De crío, en las tardes de junio de principios de los ochenta, el vecindario se detenía.
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De crío, en las tardes de junio de principios de los ochenta, el vecindario se detenía.
Se cancelaban los saltos mortales en la piscina y los partidos de baloncesto que organizaba Arturo, y corríamos a reunirnos en la casa de Luismi, o en la de Redha, o en la de Balducci. Con una improvisada merendola de por medio, presenciábamos el Brasil-Italia (¿cómo olvidar aquel hat trick del difunto Paolo Rossi?) o el sorprendente Alemania-Argelia del 82.
¡Victoria de los argelinos liderados por Bellumi y Madjer!
La vida era Fanta de naranja, el rap de Pino d’Angio y el tongo del Alemania-Austria
En fin, en aquellos tiempos todo se detenía, se detenía la verbena de Sant Joan, incluso el Mundial de subbuteo, maravilloso juego que los centennials no han descubierto ni descubrirán y que nos permitía tender colosales estadios en miniatura en el comedor familiar, escenarios magníficos como el que se había montado Carlos Vargas, con sus altos focos, sus banderines en cada córner y sus envidiables y envidiadas tribunas.

Celebrábamos cada minuto, cada gol, cada regate de Rummenigge, cada taconazo del intelectual Sócrates, cada entrega de Platini, y cuando aquel partido, cualquiera de ellos, terminaba, entonces empezaba el nuestro: regresábamos a la cancha de fútbol sala y jugábamos imitando a nuestros admirados mundialistas.
La vida era Fanta de naranja, el rap de Pino d’Angio (‘Che idea!, ma quale idea?’ ), el bigote de Gentile y el tongo del Alemania-Austria. Tan pronto como el alemán Horst Hrubesch marcaba el 1-0 (minuto 10), el partido se convertía en una vergüenza, con el balón en el centro del campo y ambos conjuntos sesteando sobre el césped, pues el resultado clasificaba a ambos, qué buenos vecinos, y apeaba a los argelinos.
–¡Que se besen, que se besen! –voceaba la grada del Molinón gijonés.

Pasamos días debatiendo acerca de aquel pasaje sonrojante: también para eso nos servía la Copa del Mundo, nos daba argumentos para el análisis geopolítico.
(Poca broma con el asunto: desde entonces, los dos últimos partidos de cada grupo se juegan simultáneamente; así se han desmantelado las especulaciones tramposas).
También vimos a Sandro Pertini, el presidente italiano, transmutado en tifosi en el palco del Bernabeu, y después el verano echó el telón y vinieron el otoño y el invierno y más Mundiales y después ya nada volvió a ser lo mismo: ahora aquellos niños somos adultos y el marketing nos condena a un Mundial excesivo (dentro de nada, ahí va el Congo-Uzbekistán) y los estadios de Subbuteo son ruinas olvidadas en algún desván y los críos se arrinconan en el cuarto para jugar al Pro Evolution Soccer con sus amigos virtuales.
Y los italianos, ay los italianos… bueno, a ellos les queda el tenis.
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