¿Lola Eiffel o Mar Espinilla, cómo prefiere que le llame?, pregunto a la bailarina y coreógrafa vallisoletana mientras nos acomodamos en la terraza de una histórica cafetería de la Plaza Mayor. «Mar solo me llama mi familia», aclara. Su nombre artístico se lo debe a quien fuera su ídolo de pequeña, la carismática Lola Flores, y a su abuelo, exiliado en Francia y un enamorado de uno de los principales símbolos de la ciudad de la luz. Llega a la cita acelerada y con el tiempo justo. Luego acudirá a Aldea de San Miguel, en cuyo espacio cultural La Vaticana ha comenzado una residencia artística que se prolongará durante los próximos tres años. Todavía le cuesta creer que pueda disponer de ese espacio. Lo ve como «una recompensa» al trabajo de tantos años. Allí está ensayando su montaje ‘180836 Bernarda’, que representará el próximo 28 de agosto en la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo. Le hace «especial ilusión» acudir con esta pieza y agradece que el principal mercado para las artes escénicas del noroeste peninsular haya decidido esta edición dar más protagonismo al «talento de casa».¿Qué supone su primera incursión en la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo?Me hace muchísima ilusión porque llevo ya once años aquí y todas las ediciones había enviado algo, pero nunca me cogían nada. He estado dos veces en la feria con otras compañías, pero con la mía, no. Además, es muy especial que vaya con ‘180836 Bernarda’. La obra se estrenó en el Teatro Calderón de Valladolid en la temporada 2023-2024. ¿Cómo llega a la feria?En el Calderón se pudo ver una pieza pequeñita, de unos 35 minutos. Había obtenido una residencia artística en el teatro para crear el espectáculo ‘Vacía’ y Txema Viteri, el anterior director artístico, me propuso hacer un doble programa con ‘Bernarda’, con la que había participado en ‘Territorios de memoria’. Lo uní porque realmente era hablar de donde vengo y de la mujer en que me he convertido.La Feria se inauguró en 2025 con Arvine Danza, otra compañía vallisoletana. ¿Percibe que este tipo de ferias y festivales de verano se van abriendo cada vez más a esta disciplina?Se agradece que la Comunidad empiece a mojarse por el talento de casa, que no nos tengamos que ir fuera. Creo que está muy maltratado y eso no pasa en otras comunidades. Me parece muy bien que la feria haya apostado por mucha gente de casa. También estará Serena Manserra con un nuevo espectáculo, Kike Arias… ¡Olé por la feria!.Sus montajes van más allá de lo puramente estético. En ellos, la reivindicación, el compromiso… están muy presentes.Es porque creo que el arte tiene que alzar la voz. Tener la oportunidad de que la gente te escuche y te tenga como referente es importante para hablar de temas sociales, políticos… Soy de las que piensa que desde que nos levantamos todo lo que hacemos es política. Ahora he empezado a hacer un espectáculo que se llama ‘Eart(h)z’ en una residencia artística en la Casa Vella, en Aldea de Amaiadoso (Orense), con Susana Diez y David Raio, y en ella lo que reivindicamos son los aperos del campo, que es una forma de recuperar la tradición y no perder de donde venimos.Sobre su proceso creativo: «Disfruto desde el momento en que se me ocurre la idea. Es como que me transformara y mi vida entrara en bucle»Vinculada al medio rural está también la residencia artística que acaba de comenzar en la Aldea de San Miguel (Valladolid). ¿Cómo surgió?Fue una casualidad. Me invitó conocer La Vaticana Elena, de la Asociación 50/50 de Portillo, y allí directamente me propuso hacer ‘180836 Bernarda’ en diciembre y ‘El baile de las locas’, la nueva producción que tengo con mis chicas de la compañía de danza teatro amateur, en marzo de 2027. Para mí ha sido un regalo. Si es difícil que los artistas tengamos un lugar de ensayo, en danza aún lo es más. Necesitamos más espacio y económicamente no te puedes permitir estar todo el rato alquilando salas. ¡Ya estaba planeando apartar los muebles de mi casa para poder ensayar! (ríe). Además, creía que iba ser por seis meses o un año, así que cuando me dijeron que era por tres pensé que me había llegado la recompensa al trabajo. Me hace mucha ilusión que sea en un pueblo, porque desde hace tiempo reivindico que la cultura tiene que llegar a esa España vaciada.R. ORTEGA¿Qué proyectos van a ir vinculados a esa residencia artística?Ahora mismo estoy ensayando allí el montaje que va a ir a la feria y la idea es poder llegar a más gente del pueblo con proyectos pequeñitos. Nos tenemos que sentar a hablar del CDC Rural, que va a ser como la extensión que siempre había querido para el décimo aniversario del Contemporary Dance Contest-Festival Internacional de Danza.