La tercera hoguera deja a Gema destrozada y atendida por los médicos tras escuchar los desprecios de su novio y ver su infidelidad con Nataly. Mientras, Rubén pierde los papeles al descubrir el acercamiento de ella a su tentador Leer La tercera hoguera deja a Gema destrozada y atendida por los médicos tras escuchar los desprecios de su novio y ver su infidelidad con Nataly. Mientras, Rubén pierde los papeles al descubrir el acercamiento de ella a su tentador Leer
Lo de Rubén en La isla de las tentaciones ya no va de cuernos. Ojalá solo fuera eso. Porque una cosa es acostarse con tu tentadora y otra muy distinta es humillar a tu novia delante de toda España. «Gema es una perezosa», «ronca y no me deja dormir», «yo necesito dos polvos diarios y ahora ni uno a la semana». Y así, una detrás de otra, hasta convertir la tercera hoguera de las chicas en una de las más crueles que se recuerdan en el reality de Telecinco. Gema acabó de rodillas, destrozada, fuera de la hoguera y atendida por los servicios médicos. Rubén, mientras tanto, todavía tendría tiempo para protagonizar el mayor papelón de la noche: indignarse, llorar, correr por la playa y romperse la camisa porque su novia había osado acercarse a otro hombre. Lo de la doble moral se queda corto.
La tercera hoguera de las chicas prometía emociones fuertes. Veníamos de una segunda hoguera que el propio programa había convertido en «la más dura de la historia de La isla de las tentaciones«. Parecía complicado superar semejante despliegue de sufrimiento, carreras por la playa, llantos y desesperación. Pues bien, La isla de las tentaciones volvió a conseguirlo. Aunque esta vez lo verdaderamente terrible no estuvo en el espectáculo, sino en algo mucho más cotidiano y reconocible: el desprecio hacia quien se supone que quieres.
Gema se sentó frente a Sandra Barneda sabiendo perfectamente que no iba a ver nada bueno. A esas alturas de la experiencia, y después de todo lo ocurrido con Rubén y Nataly, la esperanza de encontrar alguna muestra de respeto por parte de su novio era prácticamente inexistente. Lo que seguramente no imaginaba era que, antes de enfrentarse a las imágenes de su pareja acostándose con otra mujer, tendría que escuchar cómo hablaba de ella cuando no estaba delante. Y ahí empezó lo peor.
«Ronca y no me deja dormir». Podría parecer una tontería, una de esas quejas domésticas que cualquier pareja puede hacer en una conversación sin mayor trascendencia. El problema es que no fue una frase aislada. Fue la frase de una sucesión de comentarios sobre su convivencia, su intimidad sexual y su situación económica que fueron dejando a Gema cada vez más descompuesta.
«Yo necesito dos polvos diarios y ahora ni uno a la semana, y porque yo me pongo pesado». Así, sin anestesia, Rubén decidió contarle a su villa lo que sucede en la intimidad de su relación. Como si la frecuencia con la que su pareja quiere mantener relaciones sexuales fuera una obligación que ella estuviera incumpliendo. Como si sus necesidades fueran la medida de todas las cosas. Como si no hubiera nada de cuestionable en exponer ante una desconocida, y ante millones de espectadores potenciales, algo que pertenece exclusivamente a la intimidad de dos personas.
Y entonces llegó lo de «Gema es una perezosa». Rubén se refería a lo que, según él, su novia aporta económicamente a la casa. Ya no bastaba con cuestionarla como pareja sexual. También había que presentarla como una vaga. El retrato estaba completo: una mujer que ronca, que no satisface sus exigencias sexuales y que, según su novio, tampoco contribuye suficientemente a la economía doméstica. ¿Se puede despreciar más a alguien con quien supuestamente quieres compartir tu vida?
Lo tremendo no es que Rubén tenga problemas de convivencia con Gema. Los problemas de pareja existen y nadie está obligado a continuar una relación en la que no es feliz. Lo tremendo es la forma de contarlos, el tono, la falta de consideración y esa aparente necesidad de justificar su comportamiento desacreditando a quien ha dejado al otro lado de la isla. Porque Rubén no estaba buscando una solución a sus problemas. Estaba construyendo un relato en el que él aparecía como el perjudicado y Gema como la responsable de todo aquello que no funcionaba.Como si las decenas de cuernos que él le ha puesto a ella antes de entrar en La isla de las tentaciones fueran minucias del día a día.
Y faltaba lo que faltaba. La tablet mostró las imágenes de Rubén y Nataly en la cama, dejándose llevar por completo. Gema terminó de rodillas, frente a la pantalla, incapaz de seguir mirando. «No lo puedo ver». El dolor fue tal que Sandra Barneda tuvo que acompañarla fuera de la hoguera para que la atendiera el equipo médico del programa. No pudo regresar a la villa con sus compañeras. La escena fue durísima, pero quizá lo más doloroso era pensar que aquella chica acababa de recibir, una detrás de otra, dos formas distintas de traición: la infidelidad y la humillación.
