En ningún fragmento del Nuevo Testamento se indica que, durante la conversión de San Pablo al cristianismo, cayese del caballo al recibir el mensaje divino. Fue el célebre pintor Caravaggio quien, con varias de sus obras, popularizó esa imagen hasta convertirla en una metáfora universal de una transformación profunda, de un momento en el que alguien descubre una verdad que hasta entonces no había querido o sabido ver.Eso parece haberle ocurrido a la consellera de Educación, Carmen Ortí. Tal y como publicaba ABC al referirse al previsible otoño caliente en la educación valenciana, la consellera afirmaba: «Si los sindicatos ya tienen hoja de ruta, no piensan negociar».¡Aleluya! Por fin en la Conselleria parecen haberse dado cuenta de que los sindicatos de izquierdas y nacionalistas no tienen ningún interés en mejorar la educación y de que las reivindicaciones sobre salarios o ratios constituyen, en gran medida, la excusa para convertir el inicio del curso en un nuevo frente político para el Gobierno de Pérez Llorca.Han sido ocho años de Gobierno del Botànic durante los cuales esos mismos sindicatos permanecieron prácticamente callados ante el deterioro del sistema educativo valenciano. El único cambio realmente relevante ha sido la libertad de elección de la lengua vehicular, una reforma que apenas modifica el porcentaje de uso de las dos lenguas cooficiales de nuestra comunidad. También es cierto que esa ley redujo parcialmente el negocio que suponían para algunos sindicatos y organizaciones nacionalistas los cursos de capacitación en valenciano. Quizá lo que realmente molestó a una parte de la izquierda valenciana fue que se pusiera freno al modelo de inmersión lingüística inspirado en el catalán que figuraba en su hoja de ruta.Basta observar la situación educativa de nuestros vecinos del norte para comprender de qué nos hemos librado. Cataluña atraviesa una profunda crisis educativa. Tras situarse en los últimos puestos del informe PISA, el Gobierno del socialista Salvador Illa tenía dos opciones: acometer reformas que mejorasen realmente el sistema educativo o intentar maquillar los resultados. Sus críticos sostienen que ha optado por esta segunda vía, alterando la representatividad de la muestra de alumnos evaluados para mejorar artificialmente los datos.Las redes sociales no tardaron en reaccionar con ironía, hasta el punto de popularizarse comentarios como: «Si la consellera catalana de Educación no sabe distinguir entre un 25% y un 5%, ¿qué puede esperarse de sus estudiantes?». Obviamente es más que probable que sepan perfectamente la diferencia, pero han preferido quedar como despistados que otra vez como el peor sistema educativo de España. Al final la jugada no les ha privado de ser el hazmerreír de la comunidad educativa. Parece evidente que, en una sociedad tan multicultural como la del siglo XXI, los modelos de inmersión lingüística difícilmente pueden responder a la diversidad existente, por mucho que una parte de la izquierda siga empeñada en defenderlos.En el País Vasco parece seguirse un camino similar. Tras las críticas surgidas por el trato recibido por los alumnos procedentes de la línea en castellano en las pruebas de acceso a la universidad, también la Universidad del País Vasco ha anunciado la supresión de numerosos estudios impartidos en español, y todo ello mientras sus dirigentes hablan del supuesto gran interés que despierta el euskera en el mundo. Los nacionalistas se cuentan una mentira, se la creen y además se empeñan en que tú te la creas mientras toda la información que circula a tu alrededor la desmiente. Por ejemplo, en el Reino Unido el español ha superado al francés y se ha convertido en la segunda lengua extranjera más elegida por los estudiantes. Paradójicamente, en España hay quienes continúan empeñados en minusvalorar su importancia.La izquierda aspira a una educación progresista, inclusiva e inmersiva, pero, si de esas cuatro características hubiera que prescindir de una, debería ser precisamente de la primera. En vez de ello, lo que necesita la Conselleria es volver a situar la EDUCACIÓN, con mayúsculas, en el centro de todas sus políticas. Y parece que la consellera empieza a comprender que en ese camino no tendrá a la mayoría de los sindicatos a su lado, sino enfrente. En cambio, sí puede encontrar el respaldo de muchos padres y de numerosos docentes cansados de las imposiciones nacionalistas.La Conselleria debe impulsar un plan decidido para reducir la burocracia que ahoga a los centros. Debe reforzar la educación especial, porque la integración sin recursos acaba siendo un perjuicio para todos. No se trata de integrar por integrar, sino de hacerlo cuando existan los medios adecuados para que funcione.También debe devolver al profesorado la autoridad necesaria para desempeñar su labor con eficacia. A los padres hay que garantizarles la máxima libertad para elegir el centro educativo y el ideario que desean para sus hijos, pero no convertir esa libertad en un instrumento para imponer cambios metodológicos o presionar al docente.Queda poco tiempo para acometer las reformas necesarias, pero cualquier paso en la dirección correcta siempre supondrá un avance. Y, a veces, para dar ese primer paso hace falta, como San Pablo, caerse del caballo. Al menos, esta vez parece que la consellera Ortí ha empezado a hacerlo. En ningún fragmento del Nuevo Testamento se indica que, durante la conversión de San Pablo al cristianismo, cayese del caballo al recibir el mensaje divino. Fue el célebre pintor Caravaggio quien, con varias de sus obras, popularizó esa imagen hasta convertirla en una metáfora universal de una transformación profunda, de un momento en el que alguien descubre una verdad que hasta entonces no había querido o sabido ver.Eso parece haberle ocurrido a la consellera de Educación, Carmen Ortí. Tal y como publicaba ABC al referirse al previsible otoño caliente en la educación valenciana, la consellera afirmaba: «Si los sindicatos ya tienen hoja de ruta, no piensan negociar».