¿Qué pretende con esa extensión?Seguir atrayendo a compañías importantes y al talento local, y unirlo con la danza inclusiva. Con la CDC hemos traído al CDC a Peeping Tom, Nederland, a la gente del Bolshói… La idea es que la gente de los pueblos pueda ver esa danza que llena teatros a nivel internacional. ¿Cómo es su proceso creativo?Disfruto desde el momento en que se me ocurre la idea. Es como que me trastornara y mi vida entrara en bucle. Lo único que quiero es investigar, leer, estudiar… No voy a decir que no disfruto bailando en un teatro, pero realmente donde me lo paso bien es en el proceso creativo, en el buscar, tirar a la basura, volver a empezar… Casi nunca me inspiro en la danza. Casi siempre parte de una historia, un cuadro, una sensación, una biografía…R. ORTEGA¿Cuándo comenzó a interesarse por la danza?Desde pequeñita quise bailar. Con tres años hice a mis padres llevarme a Madrid y hacerme fotos vestida de flamenca. Mi padre cantaba y me acuerdo que cuando iba a la ‘Cabaña del tío Tom’, que era una tabernilla en La Rondilla, y le escuchaba me ponía a bailar. Mi obsesión siempre fue Lola Flores, y de ahí parte de mi nombre artístico. Siempre lo tuve claro. Llega un momento de su carrera que dejó todo lo que tenía en Valladolid y se marchó a París. ¿Por qué? De pequeña pasaba el verano en Francia con mis abuelos, que eran exiliados, y el choque entonces era increíble. Esa montaña rusa la he necesitado toda mi vida. Cuando me fui tenía aquí ya mi compañía creada, pero pensaba que necesitaba volver a cero, así que me fui, pero con trabajo. Tuve la suerte de poder entrar a trabajar en el equipo nacional de artística para preparar los Juegos Olímpicos y fue genial. Necesitaba crecer artísticamente y aprender, y París me lo permitió. Allí me encontré a gente que me inspiraba muchísimo. Luego me volví porque en Francia te ayudan mucho hasta que tienes 40 o 45 años, pero a partir de esa edad lo que quieren es que seas tú la que enseñes, y ya no tenía tantas oportunidades para bailar, que era lo que quería seguir haciendo.¿Y qué se trajo de París?El no tener miedo a decir las cosas, el trabajo colectivo, la solidaridad, el dar un golpe encima de la mesa si tienes que darlo, el tener que reinventarte todo el tiempo…Echando la vista atrás, ¿se ha convertido en aquello que quería?Estoy muy feliz de lo que he conseguido, pero sobre todo estoy orgullosa de no olvidar de donde vengo, de haber vuelto a mi barrio, de pertenecer a una familia obrera y de haber conseguido las cosas con trabajo, dedicación y esfuerzo. ¿Lola Eiffel o Mar Espinilla, cómo prefiere que le llame?, pregunto a la bailarina y coreógrafa vallisoletana mientras nos acomodamos en la terraza de una histórica cafetería de la Plaza Mayor. «Mar solo me llama mi familia», aclara. Su nombre artístico se lo debe a quien fuera su ídolo de pequeña, la carismática Lola Flores, y a su abuelo, exiliado en Francia y un enamorado de uno de los principales símbolos de la ciudad de la luz. Llega a la cita acelerada y con el tiempo justo. Luego acudirá a Aldea de San Miguel, en cuyo espacio cultural La Vaticana ha comenzado una residencia artística que se prolongará durante los próximos tres años. Todavía le cuesta creer que pueda disponer de ese espacio. Lo ve como «una recompensa» al trabajo de tantos años. Allí está ensayando su montaje ‘180836 Bernarda’, que representará el próximo 28 de agosto en la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo. Le hace «especial ilusión» acudir con esta pieza y agradece que el principal mercado para las artes escénicas del noroeste peninsular haya decidido esta edición dar más protagonismo al «talento de casa».