, de encontrar amparo en los demás.Las tragedias colectivas dejan al descubierto la vulnerabilidad de una comunidad, pero también su fortaleza: la disposición a socorrer, a acompañar, a hacerse cargo del dolor ajeno. En Urda y en las localidades próximas, la solidaridad de vecinos y equipos de emergencia ha mostrado precisamente esa dimensión de la condición humana. Y en la Catedral, durante la noche del sábado, la música permitió contemplarla desde otro lugar. Una sociedad que respira junta, que llora junta y que aprende a reconocerse en la voz de los demás encuentra en el canto coral una de las más hermosas expresiones de su propia convivencia. Cada voz conserva su singularidad, escucha a las otras, comparte el aire y contribuye a construir un discurso que únicamente adquiere sentido con el concurso de todos.La unión de las voces y la acústica de la PrimadaLa reunión de los dos coros merece un reconocimiento especial. El Jacinto Guerrero, estrechamente vinculado a la vida musical toledana, y el Coro de la Universidad Politécnica de Madrid, preparado por Javier Corcuera y con una dilatada trayectoria en el repertorio sinfónico-coral, aunaron esfuerzos para abordar una partitura de considerable exigencia. La unión de agrupaciones con distintas tradiciones de trabajo, hábitos de emisión y concepciones del sonido comporta inevitablemente ciertos sacrificios en la homogeneidad tímbrica y en la unidad estilística. El color de las voces, el tratamiento de las vocales, los ataques y la propia manera de articular las frases revelan procedencias y experiencias diversas. Es el peaje que a veces exige la suma de voluntades, sobradamente compensado por el valor artístico y humano de una empresa compartida. Más aún tratándose de una composición que encuentra su principal vehículo expresivo en la voz de una comunidad.La imponente presencia visual de la masa coral, desplegada bajo el órgano del Emperador, contrastó, sin embargo, con las dificultades que planteó la acústica del recinto. La Catedral de Toledo posee una reverberación espléndida para ciertas músicas y particularmente comprometida para otras. En Brahms, cuya escritura reclama precisión en los ataques, claridad en las líneas contrapuntísticas y una cuidadosa inteligibilidad del texto, las naves acabaron por desdibujar buena parte del trabajo de los cantores. Las consonantes perdían definición, las articulaciones se diluían en una resonancia persistente y las voces, especialmente en los episodios fugados, llegaban al oyente envueltas en una densidad que dificultaba apreciar los detalles de la construcción musical.El Réquiem de Brahms luce generalmente mejor en un auditorio sinfónico, donde los planos vocales, las relaciones entre coro y orquesta y el admirable trabajo contrapuntístico pueden percibirse con mayor claridad. La Catedral aporta una espectacularidad visual y una resonancia espiritual difíciles de igualar. La belleza del espacio cobra, sin embargo, un tributo acústico considerable. Sería injusto atribuir exclusivamente a los intérpretes una pérdida de definición que pertenece, en buena medida, a la propia naturaleza del recinto.El comienzo de la obra constituye una lección magistral de economía expresiva. Brahms prescinde de los violines, oscurece la paleta instrumental y confía a las cuerdas graves y a las maderas la preparación de una atmósfera de recogimiento casi sobrehumano. Sobre ella aparecen las primeras palabras del coro: Selig sind, die da Leid tragen. «Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados». La frase se despliega con una dulzura contenida, sostenida por una armonía que parece avanzar con la cautela de quien se acerca a una herida todavía abierta. La escritura requiere un empaste exquisito y una respiración coral capaz de mantener el aliento de períodos muy extensos.El segundo movimiento, Denn alles Fleisch, es ist wie Gras, ofrece uno de los ejemplos más impresionantes de la capacidad de Brahms para transformar la materia musical. La marcha fúnebre, asentada sobre un ritmo ternario