¡Aleluya! Por fin en la Conselleria parecen haberse dado cuenta de que los sindicatos de izquierdas y nacionalistas no tienen ningún interés en mejorar la educación y de que las reivindicaciones sobre salarios o ratios constituyen, en gran medida, la excusa para convertir el inicio del curso en un nuevo frente político para el Gobierno de Pérez Llorca.Han sido ocho años de Gobierno del Botànic durante los cuales esos mismos sindicatos permanecieron prácticamente callados ante el deterioro del sistema educativo valenciano. El único cambio realmente relevante ha sido la libertad de elección de la lengua vehicular, una reforma que apenas modifica el porcentaje de uso de las dos lenguas cooficiales de nuestra comunidad. También es cierto que esa ley redujo parcialmente el negocio que suponían para algunos sindicatos y organizaciones nacionalistas los cursos de capacitación en valenciano. Quizá lo que realmente molestó a una parte de la izquierda valenciana fue que se pusiera freno al modelo de inmersión lingüística inspirado en el catalán que figuraba en su hoja de ruta.Basta observar la situación educativa de nuestros vecinos del norte para comprender de qué nos hemos librado. Cataluña atraviesa una profunda crisis educativa. Tras situarse en los últimos puestos del informe PISA, el Gobierno del socialista Salvador Illa tenía dos opciones: acometer reformas que mejorasen realmente el sistema educativo o intentar maquillar los resultados. Sus críticos sostienen que ha optado por esta segunda vía, alterando la representatividad de la muestra de alumnos evaluados para mejorar artificialmente los datos.Las redes sociales no tardaron en reaccionar con ironía, hasta el punto de popularizarse comentarios como: «Si la consellera catalana de Educación no sabe distinguir entre un 25% y un 5%, ¿qué puede esperarse de sus estudiantes?». Obviamente es más que probable que sepan perfectamente la diferencia, pero han preferido quedar como despistados que otra vez como el peor sistema educativo de España. Al final la jugada no les ha privado de ser el hazmerreír de la comunidad educativa. Parece evidente que, en una sociedad tan multicultural como la del siglo XXI, los modelos de inmersión lingüística difícilmente pueden responder a la diversidad existente, por mucho que una parte de la izquierda siga empeñada en defenderlos.En el País Vasco parece seguirse un camino similar. Tras las críticas surgidas por el trato recibido por los alumnos procedentes de la línea en castellano en las pruebas de acceso a la universidad, también la Universidad del País Vasco ha anunciado la supresión de numerosos estudios impartidos en español, y todo ello mientras sus dirigentes hablan del supuesto gran interés que despierta el euskera en el mundo. Los nacionalistas se cuentan una mentira, se la creen y además se empeñan en que tú te la creas mientras toda la información que circula a tu alrededor la desmiente. Por ejemplo, en el Reino Unido el español ha superado al francés y se ha convertido en la segunda lengua extranjera más elegida por los estudiantes. Paradójicamente, en España hay quienes continúan empeñados en minusvalorar su importancia.La izquierda aspira a una educación progresista, inclusiva e inmersiva, pero, si de esas cuatro características hubiera que prescindir de una, debería ser precisamente de la primera. En vez de ello, lo que necesita la Conselleria es volver a situar la EDUCACIÓN, con mayúsculas, en el centro de todas sus políticas. Y parece que la consellera empieza a comprender que en ese camino no tendrá a la mayoría de los sindicatos a su lado, sino enfrente. En cambio, sí puede encontrar el respaldo de muchos padres y de numerosos docentes cansados de las imposiciones nacionalistas.La Conselleria debe impulsar un plan decidido para reducir la burocracia que ahoga a los centros. Debe reforzar la educación especial, porque la integración sin recursos acaba siendo un perjuicio para todos. No se trata de integrar por integrar, sino de hacerlo cuando existan los medios adecuados para que funcione.También debe devolver al profesorado la autoridad necesaria para desempeñar su labor con eficacia. A los padres hay que garantizarles la máxima libertad para elegir el centro educativo y el ideario que desean para sus hijos, pero no convertir esa libertad en un instrumento para imponer cambios metodológicos o presionar al docente.Queda poco tiempo para acometer las reformas necesarias, pero cualquier paso en la dirección correcta siempre supondrá un avance. Y, a veces, para dar ese primer paso hace falta, como San Pablo, caerse del caballo. Al menos, esta vez parece que la consellera Ortí ha empezado a hacerlo.
