La segunda temporada de El Marqués reconstruye uno de los mayores escándalos policiales de la democracia, que acabó con tres agentes condenados. La recreación de los años 80 y la extraordinaria interpretación de Pablo Louazel convierten el regreso de la ficción en algo más que una serie de sucesos Leer La segunda temporada de El Marqués reconstruye uno de los mayores escándalos policiales de la democracia, que acabó con tres agentes condenados. La recreación de los años 80 y la extraordinaria interpretación de Pablo Louazel convierten el regreso de la ficción en algo más que una serie de sucesos Leer
Noviembre de 1983. España llevaba apenas ocho años sin Franco, seis desde sus primeras elecciones democráticas y uno desde la histórica victoria de Felipe González. La democracia trataba de asentarse, pero en algunas dependencias policiales las sombras de la dictadura seguían siendo demasiado alargadas. El 12 de noviembre, Santiago Corella, conocido como El Nani, un delincuente habitual de los bajos fondos madrileños, fue detenido por su presunta participación en el atraco a una joyería en el que había sido asesinado su propietario. Lo trasladaron a dependencias policiales de la Puerta del Sol. Nunca más se volvió a saber de él. Ni vivo ni muerto. Ni siquiera apareció su cadáver. Lo que comenzó como la desaparición de un delincuente común terminó convirtiéndose en uno de los mayores escándalos policiales de la democracia española, con un juicio que sentó en el banquillo a siete policías y puso bajo escrutinio a los máximos responsables de Interior. La democracia descubrió que algunos de sus peores fantasmas no habían desaparecido con la dictadura.
Cuarenta y tres años después, la historia de El Nani regresa a la televisión convertida en la segunda temporada de El Marqués, la serie de Unicorn Content -la productora de Ana Rosa Quintana- que en su primera entrega reconstruyó el crimen de Los Galindos. Ahora, bajo el título de El Marqués 1985, la ficción se adentra en una España mucho más oscura de lo que acostumbran a mostrar las imágenes de la Movida madrileña, los grandes cambios sociales o la modernidad que empezaba a abrirse paso. Una España de delincuentes de poca monta, confidentes, comisarías, interrogatorios, miedo y silencios. Sobre todo, silencios. Porque si algo demostró el caso de El Nani fue que no hacía falta ser inocente para tener derecho a que el Estado protegiera tu vida.
La versión policial sostuvo que Santiago Corella había conseguido escapar cuando varios agentes lo trasladaron a un descampado para buscar las armas utilizadas en el atraco. Una explicación que nunca convenció a su familia y que acabaría desmoronándose ante los tribunales. En septiembre de 1988, cinco años después de su desaparición, tres policías fueron condenados a más de 29 años de prisión cada uno. El juicio había llevado incluso a declarar al entonces ministro del Interior, José Barrionuevo, al secretario de Estado para la Seguridad, Rafael Vera, y al director general de la Policía, José María Rodríguez Colorado. El caso de un hombre al que muchos habrían preferido olvidar había terminado poniendo contra las cuerdas a una parte del aparato policial del Estado.
Y es precisamente esa historia la que recupera El Marqués 1985, con una decisión narrativa que funciona: no necesita esperar a que el espectador conozca el desenlace para estremecerlo. La ficción comienza con la detención de El Nani y su traslado a la entonces denominada Dirección General de Seguridad. Desde ese instante, el espectador sabe que está contemplando el principio de una desaparición que marcaría la historia reciente de España. Y esa certeza convierte cada gesto, cada mirada y cada silencio en una amenaza.
La reconstrucción visual de los años 80 es uno de los grandes aciertos de esta segunda temporada. La ambientación no se limita a vestir a los personajes con ropa de época, colocar unos cuantos coches antiguos o reproducir las oficinas policiales de entonces. La serie consigue trasladar al espectador a una época que parece casi poder olerse, a aquella España que todavía arrastraba demasiadas costumbres del pasado mientras intentaba construir un futuro distinto. El ambiente resulta reconocible, opresivo, incómodo. Y esa incomodidad es fundamental para entender lo que se está contando.
Pero por encima de la ambientación, de la historia y de un reparto con nombres tan reconocibles como Gonzalo de Castro, Fran Perea o Jorge Usón, hay un descubrimiento que merece detenerse: Pablo Louazel.
Formado en la Real Escuela Superior de Arte Dramático y con experiencia en teatro, cine y televisión, el actor encuentra en El Nani un personaje con el que demostrar una capacidad interpretativa que merece mucha más atención.
