Me enamoran los comienzos, de los poemas, «Porque te tengo, y no. Porque te pienso»; de las novelas, «Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados»; de los cuentos, «Todos los niños, excepto uno, crecen». Los principios poseen una fuerza arrolladora, la curiosa intensidad de lo que empieza sin rastro de rutina. También el inicio de curso tiene un sabor siempre nuevo, de aulas, libros, cuadernos, amigos, profesores capaces de casi todo y el sonido del alboroto de la chiquillería y de los adolescentes con la mochila a la espalda y su futuro a la espera.Derroche de novedad y entusiasmo, empañado ahora, sin embargo, por el Informe PISA , siempre inoportuno y polémico. Sus resultados, que evalúan a jóvenes de más de ochenta países en ciencias, lectura y matemáticas, muestran un descenso generalizado, pero los nuestros son demoledores: los peores de todas las ediciones hasta ahora. España queda por debajo de la media en los tres ámbitos de que se ocupa el estudio, y Andalucía, tristemente, está más de diez puntos por debajo del promedio nacional. En comprensión lectora, competencia fundamental para el logro del resto de los aprendizajes, España queda de forma llamativa tras la media de la OCDE y del conjunto de la UE. Este declive monumental apunta al descalabro del sistema. No es problema de los centros, que hacen lo que pueden y les permiten, ni del profesorado, vocacional y entregado, sino de una legislación que redujo los objetivos educativos, anuló la cultura del esfuerzo, rebajó la exigencia para evitar lo que malinterpretó como fracaso y no ha sabido responder a los cambios profundos asociados a los dispositivos móviles , la falta de atención sostenida, la pérdida del hábito lector y la irrupción de la IA. Nunca es triste la verdad, pero, desmintiendo a Aute, sí que tiene remedio. Y sí, los profesores no dudamos del amor a los niños y jóvenes que la sociedad nos ha confiado, esperamos que los libros no duerman en un cementerio y que cada alumno llegue a ser un adulto bueno, sabio y libre. Me enamoran los comienzos, de los poemas, «Porque te tengo, y no. Porque te pienso»; de las novelas, «Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados»; de los cuentos, «Todos los niños, excepto uno, crecen». Los principios poseen una fuerza arrolladora, la curiosa intensidad de lo que empieza sin rastro de rutina. También el inicio de curso tiene un sabor siempre nuevo, de aulas, libros, cuadernos, amigos, profesores capaces de casi todo y el sonido del alboroto de la chiquillería y de los adolescentes con la mochila a la espalda y su futuro a la espera.Derroche de novedad y entusiasmo, empañado ahora, sin embargo, por el Informe PISA , siempre inoportuno y polémico. Sus resultados, que evalúan a jóvenes de más de ochenta países en ciencias, lectura y matemáticas, muestran un descenso generalizado, pero los nuestros son demoledores: los peores de todas las ediciones hasta ahora. España queda por debajo de la media en los tres ámbitos de que se ocupa el estudio, y Andalucía, tristemente, está más de diez puntos por debajo del promedio nacional. En comprensión lectora, competencia fundamental para el logro del resto de los aprendizajes, España queda de forma llamativa tras la media de la OCDE y del conjunto de la UE. Este declive monumental apunta al descalabro del sistema. No es problema de los centros, que hacen lo que pueden y les permiten, ni del profesorado, vocacional y entregado, sino de una legislación que redujo los objetivos educativos, anuló la cultura del esfuerzo, rebajó la exigencia para evitar lo que malinterpretó como fracaso y no ha sabido responder a los cambios profundos asociados a los dispositivos móviles , la falta de atención sostenida, la pérdida del hábito lector y la irrupción de la IA. Nunca es triste la verdad, pero, desmintiendo a Aute, sí que tiene remedio. Y sí, los profesores no dudamos del amor a los niños y jóvenes que la sociedad nos ha confiado, esperamos que los libros no duerman en un cementerio y que cada alumno llegue a ser un adulto bueno, sabio y libre.
Me enamoran los comienzos, de los poemas, «Porque te tengo, y no. Porque te pienso»; de las novelas, «Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados»; de los cuentos, «Todos los niños, … excepto uno, crecen». Los principios poseen una fuerza arrolladora, la curiosa intensidad de lo que empieza sin rastro de rutina. También el inicio de curso tiene un sabor siempre nuevo, de aulas, libros, cuadernos, amigos, profesores capaces de casi todo y el sonido del alboroto de la chiquillería y de los adolescentes con la mochila a la espalda y su futuro a la espera.
Derroche de novedad y entusiasmo, empañado ahora, sin embargo, por el Informe PISA, siempre inoportuno y polémico. Sus resultados, que evalúan a jóvenes de más de ochenta países en ciencias, lectura y matemáticas, muestran un descenso generalizado, pero los nuestros son demoledores: los peores de todas las ediciones hasta ahora. España queda por debajo de la media en los tres ámbitos de que se ocupa el estudio, y Andalucía, tristemente, está más de diez puntos por debajo del promedio nacional. En comprensión lectora, competencia fundamental para el logro del resto de los aprendizajes, España queda de forma llamativa tras la media de la OCDE y del conjunto de la UE. Este declive monumental apunta al descalabro del sistema. No es problema de los centros, que hacen lo que pueden y les permiten, ni del profesorado, vocacional y entregado, sino de una legislación que redujo los objetivos educativos, anuló la cultura del esfuerzo, rebajó la exigencia para evitar lo que malinterpretó como fracaso y no ha sabido responder a los cambios profundos asociados a los dispositivos móviles, la falta de atención sostenida, la pérdida del hábito lector y la irrupción de la IA.
Nunca es triste la verdad, pero, desmintiendo a Aute, sí que tiene remedio. Y sí, los profesores no dudamos del amor a los niños y jóvenes que la sociedad nos ha confiado, esperamos que los libros no duerman en un cementerio y que cada alumno llegue a ser un adulto bueno, sabio y libre.
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