Con la memoria fresca de la Revolución, del Bonapartismo y de la Comuna de París, el gran escritor Víctor Hugo reflexionaba: «no sabemos qué podría llegar a ser un Papa… un Papa que se mueva con los tiempos podría conmover al mundo». El autor de ‘Los Miserables’ se refería, quizás, a un Papa que supiera estar en el presente… y que al mismo tiempo lleve consigo algo que atraviesa los tiempos, una semilla de eternidad. Pues bien, la Francia que ha hecho del laicismo una seña de su identidad nacional, pero en la que la savia católica nunca ha dejado de fluir de mil maneras en sus estratos más profundos y también en sus expresiones cotidianas, recibe este viernes a León XIV , un Papa que recoge toda la Tradición católica y que de ella ha sabido extraer un juicio histórico sobre esta época de incertidumbres en su reciente encíclica ‘Magnífica humanitas’. Las últimas noticias hablan de que se han agotado las 600.000 plazas previstas inicialmente para participar en la Misa que el Papa celebrará en Los Campos Elíseos, lo que ha obligado a agrandar el perímetro inicialmente previsto. Una cifra es sólo eso, pero es indicativa. No haré mía la cínica expresión, tan francesa, de «París bien vale una Misa» , más bien diré que, para estupor de algunos aprendices de profetas, en el París del glamur, de la diversión y de la cultura, que había roto amarras con la tradición cristiana, la sed de significado bulle y las antenas se vuelven, ironías de la historia, hacia un hombre que llega de Roma, heredero y portador de la misma sabiduría que los revolucionarios de 1789 pisotearon y cuya desaparición definitiva anunciaron. No tan deprisa. Pero León XIV no llega con ánimo de revancha. Llega desarmado en estos tiempos violentos, sin nostalgia de pasados resplandores, con la mano tendida, con la razón abierta a la que se refirió con palabras de oro Benedicto XVI en su histórico discurso en Colegio de los Bernardinos, en 2008. Ante las fuerzas vivas de la intelectualidad francesa, Benedicto señaló que el lema ‘Quarere Deum’ es el emblema profundo de Europa. Ahora, León llega como testigo de una fe que se traduce en caridad y en cultura para sostener la vida de las personas, construir comunidad y generar futuro . Llega para salir al encuentro de una nueva generación que se ha librado de muchos prejuicios, que busca y vuelve a interrogar con interés y confianza a la Iglesia. Seguramente no tiene sentido hablar de Francia como «la hija mayor de la Iglesia» , aunque en su tierra hayan crecido tantos santos y se hayan levantado hermosas catedrales. Pero como diría el gran poeta Charles Péguy, «hoy sucede la misma historia, la de hace dos mil años». Y el sucesor de Pedro, como intuía Víctor Hugo, podría conmover a Francia. Con la memoria fresca de la Revolución, del Bonapartismo y de la Comuna de París, el gran escritor Víctor Hugo reflexionaba: «no sabemos qué podría llegar a ser un Papa… un Papa que se mueva con los tiempos podría conmover al mundo». El autor de ‘Los Miserables’ se refería, quizás, a un Papa que supiera estar en el presente… y que al mismo tiempo lleve consigo algo que atraviesa los tiempos, una semilla de eternidad. Pues bien, la Francia que ha hecho del laicismo una seña de su identidad nacional, pero en la que la savia católica nunca ha dejado de fluir de mil maneras en sus estratos más profundos y también en sus expresiones cotidianas, recibe este viernes a León XIV , un Papa que recoge toda la Tradición católica y que de ella ha sabido extraer un juicio histórico sobre esta época de incertidumbres en su reciente encíclica ‘Magnífica humanitas’. Las últimas noticias hablan de que se han agotado las 600.000 plazas previstas inicialmente para participar en la Misa que el Papa celebrará en Los Campos Elíseos, lo que ha obligado a agrandar el perímetro inicialmente previsto. Una cifra es sólo eso, pero es indicativa. No haré mía la cínica expresión, tan francesa, de «París bien vale una Misa» , más bien diré que, para estupor de algunos aprendices de profetas, en el París del glamur, de la diversión y de la cultura, que había roto amarras con la tradición cristiana, la sed