de insistencia casi obsesiva, discurre con la gravedad de una procesión interminable. El timbal acentúa la sensación de fatalidad mientras las voces recuerdan la condición perecedera de toda existencia. La aparición de la palabra aber—«pero»— transforma después el curso de la música y abre paso a una fuga jubilosa. También aquí la reverberación dificultó distinguir las diferentes voces del entramado contrapuntístico, cuya formidable energía necesita definición para desplegarse plenamente.Los solistas y la dirección musicalCésar San Martín resolvió sus intervenciones con buen hacer, nobleza en el fraseo y una voz de sana y generosa proyección, cualidades particularmente apreciables en una partitura que exige al barítono imponerse sobre una plantilla instrumental y coral de considerables dimensiones. En el tercer movimiento, Herr, lehre doch mich, la voz solista plantea los interrogantes del ser humano ante la brevedad de la existencia, antes de desembocar en una gran fuga construida sobre un prolongado pedal de re. El barítono reaparece en el sexto movimiento para anunciar el misterio de la resurrección, episodio de una monumentalidad casi apocalíptica que culmina con una de las más extraordinarias construcciones contrapuntísticas del repertorio romántico.El cuarto movimiento, Wie lieblich sind deine Wohnungen, ocupa el centro de la composición. Su carácter apacible, la calidez de las maderas y el delicado balanceo de las frases ofrecen un remanso de serenidad después de las tensiones anteriores. Brahms deja aquí entrever su profundo conocimiento de Bach y Händel, asimilado mediante un lenguaje armónico y una flexibilidad expresiva enteramente personales.Pero seguramente ningún pasaje adquiría en esta ocasión una significación tan directa como el quinto movimiento, Ihr habt nun Traurigkeit. Brahms lo incorporó después de la primera interpretación de la obra en seis partes, y en él parece resonar de manera especialmente íntima el recuerdo de su madre. Sonia de Munck conectó con el texto desde su habitual elegancia, con un canto de delicada sensibilidad y una expresión ajena a cualquier énfasis innecesario. Hay palabras que adquieren en determinadas voces una resonancia singular, una hondura que pertenece al ámbito más reservado de la experiencia y que apenas necesita insinuarse. La soprano encontró en esta página un espacio particularmente propicio para esa comunicación íntima que nace de la propia sustancia del texto. Brahms dispone una melodía de extraordinaria ternura, sostenida por una orquestación transparente, mientras el coro introduce, casi como una voz llegada desde la distancia, la promesa de consuelo: «Os consolaré como una madre consuela a su hijo».Resulta difícil escuchar esas palabras, pocos días después de una tragedia como la de Urda, sin pensar en las familias que han perdido a sus seres queridos y en quienes han acudido a prestar ayuda sin esperar nada a cambio. La música alcanza aquí una forma de proximidad que rara vez consiguen las palabras.El director, Bauti Carmena, se enfrentó a las dificultades de una partitura que exige un control muy preciso de las proporciones, los balances y las transiciones entre los distintos episodios. La amplitud de la formación coral y orquestal, unida a la extraordinaria reverberación de la Catedral, pareció poner a prueba una experiencia quizá menos habituada a manejar efectivos de semejantes dimensiones en condiciones acústicas tan comprometidas. Se echó en falta, en determinados pasajes, una mayor definición de los planos sonoros y un tratamiento más cuidadoso de los tiempos de resonancia, especialmente en las grandes construcciones contrapuntísticas, donde la acumulación del sonido tendía a evanescer el discurso.La Orquesta Filarmónica Española mostró una apreciable calidad instrumental, con interesantes intervenciones solísticas, riqueza de colores y momentos de indudable interés musical. Las maderas aportaron algunos de los timbres más sugerentes de la velada, mientras la cuerda sostuvo con solvencia buena