Hay casos que suponen una herida abierta que nunca cierra. Recuerdo la noche en que apareció el cadáver de Leticia Rosino después de un día de búsqueda. La rabia, el silencio, la estupefacción de quienes aquella madrugada no tenían respuestas, sólo una certeza: el brutal asesinato de una joven. La impotencia, el miedo. Tantas lágrimas, tanto dolor abonando la tierra de Tábara; tantos sueños cortados de raíz.Ocho años después, la salida de prisión del violador y asesino de Leticia Rosino empapa de dolorosa actualidad aquellas horas que nunca se olvidan. El crimen de Castrogonzalo fue un hachazo que estremeció a toda la sociedad con una sentencia a todas luces insuficiente. Ocho años para compensar una vida arrebatada para siempre.El asesino de Leticia era menor de edad, 16 años, y la ley actuó conforme a ese criterio, atada de pies y manos. Pero el tiempo cambia la mirada social y no se entiende que delitos de extrema gravedad como asesinatos o agresiones sexuales reciban una pena limitada por la edad del autor, plenamente consciente de la barbarie que estaba cometiendo.No se trata de legislar desde la rabia ni de convertir el dolor en venganza, pero sí de asumir que hay crímenes cuya brutalidad exige una revisión urgente de la Ley del Menor y una reflexión profunda sobre el equilibrio entre reinserción y justicia para las víctimas y quienes le sobreviven. Mientras una familia cumple cadena perpetua emocional de por vida, la libertad del asesino es una realidad demasiado temprana que habla de una justicia injusta, insuficiente. Y esto reclama un debate serio y valiente, reformas acordes a la gravedad de los hechos.Leticia ya no puede pedir justicia, pero somos muchos los que levantamos la voz por ella y otras víctimas silenciadas para que cierre esta herida que no cesa. Paz y justicia en tu tumba, hermosa Leticia. Hay casos que suponen una herida abierta que nunca cierra. Recuerdo la noche en que apareció el cadáver de Leticia Rosino después de un día de búsqueda. La rabia, el silencio, la estupefacción de quienes aquella madrugada no tenían respuestas, sólo una certeza: el brutal asesinato de una joven. La impotencia, el miedo. Tantas lágrimas, tanto dolor abonando la tierra de Tábara; tantos sueños cortados de raíz.Ocho años después, la salida de prisión del violador y asesino de Leticia Rosino empapa de dolorosa actualidad aquellas horas que nunca se olvidan. El crimen de Castrogonzalo fue un hachazo que estremeció a toda la sociedad con una sentencia a todas luces insuficiente. Ocho años para compensar una vida arrebatada para siempre.El asesino de Leticia era menor de edad, 16 años, y la ley actuó conforme a ese criterio, atada de pies y manos. Pero el tiempo cambia la mirada social y no se entiende que delitos de extrema gravedad como asesinatos o agresiones sexuales reciban una pena limitada por la edad del autor, plenamente consciente de la barbarie que estaba cometiendo.No se trata de legislar desde la rabia ni de convertir el dolor en venganza, pero sí de asumir que hay crímenes cuya brutalidad exige una revisión urgente de la Ley del Menor y una reflexión profunda sobre el equilibrio entre reinserción y justicia para las víctimas y quienes le sobreviven. Mientras una familia cumple cadena perpetua emocional de por vida, la libertad del asesino es una realidad demasiado temprana que habla de una justicia injusta, insuficiente. Y esto reclama un debate serio y valiente, reformas acordes a la gravedad de los hechos.Leticia ya no puede pedir justicia, pero somos muchos los que levantamos la voz por ella y otras víctimas silenciadas para que cierre esta herida que no cesa. Paz y justicia en tu tumba, hermosa Leticia.
Hay casos que suponen una herida abierta que nunca cierra. Recuerdo la noche en que apareció el cadáver de Leticia Rosino después de un día de búsqueda. La rabia, el silencio, la estupefacción de quienes aquella madrugada no tenían respuestas, sólo una certeza: el brutal … asesinato de una joven. La impotencia, el miedo. Tantas lágrimas, tanto dolor abonando la tierra de Tábara; tantos sueños cortados de raíz.
Ocho años después, la salida de prisión del violador y asesino de Leticia Rosino empapa de dolorosa actualidad aquellas horas que nunca se olvidan. El crimen de Castrogonzalo fue un hachazo que estremeció a toda la sociedad con una sentencia a todas luces insuficiente. Ocho años para compensar una vida arrebatada para siempre.
El asesino de Leticia era menor de edad, 16 años, y la ley actuó conforme a ese criterio, atada de pies y manos. Pero el tiempo cambia la mirada social y no se entiende que delitos de extrema gravedad como asesinatos o agresiones sexuales reciban una pena limitada por la edad del autor, plenamente consciente de la barbarie que estaba cometiendo.
No se trata de legislar desde la rabia ni de convertir el dolor en venganza, pero sí de asumir que hay crímenes cuya brutalidad exige una revisión urgente de la Ley del Menor y una reflexión profunda sobre el equilibrio entre reinserción y justicia para las víctimas y quienes le sobreviven.
Mientras una familia cumple cadena perpetua emocional de por vida, la libertad del asesino es una realidad demasiado temprana que habla de una justicia injusta, insuficiente. Y esto reclama un debate serio y valiente, reformas acordes a la gravedad de los hechos.
Leticia ya no puede pedir justicia, pero somos muchos los que levantamos la voz por ella y otras víctimas silenciadas para que cierre esta herida que no cesa. Paz y justicia en tu tumba, hermosa Leticia.
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