Novak Djokovic (39) lo intenta una y otra vez, torneo tras torneo, año tras año, y una y otra vez se topa con el gran muro. Asoma el invierno en la carrera de este coloso del tenis, el tenista de los récords que ansía uno más, acaso el mayor de todos, los 25 títulos del Grand Slam (el desempate con Margaret Court), pero no hay manera.
Jannik Sinner tumba al serbio por un triple 6-4 y se jugará el título con Sasha Zverev
Novak Djokovic (39) lo intenta una y otra vez, torneo tras torneo, año tras año, y una y otra vez se topa con el gran muro. Asoma el invierno en la carrera de este coloso del tenis, el tenista de los récords que ansía uno más, acaso el mayor de todos, los 25 títulos del Grand Slam (el desempate con Margaret Court), pero no hay manera.
No le dejan.
Unas veces le falla el físico.
Otras, Alcaraz.
Otras, como ahora, Sinner: el italiano le veta el pase a la final, le tumba por 6-4, 6-4 y 6-4 y se cita con otro gigantón, el alemán Sasha Zverev.
Djokovic aún castiga a los jóvenes, tenistas que podrían ser sus hijos; pero con Sinner no hay manera
Jannik Sinner (24) sale de un golpe de calor y se sacude las dudas a derechazos. Las dudas son consecuencia de este maldito cambio climático que sobrevuela Europa y hace de París una olla. O de Londres. Esta vez, el circuito ATP se asoma a los magníficos prados de Wimbledon, y en la pradera, el verde del césped amarillea y en el Centre Court, el termómetro se va a los 30ºC.
En las tribunas abundan las pamelas, las gorras y los ventiladores de mano y en la pista, Djokovic se pregunta:
–¿Y por qué no explota Sinner? ¿Por qué no desfallece y se desmaya como lo había hecho hace tres semanas, en Roland Garros?
Y no.
Sinner no desfallece, más bien al contrario, se maneja en modo robótico. Es tan académico y perfecto como (de nuevo) infalible, y para Djokovic es un problema grave.
Según los augures y los sabios del tenis, si Djokovic tenía alguna oportunidad de romper su desempate con Margaret Court, este era el momento. Hablaban del jardín de Wimbledon, aquel que comparten Federer y Djokovic, del slice, del patinaje en el césped, del tenis a cara y cruz y la capacidad del serbio para manejar todos los registros del juego. Es un mago este Djokovic, un djoker como se define en las redes sociales, pero Sinner es demasiado, y aprieta desde el fondo de la pista, le insiste en el revés, falla poco y de tanto martillear al serbio, le agota.
Ajenos a la Copa del Mundo de fútbol, los italianos se aferran al tenis para hallar la felicidad en estas jornadas deportivas de julio. Se aferran a Sinner, el pelirrojo patilargo que juega como una mantis religiosa, y Sinner les corresponde.
El largo pelirrojo envuelve a Djokovic igual que el djoker envolvía a sus víctimas, le atrapa en la red. Firma 16 aces, dos de ellos en el juego decisivo, gana el 87% de los puntos que se juegan con su primer saque, también resta de maravilla.
Y Djokovic se resigna.
No aparece la varita mágica del serbio. Avanza cabizbajo cuando afronta el tercer set, ya 2-0 abajo y con todo en su contra. Sinner vuelve a ser el Sinner de los grandes días, y envía mandobles a las esquinas, saca de pista a Djokovic, este fenómeno que será objeto de estudio en el futuro, o eso merece su longevidad. Sigue siendo elástico, dinámico y estético, un montón de palabras en esdrújula, y con esos recursos somete a un abanico de jóvenes que suman la mitad de su edad, casi podrían ser sus hijos, pero con Sinner no hay manera.
Sinner ya es demasiado.
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