Y mientras Gema se derrumbaba, todavía quedaba por llegar la gran representación de Rubén. Porque si alguien pensaba que después de todo lo que había hecho el concursante tendría un mínimo de prudencia al sentarse frente a su propia tablet, es que no conoce todavía a Rubén.
Llegó su turno. Vio a Gema cada vez más cerca de Javi, su tentador. Vio complicidad, acercamientos y una intimidad creciente. Y entonces ocurrió el milagro televisivo: el hombre que había compartido cama con Nataly descubrió, de repente, que la fidelidad era importantísima. Pero importantísima de verdad. Eso sí, la de Gema. No, no fue un ataque de cuernos, fue un ataque de orgullo.
«Se me ha caído, Sandra, se me ha caído», lamentaba, como si acabara de descubrir una traición inconcebible. Incluso le dolía la posibilidad de que ella hubiera mantenido relaciones sexuales antes que él. El orden de los factores, al parecer, sí altera el producto cuando se trata de la dignidad de Rubén. Que él pueda hacer lo que quiera no significa, por supuesto, que Gema tenga derecho a hacer lo mismo. Faltaría más.
Sandra Barneda, que lleva ya suficientes ediciones de La isla de las tentaciones como para distinguir un sufrimiento real de una contradicción monumental, le hizo la pregunta que cualquiera hubiera querido hacerle: ¿qué diferencia había entre lo que había hecho él y lo que estaba viendo de su novia? Una pregunta sencillísima. Tan sencilla que resultaba demoledora.
Pero Rubén estaba a otras cosas. «¡Que se pire de mi casa!», llegó a exclamar. Dio por terminada la relación, se desesperó, lloró, se marchó hacia la orilla, echó a correr por la playa y hasta se rompió la camisa. Una representación que habría merecido una ovación de no ser porque, unas imágenes antes, habíamos visto a Gema derrumbarse por su culpa.
Lo mejor de aquel despropósito fue Sandra Barneda. Mientras Rubén protagonizaba su particular tragedia griega a orillas del Caribe, la presentadora no convirtió su numerito en el centro del universo. Y se agradece. Porque llega un momento en el que resulta agotador que quien ha provocado el daño reclame para sí todo el protagonismo del sufrimiento. Sandra nos representa.
Lo de Rubén tiene además un antecedente que hace todavía más difícil comprender su comportamiento. Hace apenas unos días tuvo que sentarse en una hoguera frente a Chari, la madre de Gema, para dar explicaciones sobre lo que estaba haciendo con su hija. La suegra le recordó sus promesas, le pidió explicaciones y le enfrentó con la realidad de lo que estaba ocurriendo. Después, Rubén aseguró que aquel encuentro le había servido para reconectar con su vida fuera del programa y con su relación con Gema. Visto lo visto, aquella reconexión debió de durar lo que tarda en encenderse la siguiente luz de la tentación.
La noche, sin embargo, también dejó una reacción que merece ser contada; contada por ser el otro lado de la moneda, la otra cara. La de Miguel, que llevaba apenas dos días en la experiencia cuando descubrió que Mara ya se había besado con Juanpi, había dormido con él y… Su primera reacción fue de rabia y desesperación. Pateó la tablet, terminó llorando en el suelo y necesitó el consuelo de sus compañeros. Pero después ocurrió algo poco habitual en este programa: se serenó y empezó a hablar desde el dolor, no desde la venganza.
Recordó entonces lo que le había dicho su madre antes de entrar: «Te veo con Mara como no te he visto nunca con nadie, pero sé que si te deja te va a romper el corazón». Y se lo había roto. Miguel, sin embargo, consiguió recomponerse y pronunció una de las frases más sensatas de la noche: «Yo voy a demostrar a España que, aunque te fallen, puedes amar a una persona y respetarle».
También se preguntó cómo podía Mara cambiarlo por un chico que había destacado de ella, entre otras cosas, lo bien que utilizaba la freidora de aire, cómo practicaba sexo y su atractivo físico. La reflexión de Miguel fue bastante más reveladora que cualquier carrera por la playa. Porque demostró que se puede estar destrozado y no convertir ese dolor en una excusa para despreciar a la otra persona.
Y esa fue, precisamente, la enorme diferencia entre Miguel y Rubén. Los dos se enfrentaron a imágenes que no querían ver. Los dos sufrieron. Pero mientras uno, después del estallido inicial, intentó conservar el respeto por quien había sido su pareja, el otro exigía una lealtad que él mismo llevaba días pisoteando.
La isla de las tentaciones es un reality construido sobre la infidelidad, los celos, las tentaciones y las reacciones extremas. Nadie espera encontrar allí un tratado de responsabilidad afectiva. Pero de vez en cuando el programa deja al descubierto algo que trasciende las villas, las hogueras y las luces rojas. Y lo de Rubén es uno de esos casos. Porque los cuernos pueden acabar con una relación, pero el desprecio puede destrozar mucho más.
Rubén puede acostarse con quien quiera. Gema también puede decidir qué hacer con su vida. Lo que ninguno debería hacer es utilizar la intimidad de quien ha sido su pareja para ridiculizarla delante de todo un país. Eso no es una tentación. Eso es una humillación.
Y no, Rubén, la víctima de esta historia no eres tú.
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