¿Qué supone su primera incursión en la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo?Me hace muchísima ilusión porque llevo ya once años aquí y todas las ediciones había enviado algo, pero nunca me cogían nada. He estado dos veces en la feria con otras compañías, pero con la mía, no. Además, es muy especial que vaya con ‘180836 Bernarda’. La obra se estrenó en el Teatro Calderón de Valladolid en la temporada 2023-2024. ¿Cómo llega a la feria?En el Calderón se pudo ver una pieza pequeñita, de unos 35 minutos. Había obtenido una residencia artística en el teatro para crear el espectáculo ‘Vacía’ y Txema Viteri, el anterior director artístico, me propuso hacer un doble programa con ‘Bernarda’, con la que había participado en ‘Territorios de memoria’. Lo uní porque realmente era hablar de donde vengo y de la mujer en que me he convertido.La Feria se inauguró en 2025 con Arvine Danza, otra compañía vallisoletana. ¿Percibe que este tipo de ferias y festivales de verano se van abriendo cada vez más a esta disciplina?Se agradece que la Comunidad empiece a mojarse por el talento de casa, que no nos tengamos que ir fuera. Creo que está muy maltratado y eso no pasa en otras comunidades. Me parece muy bien que la feria haya apostado por mucha gente de casa. También estará Serena Manserra con un nuevo espectáculo, Kike Arias… ¡Olé por la feria!.Sus montajes van más allá de lo puramente estético. En ellos, la reivindicación, el compromiso… están muy presentes.Es porque creo que el arte tiene que alzar la voz. Tener la oportunidad de que la gente te escuche y te tenga como referente es importante para hablar de temas sociales, políticos… Soy de las que piensa que desde que nos levantamos todo lo que hacemos es política. Ahora he empezado a hacer un espectáculo que se llama ‘Eart(h)z’ en una residencia artística en la Casa Vella, en Aldea de Amaiadoso (Orense), con Susana Diez y David Raio, y en ella lo que reivindicamos son los aperos del campo, que es una forma de recuperar la tradición y no perder de donde venimos.Sobre su proceso creativo: «Disfruto desde el momento en que se me ocurre la idea. Es como que me transformara y mi vida entrara en bucle»Vinculada al medio rural está también la residencia artística que acaba de comenzar en la Aldea de San Miguel (Valladolid). ¿Cómo surgió?Fue una casualidad. Me invitó conocer La Vaticana Elena, de la Asociación 50/50 de Portillo, y allí directamente me propuso hacer ‘180836 Bernarda’ en diciembre y ‘El baile de las locas’, la nueva producción que tengo con mis chicas de la compañía de danza teatro amateur, en marzo de 2027. Para mí ha sido un regalo. Si es difícil que los artistas tengamos un lugar de ensayo, en danza aún lo es más. Necesitamos más espacio y económicamente no te puedes permitir estar todo el rato alquilando salas. ¡Ya estaba planeando apartar los muebles de mi casa para poder ensayar! (ríe). Además, creía que iba ser por seis meses o un año, así que cuando me dijeron que era por tres pensé que me había llegado la recompensa al trabajo. Me hace mucha ilusión que sea en un pueblo, porque desde hace tiempo reivindico que la cultura tiene que llegar a esa España vaciada.R. ORTEGA¿Qué proyectos van a ir vinculados a esa residencia artística?Ahora mismo estoy ensayando allí el montaje que va a ir a la feria y la idea es poder llegar a más gente del pueblo con proyectos pequeñitos. Nos tenemos que sentar a hablar del CDC Rural, que va a ser como la extensión que siempre había querido para el décimo aniversario del Contemporary Dance Contest-Festival Internacional de Danza.¿Qué pretende con esa extensión?Seguir atrayendo a compañías importantes y al talento local, y unirlo con la danza inclusiva. Con la CDC hemos traído al CDC a Peeping Tom, Nederland, a la gente del Bolshói… La idea es que la gente de los pueblos pueda ver esa danza que llena teatros a nivel internacional. ¿Cómo es su proceso creativo?Disfruto desde el momento en que se me ocurre la idea. Es como que me trastornara y mi vida entrara en bucle. Lo único que quiero es investigar, leer, estudiar… No voy a decir que no disfruto bailando en un teatro, pero realmente donde me lo paso bien es en el proceso creativo, en el buscar, tirar a la basura, volver a empezar… Casi nunca me inspiro en la danza. Casi siempre parte de una historia, un cuadro, una sensación, una biografía…R. ORTEGA¿Cuándo comenzó a interesarse por la danza?Desde pequeñita quise bailar. Con tres años hice a mis padres llevarme a Madrid y hacerme fotos vestida de flamenca. Mi padre cantaba y me acuerdo que cuando iba a la ‘Cabaña del tío Tom’, que era una tabernilla en La Rondilla, y le escuchaba me ponía a bailar. Mi obsesión siempre fue Lola Flores, y de ahí parte de mi nombre artístico. Siempre lo tuve claro. Llega un momento de su carrera que dejó todo lo que tenía en Valladolid y se marchó a París. ¿Por qué? De pequeña