La miniserie Adolescencia era un vistazo a la forma que tienen las redes sociales y los discursos machistas de afectar los comportamientos de un adolescente. ¿Hasta qué punto podemos saber cómo son nuestros jóvenes si viven aislados en sus habitaciones, con relaciones parasociales y unas inquietudes que nunca verbalizan a los adultos? Esa frustración por la dificultad de alcanzar una masculinidad tradicional era el desencadenante del crimen.
Jack Thorne entiende que, aparte de tener un material desafiante, se necesita un director con una apuesta visual
La miniserie Adolescencia era un vistazo a la forma que tienen las redes sociales y los discursos machistas de afectar los comportamientos de un adolescente. ¿Hasta qué punto podemos saber cómo son nuestros jóvenes si viven aislados en sus habitaciones, con relaciones parasociales y unas inquietudes que nunca verbalizan a los adultos? Esa frustración por la dificultad de alcanzar una masculinidad tradicional era el desencadenante del crimen.
Jack Thorne escribió esa disección de la adolescencia con Stephen Graham y, como si quisiera ampliar un mural desesperanzador de la infancia, el guionista británico ahora firma una adaptación televisiva de El señor de las moscas, la perturbadora novela de William Golding que Movistar Plus+ estrena este jueves. Es de agradecer ver que otra vez arriesga y otra vez entiende que crear televisión implica confiar en una mirada estética y narrativa única.
Es de agradecer ver que otra vez arriesga y otra vez entiende que crear televisión implica confiar en una mirada estética y narrativa única
Piggy (David McKenna) despierta en una isla tropical. Quiere encontrar una figura de referencia pero, en su búsqueda, solo encuentra otros niños perdidos. La búsqueda es casi onírica, como si el mundo fuera un sueño, pero es real. A medida que se encuentra a supervivientes, descubrimos qué pasó: se estrelló el avión en el que iban y todos los adultos están muertos.
Esto los coloca en una situación imposible: deben ser capaces de subsistir a las inclemencias, deben hacer fuego y tienen que encontrar agua potable y alimentos. El bonachón de Ralph (Winston Sawyers) gana la votación para liderar el día a día pero Jack (Lox Pratt), resentido, se establece como contrapoder al ser el jefe de los cazadores. Y, como pronto descubren Piggy y Ralph, su mayor amenaza son sus compañeros mientras Ralph los despoja de cualquier código moral para abrazar la violencia y la ley del más fuerte.

Thorne esta vez no confía tanto en el diálogo como en la demostración de la deformación de la humanidad. De hecho, es como si entregase a Marc Munden, el visionario director de Utopia, todo el poder para convertir El señor de las moscas en una apuesta autoral e inmersiva. Incluso puede expulsar al espectador en los primeros minutos. Y es que, si Adolescencia tenía en el plano secuencia su principal recurso narrativo, aquí se usa una lente ojo de pez para crear un entorno irreal.
La paleta de colores también cambia en función de las necesidades dramáticas, como si fuera una obra expresionista, mientras de vez en cuando se intercalan los rostros de los niños mirando a cámara. En este descenso a los infiernos, que utiliza la naturaleza para impregnar el metraje de folk horror, Thorne y Munden no quieren que olvidemos que, detrás del miedo y la violencia, los niños originalmente tienen inocencia y vulnerabilidad en la mirada.
Se le puede recriminar que en los escasos flashbacks se intentan justificar algunos de los comportamientos de los personajes principales. Sería posiblemente más estimulante si, al igual que el contexto histórico, la historia hablase desde un lugar todavía más primario: ir a la maldad y a la bondad sin mochilas de psicólogo, dejando que los espectadores juzgásemos únicamente por los hechos de la isla.
Pero nadie le puede usurpar a Thorne que, cuando se habla de ficción televisiva de calidad, él entiende cómo transmitir visceralidad, originalidad y explotar el potencial visual del medio. La música de Cristobal Tapia de Veer (The White Lotus) para la miniserie de cuatro episodios, además, es extraordinaria: evoca aventura, juventud y esa inquietud de cuando uno nota que las cosas se empiezan a torcer. Es una pesadilla de composición disfrazada de jovial inocencia.
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