parte del entramado armónico brahmsiano. Sin embargo, las distintas familias instrumentales no siempre parecieron respirar al unísono, con ciertas divergencias en el fraseo y una falta de cohesión que se hizo más evidente en los pasajes de mayor densidad. En algunos tutti, la masa orquestal terminó por imponerse incluso al numeroso coro, cuya presencia sonora quedaba parcialmente engullida por el despliegue instrumental. Faltó, en esos momentos, una mayor atención al equilibrio de los planos y a la dosificación de las dinámicas, especialmente necesaria en una acústica tan reverberante, donde el exceso de sonido acaba por emborronar los detalles de una escritura tan cuidadosamente elaborada como la de Brahms. Sin embargo las dificultades, como quien cruza un río de aguas turbulentas, no impidieron la alegría de llegar ala orilla de la escucha con satisfacción por el trabajo realizado por coros, orquesta, solistas y director.El séptimo movimiento, Selig sind die Toten, devuelve al oyente a la serenidad de las primeras páginas. Brahms completa así una arquitectura de admirable coherencia, iniciada con la bienaventuranza de quienes sufren y concluida con la de quienes descansan después de sus trabajos. Las voces se recogen, las armonías encuentran su última resolución y los sonidos se extinguen dejando tras de sí una sensación de paz difícilmente descriptible.Una Catedral, una comunidadLa celebración del VIII Centenario de la Catedral brinda una ocasión excepcional para situar la música en el centro de la vida cultural de Toledo. Hace ocho años, Ivor Bolton dirigía esta misma obra en la Primada con las agrupaciones titulares del Teatro Real. En esta ocasión, la participación de formaciones vinculadas al tejido musical y educativo de nuestro entorno puso de relieve el valor de los proyectos compartidos y la conveniencia de dar continuidad a iniciativas de semejante ambición. La práctica musical colectiva posee, además, una virtud de extraordinario alcance social: enseña a escuchar, a compartir responsabilidades y a reconocer el valor de la contribución ajena.Quizá sea precisamente esa dimensión compartida la que mejor explique la trascendencia de la velada. En un tiempo de duelo, la música recordó la posibilidad de permanecer unidos incluso ante aquello que resulta imposible comprender. Las instituciones, los músicos, los ciudadanos reunidos bajo las bóvedas de la Primada y, simbólicamente, cuantos han participado estos días en las tareas de auxilio y acompañamiento formaban parte de una misma comunidad herida, pero capaz de reconocerse en la solidaridad.La Catedral, con sus ocho siglos de memoria, ha conocido innumerables manifestaciones de dolor y esperanza. El Réquiem de Brahms añadió una nueva voz a esa historia. Al extinguirse la última palabra, selig, quedaba flotando entre las bóvedas algo de esa esperanza. Una sociedad puede llorar junta, respirar junta y hacer música junta. Y cuando el dolor resulta demasiado grande para soportarlo en soledad, quizá sea esa capacidad de compartirlo una de sus formas más nobles de resistencia.
Hay conciertos cuya fecha acaba formando parte de su significado. El último día de octubre, víspera de Todos los Santos, la Catedral Primada de Toledo acogió Ein deutsches Requiem, de Johannes Brahms, mientras la sociedad permanecía consternada por el trágico accidente ferroviario ocurrido en … Urda, en la propia provincia toledana. Difícilmente podía imaginarse una coincidencia de mayor hondura para una partitura concebida desde la experiencia íntima de la pérdida y consagrada al consuelo de quienes han de continuar viviendo con la ausencia. Bajo el órgano del Emperador, en el crucero de la Catedral, el Coro Jacinto Guerrero de Toledo y el Coro de la Universidad Politécnica de Madrid, junto a la Orquesta Filarmónica Española, interpretaron una de las creaciones más extraordinarias de la literatura sinfónico-coral romántica. Bauti Carmena asumió la dirección musical, con la soprano Sonia de Munck y el barítono César San Martín como solistas.
