Hace pocos días, Juan Carlos Ferrero anunciaba que en enero, tan pronto como empiece el 2027, se alistará en el equipo de entrenadores de Ben Shelton.
El talento murciano culmina una semana in crescendo superando a Ben Shelton, el mejor estadounidense de los últimos quince años (7-6(4) y 7-5)
Hace pocos días, Juan Carlos Ferrero anunciaba que en enero, tan pronto como empiece el 2027, se alistará en el equipo de entrenadores de Ben Shelton.
Cuando se enteró de la noticia, Carlos Alcaraz dijo:
-En adelante, tendré que tener más cuidado con Shelton. Su nivel se va a elevar.
No era una boutade ni un aplauso para los oídos de Ferrero. Y en realidad, tampoco hacía falta esperar hasta el 1 de enero para interpretar el salto de calidad del zurdo estadounidense.
En este magnífico teatro que es el Plenitude Arena, en La Défense de París, Shelton es un demonio cuando sirve, lo hace angulado, con mucha parábola invertida, y también cuando se aúpa a la red: para superarle, Carlitos tiene que darle mil vueltas a las cosas y por momentos, ni eso.
Aferrado a esas capacidades -el gran saque, el acierto en las voleas-, el mejor tenista estadounidense de los últimos quince años acorrala y fustiga a Alcaraz.
Se crece.
Y sin embargo, da igual, no importa.
El talento murciano se amolda a lo que sea, al juego de cualquier rival, en cualquier escenario y sobre cualquier superficie. Y en esta semana en París, en superficie rápida y a cubierto, con fresco en el exterior, ofrece un tenis in crescendo, cada partido un poquito mejor, para acabar coronándose: a partir de ya, en la vitrina de la casa de sus padres -orgullosos ellos, atentos a todo lo que ocurre desde el palco vip-, lucirá también este Masters 1.000, título que andaba buscando, el quinto que suma en este 2026, y de paso acallará la voz de todos aquellos que, con mayor o menor vehemencia, recelan de su dominio -y el de Sinner- en el circuito.
Para todos ellos, aquí está el murciano, de vuelta al ruedo.
Lejos en el tiempo quedan sus cuitas de la última primavera, aquella lesión en la muñeca derecha que le sobrevino en el Trofeo Godó y anuló su temporada de tierra batida y también la de hierba, y en barbecho le tuvo por cinco meses.
Vuelve a ser disfrutón y alegre en la pista, y en el desenlace del segundo set, en el descanso, agita la cabeza en el banco, baila al ritmo de Abba (Gimme! gimme! gimme! a man after midnight). Le sale natural y fresco, como las dejadas y las voleas que encabritan a Shelton igual que hace dos rondas, en cuartos, encabritaban a Fritz, otro gigante estadounidense que ha doblado la rodilla sobre el sintético parisino.
El partido se resuelve en detalles: Alcaraz lo decanta de su lado en los momentos decisivos, parece un 1-0 en fútbol. Se multiplica en el tie break de la primera manga, cuando a Shelton le tiembla el pulso, y vuelve a hacerlo en la segunda, cuando el estadounidense le rompe el servicio y él le devuelve la rotura.
Desarmado anímicamente, Shelton se desmonta en el tramo final, cuando Alcaraz se eleva sobre París, y ya no hay vuelta atrás.
Alcaraz baila al son de Abba.
Baila y al fin, cuando todo ha acabado, se deja ir por completo.
Se abraza a todo su equipo, parece un guiño al pasado y al futuro, pues lleva tiempo en una montaña rusa. Alcaraz se ha mostrado brillante en los últimos meses, con sus victorias en Tokio y en Viena, pero tenía una cuenta pendiente con este Shelton que se ferrerizará: en septiembre, en cuartos, el estadounidense le había cortado las alas en Nueva York, Shelton parecía ser profeta en su tierra.
“He estado buscando algo así durante años. Probablemente, aquí he sufrido algunas de las mayores derrotas de mi carrera, un par de veces en primera ronda, también en segunda. Creo que he encontrado la manera de solucionar todo esto -proclama-. Y estoy orgulloso de mí y de mi equipo. Porque hoy en día, enfrentarse a Ben Shelton y en una superficie rápida es uno de los mayores retos de este deporte”.
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