Su nombre puede resultar todavía desconocido para buena parte del público, aunque su trayectoria ya incluye participaciones en Élite, Mar afuera, La caza. Irati o la película Menudas piezas. También ha trabajado sobre los escenarios y se ha formado en el Cours Florent de París. No es, por tanto, un recién llegado a la interpretación, pero el personaje de El Nani supone un salto de enorme importancia en su carrera.
Louazel tiene algo que no se aprende únicamente en una escuela de interpretación: una presencia capaz de atrapar la mirada del espectador sin necesidad de grandes discursos. Su El Nani recuerda inevitablemente a aquellos actores del cine quinqui español de finales de los 70 y principios de los 80. A aquellos rostros que parecían haber salido directamente de la calle, que no necesitaban aparentar dureza porque la llevaban escrita en la cara y que conseguían transmitir una mezcla de desafío, fragilidad y fatalismo difícil de reproducir.
Es imposible no pensar en aquel cine de Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma, en los personajes que convirtieron a José Luis Manzano o Ángel Fernández Franco, El Torete, en símbolos de una generación marcada por la delincuencia, la marginalidad y la falta de oportunidades. No porque Louazel los imite, sino porque consigue algo parecido: que durante unos instantes desaparezca el actor y sólo quede el personaje.
Y eso es lo verdaderamente extraordinario de su interpretación. Su El Nani no necesita resultar simpático, ni mucho menos convertirse en un héroe. Es un delincuente, un hombre de los bajos fondos, alguien acostumbrado a moverse en los márgenes. Pero también es un ser humano al que el espectador observa sabiendo algo que él todavía desconoce: que está a punto de desaparecer para siempre.
La tentación de una ficción de estas características podría haber sido convertirlo en una víctima sin aristas, suavizar su pasado o buscar una redención que facilitase la empatía. Sin embargo, lo que hace tan interesante el trabajo de Louazel es precisamente que no necesita borrar las contradicciones del personaje para hacerlo creíble. Su interpretación tiene una naturalidad poco frecuente, una mezcla de insolencia y vulnerabilidad que recuerda a aquellos intérpretes que hicieron grande el cine quinqui sin pasar necesariamente por los caminos tradicionales de la profesión.
No es sencillo destacar de semejante manera en una producción que cuenta con intérpretes de tanta experiencia. José Pastor recupera el personaje de Onofre Romera, el periodista que investigó el crimen de Los Galindos y que ahora trabaja como reportero de sucesos en Madrid. Su presencia permite enlazar ambas temporadas y, sobre todo, recuperar otra de las grandes claves de la historia de El Nani: el papel del periodismo en el descubrimiento de lo que había ocurrido.
Porque el caso no se entiende sin la perseverancia de la familia de Santiago Corella, sin sus denuncias y sin los periodistas que se negaron a aceptar la versión oficial. En una época en la que cuestionar determinadas actuaciones policiales todavía podía tener consecuencias, investigar la desaparición de un delincuente común significaba enfrentarse a un muro de silencios y a una maquinaria institucional que no siempre facilitaba encontrar respuestas. El periodismo no fue un mero espectador de aquella historia. Fue una parte fundamental de ella.
La segunda temporada de El Marqués, producida por Kaixo Unicorn, filial de Unicorn Content, consta de seis capítulos. Su primer episodio se estrenó el 23 de octubre en Mediaset Infinity y la temporada completa llegó un día después a Prime Video. Una nueva apuesta por convertir episodios de la crónica negra española en ficción televisiva, esta vez con una historia en la que la delincuencia y la corrupción policial se entrecruzan hasta hacer prácticamente imposible distinguir dónde empieza una y termina la otra.
Conviene recordar, además, que el caso de El Nani sigue teniendo una herida abierta. Aunque hubo condenas y quedó acreditada judicialmente la responsabilidad de los agentes, el cuerpo de Santiago Corella nunca apareció. Su familia jamás pudo enterrarlo. Nunca se ha esclarecido por completo qué ocurrió con sus restos. Y esa ausencia es quizá la imagen más terrible de toda la historia. La de un hombre que entró bajo custodia policial y del que no volvió a quedar más que un nombre, una fotografía y una pregunta sin respuesta.
El Nani desapareció en 1983. La Justicia tardó cinco años en condenar a quienes debían haberlo protegido. Y más de cuatro décadas después se sigue sin saber dónde está su cuerpo. La televisión no va a resolver ese misterio, pero sí puede conseguir algo que también importa: impedir que el tiempo termine por enterrarlo.
Porque lo más aterrador del caso de El Nani no es que un hombre desapareciera sin dejar rastro. Es que desapareció precisamente cuando estaba en manos de quienes tenían la obligación de protegerlo.
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