La fatiga carga sus piernas y en sus tripas ruge el hambre. Salen de entre las colinas y se esconden entre matorrales a fin de burlas el control que se extiende por la ciudad. Pero son ya menos y Ceuta lo ha notado así que los vecinos ya pueblan las calles y reabren los comercios, no sin cierta timidez. Algunos lo hacen con un vigilante en la puerta y otros con cajas improvisadas que hacen de barrera ante infortunios.Los magrebíes se congregan por decenas frente a estos comercios abiertos, incluso ante los que todavía no lo están. Ahora lo hacen, en su mayoría, ya con educación, aunque siempre hay quien pierde las formas. No es la misma estampa que hace días se veía en los muy escasos comercios abiertos, donde se producían tensiones que terminaban en griterío e incluso agresiones cuando los tenderos trataban de salvaguardar el orden ante la insistencia de los inmigrantes.«Ayer abrir era jugársela pero hoy todo está mucho más tranquilo», asegura el dueño de un comercio mientras hace guardia en la puerta para controlar entradas y salidas. Es la medida que ellos han tomado este sábado para abrir, que dos atiendan y uno mantenga un orden que, a media mañana, permanece inalterado . En su tienda, que hace las veces de estanco y papelería, lo que peligra es el tabaco.A solo unas pocas calles de él, la carnicería y charcutería Al Aqsa enseña su mostrador vacío. «Está la cosa muy mal, no me dejaron poner las cosas de la carnicería », cuenta su dueño, un autónomo para el que varios días de cierre se han convertido en cuantiosas pérdidas. La entrada de su establecimiento está protegida con unas antiguas cajas de fruta y botellas de zumo apiladas hasta la altura de la rodilla, que poco pueden hacer si alguien se decide a entrar. Y fuera hay algunos que querrían hacerlo pero esperan. Quienes tienen dinero compran y quienes no lo piden al potencial cliente. Se llevan las manos a la boca como simulando ingerir alimento y extienden la mano, que si por favor. «Acabo de abrir y vinieron a comprar cosas, piden zumo y cosas para comer, pan y atún. Te quieren pagar pero vienen con dirham y no acepto» , cuenta el trabajador.Él se muestra algo preocupado pero la calle en la que se ubica su establecimiento no es de las más céntricas ni de las más frecuentadas. Más cerca de la playa, donde la sombra se retira y la humedad oprime, hay persianas que comienzan a subirse. La de Alí lo hace desde el corazón porque el suyo no es un local de comida sino una oficina de alquiler de coches que abre solo para prestar ayuda. Deja asiento a quienes, sofocados o heridos, acuden en su socorro . Presta wifi desde el código QR de su móvil y les proporciona efectivo a cambio de Bizums.Alí, que atiende en su comercio a magrebíes necesitados. Natalia Loizaga«Por la tarde de ayer estuve llenando garrafas de agua, unas doscientas fueron, y lo que tenía se lo daba, porque no había nadie que les ayudase», cuenta Alí, que ha cargado tantos teléfonos que incluso ha saltado la luz . Le ampara una ventaja y es que habla tan bien español como árabe. Y rota la barrera del idioma, destruye la de la desconfianza y tiende su mano para ayudar. La fatiga carga sus piernas y en sus tripas ruge el hambre. Salen de entre las colinas y se esconden entre matorrales a fin de burlas el control que se extiende por la ciudad. Pero son ya menos y Ceuta lo ha notado así que los vecinos ya pueblan las calles y reabren los comercios, no sin cierta timidez. Algunos lo hacen con un vigilante en la puerta y otros con cajas improvisadas que hacen de barrera ante infortunios.Los magrebíes se congregan por decenas frente a estos comercios abiertos, incluso ante los que todavía no lo están. Ahora lo hacen, en su mayoría, ya con educación, aunque siempre hay quien pierde las formas. No es la misma estampa que hace días se veía en los muy escasos comercios abiertos, donde se producían tensiones que terminaban en griterío e incluso agresiones cuando los tenderos trataban de salvaguardar el orden ante la insistencia de los inmigrantes.«Ayer abrir era jugársela pero hoy todo está mucho más tranquilo», asegura el dueño de un comercio mientras hace guardia en la puerta para controlar entradas y salidas. Es la medida que ellos han tomado este sábado para abrir, que dos atiendan y uno mantenga un orden que, a media mañana, permanece inalterado . En su tienda, que hace las veces de estanco y papelería, lo que peligra es el tabaco.A solo unas pocas calles de él, la carnicería y charcutería Al Aqsa enseña su mostrador vacío. «Está la cosa muy mal, no me dejaron poner las cosas de la carnicería », cuenta su dueño, un autónomo para el que varios días de cierre se han convertido en cuantiosas pérdidas. La entrada de su establecimiento está protegida con unas antiguas cajas de fruta y botellas de zumo apiladas hasta la altura de la rodilla, que poco pueden hacer si alguien se decide a entrar. Y fuera hay algunos que querrían hacerlo pero esperan. Quienes tienen dinero compran y quienes no lo piden al potencial cliente. Se llevan las manos a la boca como simulando ingerir alimento y extienden la mano, que si por favor. «Acabo de abrir y vinieron a comprar cosas, piden zumo y cosas para comer, pan y atún. Te quieren pagar pero vienen con dirham y no acepto» , cuenta el trabajador.