Entre los asistentes se encontraban representantes institucionales del Ayuntamiento, la Diputación Provincial y la Consejería de Educación y Cultura. El deán de la Catedral precedió la interpretación con unas palabras dedicadas a la magnificencia de la obra. El marco, por sí solo, imponía respeto. A la solemnidad habitual de las grandes celebraciones musicales de la Primada se sumaba una emoción de naturaleza distinta, muy próxima, compartida por una sociedad que apenas comenzaba a asumir las consecuencias de la tragedia.
Música para los que quedan
Brahms escribió su Réquiem pensando, ante todo, en los vivos. La muerte de Robert Schumann, en 1856, y la de su propia madre, nueve años después, dejaron huellas profundas en una obra cuya elaboración se prolongó durante años y que terminó por situarlo entre los grandes compositores europeos de su tiempo. La selección de textos bíblicos, realizada personalmente a partir de la traducción alemana de Lutero, revela una sensibilidad espiritual de extraordinaria amplitud. El músico llegó a expresar su preferencia por una denominación que aludiera a toda la humanidad. Quizá ninguna circunstancia reciente haya hecho tan oportuno recordar aquellas palabras como la vivida estos días en Toledo. La música de Brahms ofrecía una expresión colectiva al duelo y a la necesidad, tan humana, de encontrar amparo en los demás.
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Las tragedias colectivas dejan al descubierto la vulnerabilidad de una comunidad, pero también su fortaleza: la disposición a socorrer, a acompañar, a hacerse cargo del dolor ajeno. En Urda y en las localidades próximas, la solidaridad de vecinos y equipos de emergencia ha mostrado precisamente esa dimensión de la condición humana. Y en la Catedral, durante la noche del sábado, la música permitió contemplarla desde otro lugar. Una sociedad que respira junta, que llora junta y que aprende a reconocerse en la voz de los demás encuentra en el canto coral una de las más hermosas expresiones de su propia convivencia. Cada voz conserva su singularidad, escucha a las otras, comparte el aire y contribuye a construir un discurso que únicamente adquiere sentido con el concurso de todos.
La unión de las voces y la acústica de la Primada
La reunión de los dos coros merece un reconocimiento especial. El Jacinto Guerrero, estrechamente vinculado a la vida musical toledana, y el Coro de la Universidad Politécnica de Madrid, preparado por Javier Corcuera y con una dilatada trayectoria en el repertorio sinfónico-coral, aunaron esfuerzos para abordar una partitura de considerable exigencia. La unión de agrupaciones con distintas tradiciones de trabajo, hábitos de emisión y concepciones del sonido comporta inevitablemente ciertos sacrificios en la homogeneidad tímbrica y en la unidad estilística. El color de las voces, el tratamiento de las vocales, los ataques y la propia manera de articular las frases revelan procedencias y experiencias diversas. Es el peaje que a veces exige la suma de voluntades, sobradamente compensado por el valor artístico y humano de una empresa compartida. Más aún tratándose de una composición que encuentra su principal vehículo expresivo en la voz de una comunidad.
La imponente presencia visual de la masa coral, desplegada bajo el órgano del Emperador, contrastó, sin embargo, con las dificultades que planteó la acústica del recinto. La Catedral de Toledo posee una reverberación espléndida para ciertas músicas y particularmente comprometida para otras. En Brahms, cuya escritura reclama precisión en los ataques, claridad en las líneas contrapuntísticas y una cuidadosa inteligibilidad del texto, las naves acabaron por desdibujar buena parte del trabajo de los cantores. Las consonantes perdían definición, las articulaciones se diluían en una resonancia persistente y las voces, especialmente en los episodios fugados, llegaban al oyente envueltas en una densidad que dificultaba apreciar los detalles de la construcción musical.
El Réquiem de Brahms luce generalmente mejor en un auditorio sinfónico, donde los planos vocales, las relaciones entre coro y orquesta y el admirable trabajo contrapuntístico pueden percibirse con mayor claridad. La Catedral aporta una espectacularidad visual y una resonancia espiritual difíciles de igualar. La belleza del espacio cobra, sin embargo, un tributo acústico considerable. Sería injusto atribuir exclusivamente a los intérpretes una pérdida de definición que pertenece, en buena medida, a la propia naturaleza del recinto.
