Los trenes de mercancías infinitos dan pinceladas de color a un escenario monocromático al entrar la ruta 66 por Arizona.
Redadas de la policía migratoria, la canción ‘fake’ de los Eagles y una fiesta de graduación con abuelos y nietos
Los trenes de mercancías infinitos dan pinceladas de color a un escenario monocromático al entrar la ruta 66 por Arizona.
Atrás queda Nuevo México y su capital, la singular Santa Fe, donde Osvaldo –“mexicano con papeles”, aclara– acaba de descargar unos muebles en un lujoso hotel céntrico. Cuenta que trabaja en un taller de carpintería de Alburquerque y ha venido de reparto. “Está suave, mientras no te metas con nadie”, afirma sobre su día a día. “Echo de menos mi país, pero aquí están los dólares”, añade.
De momento no ha tenido ningún roce con los agentes fronterizos, los del ICE. Sabe de amigos que, documentados como él, han sido detenidos. Aunque los dejaran en libertad, el susto no se lo quita nadie.
Susto es lo que hay en Alburquerque. La entrevista con la directora de El Centro, organización de ayuda a inmigrantes, se cancela. Los del ICE están practicando detenciones.
Carretera y manta, que se dice. Entonces aparece otro enclave singular, la Divisoria Continental, situada a 2.223 metros sobre el nivel de mar. “A partir de este punto, las precipitaciones se dividen en dos vertientes: hacia el oeste, el agua fluye hasta el océano Pacífico; hacia el este, hasta el océano Atlántico”, ilustra la placa conmemorativa.
Cerca queda Gallup, ciudad famosa por albergar en este camino el hotel El Rancho, refugio de estrellas del aquel glorioso Hollywood, con papel principal para John Wayne.
En la zona frente al río Puerco, de habitual seco, las casas y los establecimientos tienen preparados sacos de arena. “Estamos listos para las inundaciones”, apunta una vecina.
Ya en Arizona, séptimo y penúltimo estado en la carretera madre partiendo del este, Winslow emerge como la atracción de la jornada. Parece que todos los turistas han parado en uno de los cruces más famosos de este trayecto.
El asunto gira en torno a la canción Take it Easy (tómalo con calma), que los Eagles incluyeron en su primer álbum de 1972 y los lanzó a la fama. Y de paso pusieron a esta ciudad en el mapa. “Bueno, estoy aquí, parado en una esquina de Winslow, Arizona” ( Standin’ on the corner …), dice una estrofa.
“Todo es un poco fake”, susurra Brett, hombre de cierta edad que está ahí como si fuera un guía. “Los Eagles nunca habían estado en esta ciudad, pero nos dio publicidad. En aquella época yo vivía en Alemana y la gente me decía, ‘oh, eres de Winslow, del sitio de la canción’ y a mi me emocionaba”, recuerda.
En la calle hay dos estatuas, una identifica a Glenn Frey, líder de esa banda, y otra es de un músico con guitarra, sin nombre. Popularmente se atribuye a Jackson Browne.
Los dos artistas están implicados. Ambos firman la canción que empezó a escribir Browne y quien explicó que en un viaje tuvo una avería en su coche y se detuvo en Winslow. Sin embargo, se atascó en su creación y Frey, vecino en Los Angeles, fue el que la acabó. A Browne le gustó, pero fueron los Eagles los que la grabaron primero.
El destino es Kingman, ciudad conocida como el corazón de la ruta 66. “Kingman es realmente fascinante. Es una antigua ciudad ferroviaria, una localidad del viejo Oeste y, al mismo tiempo, una ciudad moderna y progresista. Me encantan los paisajes desérticos y su gente. Es una combinación del pasado, el presente y el futuro. Vamos a tener un museo de vehículos eléctricos”, recalca el historiador Jim Hinckley, residente en esta localidad.
Kingman es el corazón de la ruta 66, situada en Arizona, el séptimo y penúltimo estado en dirección a Los Ángeles
Reflexiona sobre la ruta 66. “Vivimos en un mundo cada vez más frío e impersonalizado, con las redes sociales y esas cosas. Pero en esta carretera, paras en una cafetería de Texas y la gente te trata como si fueras un viejo amigo. Es como el pueblo pequeño más largo de Estados Unidos”, describe.
Reconoce obstáculos. “La política influye. La forma en que se percibe EE.UU. genera problemas. El turismo internacional ha caído considerablemente en los últimos 18 meses, pero en la ruta 66 ese turismo sigue siendo fuerte. La gente ve la carretera casi como un museo, como un vínculo tangible con la América idealizada de lo que creen que es este país”, matiza.
Desde Kingman hace un bucle entre lo que significó la ruta para los soñadores en época de hambruna y lo que representa en su renacimiento. “Hay jóvenes desencantados que no tienen muchas oportunidades. Están en paro o hartos de su trabajo. Quieren encontrar algo que dé sentido a sus vidas. Así que se mudan a sitios de la ruta, restauran un viejo motel, montan un negocio y encuentran la felicidad. Por eso hay paralelismos con la Gran Depresión. Entonces la gente halló oportunidades en la ruta y hoy sigue hallándolas”, subraya.
Tim Webb (músico) y Lenore Knudtson (abogada) se conocían de la etapa universitaria en Indiana. Cada uno hizo su vida y al cabo del tiempo, hace seis años, se reencontraron en Kingman, donde ella residía.
Compraron una manzana en ruinas, que era un asentamiento de sin techo y la transformaron en un Airbnb (Tim Can Alley) configurado por seis caravanas Airstream (habrá dos más) de esas tan icónicas fabricadas íntegramente en aluminio. Está flanqueadas por dos viejos edificios reconstruidos como cafetería y heladería. “Era un terreno abandonado, lleno de malas hierbas. Llevaba 30 años desocupado”, explica Webb.
“Hay paralelismos con la Gran Depresión, entonces la gente halló oportunidades en la ruta y hoy también”
“El imbécil de Washington D. C. está haciendo que quedemos fatal”, lamenta. Temían que la política de aranceles y la mala imagen del país retrajera a los visitantes. Pero han resistido con el impulso de la celebración del centenario de la carretera.
Confía en que los demócratas den un vuelco en estas elecciones de medio termino. “Vamos por el camino equivocado y de verdad que da vergüenza”, recalca. “Toda esa gente que conduce esas grandes camionetas diésel y está pagando 6,20 dólares por galón. Es una locura. Y siguen conduciendo. Hacen caso omiso, como si dijeran, bueno, es lo que hay”.
Su inversión forma parte de los nuevos negocios que han revitalizado el centro de Kingman. Este viernes noche tiene animación. “Celebramos la graduación del instituto”, explica Chip Debor, de 57 años, promoción del 87. Es un festejo “multicursos”. Comparten los que se graduaron hace 60 años y los del pasado verano, algunos en condición de abuelos y nietos.
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