En ningún fragmento del Nuevo Testamento se indica que, durante la conversión de San Pablo al cristianismo, cayese del caballo al recibir el mensaje divino. Fue el célebre pintor Caravaggio quien, con varias de sus obras, popularizó esa imagen hasta convertirla en una metáfora universal … de una transformación profunda, de un momento en el que alguien descubre una verdad que hasta entonces no había querido o sabido ver.
Eso parece haberle ocurrido a la consellera de Educación, Carmen Ortí. Tal y como publicaba ABC al referirse al previsible otoño caliente en la educación valenciana, la consellera afirmaba: «Si los sindicatos ya tienen hoja de ruta, no piensan negociar».
¡Aleluya! Por fin en la Conselleria parecen haberse dado cuenta de que los sindicatos de izquierdas y nacionalistas no tienen ningún interés en mejorar la educación y de que las reivindicaciones sobre salarios o ratios constituyen, en gran medida, la excusa para convertir el inicio del curso en un nuevo frente político para el Gobierno de Pérez Llorca.
Han sido ocho años de Gobierno del Botànic durante los cuales esos mismos sindicatos permanecieron prácticamente callados ante el deterioro del sistema educativo valenciano. El único cambio realmente relevante ha sido la libertad de elección de la lengua vehicular, una reforma que apenas modifica el porcentaje de uso de las dos lenguas cooficiales de nuestra comunidad. También es cierto que esa ley redujo parcialmente el negocio que suponían para algunos sindicatos y organizaciones nacionalistas los cursos de capacitación en valenciano. Quizá lo que realmente molestó a una parte de la izquierda valenciana fue que se pusiera freno al modelo de inmersión lingüística inspirado en el catalán que figuraba en su hoja de ruta.
Basta observar la situación educativa de nuestros vecinos del norte para comprender de qué nos hemos librado. Cataluña atraviesa una profunda crisis educativa. Tras situarse en los últimos puestos del informe PISA, el Gobierno del socialista Salvador Illa tenía dos opciones: acometer reformas que mejorasen realmente el sistema educativo o intentar maquillar los resultados. Sus críticos sostienen que ha optado por esta segunda vía, alterando la representatividad de la muestra de alumnos evaluados para mejorar artificialmente los datos.
Las redes sociales no tardaron en reaccionar con ironía, hasta el punto de popularizarse comentarios como: «Si la consellera catalana de Educación no sabe distinguir entre un 25% y un 5%, ¿qué puede esperarse de sus estudiantes?». Obviamente es más que probable que sepan perfectamente la diferencia, pero han preferido quedar como despistados que otra vez como el peor sistema educativo de España. Al final la jugada no les ha privado de ser el hazmerreír de la comunidad educativa.
Parece evidente que, en una sociedad tan multicultural como la del siglo XXI, los modelos de inmersión lingüística difícilmente pueden responder a la diversidad existente, por mucho que una parte de la izquierda siga empeñada en defenderlos.
En el País Vasco parece seguirse un camino similar. Tras las críticas surgidas por el trato recibido por los alumnos procedentes de la línea en castellano en las pruebas de acceso a la universidad, también la Universidad del País Vasco ha anunciado la supresión de numerosos estudios impartidos en español, y todo ello mientras sus dirigentes hablan del supuesto gran interés que despierta el euskera en el mundo.
Los nacionalistas se cuentan una mentira, se la creen y además se empeñan en que tú te la creas mientras toda la información que circula a tu alrededor la desmiente. Por ejemplo, en el Reino Unido el español ha superado al francés y se ha convertido en la segunda lengua extranjera más elegida por los estudiantes. Paradójicamente, en España hay quienes continúan empeñados en minusvalorar su importancia.
La izquierda aspira a una educación progresista, inclusiva e inmersiva, pero, si de esas cuatro características hubiera que prescindir de una, debería ser precisamente de la primera. En vez de ello, lo que necesita la Conselleria es volver a situar la EDUCACIÓN, con mayúsculas, en el centro de todas sus políticas. Y parece que la consellera empieza a comprender que en ese camino no tendrá a la mayoría de los sindicatos a su lado, sino enfrente. En cambio, sí puede encontrar el respaldo de muchos padres y de numerosos docentes cansados de las imposiciones nacionalistas.
La Conselleria debe impulsar un plan decidido para reducir la burocracia que ahoga a los centros. Debe reforzar la educación especial, porque la integración sin recursos acaba siendo un perjuicio para todos. No se trata de integrar por integrar, sino de hacerlo cuando existan los medios adecuados para que funcione.
También debe devolver al profesorado la autoridad necesaria para desempeñar su labor con eficacia. A los padres hay que garantizarles la máxima libertad para elegir el centro educativo y el ideario que desean para sus hijos, pero no convertir esa libertad en un instrumento para imponer cambios metodológicos o presionar al docente.
Queda poco tiempo para acometer las reformas necesarias, pero cualquier paso en la dirección correcta siempre supondrá un avance. Y, a veces, para dar ese primer paso hace falta, como San Pablo, caerse del caballo. Al menos, esta vez parece que la consellera Ortí ha empezado a hacerlo.
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