Entre la calle de Inglaterra e Irlanda solo podía existir un cementerio. Es lo que tiene Carabanchel . Quizá pocos barrios representen hoy un Madrid tan madrileño, una pedanía que recoge como ninguna a todos los que huyeron de la M-30 por aquello de los precios y que hoy se rebela como el nuevo centro de la ciudad. Allí, al subir desde la glorieta Marqués de Vadillo, los vecinos de toda la vida acogen a los gatos que se quedan fuera al toque de convivir desde hace doscientos años con los buenos e ilustres muertos protestantes que la ciudad no dejó enterrar en San Isidro o La Almudena.Un grupo de ingleses intentaron comprar a finales del S. XVIII unos terrenos cercanos a la plaza de Colón para dar sepultura a sus muertos. Las autoridades municipales se lo impidieron, pues hasta para morirse hubo un tiempo en el que había que pedir permiso al alcalde. La cosa se alargó casi cincuenta años, hasta que un tabernero, Manuel Chacón, vendió unos terrenos para este campo no santo, ya que el Ayuntamiento les exigió que los entierros se celebrasen sin publicidad ni ostentación. Poco después, el 10 de febrero de ese mismo año, Arthur Thorold ocuparía el primer nicho bajo una representación de Excalibur, la espada del Rey Arturo. Así se construyó una de las paradojas de la forma de ser madrileña, pues algunos de los nombres que hicieron grande Madrid ni siquiera pudieron ser enterrados como el resto.Desde entonces, más de seiscientos finados descansan bajo este suelo de Madrid. No todos son ingleses, pues a medida que avanzaba el XIX, se decidió que allí reposarían musulmanes, judíos, ortodoxos y personas de toda índole o condición que hubieran formado parte de Madrid sin haber comulgado. Entre todos ellos hay aristócratas rusos, miembros de la antigua familia real de Georgia, banqueros, industriales y comerciantes. Entre los árboles aparece el panteón neoegipcio de los Bauer, vinculados a los Rothschild, que parece trasladado de algún rincón del viejo continente para terminar aquí. Allí está Emilio Lhardy, el francés que abrió en 1839 el restaurante de la Carrera de San Jerónimo. También William Parish y Matilde de Fassi, fundadores del Circo Price, que llenaron de acróbatas y espectáculos las tardes madrileñas. Descansan miembros de la familia Loewe, los industriales Boetticher y Girod, Margaret Taylor, fundadora de Embassy, y Charles Clifford, el fotógrafo galés que retrató la España de Isabel II. Casi todos llegaron de fuera, pero dejaron algo que permanece. De hecho, podría decirse que en este cementerio se enterraba a extranjeros que aún siguen trabajando para Madrid.Durante cuatro generaciones, la familia Garrido vivió dentro del cementerio ocupándose del lugar. La actriz Rita Garrido, que llegó a ser la musa de la interpretación, creció entre tumbas y mausoleos marcando así un carácter de matices excepcionales. Hay que ser muy madrileño para criar a seis hijas en un cementerio británico en Carabanchel y que una de ellas termine triunfando sobre las tablas de La Latina. Cosas de aquí.Más de seiscientos finados descansan bajo este suelo de Madrid y no todos los que allí reposan son inglesesPasear por este lugar es un viaje a la tranquilidad. Entre sus lápidas antiguas, sus árboles, los monumentos y esa especie de desorden equilibrado del paisaje inglés, uno piensa que está caminando por las calles de otro siglo. Por las veredas que rodean las tumbas hay espías e informantes que se vinieron a Madrid durante los años de la II Guerra Mundial, aviadores de las dos guerras y todo tipo de personajes anónimos que se vieron sorprendidos por la guadaña lejos de sus países natales. Industriales, empresarios, militares o intelectuales; muchos son los que forman este lugar sagrado de la memoria que, dos siglos después, representa un centro histórico de un barrio que está de moda por mucho que no le apeteciera.Madrid es así. Cuando decide de una vez adoptar a personas que la han hecho especial, lo hace quedándose con sus muertos. Por eso cuando alguien me pregunta cuál es el barrio de Madrid más mestizo le digo que, sin duda, Carabanchel. Allí hay georgianos, rusos, ingleses, franceses, alemanes e incluso algún escritor segoviano que ha echado raíces entre sus calles. Más de dos siglos mirando a la ciudad de reojo para que, al final, ninguna otra parte de Madrid represente mejor los dos últimos siglos de la historia mundial entre sus calles. Crucen el Manzanares y paseen este trozo de nuestra memoria. Entre