Cuando Ada Colau dejó la alcaldía proclamó que su obra había sido más valorada fuera que en la desagradecida Barcelona. Cabía inferir que, cual expresidente Obama, no daría abasto en impartir charlas espléndidamente remuneradas. Nada de eso ocurrió. La activista asomó su encanecida testa en aquella Flotilla Kufiya que portaba a Gaza un cargamento humanitario invisible. Con la travesía antisemita, Colau amagaba con volver. Y la exactriz ha vuelto a los platós: saltó lo de Maricarmen y allí estaba para denunciar que (ella también) había tenido que dejar su piso (ocho años cobrando noventa mil euros anuales); separada de su compañero, su único sueldo en la alicaída fundación de los comunes no alcanzaba para el alquiler. Como había que mercarse un curro (es un decir) bien pagado, nada mejor que un escaño en Madrid. Y en eso está. Cabeza visible de la extrema izquierda rumbo al sacrificio a menos que vayas primero en la lista. Los ocho años de la alcaldesa Colau —la primera bisexual, fardaba ella— fueron los peores que recuerda Barcelona. Siniestra pinza entre la Generalitat del fanático Quim Torra —el que pedía a los CDR que «apretaran»— y un ayuntamiento de extrema izquierda que no hacía nada para frenarlos. La guerrilla antisistema sustituyó el fuego olímpico por la hoguera de contenedores. El «urbanismo táctico» colauista destripaba chaflanes del Ensanche. Lluís Permanyer lo denuncia en su memoria póstuma ‘Per Barcelona’ (Destino). En vez de ajardinar interiores de manzana —como propuso Cerdà— se trazaban supermanzanas. Efecto bumerán. En lugar de consolidar el tejido vecinal, se encarecen pisos y alquileres con la consiguiente gentrificación y la sustitución de barceloneses por millonetis ‘ex pats’. Permanyer señala a Janet Sanz, la teniente de alcalde que se alegró con el cierre de Nissan, «siempre amparada por Ada Colau, la peor alcaldesa». En 2016 Joaquim Roglan alertó en su crónica ‘Excelentísima activista’ de un populismo que confirmaría las peores expectativas: regulación de alquileres que los elevó de ochocientos euros a mil cien; obligación de dedicar un treinta por ciento de cada edificio construido a vivienda social; chapuza de la Zona de Bajas Emisiones; desautorización de la Guardia Urbana y santificación del okupa; oposición al Mobile Congress y fracaso de Barcelona para sede de la Agencia Europea del Medicamento. La activista alcaldesa —ni se molestó en viajar a Bruselas—, advirtió que la candidatura «no era del agrado» de sus bases. La extrema izquierda perora la utopía, pero es incapaz de gestionar una realidad que escape a la ideología. Mientras los separatistas incendiaban Barcelona, Colau abrasaba a los restauradores con tasas municipales: «Si te quintuplican un alquiler se dice que te están echando del negocio, pero si te suben así los impuestos nos están echando a la calle, aunque nosotros no quemaremos contenedores», lamentaba el propietario de un histórico restaurante ramblero. Y como a Colau no le molaba la Rambla solo dedicó diez millones para una reforma que con tan poca financiación no culminaría hasta 2030. El Colau Caos resonaba en el incivismo de cicloenergúmenos jaleados por el consistorio rojiverde. Si las promesas electorales no cuajaban y los narcopisos copaban el Raval con la consiguiente queja de los vecinos, la alcaldesa activista, al igual que Sánchez, sacaba el comodín de la memoria histórica: cambios de nomenclátor —quitó al Almirante Cervera por ‘facha’ (sic) y puso al cómico Rubianes—, derribo de monumentos o aquella performance con la estatua ecuestre de Franco para que los antifascistas de salón la decapitaran y pintarrajearan. Ese es el currículo de Colau para el Frente Amplio que ningunean Montero y Rufián. La actriz sobreactuada no supera el casting. Cuenta atrás hacia la inmolación. Cuando