Va a poner usted un jardín vertical en la M-30 , alcalde, ahí a la altura de Ventas, y antes ya teníamos otro, en esa carretera, y también el jardín vertical de CaixaForum Madrid, tan famoso, donde el artista Patrick Blanc aupó un frenesí vegetal que discute la gravedad. Allí, en ese muro Vecino del Paseo del Prado, las plantas se quieren flotantes. O mejor dicho, aparentan flotar, que es una forma urbana de resistencia. Madrid ha ido aceptando estas contadas infiltraciones como quien acepta una rareza amiga. No son parques, no son jardines. Son otra cosa. Un jardín incluye un recinto, y por tanto se recorre y se habita. Pero el jardín vegetal se mira. Vamos a él como a la contemplación de un cuadro que respira. Hay algo de artificio en todo esto, claro. No es la naturaleza que irrumpe, sino la naturaleza invitada, cuidadosamente instalada, casi domesticada hasta lo coreográfico. Pero también hay algo de milagro técnico, con raíces aéreas, humedad suspendida, un frágil equilibrio que no hay quien quiebre. Otros muros verdes aparecieron un día por la ciudad, en hoteles, en oficinas, en patios aburridos de ser patios. Importa que ahí la ciudad puede brotar hacia arriba. Y que estos jardines no reúnen multitudes, ni tampoco ese ruido de vida que alojan los parques. Son más bien un alto en el reojo, una pausa visual, un accidente amable en el reprís urbano. Uno pasa, levanta la vista, y durante unos segundos la ciudad parece menos ciudad. Quizá por eso tienen algo de secreto, aunque vivan ahí en medio. Madrid a veces se permite la licencia insólita de un gesto de frescura vertical, de un susurro botánico en mitad del tráfico. Estos muros de verde alegre son una mitad de naturaleza imposible, una mitad de nostalgia organizada. En la M-30 vamos a verlo. Va a poner usted un jardín vertical en la M-30 , alcalde, ahí a la altura de Ventas, y antes ya teníamos otro, en esa carretera, y también el jardín vertical de CaixaForum Madrid, tan famoso, donde el artista Patrick Blanc aupó un frenesí vegetal que discute la gravedad. Allí, en ese muro Vecino del Paseo del Prado, las plantas se quieren flotantes. O mejor dicho, aparentan flotar, que es una forma urbana de resistencia. Madrid ha ido aceptando estas contadas infiltraciones como quien acepta una rareza amiga. No son parques, no son jardines. Son otra cosa. Un jardín incluye un recinto, y por tanto se recorre y se habita. Pero el jardín vegetal se mira. Vamos a él como a la contemplación de un cuadro que respira. Hay algo de artificio en todo esto, claro. No es la naturaleza que irrumpe, sino la naturaleza invitada, cuidadosamente instalada, casi domesticada hasta lo coreográfico. Pero también hay algo de milagro técnico, con raíces aéreas, humedad suspendida, un frágil equilibrio que no hay quien quiebre. Otros muros verdes aparecieron un día por la ciudad, en hoteles, en oficinas, en patios aburridos de ser patios. Importa que ahí la ciudad puede brotar hacia arriba. Y que estos jardines no reúnen multitudes, ni tampoco ese ruido de vida que alojan los parques. Son más bien un alto en el reojo, una pausa visual, un accidente amable en el reprís urbano. Uno pasa, levanta la vista, y durante unos segundos la ciudad parece menos ciudad. Quizá por eso tienen algo de secreto, aunque vivan ahí en medio. Madrid a veces se permite la licencia insólita de un gesto de frescura vertical, de un susurro botánico en mitad del tráfico. Estos muros de verde alegre son una mitad de naturaleza imposible, una mitad de nostalgia organizada. En la M-30 vamos a verlo.

Va a poner usted un jardín vertical en la M-30, alcalde, ahí a la altura de Ventas, y antes ya teníamos otro, en esa carretera, y también el jardín vertical de CaixaForum Madrid, tan famoso, donde el artista Patrick Blanc aupó un frenesí vegetal … que discute la gravedad. Allí, en ese muro Vecino del Paseo del Prado, las plantas se quieren flotantes. O mejor dicho, aparentan flotar, que es una forma urbana de resistencia. Madrid ha ido aceptando estas contadas infiltraciones como quien acepta una rareza amiga. No son parques, no son jardines. Son otra cosa. Un jardín incluye un recinto, y por tanto se recorre y se habita. Pero el jardín vegetal se mira. Vamos a él como a la contemplación de un cuadro que respira. Hay algo de artificio en todo esto, claro.
No es la naturaleza que irrumpe, sino la naturaleza invitada, cuidadosamente instalada, casi domesticada hasta lo coreográfico. Pero también hay algo de milagro técnico, con raíces aéreas, humedad suspendida, un frágil equilibrio que no hay quien quiebre. Otros muros verdes aparecieron un día por la ciudad, en hoteles, en oficinas, en patios aburridos de ser patios. Importa que ahí la ciudad puede brotar hacia arriba. Y que estos jardines no reúnen multitudes, ni tampoco ese ruido de vida que alojan los parques.
Son más bien un alto en el reojo, una pausa visual, un accidente amable en el reprís urbano. Uno pasa, levanta la vista, y durante unos segundos la ciudad parece menos ciudad. Quizá por eso tienen algo de secreto, aunque vivan ahí en medio. Madrid a veces se permite la licencia insólita de un gesto de frescura vertical, de un susurro botánico en mitad del tráfico. Estos muros de verde alegre son una mitad de naturaleza imposible, una mitad de nostalgia organizada. En la M-30 vamos a verlo.
RSS de noticias de espana
