Cada vez que una miniserie de prestigio pasa a ser una serie de varias temporadas gracias a su éxito comercial, en mi cabeza suena: “Enhorabuena”. En el peor de los casos, la continuación no podrá borrar la calidad de su presentación y, en el mejor de los casos, tendremos más buena televisión. ¿Acaso el autor no se merece un voto de confianza después de fascinar con su obra?
Carey Mulligan se salva en una temporada irregular que tiene más de ‘The White Lotus’ que de la miniserie que arrasó en los premios Emmy
Cada vez que una miniserie de prestigio pasa a ser una serie de varias temporadas gracias a su éxito comercial, en mi cabeza suena: “Enhorabuena”. En el peor de los casos, la continuación no podrá borrar la calidad de su presentación y, en el mejor de los casos, tendremos más buena televisión. ¿Acaso el autor no se merece un voto de confianza después de fascinar con su obra?
Incluso en casos intermedios como el de Big little lies me siento afortunado: prefiero tener esos siete episodios adicionales (correctos aunque menores en comparación) que no tenerlos. Pero, si hablamos de la segunda temporada de Bronca, la sensación es agridulce. No es que de repente sea mala. Pero olvida qué la hacía diferente y original.

Aquí, la historia es totalmente nueva. Y el entorno. Y el reparto. Si la primera Bronca era un enfrentamiento entre dos personas, aquí tenemos un enredo en un club de campo. La cosa empieza cuando Josh (Oscar Isaac) y Lindsay (Carey Mulligan), el director de un exclusivo club de campo y su esposa que está cansada de tener su carrera en un segundo plano, tienen una discusión en casa. Allí hay la amargura de años de rencor, saltando entre insultos y reproches hasta casi llegar a las manos.
Pero lo que tendría que ser una vergüenza privada, una demostración íntima de hasta qué punto el amor se puede transformar en odio, tiene dos testigos: Ashley (Cailee Spaeny) y Austin (Charles Melton), una vendedora del club y su prometido que es entrenador personal. Fueron a casa del jefe para devolverle la cartera, que se dejó en ese club elitista con una matrícula de 300.000 dólares, y graban lo que parece una relación abusiva. ¿Toca ir a la policía? No, la joven pareja, que no tiene ni seguro médico, decide utilizar ese vídeo para ascender en el club.

El creador Lee Sung Jin, a partir de una pareja de aproximadamente 40 años y otra de menos de 30, establece paralelismos entre dos generaciones con problemas de empatía mutua a pesar de su supuesta cercanía. Oscar Isaac y Carey Mulligan son aquellos que piensan que las pasan canutas porque han entrado en el sistema (y sienten que nada es nunca suficiente, viviendo por encima de sus posibilidades) mientras que Cailee Spaeny y Charles Melton son esa generación que, hasta que no tienen la posibilidad de chantajear al jefe, tienen un futuro de precariedad económica.
En esta disputa, que incluye facturas fraudulentas, sobornos y una muerte en un quirófano, también tienen un papel importante la señora Park (Young Yuh-jung, ganadora del Oscar por Minari), la segunda persona más rica de Corea del Sur y nueva propietaria del club; su marido Kim (Song Kang-ho, el protagonista de Parásitos), un cirujano estético más joven que ella; y Eunice, la traductora de la millonaria (Seoyeon Jang). Y, un poco más de fondo, algunos de los socios del club con cameos de famosos como el productor musical Benny Blanco, el nadador Michael Phelps o el compositor Finneas O’Connell, el hermano de Billie Eilish.
Esta vez Bronca a ratos parece haber confundido su identidad con la de The White Lotus. Pero lo peor es que no entiende qué hacía estimulante la miniserie inicial. La gracia del enfrentamiento entre los personajes de Ali Wong y Steven Yeun no era que fueran unos desgraciados el uno con el otro sino que eran dos personas normales y corrientes, fundamentalmente buenas, que decidían arruinarse la vida el uno al otro para desahogarse de sus frustraciones personales, derivadas de las obligaciones de la vida adulta. Bronca te hacía entender y empatizar con ambos personajes, aunque a menudo tocase llevarse las manos a la cabeza para, a continuación, reírse (y a veces hasta horrorizarse) por los callejones sin salida en los que se metían.
En la segunda temporada, en cambio, Bronca cree que su esencia es tener un enredo de personas francamente antipáticas e imbéciles siendo antipáticas e imbéciles. Ya hay muchas series así en televisión. Posiblemente demasiadas. Y, como encima tiene personajes subdesarrollados o caricaturescos, un Oscar Isaac histérico e ideas a medio cocer en una trama que se le va de las manos, el resultado es decepcionante.
Solo se salva Carey Mulligan, que consigue extraer la humanidad de una mujer inicialmente odiosa, recordando por instantes cuál era el secreto de una miniserie brillante.
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