de significado bulle y las antenas se vuelven, ironías de la historia, hacia un hombre que llega de Roma, heredero y portador de la misma sabiduría que los revolucionarios de 1789 pisotearon y cuya desaparición definitiva anunciaron. No tan deprisa. Pero León XIV no llega con ánimo de revancha. Llega desarmado en estos tiempos violentos, sin nostalgia de pasados resplandores, con la mano tendida, con la razón abierta a la que se refirió con palabras de oro Benedicto XVI en su histórico discurso en Colegio de los Bernardinos, en 2008. Ante las fuerzas vivas de la intelectualidad francesa, Benedicto señaló que el lema ‘Quarere Deum’ es el emblema profundo de Europa. Ahora, León llega como testigo de una fe que se traduce en caridad y en cultura para sostener la vida de las personas, construir comunidad y generar futuro . Llega para salir al encuentro de una nueva generación que se ha librado de muchos prejuicios, que busca y vuelve a interrogar con interés y confianza a la Iglesia. Seguramente no tiene sentido hablar de Francia como «la hija mayor de la Iglesia» , aunque en su tierra hayan crecido tantos santos y se hayan levantado hermosas catedrales. Pero como diría el gran poeta Charles Péguy, «hoy sucede la misma historia, la de hace dos mil años». Y el sucesor de Pedro, como intuía Víctor Hugo, podría conmover a Francia.
Con la memoria fresca de la Revolución, del Bonapartismo y de la Comuna de París, el gran escritor Víctor Hugo reflexionaba: «no sabemos qué podría llegar a ser un Papa… un Papa que se mueva con los tiempos podría conmover al mundo». El autor de ‘ … Los Miserables’ se refería, quizás, a un Papa que supiera estar en el presente… y que al mismo tiempo lleve consigo algo que atraviesa los tiempos, una semilla de eternidad. Pues bien, la Francia que ha hecho del laicismo una seña de su identidad nacional, pero en la que la savia católica nunca ha dejado de fluir de mil maneras en sus estratos más profundos y también en sus expresiones cotidianas, recibe este viernes a León XIV, un Papa que recoge toda la Tradición católica y que de ella ha sabido extraer un juicio histórico sobre esta época de incertidumbres en su reciente encíclica ‘Magnífica humanitas’.
Las últimas noticias hablan de que se han agotado las 600.000 plazas previstas inicialmente para participar en la Misa que el Papa celebrará en Los Campos Elíseos, lo que ha obligado a agrandar el perímetro inicialmente previsto. Una cifra es sólo eso, pero es indicativa. No haré mía la cínica expresión, tan francesa, de «París bien vale una Misa», más bien diré que, para estupor de algunos aprendices de profetas, en el París del glamur, de la diversión y de la cultura, que había roto amarras con la tradición cristiana, la sed de significado bulle y las antenas se vuelven, ironías de la historia, hacia un hombre que llega de Roma, heredero y portador de la misma sabiduría que los revolucionarios de 1789 pisotearon y cuya desaparición definitiva anunciaron. No tan deprisa.
Pero León XIV no llega con ánimo de revancha. Llega desarmado en estos tiempos violentos, sin nostalgia de pasados resplandores, con la mano tendida, con la razón abierta a la que se refirió con palabras de oro Benedicto XVI en su histórico discurso en Colegio de los Bernardinos, en 2008. Ante las fuerzas vivas de la intelectualidad francesa, Benedicto señaló que el lema ‘Quarere Deum’ es el emblema profundo de Europa. Ahora, León llega como testigo de una fe que se traduce en caridad y en cultura para sostener la vida de las personas, construir comunidad y generar futuro. Llega para salir al encuentro de una nueva generación que se ha librado de muchos prejuicios, que busca y vuelve a interrogar con interés y confianza a la Iglesia.
Seguramente no tiene sentido hablar de Francia como «la hija mayor de la Iglesia», aunque en su tierra hayan crecido tantos santos y se hayan levantado hermosas catedrales. Pero como diría el gran poeta Charles Péguy, «hoy sucede la misma historia, la de hace dos mil años». Y el sucesor de Pedro, como intuía Víctor Hugo, podría conmover a Francia.
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