El comienzo de la obra constituye una lección magistral de economía expresiva. Brahms prescinde de los violines, oscurece la paleta instrumental y confía a las cuerdas graves y a las maderas la preparación de una atmósfera de recogimiento casi sobrehumano. Sobre ella aparecen las primeras palabras del coro: Selig sind, die da Leid tragen. «Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados». La frase se despliega con una dulzura contenida, sostenida por una armonía que parece avanzar con la cautela de quien se acerca a una herida todavía abierta. La escritura requiere un empaste exquisito y una respiración coral capaz de mantener el aliento de períodos muy extensos.
El segundo movimiento, Denn alles Fleisch, es ist wie Gras, ofrece uno de los ejemplos más impresionantes de la capacidad de Brahms para transformar la materia musical. La marcha fúnebre, asentada sobre un ritmo ternario de insistencia casi obsesiva, discurre con la gravedad de una procesión interminable. El timbal acentúa la sensación de fatalidad mientras las voces recuerdan la condición perecedera de toda existencia. La aparición de la palabra aber—«pero»— transforma después el curso de la música y abre paso a una fuga jubilosa. También aquí la reverberación dificultó distinguir las diferentes voces del entramado contrapuntístico, cuya formidable energía necesita definición para desplegarse plenamente.
Los solistas y la dirección musical
César San Martín resolvió sus intervenciones con buen hacer, nobleza en el fraseo y una voz de sana y generosa proyección, cualidades particularmente apreciables en una partitura que exige al barítono imponerse sobre una plantilla instrumental y coral de considerables dimensiones. En el tercer movimiento, Herr, lehre doch mich, la voz solista plantea los interrogantes del ser humano ante la brevedad de la existencia, antes de desembocar en una gran fuga construida sobre un prolongado pedal de re. El barítono reaparece en el sexto movimiento para anunciar el misterio de la resurrección, episodio de una monumentalidad casi apocalíptica que culmina con una de las más extraordinarias construcciones contrapuntísticas del repertorio romántico.
El cuarto movimiento, Wie lieblich sind deine Wohnungen, ocupa el centro de la composición. Su carácter apacible, la calidez de las maderas y el delicado balanceo de las frases ofrecen un remanso de serenidad después de las tensiones anteriores. Brahms deja aquí entrever su profundo conocimiento de Bach y Händel, asimilado mediante un lenguaje armónico y una flexibilidad expresiva enteramente personales.
Pero seguramente ningún pasaje adquiría en esta ocasión una significación tan directa como el quinto movimiento, Ihr habt nun Traurigkeit. Brahms lo incorporó después de la primera interpretación de la obra en seis partes, y en él parece resonar de manera especialmente íntima el recuerdo de su madre. Sonia de Munck conectó con el texto desde su habitual elegancia, con un canto de delicada sensibilidad y una expresión ajena a cualquier énfasis innecesario. Hay palabras que adquieren en determinadas voces una resonancia singular, una hondura que pertenece al ámbito más reservado de la experiencia y que apenas necesita insinuarse. La soprano encontró en esta página un espacio particularmente propicio para esa comunicación íntima que nace de la propia sustancia del texto. Brahms dispone una melodía de extraordinaria ternura, sostenida por una orquestación transparente, mientras el coro introduce, casi como una voz llegada desde la distancia, la promesa de consuelo: «Os consolaré como una madre consuela a su hijo».
Resulta difícil escuchar esas palabras, pocos días después de una tragedia como la de Urda, sin pensar en las familias que han perdido a sus seres queridos y en quienes han acudido a prestar ayuda sin esperar nada a cambio. La música alcanza aquí una forma de proximidad que rara vez consiguen las palabras.