la calle de Inglaterra e Irlanda solo podía existir un cementerio. Es lo que tiene Carabanchel . Quizá pocos barrios representen hoy un Madrid tan madrileño, una pedanía que recoge como ninguna a todos los que huyeron de la M-30 por aquello de los precios y que hoy se rebela como el nuevo centro de la ciudad. Allí, al subir desde la glorieta Marqués de Vadillo, los vecinos de toda la vida acogen a los gatos que se quedan fuera al toque de convivir desde hace doscientos años con los buenos e ilustres muertos protestantes que la ciudad no dejó enterrar en San Isidro o La Almudena.Un grupo de ingleses intentaron comprar a finales del S. XVIII unos terrenos cercanos a la plaza de Colón para dar sepultura a sus muertos. Las autoridades municipales se lo impidieron, pues hasta para morirse hubo un tiempo en el que había que pedir permiso al alcalde. La cosa se alargó casi cincuenta años, hasta que un tabernero, Manuel Chacón, vendió unos terrenos para este campo no santo, ya que el Ayuntamiento les exigió que los entierros se celebrasen sin publicidad ni ostentación. Poco después, el 10 de febrero de ese mismo año, Arthur Thorold ocuparía el primer nicho bajo una representación de Excalibur, la espada del Rey Arturo. Así se construyó una de las paradojas de la forma de ser madrileña, pues algunos de los nombres que hicieron grande Madrid ni siquiera pudieron ser enterrados como el resto.Desde entonces, más de seiscientos finados descansan bajo este suelo de Madrid. No todos son ingleses, pues a medida que avanzaba el XIX, se decidió que allí reposarían musulmanes, judíos, ortodoxos y personas de toda índole o condición que hubieran formado parte de Madrid sin haber comulgado. Entre todos ellos hay aristócratas rusos, miembros de la antigua familia real de Georgia, banqueros, industriales y comerciantes. Entre los árboles aparece el panteón neoegipcio de los Bauer, vinculados a los Rothschild, que parece trasladado de algún rincón del viejo continente para terminar aquí. Allí está Emilio Lhardy, el francés que abrió en 1839 el restaurante de la Carrera de San Jerónimo. También William Parish y Matilde de Fassi, fundadores del Circo Price, que llenaron de acróbatas y espectáculos las tardes madrileñas. Descansan miembros de la familia Loewe, los industriales Boetticher y Girod, Margaret Taylor, fundadora de Embassy, y Charles Clifford, el fotógrafo galés que retrató la España de Isabel II. Casi todos llegaron de fuera, pero dejaron algo que permanece. De hecho, podría decirse que en este cementerio se enterraba a extranjeros que aún siguen trabajando para Madrid.Durante cuatro generaciones, la familia Garrido vivió dentro del cementerio ocupándose del lugar. La actriz Rita Garrido, que llegó a ser la musa de la interpretación, creció entre tumbas y mausoleos marcando así un carácter de matices excepcionales. Hay que ser muy madrileño para criar a seis hijas en un cementerio británico en Carabanchel y que una de ellas termine triunfando sobre las tablas de La Latina. Cosas de aquí.Más de seiscientos finados descansan bajo este suelo de Madrid y no todos los que allí reposan son inglesesPasear por este lugar es un viaje a la tranquilidad. Entre sus lápidas antiguas, sus árboles, los monumentos y esa especie de desorden equilibrado del paisaje inglés, uno piensa que está caminando por las calles de otro siglo. Por las veredas que rodean las tumbas hay espías e informantes que se vinieron a Madrid durante los años de la II Guerra Mundial, aviadores de las dos guerras y todo tipo de personajes anónimos que se vieron sorprendidos por la guadaña lejos de sus países natales. Industriales, empresarios, militares o intelectuales; muchos son los que forman este lugar sagrado de la memoria que, dos siglos después, representa un centro histórico de un barrio que está de moda por mucho que no le apeteciera.Madrid es así. Cuando decide de una vez adoptar a personas que la han hecho especial, lo hace quedándose con sus muertos. Por eso cuando alguien me pregunta cuál es el barrio de Madrid más mestizo le digo que, sin duda, Carabanchel. Allí hay georgianos, rusos, ingleses, franceses, alemanes e incluso algún escritor segoviano que ha echado raíces entre sus calles. Más de dos siglos mirando a la ciudad de reojo para que, al final, ninguna otra parte de Madrid represente mejor los dos últimos siglos de la historia mundial entre sus calles. Crucen el Manzanares y paseen este trozo de nuestra memoria.