pasaba el verano en Francia con mis abuelos, que eran exiliados, y el choque entonces era increíble. Esa montaña rusa la he necesitado toda mi vida. Cuando me fui tenía aquí ya mi compañía creada, pero pensaba que necesitaba volver a cero, así que me fui, pero con trabajo. Tuve la suerte de poder entrar a trabajar en el equipo nacional de artística para preparar los Juegos Olímpicos y fue genial. Necesitaba crecer artísticamente y aprender, y París me lo permitió. Allí me encontré a gente que me inspiraba muchísimo. Luego me volví porque en Francia te ayudan mucho hasta que tienes 40 o 45 años, pero a partir de esa edad lo que quieren es que seas tú la que enseñes, y ya no tenía tantas oportunidades para bailar, que era lo que quería seguir haciendo.¿Y qué se trajo de París?El no tener miedo a decir las cosas, el trabajo colectivo, la solidaridad, el dar un golpe encima de la mesa si tienes que darlo, el tener que reinventarte todo el tiempo…Echando la vista atrás, ¿se ha convertido en aquello que quería?Estoy muy feliz de lo que he conseguido, pero sobre todo estoy orgullosa de no olvidar de donde vengo, de haber vuelto a mi barrio, de pertenecer a una familia obrera y de haber conseguido las cosas con trabajo, dedicación y esfuerzo.
¿Lola Eiffel o Mar Espinilla, cómo prefiere que le llame?, pregunto a la bailarina y coreógrafa vallisoletana mientras nos acomodamos en la terraza de una histórica cafetería de la Plaza Mayor. «Mar solo me llama mi familia», aclara. Su nombre artístico se lo debe … a quien fuera su ídolo de pequeña, la carismática Lola Flores, y a su abuelo, exiliado en Francia y un enamorado de uno de los principales símbolos de la ciudad de la luz. Llega a la cita acelerada y con el tiempo justo. Luego acudirá a Aldea de San Miguel, en cuyo espacio cultural La Vaticana ha comenzado una residencia artística que se prolongará durante los próximos tres años. Todavía le cuesta creer que pueda disponer de ese espacio. Lo ve como «una recompensa» al trabajo de tantos años. Allí está ensayando su montaje ‘180836 Bernarda’, que representará el próximo 28 de agosto en la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo. Le hace «especial ilusión» acudir con esta pieza y agradece que el principal mercado para las artes escénicas del noroeste peninsular haya decidido esta edición dar más protagonismo al «talento de casa».
¿Qué supone su primera incursión en la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo?
Me hace muchísima ilusión porque llevo ya once años aquí y todas las ediciones había enviado algo, pero nunca me cogían nada. He estado dos veces en la feria con otras compañías, pero con la mía, no. Además, es muy especial que vaya con ‘180836 Bernarda’.
La obra se estrenó en el Teatro Calderón de Valladolid en la temporada 2023-2024. ¿Cómo llega a la feria?
En el Calderón se pudo ver una pieza pequeñita, de unos 35 minutos. Había obtenido una residencia artística en el teatro para crear el espectáculo ‘Vacía’ y Txema Viteri, el anterior director artístico, me propuso hacer un doble programa con ‘Bernarda’, con la que había participado en ‘Territorios de memoria’. Lo uní porque realmente era hablar de donde vengo y de la mujer en que me he convertido.
La Feria se inauguró en 2025 con Arvine Danza, otra compañía vallisoletana. ¿Percibe que este tipo de ferias y festivales de verano se van abriendo cada vez más a esta disciplina?
Se agradece que la Comunidad empiece a mojarse por el talento de casa, que no nos tengamos que ir fuera. Creo que está muy maltratado y eso no pasa en otras comunidades. Me parece muy bien que la feria haya apostado por mucha gente de casa. También estará Serena Manserra con un nuevo espectáculo, Kike Arias… ¡Olé por la feria!.
Sus montajes van más allá de lo puramente estético. En ellos, la reivindicación, el compromiso… están muy presentes.
Es porque creo que el arte tiene que alzar la voz. Tener la oportunidad de que la gente te escuche y te tenga como referente es importante para hablar de temas sociales, políticos… Soy de las que piensa que desde que nos levantamos todo lo que hacemos es política. Ahora he empezado a hacer un espectáculo que se llama ‘Eart(h)z’ en una residencia artística en la Casa Vella, en Aldea de Amaiadoso (Orense), con Susana Diez y David Raio, y en ella lo que reivindicamos son los aperos del campo, que es una forma de recuperar la tradición y no perder de donde venimos.
