Los dos últimos resultados pueden ser muy productivos si el equipo aprende las lecciones que han dejado. Sin balón, el Barça llegó tarde a todas las presiones altas. Incluso se mostro inoperativo en lo que siempre ha destacado: la presión inmediata tras perder el balón. Pero como en el fútbol todo está conectado, estos desajustes partieron del juego con balón. Los marcajes individuales en el medio del campo bloquearon al equipo ante el PSG y ante el Madrid. En el clásico, Rodri y Pedri acumularon 26 pérdidas de balón porque recibieron bajo presión y sin líneas de pase. Y las razones fueron de posicionamiento y falta de soluciones. Cuando eso sucede, hay algunas rutinas que realizar: que los centrales asuman más protagonismo en la conducción para atraer, y la pareja Cubarsí-Gerard Martín lo hicieron poco. Que la altura del tercer mediocampista sea más baja para plantear dudas al adversario sobre si salir o quedarse, y Fermín se ubicó demasiado arriba. O introducir jugadores técnicos por dentro para generar superioridades: Lamine se quedó en la banda y la lesión de Espart restó un recurso. Además, el Barça acabó múltiples acciones definitivas (disparo o regate) por el simple hecho de finalizar y sin esperar a tener ventaja para hacerlo. Únicamente seis remates de los 18 intentados contra el Madrid fueron a portería (33%) y solo se computaron ocho regates buenos de 21 intentos (38%). Eso restó pases a las posesiones y, sobre todo, imposibilitó que el bloque se ordenara para ser eficiente en la presión rápida. Un factor que, ante rivales de primer nivel, es peligroso porque tienen calidad para hacer daño en transición. Capítulo aparte para la defensa de la profundidad. Porque no todas las acciones pueden ser defendidas hacia adelante si el pasador no está presionado. De lo contrario, cualquier entrada del adversario es una ocasión de gol. Cuatro de los seis goles encajados en los dos partidos nacen de rupturas desde la segunda línea. El Barça no defendió bien porque no atacó bien. Y no atacó bien porque se precipitó. Lecciones para que el Barça de Flick sea aún mejor.
Los dos últimos resultados pueden ser muy productivos si el equipo aprende las lecciones que han dejado. Sin balón, el Barça llegó tarde a todas las presiones altas. Incluso se mostro inoperativo en lo que siempre ha destacado: la presión inmediata tras perder el balón. Pero como en el fútbol todo está conectado, estos desajustes partieron del juego con balón. Los marcajes individuales en el medio del campo bloquearon al equipo ante el PSG y ante el Madrid. En el clásico, Rodri y Pedri acumularon 26 pérdidas de balón porque recibieron bajo presión y sin líneas de pase. Y las razones fueron de posicionamiento y falta de soluciones. Cuando eso sucede, hay algunas rutinas que realizar: que los centrales asuman más protagonismo en la conducción para atraer, y la pareja Cubarsí-Gerard Martín lo hicieron poco. Que la altura del tercer mediocampista sea más baja para plantear dudas al adversario sobre si salir o quedarse, y Fermín se ubicó demasiado arriba. O introducir jugadores técnicos por dentro para generar superioridades: Lamine se quedó en la banda y la lesión de Espart restó un recurso. Además, el Barça acabó múltiples acciones definitivas (disparo o regate) por el simple hecho de finalizar y sin esperar a tener ventaja para hacerlo. Únicamente seis remates de los 18 intentados contra el Madrid fueron a portería (33%) y solo se computaron ocho regates buenos de 21 intentos (38%). Eso restó pases a las posesiones y, sobre todo, imposibilitó que el bloque se ordenara para ser eficiente en la presión rápida. Un factor que, ante rivales de primer nivel, es peligroso porque tienen calidad para hacer daño en transición. Capítulo aparte para la defensa de la profundidad. Porque no todas las acciones pueden ser defendidas hacia adelante si el pasador no está presionado. De lo contrario, cualquier entrada del adversario es una ocasión de gol. Cuatro de los seis goles encajados en los dos partidos nacen de rupturas desde la segunda línea. El Barça no defendió bien porque no atacó bien. Y no atacó bien porque se precipitó. Lecciones para que el Barça de Flick sea aún mejor.Seguir leyendo…
Los dos últimos resultados pueden ser muy productivos si el equipo aprende las lecciones que han dejado. Sin balón, el Barça llegó tarde a todas las presiones altas. Incluso se mostro inoperativo en lo que siempre ha destacado: la presión inmediata tras perder el balón. Pero como en el fútbol todo está conectado, estos desajustes partieron del juego con balón. Los marcajes individuales en el medio del campo bloquearon al equipo ante el PSG y ante el Madrid. En el clásico, Rodri y Pedri acumularon 26 pérdidas de balón porque recibieron bajo presión y sin líneas de pase. Y las razones fueron de posicionamiento y falta de soluciones. Cuando eso sucede, hay algunas rutinas que realizar: que los centrales asuman más protagonismo en la conducción para atraer, y la pareja Cubarsí-Gerard Martín lo hicieron poco. Que la altura del tercer mediocampista sea más baja para plantear dudas al adversario sobre si salir o quedarse, y Fermín se ubicó demasiado arriba. O introducir jugadores técnicos por dentro para generar superioridades: Lamine se quedó en la banda y la lesión de Espart restó un recurso. Además, el Barça acabó múltiples acciones definitivas (disparo o regate) por el simple hecho de finalizar y sin esperar a tener ventaja para hacerlo. Únicamente seis remates de los 18 intentados contra el Madrid fueron a portería (33%) y solo se computaron ocho regates buenos de 21 intentos (38%). Eso restó pases a las posesiones y, sobre todo, imposibilitó que el bloque se ordenara para ser eficiente en la presión rápida. Un factor que, ante rivales de primer nivel, es peligroso porque tienen calidad para hacer daño en transición. Capítulo aparte para la defensa de la profundidad. Porque no todas las acciones pueden ser defendidas hacia adelante si el pasador no está presionado. De lo contrario, cualquier entrada del adversario es una ocasión de gol. Cuatro de los seis goles encajados en los dos partidos nacen de rupturas desde la segunda línea. El Barça no defendió bien porque no atacó bien. Y no atacó bien porque se precipitó. Lecciones para que el Barça de Flick sea aún mejor.
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