Hace años, recién llegado al Nobel, Cela afirmó en este mismo periódico que A Coruña era la ciudad más cómoda, más gratamente habitable, de cuantas él conocía mundo adelante. Reinaba entonces el gran Paco Vázquez, el alcalde de las seis mayorías absolutas. Esa impresión —compartida por mucha gente— cobra ahora condición utópica, inalcanzable, gracias a los devastadores esfuerzos de un gobierno municipal encabezado por una alcaldesa incapaz de mover un dedo si eso puede molestar a toda la mugre que tiene a su izquierda. Cierto es que las impericias municipales cuentan siempre con el apoyo de los señores Blanco y Abalde, delegado y subdelegado del Gobierno, respectivamente, ambos con despacho en la almendra herculina. Un apoyo, decíamos, no por pensamiento, ni por palabra, ni por acción, sino por omisión. Todo el mundo pudo comprobarlo el otro día con ocasión de los graves sucesos acaecidos en la plaza de María Pita, so pretexto del mitin del líder de Vox, partido —hay que recordarlo— escrupulosamente legal y, desde luego, con historial menos homicida que el del siniestro Bildu. Con los brazos cruzados y la boca cerrada, la alcaldesa Rey, cual choni tras los visillos, asistió impávida a las brutales acometidas de la peor morralla gallega contra ‘su’ policía local. Otro tanto hacían los responsables políticos de la Policía Nacional, dedicados, por propia voluntad, a sacarle brillo a sus respectivas poltronas con sus respectivos culos. Las imágenes siguen ahí, para quien quiera verlas. Contenedores ardiendo, mobiliario urbano vandalizado y encapuchados enfrentados a los agentes del orden público, inermes por obligación y en obediencia a las órdenes de sus superiores. Durante veinticuatro horas, en eso quedó convertida, a fuerza de gamberrismo radical, la ciudad en la que nadie es forastero, que diría el alcalde Sergio Peñamaría. ‘La ciudad de la luz’, la llamó el maestro Álvaro Cunqueiro. Que vuelva a serlo pronto. Hace años, recién llegado al Nobel, Cela afirmó en este mismo periódico que A Coruña era la ciudad más cómoda, más gratamente habitable, de cuantas él conocía mundo adelante. Reinaba entonces el gran Paco Vázquez, el alcalde de las seis mayorías absolutas. Esa impresión —compartida por mucha gente— cobra ahora condición utópica, inalcanzable, gracias a los devastadores esfuerzos de un gobierno municipal encabezado por una alcaldesa incapaz de mover un dedo si eso puede molestar a toda la mugre que tiene a su izquierda. Cierto es que las impericias municipales cuentan siempre con el apoyo de los señores Blanco y Abalde, delegado y subdelegado del Gobierno, respectivamente, ambos con despacho en la almendra herculina. Un apoyo, decíamos, no por pensamiento, ni por palabra, ni por acción, sino por omisión. Todo el mundo pudo comprobarlo el otro día con ocasión de los graves sucesos acaecidos en la plaza de María Pita, so pretexto del mitin del líder de Vox, partido —hay que recordarlo— escrupulosamente legal y, desde luego, con historial menos homicida que el del siniestro Bildu. Con los brazos cruzados y la boca cerrada, la alcaldesa Rey, cual choni tras los visillos, asistió impávida a las brutales acometidas de la peor morralla gallega contra ‘su’ policía local. Otro tanto hacían los responsables políticos de la Policía Nacional, dedicados, por propia voluntad, a sacarle brillo a sus respectivas poltronas con sus respectivos culos. Las imágenes siguen ahí, para quien quiera verlas. Contenedores ardiendo, mobiliario urbano vandalizado y encapuchados enfrentados a los agentes del orden público, inermes por obligación y en obediencia a las órdenes de sus superiores. Durante veinticuatro horas, en eso quedó convertida, a fuerza de gamberrismo radical, la ciudad en la que nadie es forastero, que diría el alcalde Sergio Peñamaría. ‘La ciudad de la luz’, la llamó el maestro Álvaro Cunqueiro. Que vuelva a serlo pronto.
Hace años, recién llegado al Nobel, Cela afirmó en este mismo periódico que A Coruña era la ciudad más cómoda, más gratamente habitable, de cuantas él conocía mundo adelante. Reinaba entonces el gran Paco Vázquez, el alcalde de las seis mayorías absolutas. Esa impresión —compartida … por mucha gente— cobra ahora condición utópica, inalcanzable, gracias a los devastadores esfuerzos de un gobierno municipal encabezado por una alcaldesa incapaz de mover un dedo si eso puede molestar a toda la mugre que tiene a su izquierda.
Cierto es que las impericias municipales cuentan siempre con el apoyo de los señores Blanco y Abalde, delegado y subdelegado del Gobierno, respectivamente, ambos con despacho en la almendra herculina. Un apoyo, decíamos, no por pensamiento, ni por palabra, ni por acción, sino por omisión. Todo el mundo pudo comprobarlo el otro día con ocasión de los graves sucesos acaecidos en la plaza de María Pita, so pretexto del mitin del líder de Vox, partido —hay que recordarlo— escrupulosamente legal y, desde luego, con historial menos homicida que el del siniestro Bildu. Con los brazos cruzados y la boca cerrada, la alcaldesa Rey, cual choni tras los visillos, asistió impávida a las brutales acometidas de la peor morralla gallega contra ‘su’ policía local. Otro tanto hacían los responsables políticos de la Policía Nacional, dedicados, por propia voluntad, a sacarle brillo a sus respectivas poltronas con sus respectivos culos. Las imágenes siguen ahí, para quien quiera verlas.
Contenedores ardiendo, mobiliario urbano vandalizado y encapuchados enfrentados a los agentes del orden público, inermes por obligación y en obediencia a las órdenes de sus superiores. Durante veinticuatro horas, en eso quedó convertida, a fuerza de gamberrismo radical, la ciudad en la que nadie es forastero, que diría el alcalde Sergio Peñamaría.
‘La ciudad de la luz’, la llamó el maestro Álvaro Cunqueiro. Que vuelva a serlo pronto.
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