Sobre su proceso creativo: «Disfruto desde el momento en que se me ocurre la idea. Es como que me transformara y mi vida entrara en bucle»
Vinculada al medio rural está también la residencia artística que acaba de comenzar en la Aldea de San Miguel (Valladolid). ¿Cómo surgió?
Fue una casualidad. Me invitó conocer La Vaticana Elena, de la Asociación 50/50 de Portillo, y allí directamente me propuso hacer ‘180836 Bernarda’ en diciembre y ‘El baile de las locas’, la nueva producción que tengo con mis chicas de la compañía de danza teatro amateur, en marzo de 2027. Para mí ha sido un regalo. Si es difícil que los artistas tengamos un lugar de ensayo, en danza aún lo es más. Necesitamos más espacio y económicamente no te puedes permitir estar todo el rato alquilando salas. ¡Ya estaba planeando apartar los muebles de mi casa para poder ensayar! (ríe). Además, creía que iba ser por seis meses o un año, así que cuando me dijeron que era por tres pensé que me había llegado la recompensa al trabajo. Me hace mucha ilusión que sea en un pueblo, porque desde hace tiempo reivindico que la cultura tiene que llegar a esa España vaciada.

¿Qué proyectos van a ir vinculados a esa residencia artística?
Ahora mismo estoy ensayando allí el montaje que va a ir a la feria y la idea es poder llegar a más gente del pueblo con proyectos pequeñitos. Nos tenemos que sentar a hablar del CDC Rural, que va a ser como la extensión que siempre había querido para el décimo aniversario del Contemporary Dance Contest-Festival Internacional de Danza.
¿Qué pretende con esa extensión?
Seguir atrayendo a compañías importantes y al talento local, y unirlo con la danza inclusiva. Con la CDC hemos traído al CDC a Peeping Tom, Nederland, a la gente del Bolshói… La idea es que la gente de los pueblos pueda ver esa danza que llena teatros a nivel internacional.
¿Cómo es su proceso creativo?
Disfruto desde el momento en que se me ocurre la idea. Es como que me trastornara y mi vida entrara en bucle. Lo único que quiero es investigar, leer, estudiar… No voy a decir que no disfruto bailando en un teatro, pero realmente donde me lo paso bien es en el proceso creativo, en el buscar, tirar a la basura, volver a empezar… Casi nunca me inspiro en la danza. Casi siempre parte de una historia, un cuadro, una sensación, una biografía…

¿Cuándo comenzó a interesarse por la danza?
Desde pequeñita quise bailar. Con tres años hice a mis padres llevarme a Madrid y hacerme fotos vestida de flamenca. Mi padre cantaba y me acuerdo que cuando iba a la ‘Cabaña del tío Tom’, que era una tabernilla en La Rondilla, y le escuchaba me ponía a bailar. Mi obsesión siempre fue Lola Flores, y de ahí parte de mi nombre artístico. Siempre lo tuve claro.
Llega un momento de su carrera que dejó todo lo que tenía en Valladolid y se marchó a París. ¿Por qué?
De pequeña pasaba el verano en Francia con mis abuelos, que eran exiliados, y el choque entonces era increíble. Esa montaña rusa la he necesitado toda mi vida. Cuando me fui tenía aquí ya mi compañía creada, pero pensaba que necesitaba volver a cero, así que me fui, pero con trabajo. Tuve la suerte de poder entrar a trabajar en el equipo nacional de artística para preparar los Juegos Olímpicos y fue genial. Necesitaba crecer artísticamente y aprender, y París me lo permitió. Allí me encontré a gente que me inspiraba muchísimo. Luego me volví porque en Francia te ayudan mucho hasta que tienes 40 o 45 años, pero a partir de esa edad lo que quieren es que seas tú la que enseñes, y ya no tenía tantas oportunidades para bailar, que era lo que quería seguir haciendo.
¿Y qué se trajo de París?
El no tener miedo a decir las cosas, el trabajo colectivo, la solidaridad, el dar un golpe encima de la mesa si tienes que darlo, el tener que reinventarte todo el tiempo…
Echando la vista atrás, ¿se ha convertido en aquello que quería?
Estoy muy feliz de lo que he conseguido, pero sobre todo estoy orgullosa de no olvidar de donde vengo, de haber vuelto a mi barrio, de pertenecer a una familia obrera y de haber conseguido las cosas con trabajo, dedicación y esfuerzo.
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