Esta tenía que ser una semana grande en Riad.
La petromonarquía no consigue garantizar la seguridad de sus infraestructuras críticas pese a su superioridad militar
Esta tenía que ser una semana grande en Riad.
La capital saudí alberga hasta el jueves la 25.ª edición del Congreso de Energía del Consejo Mundial del Petróleo (WPC, por sus siglas en inglés), la cita itinerante que cada tres años reúne a los principales ejecutivos y autoridades del sector petrolero. Un escaparate internacional de primer nivel que, a su vez, tenía que servir de aperitivo de la Iniciativa de Inversión de Futuro, el foro anual organizado por la monarquía saudí que, a finales de mes, reunirá a la flor y nata de las finanzas internacionales –de ahí que también se le conozca como el “Davos del desierto”–.
Pero las cosas no siempre salen como están previstas.
Riad acapara titulares en prensa estos días, sí, pero por un motivo muy distinto: su aeropuerto principal –el Rey Khalid, por donde el año pasado transitaron casi 41 millones de pasajeros– se ha convertido en un escenario más de la guerra que el Gobierno saudí mantiene con la milicia hutí de Yemen. La semana pasada se registraron al menos cuatro ataques contra el aeródromo. El más mortífero tuvo lugar el domingo, con al menos una docena de muertos y más de 300 heridos. Cifras no vistas desde el 2015, cuando Estado Islámico causó una masacre en una mezquita de la ciudad sureña de Abha.
Ante este panorama, compañías como Lufthansa, Air France y KLM ya han cancelado todos los vuelos que tenían programados para los próximos días con origen y destino a la capital saudí, mientras que EE.UU. recomienda a sus ciudadanos evitar los desplazamientos a Arabia Saudí. Volar a Riad se ha vuelto una actividad de alto riesgo, cuando no directamente imposible –el aeropuerto permanece cerrado desde el domingo, cuando se produjo el último ataque, que dejó un muerto–, y eso se ha dejado notar en el congreso del WPC: ayer se supo que los máximos representantes de las petroleras ExxonMobil, TotalEnergies, Shell, Chevron y BP no acudirán a la cita. El ministro de Energía saudí, Abdulaziz bin Salman, reconocía en la sesión inaugural del evento que el momento era delicado: “Nuestra presencia aquí no significa que el riesgo haya desaparecido”, dijo.
Todo un golpe para un país que, desde hace años, figura entre los diez estados que más invierten en defensa del mundo. Solo el año pasado, Arabia Saudí destinó unos 83.100 millones de dólares a gasto militar, lo que equivale al 6,5% de su PIB, según datos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo. La mayoría de ese dinero va directo a los bolsillos de EE.UU., su principal proveedor de armamento. Washington proporciona a Riad la tecnología más avanzada. Incluso ha accedido a venderle sus codiciados cazas F-35, a los que hasta ahora solo tenía acceso Israel: el mes pasado, acordó entregarle 48 aviones a cambio de 24.300 millones de dólares.
Pero ese derroche bélico no ha servido para garantizar la seguridad del territorio saudí. En las últimas semanas, los drones y misiles hutíes han alcanzado una y otra vez objetivos sensibles, como refinerías y bases militares, dejando al descubierto las carencias del que supuestamente es uno de los ejércitos más poderosos de Oriente Medio.
La guerra de Irán ha hecho mella en la capacidad defensiva de Riad: faltan municiones antiaéreas
A pesar de disponer de los radares y sistemas de defensa aérea más sofisticados, las autoridades saudíes han sido incapaces de anticiparse a ataques como los del pasado fin de semana en Riad. Los analistas no acaban de dilucidar a qué obedece esa falta de reflejos, aunque la clave podría estar en la escasez de interceptores provocada por la guerra de Irán.
Según publicaba ayer el Wall Street Journal, oficiales saudíes reconocen que se están quedando sin munición antimisiles y que no dan abasto para proteger todo el territorio. La situación es tan precaria que, según estas fuentes, el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, se ha visto obligado a moverse de búnker en búnker, acompañado por guardaespaldas cuidadosamente elegidos.
El problema para Arabia Saudí es que no tiene una salida fácil para esta crisis. Riad puede optar por una escalada en Yemen, donde ya está combatiendo a los hutíes de la mano del Gobierno oficial, pero eso no garantiza la claudicación de los rebeldes respaldados por Irán, que con toda seguridad responderían con una intensificación de los ataques contra las infraestructuras saudíes. La otra opción es llegar a un acuerdo con los insurgentes, pero eso podría obligar a hacer dolorosas concesiones y dar pie a futuros chantajes. La encrucijada, pues, es diabólica para la petromonarquía, abandonada además a su suerte por unos EE.UU. que no quieren inmiscuirse en el conflicto.
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