Él se muestra algo preocupado pero la calle en la que se ubica su establecimiento no es de las más céntricas ni de las más frecuentadas. Más cerca de la playa, donde la sombra se retira y la humedad oprime, hay persianas que comienzan a subirse. La de Alí lo hace desde el corazón porque el suyo no es un local de comida sino una oficina de alquiler de coches que abre solo para prestar ayuda. Deja asiento a quienes, sofocados o heridos, acuden en su socorro . Presta wifi desde el código QR de su móvil y les proporciona efectivo a cambio de Bizums.Alí, que atiende en su comercio a magrebíes necesitados. Natalia Loizaga«Por la tarde de ayer estuve llenando garrafas de agua, unas doscientas fueron, y lo que tenía se lo daba, porque no había nadie que les ayudase», cuenta Alí, que ha cargado tantos teléfonos que incluso ha saltado la luz . Le ampara una ventaja y es que habla tan bien español como árabe. Y rota la barrera del idioma, destruye la de la desconfianza y tiende su mano para ayudar.
La fatiga carga sus piernas y en sus tripas ruge el hambre. Salen de entre las colinas y se esconden entre matorrales a fin de burlas el control que se extiende por la ciudad. Pero son ya menos y Ceuta lo ha notado así que … los vecinos ya pueblan las calles y reabren los comercios, no sin cierta timidez. Algunos lo hacen con un vigilante en la puerta y otros con cajas improvisadas que hacen de barrera ante infortunios.
Los magrebíes se congregan por decenas frente a estos comercios abiertos, incluso ante los que todavía no lo están. Ahora lo hacen, en su mayoría, ya con educación, aunque siempre hay quien pierde las formas. No es la misma estampa que hace días se veía en los muy escasos comercios abiertos, donde se producían tensiones que terminaban en griterío e incluso agresiones cuando los tenderos trataban de salvaguardar el orden ante la insistencia de los inmigrantes.
«Ayer abrir era jugársela pero hoy todo está mucho más tranquilo», asegura el dueño de un comercio mientras hace guardia en la puerta para controlar entradas y salidas. Es la medida que ellos han tomado este sábado para abrir, que dos atiendan y uno mantenga un orden que, a media mañana, permanece inalterado. En su tienda, que hace las veces de estanco y papelería, lo que peligra es el tabaco.
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A solo unas pocas calles de él, la carnicería y charcutería Al Aqsa enseña su mostrador vacío. «Está la cosa muy mal, no me dejaron poner las cosas de la carnicería», cuenta su dueño, un autónomo para el que varios días de cierre se han convertido en cuantiosas pérdidas. La entrada de su establecimiento está protegida con unas antiguas cajas de fruta y botellas de zumo apiladas hasta la altura de la rodilla, que poco pueden hacer si alguien se decide a entrar. Y fuera hay algunos que querrían hacerlo pero esperan. Quienes tienen dinero compran y quienes no lo piden al potencial cliente. Se llevan las manos a la boca como simulando ingerir alimento y extienden la mano, que si por favor. «Acabo de abrir y vinieron a comprar cosas, piden zumo y cosas para comer, pan y atún. Te quieren pagar pero vienen con dirham y no acepto», cuenta el trabajador.
Él se muestra algo preocupado pero la calle en la que se ubica su establecimiento no es de las más céntricas ni de las más frecuentadas. Más cerca de la playa, donde la sombra se retira y la humedad oprime, hay persianas que comienzan a subirse. La de Alí lo hace desde el corazón porque el suyo no es un local de comida sino una oficina de alquiler de coches que abre solo para prestar ayuda. Deja asiento a quienes, sofocados o heridos, acuden en su socorro. Presta wifi desde el código QR de su móvil y les proporciona efectivo a cambio de Bizums.

(Natalia Loizaga)
«Por la tarde de ayer estuve llenando garrafas de agua, unas doscientas fueron, y lo que tenía se lo daba, porque no había nadie que les ayudase», cuenta Alí, que ha cargado tantos teléfonos que incluso ha saltado la luz. Le ampara una ventaja y es que habla tan bien español como árabe. Y rota la barrera del idioma, destruye la de la desconfianza y tiende su mano para ayudar.
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