Entre la calle de Inglaterra e Irlanda solo podía existir un cementerio. Es lo que tiene Carabanchel. Quizá pocos barrios representen hoy un Madrid tan madrileño, una pedanía que recoge como ninguna a todos los que huyeron de la M-30 por aquello de … los precios y que hoy se rebela como el nuevo centro de la ciudad. Allí, al subir desde la glorieta Marqués de Vadillo, los vecinos de toda la vida acogen a los gatos que se quedan fuera al toque de convivir desde hace doscientos años con los buenos e ilustres muertos protestantes que la ciudad no dejó enterrar en San Isidro o La Almudena.
Un grupo de ingleses intentaron comprar a finales del S. XVIII unos terrenos cercanos a la plaza de Colón para dar sepultura a sus muertos. Las autoridades municipales se lo impidieron, pues hasta para morirse hubo un tiempo en el que había que pedir permiso al alcalde. La cosa se alargó casi cincuenta años, hasta que un tabernero, Manuel Chacón, vendió unos terrenos para este campo no santo, ya que el Ayuntamiento les exigió que los entierros se celebrasen sin publicidad ni ostentación. Poco después, el 10 de febrero de ese mismo año, Arthur Thorold ocuparía el primer nicho bajo una representación de Excalibur, la espada del Rey Arturo. Así se construyó una de las paradojas de la forma de ser madrileña, pues algunos de los nombres que hicieron grande Madrid ni siquiera pudieron ser enterrados como el resto.
Desde entonces, más de seiscientos finados descansan bajo este suelo de Madrid. No todos son ingleses, pues a medida que avanzaba el XIX, se decidió que allí reposarían musulmanes, judíos, ortodoxos y personas de toda índole o condición que hubieran formado parte de Madrid sin haber comulgado. Entre todos ellos hay aristócratas rusos, miembros de la antigua familia real de Georgia, banqueros, industriales y comerciantes.
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Entre los árboles aparece el panteón neoegipcio de los Bauer, vinculados a los Rothschild, que parece trasladado de algún rincón del viejo continente para terminar aquí. Allí está Emilio Lhardy, el francés que abrió en 1839 el restaurante de la Carrera de San Jerónimo. También William Parish y Matilde de Fassi, fundadores del Circo Price, que llenaron de acróbatas y espectáculos las tardes madrileñas. Descansan miembros de la familia Loewe, los industriales Boetticher y Girod, Margaret Taylor, fundadora de Embassy, y Charles Clifford, el fotógrafo galés que retrató la España de Isabel II. Casi todos llegaron de fuera, pero dejaron algo que permanece. De hecho, podría decirse que en este cementerio se enterraba a extranjeros que aún siguen trabajando para Madrid.
Durante cuatro generaciones, la familia Garrido vivió dentro del cementerio ocupándose del lugar. La actriz Rita Garrido, que llegó a ser la musa de la interpretación, creció entre tumbas y mausoleos marcando así un carácter de matices excepcionales. Hay que ser muy madrileño para criar a seis hijas en un cementerio británico en Carabanchel y que una de ellas termine triunfando sobre las tablas de La Latina. Cosas de aquí.
Más de seiscientos finados descansan bajo este suelo de Madrid y no todos los que allí reposan son ingleses
Pasear por este lugar es un viaje a la tranquilidad. Entre sus lápidas antiguas, sus árboles, los monumentos y esa especie de desorden equilibrado del paisaje inglés, uno piensa que está caminando por las calles de otro siglo. Por las veredas que rodean las tumbas hay espías e informantes que se vinieron a Madrid durante los años de la II Guerra Mundial, aviadores de las dos guerras y todo tipo de personajes anónimos que se vieron sorprendidos por la guadaña lejos de sus países natales. Industriales, empresarios, militares o intelectuales; muchos son los que forman este lugar sagrado de la memoria que, dos siglos después, representa un centro histórico de un barrio que está de moda por mucho que no le apeteciera.
Madrid es así. Cuando decide de una vez adoptar a personas que la han hecho especial, lo hace quedándose con sus muertos. Por eso cuando alguien me pregunta cuál es el barrio de Madrid más mestizo le digo que, sin duda, Carabanchel. Allí hay georgianos, rusos, ingleses, franceses, alemanes e incluso algún escritor segoviano que ha echado raíces entre sus calles. Más de dos siglos mirando a la ciudad de reojo para que, al final, ninguna otra parte de Madrid represente mejor los dos últimos siglos de la historia mundial entre sus calles. Crucen el Manzanares y paseen este trozo de nuestra memoria.
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