Gerardo Herrero adapta, en formato de vibrante western agónico, la novela homónima de Lorenzo Silva alrededor del conflicto que determinó la España del siglo XX, la Guerra Civil incluida Leer Gerardo Herrero adapta, en formato de vibrante western agónico, la novela homónima de Lorenzo Silva alrededor del conflicto que determinó la España del siglo XX, la Guerra Civil incluida Leer
El lugar común mantiene que el cine español vive encadenado a dos obsesiones: la Guerra Civil y, salvando las distancias, la Guerra Civil. Y no necesariamente por este orden. A un lado la exageración redundante de casi todos los tópicos, lo cierto es que el gran logro de lo que, en verdad, no es más que una mentira interesada es haber eclipsado no ya cualquier otro argumento relacionado o no con el cine, sino que ha borrado literalmente de la memoria cinematográfica compartida la otra gran guerra (que, en verdad, fueron varias) que devoró el siglo XX y buena parte del XIX: la de Marruecos. «Hay que tener en cuenta que si la administración del norte de África por parte de España duró 44 años, durante 20 de ellos hubo un conflicto armado. No solo es el gran acontecimiento que determinó la España moderna, sino que formó a los militares que protagonizaron la posterior Guerra Civil, en muchos casos desde bandos enfrentados», comenta el escritor Lorenzo Silva y Gerardo Herrero, a su lado, le da la razón.
Carta blanca, dirigida por el segundo e ideada y en parte guionizada por el primero, apareció el domingo en el Festival de Sevilla con el ánimo bien dispuesto del que viene a reparar una deuda histórica. «Lo sorprendente», toma ahora la palabra Herrero, «es que no es algo muy presente en todas las familias de puertas adentro. Mi madre tenía dos primos hermanos a los que adoraba que murieron en la guerra de África. A poco que se rasque cualquier árbol genealógico surge una historia personal, íntima e inexplicablemente olvidada. Y no hablo solo de cine español». Lo cierto es que cualquier recuerdo de aquellas guerras pasa necesariamente por un nombre entre épico, algo poético y siempre terrible: la masacre en la que murieron entre 8.000 y más de 10.000 soldados españoles en el conocido como Desastre de Annual de 1921. «Es difícil explicar este silencio, pero como todos ellos estoy convencido que tiene que ver con la incomodidad que produjo en su momento y que hemos heredado. Sigue siendo incómodo hablar de todo ello y, precisamente por ello, es pertinente sacarlo a la luz. Vivimos rodeados de relatos amables que no hacen más que darnos la razón y eso nos empobrece», afirma Silva sin disimular el gesto redentor, o solo clarividente.
La película cuenta nada más (y nada menos, claro) que la historia de una venganza. El sargento protagonista al que da vida con una energía desusada el siempre vibrante y colérico Víctor Clavijo decide aprovecharse, tras la muerte de su hermano, de la carta blanca que disponen los militares españoles de entonces de arramblar con todo, vidas y bienes incluidos. La única condición es no hacerse notar más de la cuenta. Así, él y su pelotón se adentran en terreno enemigo con la nada disimulada intención de hacer sangre. Cada uno arrastra su propia herida, su ambición y su tormento. Pero todos ellos, como una decena escasa de hombres del patíbulo, se aprestan a recorrer en línea recta la distancia que separa la desesperación del más hondo de los vacíos. Suele pasar.
«Pienso en el cine francés y me salen innumerables películas con la legión extranjera como protagonista. En el español, apenas alguna película de propaganda, ¡A mí la legión! (Juan de Orduña, 1942), que también es de propaganda y poco más», comenta Herrero. A su lista cabría añadir ¡Harka!, rodada un año antes, en 1941, por el director falangista Carlos Arévalo. «Lo incomprensible», sigue el director, «es que todo lo que rodea a la guerra de Marruecos es tremendo. Pensemos por un momento que toda esa sangría, al fin y a la postre, no fue más que una jugada para defender las minas de hierro (la única riqueza de la región), propiedad del rey Alfonso XIII. Fue nuestro Vietnam en sentido riguroso y fue producto de la avaricia de un monarca sin escrúpulos». Y aquí, de momento, se detiene.
Carta blanca, más allá de su oportunidad y sentido, discurre por la pantalla con las maneras trágicas de un western desolado; un western que igual recuerda a la quemazón existencial, que no solo ardor, de la severidad claustrofóbica de Sergio Leone que a la precisión sucia y furiosamente antiheroica del cine bélico que vino después de, en efecto, el gran cine bélico. Con un detallismo polvoriento, los rifles máuser se encasquillan, las heridas gangrenan y la sed agrieta los labios y las conciencias. En efecto, es cine incómodo, que más allá de hacer que la memoria duela, seca las retinas hasta descubrir que el racismo de antes en un pueblo del Riff es exactamente igual al de ahora en Ceuta.
Uno de los personajes es un comandante; un comandante despiadado que lamenta más la pérdida de rifles que de hombres; un comandante de un metro y 62 centímetros de altura («Nos costó dar con un actor que midiera lo mismo o casi», dice el director) al que interpreta Manuel Pico con corrección, gesto hierático y voz aflautada. «Sin Marruecos no se entendería Franco [de él se trata] y sin Franco, ¿cómo entender la España reciente?», concluye Herrero. Por fin, ahora sí, el cine español abraza el lugar común y se detiene en la guerra que lo definió todo: la de Marruecos antes que la Civil.
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