Ada Colau dejó la alcaldía proclamó que su obra había sido más valorada fuera que en la desagradecida Barcelona. Cabía inferir que, cual expresidente Obama, no daría abasto en impartir charlas espléndidamente remuneradas. Nada de eso ocurrió. La activista asomó su encanecida testa en aquella Flotilla Kufiya que portaba a Gaza un cargamento humanitario invisible. Con la travesía antisemita, Colau amagaba con volver. Y la exactriz ha vuelto a los platós: saltó lo de Maricarmen y allí estaba para denunciar que (ella también) había tenido que dejar su piso (ocho años cobrando noventa mil euros anuales); separada de su compañero, su único sueldo en la alicaída fundación de los comunes no alcanzaba para el alquiler. Como había que mercarse un curro (es un decir) bien pagado, nada mejor que un escaño en Madrid. Y en eso está. Cabeza visible de la extrema izquierda rumbo al sacrificio a menos que vayas primero en la lista. Los ocho años de la alcaldesa Colau —la primera bisexual, fardaba ella— fueron los peores que recuerda Barcelona. Siniestra pinza entre la Generalitat del fanático Quim Torra —el que pedía a los CDR que «apretaran»— y un ayuntamiento de extrema izquierda que no hacía nada para frenarlos. La guerrilla antisistema sustituyó el fuego olímpico por la hoguera de contenedores. El «urbanismo táctico» colauista destripaba chaflanes del Ensanche. Lluís Permanyer lo denuncia en su memoria póstuma ‘Per Barcelona’ (Destino). En vez de ajardinar interiores de manzana —como propuso Cerdà— se trazaban supermanzanas. Efecto bumerán. En lugar de consolidar el tejido vecinal, se encarecen pisos y alquileres con la consiguiente gentrificación y la sustitución de barceloneses por millonetis ‘ex pats’. Permanyer señala a Janet Sanz, la teniente de alcalde que se alegró con el cierre de Nissan, «siempre amparada por Ada Colau, la peor alcaldesa». En 2016 Joaquim Roglan alertó en su crónica ‘Excelentísima activista’ de un populismo que confirmaría las peores expectativas: regulación de alquileres que los elevó de ochocientos euros a mil cien; obligación de dedicar un treinta por ciento de cada edificio construido a vivienda social; chapuza de la Zona de Bajas Emisiones; desautorización de la Guardia Urbana y santificación del okupa; oposición al Mobile Congress y fracaso de Barcelona para sede de la Agencia Europea del Medicamento. La activista alcaldesa —ni se molestó en viajar a Bruselas—, advirtió que la candidatura «no era del agrado» de sus bases. La extrema izquierda perora la utopía, pero es incapaz de gestionar una realidad que escape a la ideología. Mientras los separatistas incendiaban Barcelona, Colau abrasaba a los restauradores con tasas municipales: «Si te quintuplican un alquiler se dice que te están echando del negocio, pero si te suben así los impuestos nos están echando a la calle, aunque nosotros no quemaremos contenedores», lamentaba el propietario de un histórico restaurante ramblero. Y como a Colau no le molaba la Rambla solo dedicó diez millones para una reforma que con tan poca financiación no culminaría hasta 2030. El Colau Caos resonaba en el incivismo de cicloenergúmenos jaleados por el consistorio rojiverde. Si las promesas electorales no cuajaban y los narcopisos copaban el Raval con la consiguiente queja de los vecinos, la alcaldesa activista, al igual que Sánchez, sacaba el comodín de la memoria histórica: cambios de nomenclátor —quitó al Almirante Cervera por ‘facha’ (sic) y puso al cómico Rubianes—, derribo de monumentos o aquella performance con la estatua ecuestre de Franco para que los antifascistas de salón la decapitaran y pintarrajearan. Ese es el currículo de Colau para el Frente Amplio que ningunean Montero y Rufián. La actriz sobreactuada no supera el casting. Cuenta atrás hacia la inmolación.