El director, Bauti Carmena, se enfrentó a las dificultades de una partitura que exige un control muy preciso de las proporciones, los balances y las transiciones entre los distintos episodios. La amplitud de la formación coral y orquestal, unida a la extraordinaria reverberación de la Catedral, pareció poner a prueba una experiencia quizá menos habituada a manejar efectivos de semejantes dimensiones en condiciones acústicas tan comprometidas. Se echó en falta, en determinados pasajes, una mayor definición de los planos sonoros y un tratamiento más cuidadoso de los tiempos de resonancia, especialmente en las grandes construcciones contrapuntísticas, donde la acumulación del sonido tendía a evanescer el discurso.
La Orquesta Filarmónica Española mostró una apreciable calidad instrumental, con interesantes intervenciones solísticas, riqueza de colores y momentos de indudable interés musical. Las maderas aportaron algunos de los timbres más sugerentes de la velada, mientras la cuerda sostuvo con solvencia buena parte del entramado armónico brahmsiano. Sin embargo, las distintas familias instrumentales no siempre parecieron respirar al unísono, con ciertas divergencias en el fraseo y una falta de cohesión que se hizo más evidente en los pasajes de mayor densidad. En algunos tutti, la masa orquestal terminó por imponerse incluso al numeroso coro, cuya presencia sonora quedaba parcialmente engullida por el despliegue instrumental. Faltó, en esos momentos, una mayor atención al equilibrio de los planos y a la dosificación de las dinámicas, especialmente necesaria en una acústica tan reverberante, donde el exceso de sonido acaba por emborronar los detalles de una escritura tan cuidadosamente elaborada como la de Brahms. Sin embargo las dificultades, como quien cruza un río de aguas turbulentas, no impidieron la alegría de llegar ala orilla de la escucha con satisfacción por el trabajo realizado por coros, orquesta, solistas y director.
El séptimo movimiento, Selig sind die Toten, devuelve al oyente a la serenidad de las primeras páginas. Brahms completa así una arquitectura de admirable coherencia, iniciada con la bienaventuranza de quienes sufren y concluida con la de quienes descansan después de sus trabajos. Las voces se recogen, las armonías encuentran su última resolución y los sonidos se extinguen dejando tras de sí una sensación de paz difícilmente descriptible.
Una Catedral, una comunidad
La celebración del VIII Centenario de la Catedral brinda una ocasión excepcional para situar la música en el centro de la vida cultural de Toledo. Hace ocho años, Ivor Bolton dirigía esta misma obra en la Primada con las agrupaciones titulares del Teatro Real. En esta ocasión, la participación de formaciones vinculadas al tejido musical y educativo de nuestro entorno puso de relieve el valor de los proyectos compartidos y la conveniencia de dar continuidad a iniciativas de semejante ambición. La práctica musical colectiva posee, además, una virtud de extraordinario alcance social: enseña a escuchar, a compartir responsabilidades y a reconocer el valor de la contribución ajena.
Quizá sea precisamente esa dimensión compartida la que mejor explique la trascendencia de la velada. En un tiempo de duelo, la música recordó la posibilidad de permanecer unidos incluso ante aquello que resulta imposible comprender. Las instituciones, los músicos, los ciudadanos reunidos bajo las bóvedas de la Primada y, simbólicamente, cuantos han participado estos días en las tareas de auxilio y acompañamiento formaban parte de una misma comunidad herida, pero capaz de reconocerse en la solidaridad.
La Catedral, con sus ocho siglos de memoria, ha conocido innumerables manifestaciones de dolor y esperanza. El Réquiem de Brahms añadió una nueva voz a esa historia. Al extinguirse la última palabra, selig, quedaba flotando entre las bóvedas algo de esa esperanza. Una sociedad puede llorar junta, respirar junta y hacer música junta. Y cuando el dolor resulta demasiado grande para soportarlo en soledad, quizá sea esa capacidad de compartirlo una de sus formas más nobles de resistencia.
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