Es la gran joya negra del desierto de Libia. Cuando el sol amaga con esconderse tras las dunas del desierto de Murzuq, en el sur libio, las siluetas de las torres de perforación, de las cigüeñas metálicas y de los tanques de almacenamiento se recortan en el horizonte y parecen gigantes en retirada. No podremos acercarnos más. Instantes después de detener nuestro vehículo en la carretera, dos todoterrenos arrancan veloces entre una enorme nube de polvo amarilla y vaticinan la negativa. Al llegar a nuestra altura, un hombre uniformado de barba espesa se baja del coche y nos invita amablemente –si hacemos caso a la primera– a que continuemos nuestro camino. Es el líder de una de las tres principales khatibas o batallones que protegen el principal tesoro del país: Al Sharara, el campo petrolero más grande de Libia. Ubicado a 700 kilómetros al sur de Trípoli, tiene una capacidad de unos 320.000 barriles de petróleo diarios, aproximadamente una cuarta parte de toda la producción de Libia, y es una pequeña torre de Babel del oro negro. Además de las poderosas khatibas tubus y tuareg que protegen el recinto (la ONU alertó también de la presencia de mercenarios rusos), el yacimiento está operado por la empresa libia Acacus Oil Operations, integrada por la estatal Corporación Nacional del Petróleo (NOC), en alianza con un consorcio de multinacionales como la española Repsol, la francesa Total, la austriaca OMV y la noruega Equinor.
El control del petróleo y el contrabando de combustible comprometen el futuro de Libia
Es la gran joya negra del desierto de Libia. Cuando el sol amaga con esconderse tras las dunas del desierto de Murzuq, en el sur libio, las siluetas de las torres de perforación, de las cigüeñas metálicas y de los tanques de almacenamiento se recortan en el horizonte y parecen gigantes en retirada. No podremos acercarnos más. Instantes después de detener nuestro vehículo en la carretera, dos todoterrenos arrancan veloces entre una enorme nube de polvo amarilla y vaticinan la negativa. Al llegar a nuestra altura, un hombre uniformado de barba espesa se baja del coche y nos invita amablemente –si hacemos caso a la primera– a que continuemos nuestro camino. Es el líder de una de las tres principales khatibas o batallones que protegen el principal tesoro del país: Al Sharara, el campo petrolero más grande de Libia. Ubicado a 700 kilómetros al sur de Trípoli, tiene una capacidad de unos 320.000 barriles de petróleo diarios, aproximadamente una cuarta parte de toda la producción de Libia, y es una pequeña torre de Babel del oro negro. Además de las poderosas khatibas tubus y tuareg que protegen el recinto (la ONU alertó también de la presencia de mercenarios rusos), el yacimiento está operado por la empresa libia Acacus Oil Operations, integrada por la estatal Corporación Nacional del Petróleo (NOC), en alianza con un consorcio de multinacionales como la española Repsol, la francesa Total, la austriaca OMV y la noruega Equinor.

El celo de los uniformados ante la curiosidad ajena tiene su razón. El pasado, el presente y el futuro del país africano, cuyos ingresos dependen en un 96% de los combustibles fósiles, están atados al petróleo. La guerra civil y la actual inestabilidad también.
Varios organismos de transparencia libios e internacionales denuncian que el conflicto de Libia tras el asesinato de Muamar Gaddafi en 2011, que derivó en un Estado partido en dos en 2022, con un gobierno de Unidad Nacional en Trípoli, reconocido por la ONU y apoyado por milicias poco recomendables, y un ejecutivo en Bengasi con el favor del ejército, ha propiciado el descontrol alrededor del negocio del petróleo y ha generado una gigantesca red de contrabando de combustible.
The Sentry cuantificó el coste del contrabando de combustible en 20.000 millones de dólares de 2022 a 2024
Desde siempre, el petróleo en Libia no ha sido solo un recurso económico vital, sino un argumento de legitimidad del poder político. Y ahora va ganando el clan Haftar. Frente al frágil gobierno de la familia Dabaiba al mando de Trípoli, el mariscal Jalifa Haftar y sus hijos, especialmente Saddam, han logrado el control político, militar y económico del este, gran parte del oeste y del sur del país, donde se encuentran los yacimientos de petróleo. Pese a ese dominio de los pozos, que le proporcionan el enorme poder de bloquear la producción, Haftar no tiene la llave de la caja en el anómalo contexto libio heredado tras años de caos: la NOC mantiene el monopolio de la comercialización y exportación del petróleo y canaliza los ingresos al Banco Central de Libia, que se encarga de pagar los salarios de funcionarios y financiar el gasto público de las dos administraciones enfrentadas.
La guerra, sin embargo, ha difuminado ese espejismo de control. Un Panel de Expertos de la ONU denunció que en los últimos años han aparecido empresas privadas que participan en la comercialización del oro negro y citó el caso de Arkenu, indirectamente controlada por Saddam Haftar y que en 2024 exportó seis millones de barriles de crudo valorados en 463 millones de dólares.
Pese a la advertencia de la ONU, el corazón corrupto del conflicto está en otro lugar: el contrabando de combustible. A pesar de ser uno de los principales productores de petróleo, Libia no tiene apenas capacidad de refino, por lo que debe importar combustible para un uso doméstico fuertemente subvencionado, con uno de los precios por litro de diésel más bajos del mundo, de 0,015 euros el litro (es más caro comprar un botellín de agua que llenar el depósito). El sistema de intercambio de petróleo por combustible o swap , implantado en 2021, permitió la creación de un circuito opaco que dejó la puerta abierta a un negocio tan ilícito como goloso: comprar fuel muy barato, a menudo con la colaboración silenciosa de contrapartes en Turquía, Emiratos Árabes Unidos y Rusia, y venderlo en el mercado negro internacional.
Las administraciones enfrentadas de Bengasi y Trípoli se benefician del negocio del oro negro
El descontrol disparó las cifras y la codicia en ambas administraciones. Un informe de la Comisión Nacional Anticorrupción Libia advirtió de que el volumen de importaciones de combustible desde la implantación del nuevo sistema, que se canceló el año pasado, se duplicó y algunos grupos armados vinculados tanto al gobierno de Bengasi como al de Trípoli habían incrementado su demanda de diésel hasta un 1500%.
Un informe de la organización estadounidense The Sentry , dedicada a rastrear y desmantelar las redes financieras ilícitas, cuantificó en 6.700 millones de dólares anuales –20.000 millones entre 2022 y 2024– el coste para las arcas públicas libias de una escalada del contrabando de fuel que calificó de “gran crisis nacional”.
Según la organización, el combustible se canaliza a diversos destinos, entre ellos Malta e Italia, Chad o Níger, o se vende a grupos armados como las Fuerzas de Apoyo Rápido, autoras de masacres en Sudán, o a grupos mercenarios rusos en África.
Haftar, hombre fuerte de Libia, controla el este, gran parte del oeste y el sur, donde está el petróleo
En el horizonte de Libia ya asoman movimientos para unificar el país. En junio, Saddam Haftar viajó a Washington para ver al secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, quien quiere desbloquear la situación libia con un acuerdo entre los Haftar y los Dabaiba para formar un gobierno unido. Para Tim Eaton, experto en Libia del think tank Chatham House, el reparto de poder podría empeorar la corrupción. “Para los opositores del acuerdo, y son muchos, esto parece el regreso de un régimen familiar y una forma de legitimar a las dos familias rivales. Es más de lo mismo para los libios de a pie, ya que el acuerdo se centra en el reparto de poder entre las élites en lugar de en cómo el estado puede responder a sus ciudadanos”.
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