Cuando Ada Colau dejó la alcaldía proclamó que su obra había sido más valorada fuera que en la desagradecida Barcelona. Cabía inferir que, cual expresidente Obama, no daría abasto en impartir charlas espléndidamente remuneradas. Nada de eso ocurrió. La activista asomó su encanecida testa en … aquella Flotilla Kufiya que portaba a Gaza un cargamento humanitario invisible. Con la travesía antisemita, Colau amagaba con volver. Y la exactriz ha vuelto a los platós: saltó lo de Maricarmen y allí estaba para denunciar que (ella también) había tenido que dejar su piso (ocho años cobrando noventa mil euros anuales); separada de su compañero, su único sueldo en la alicaída fundación de los comunes no alcanzaba para el alquiler. Como había que mercarse un curro (es un decir) bien pagado, nada mejor que un escaño en Madrid. Y en eso está. Cabeza visible de la extrema izquierda rumbo al sacrificio a menos que vayas primero en la lista.
Los ocho años de la alcaldesa Colau —la primera bisexual, fardaba ella— fueron los peores que recuerda Barcelona. Siniestra pinza entre la Generalitat del fanático Quim Torra —el que pedía a los CDR que «apretaran»— y un ayuntamiento de extrema izquierda que no hacía nada para frenarlos. La guerrilla antisistema sustituyó el fuego olímpico por la hoguera de contenedores. El «urbanismo táctico» colauista destripaba chaflanes del Ensanche. Lluís Permanyer lo denuncia en su memoria póstuma ‘Per Barcelona’ (Destino). En vez de ajardinar interiores de manzana —como propuso Cerdà— se trazaban supermanzanas. Efecto bumerán. En lugar de consolidar el tejido vecinal, se encarecen pisos y alquileres con la consiguiente gentrificación y la sustitución de barceloneses por millonetis ‘ex pats’. Permanyer señala a Janet Sanz, la teniente de alcalde que se alegró con el cierre de Nissan, «siempre amparada por Ada Colau, la peor alcaldesa».
En 2016 Joaquim Roglan alertó en su crónica ‘Excelentísima activista’ de un populismo que confirmaría las peores expectativas: regulación de alquileres que los elevó de ochocientos euros a mil cien; obligación de dedicar un treinta por ciento de cada edificio construido a vivienda social; chapuza de la Zona de Bajas Emisiones; desautorización de la Guardia Urbana y santificación del okupa; oposición al Mobile Congress y fracaso de Barcelona para sede de la Agencia Europea del Medicamento. La activista alcaldesa —ni se molestó en viajar a Bruselas—, advirtió que la candidatura «no era del agrado» de sus bases. La extrema izquierda perora la utopía, pero es incapaz de gestionar una realidad que escape a la ideología.
Mientras los separatistas incendiaban Barcelona, Colau abrasaba a los restauradores con tasas municipales: «Si te quintuplican un alquiler se dice que te están echando del negocio, pero si te suben así los impuestos nos están echando a la calle, aunque nosotros no quemaremos contenedores», lamentaba el propietario de un histórico restaurante ramblero. Y como a Colau no le molaba la Rambla solo dedicó diez millones para una reforma que con tan poca financiación no culminaría hasta 2030.
El Colau Caos resonaba en el incivismo de cicloenergúmenos jaleados por el consistorio rojiverde. Si las promesas electorales no cuajaban y los narcopisos copaban el Raval con la consiguiente queja de los vecinos, la alcaldesa activista, al igual que Sánchez, sacaba el comodín de la memoria histórica: cambios de nomenclátor —quitó al Almirante Cervera por ‘facha’ (sic) y puso al cómico Rubianes—, derribo de monumentos o aquella performance con la estatua ecuestre de Franco para que los antifascistas de salón la decapitaran y pintarrajearan. Ese es el currículo de Colau para el Frente Amplio que ningunean Montero y Rufián. La actriz sobreactuada no supera el casting. Cuenta atrás hacia la inmolación.
RSS de noticias de espana
