Sam English (1908-1967) fue un delantero irlandés que jugó en el Glasgow Rangers y el Liverpool, pero su vida estuvo marcada por un suceso en un derbi contra el Celtic en septiembre de 1931. El portero rival, John Thompson, de 22 años, se lanzó al suelo a por un balón dividido y la rodilla de English le impactó en la cabeza. Le provocó una fractura de cráneo y falleció. La familia de Thompson perdonó a English, lo achacó con tristeza a un lance del juego, pero ya nada fue lo mismo para el irlandés.
Dos psicólogas analizan las consecuencias para el portero del Andorra tras la muerte de De Miguel coinciden en el duelo añadida a la presión social
Sam English (1908-1967) fue un delantero irlandés que jugó en el Glasgow Rangers y el Liverpool, pero su vida estuvo marcada por un suceso en un derbi contra el Celtic en septiembre de 1931. El portero rival, John Thompson, de 22 años, se lanzó al suelo a por un balón dividido y la rodilla de English le impactó en la cabeza. Le provocó una fractura de cráneo y falleció. La familia de Thompson perdonó a English, lo achacó con tristeza a un lance del juego, pero ya nada fue lo mismo para el irlandés.
Buscó refugio en Inglaterra, volvió a Escocia y, en muchos campos, le recordaban lo sucedido. Se retiró siete años después. “Fueron siete años de deporte sin alegría”, confesó. Tras varios inviernos, en Daily Express contó como uno de sus hijos llegó un día a casa con una pregunta. “¿Es verdad que has matado a alguien?”.
La historia de English se produjo en otro contexto a la de Jesús Owono, el portero del Andorra cuya entrada a Jesús de Miguel le provocó un paro cardiaco que desembocó en la muerte, pero las emociones están conectadas.
Ana García Carrera es psicóloga especializada en duelo y tiene su consulta en Madrid. “La primera emoción es de culpa o de responsabilidad. Revisar la jugada y ver que pudo hacerlo de otra manera”, introduce. Una idea que también constata la psicóloga deportiva Lorena Cos: “El impacto es profundo: culpa, miedo, impotencia…”. “Por poner un ejemplo actual, es como el controlador en el accidente de tren. Él hace su trabajo lo mejor que sabe y sucede esa desgracia…”, añade García Carrera, quien entiende que “debe pasar los procesos del duelo. El primero es el trauma, el vivir una pesadilla. Luego viene la negación, no encontrar explicación. Después debes integrarlo y al final llega la asimilación post traumática”, cuenta.
Es como el controlador del treno, haces tu trabajo y sucede eso…”
Pero no todo es tan fácil. Hay accidentes laborales que provocan esta sensación de culpa y donde surgen “bloqueos, inseguridades, no querer volver a hacer lo que hacías por miedo a que vuelva a suceder lo mismo”.
Cos añade otro aspecto clave en un caso como este: “A todo esto se añade la presión social. Eso intensifica el sufrimiento, por eso es clave el acompañamiento, la protección y no sobreexponerse mediáticamente”, defiende, algo que comparte García Carrera: “Es fundamental el comportamiento del equipo. Si lo respalda es más fácil, si lo margina o si acaba señalado la herida será más grande”.
Owono, que lloró y rezó en el vestuario tinerfeño, decidió no hacer ningún comunicado de inmediato porque las informaciones que le llegaban no eran muy halagüeñas. Roto, recibió la trágica noticia a primera hora. Su familia (padres y hermana) viajó a Andorra a arroparle. Decidió cerrar las redes sociales por los insultos -ya fue despedido del Heliodoro Rodríguez López con algún grito de “asesino”- y refugiarse con los suyos a la espera de que el Comité de Disciplina de la RFEF le sancione por la acción y la roja.
El portero nunca había sido expulsado en el fútbol profesional hasta el lunes.
Nacido en Bata (Guinea Ecuatorial), con ocho años viajó a San Sebastián para reunirse con su madre, que aterrizó de avanzadilla por estudios. Empezó jugando en el Antiguoko de extremo derecho hasta que un día tuvo que enfundarse los guantes. Ya nadie lo movió. De la Real saltó al Alavés, debutó en Primera (el exmeta del Espanyol Fernando Pacheco fue uno de sus ídolos) y luego ya llegó a Andorra. Es fan incondicional de Marvel, escucha música clásica cuando estudia y su ídolo es su madre, según confesó en el Youtube de Rodrigo Fáez.
Y entre sus aficiones también se encuentran los estoicos. “Hay que entrenar para saber que no todo está bajo tu control”, dijo en esa charla como frase de cabecera hace dos años, cuando no podía ni imaginar lo que iba a suceder el funesto 2 de noviembre en Tenerife. Un día marcado de por vida.
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