Llevamos poco más de medio verano y se nos están quemando los montes. Y no es nuevo. A lo largo de los últimos años vamos superando todos los registros en superficie afectada , a la par que se establecen nuevos máximos en las variables meteorológicas que afectan a la evolución de los incendios: las temperaturas son cada vez más altas y, como consecuencia, la vegetación sufre contenidos de humedad extraordinariamente bajos, sin recuperación nocturna, generando una disponibilidad absoluta en caso de ignición. Basta una chispa para generar llama. Si le sumamos vientos más intensos y variables de lo habitual, encontramos la realidad de lo que estamos viviendo: incendios tremendamente voraces, de gran intensidad y velocidad de propagación, muy difíciles de gestionar desde la dirección de extinción. Para completar el panorama, añadimos un medio rural abandonado, con escasa y muy poca actividad en el territorio y un urbanismo irresponsable que ha facilitado la dispersión de edificaciones por el monte y así completamos todas las piezas que hacen de un incendio una enorme emergencia de protección civil.Y ahora, en mitad de la campaña, es momento de empezar a reflexionar sobre lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo y lo que debemos hacer, porque en cuanto el humo se disipe, otros asuntos ocuparán la actualidad.Es la hora de tratar de anticiparnos al problema.Llevamos muchos siglos sufriendo incendios (un aspecto muy importante de la historia forestal de nuestro país) y muchas décadas apagándolos, mejorando operativos y tratando de llevar a cabo una insuficiente prevención por falta de inversión. Y también llevamos unos cuantos años enrocados en la famosa frase «los incendios se apagan en invierno», que esconde en su brevedad y contundencia un mensaje claro: hay que hacer trabajos de prevención para evitar que esto ocurra. Hay que hacer gestión forestal.No seré yo quien diga que esto no es cierto, porque bien necesaria es la labor preventiva en nuestros bosques, pero ¡cuánta superficie forestal perfectamente gestionada no se han llevado por delante los incendios del último lustro! Dicho claramente: Lo que estamos haciendo no es suficiente.Lo que afirmo con contundencia es que hacen falta muchas más herramientas para tratar de ponernos por delante del problema, es decir, para tener una oportunidad de enfrentarnos a incendios de decenas de miles de hectáreas quemadas un año tras otro. Porque si algo está claro, es que el clima cada vez nos lo va a poner más difícil.Por los puestos de mando avanzado de los grandes incendios de nuestro país han pasado autoridades de todas las administraciones y de distinto signo político. Sin excepción, han mostrado su solidaridad con los afectados, se han hecho eco del drama social y ecológico y han prometido medidas para paliar los daños y las pérdidas.A todos ellos les propongo que, por una vez, además de hablar de millones de euros para la reconstrucción, empecemos a hablar de planificación e inversiones para adelantarnos al problema. Para empezar a hacer todo lo que está en nuestra mano para que no vuelva a ocurrir.Los técnicos que trabajamos en los montes y en los incendios sabemos bien lo que se necesita para gestionar el territorio desde el punto de vista de la prevención. Entre otras, por ejemplo, cambios normativos que faciliten la gestión integral del territorio. Los incendios no distinguen de propiedad. Dos terceras partes del territorio forestal de nuestro país es de titularidad privada, con carácter general, muy poco atendido y muy escasa gestión, sin ayudas ni incentivos suficientes para sus propietarios. Y para diseñar una completa red de infraestructuras de defensa que dé una oportunidad de intervención en la extinción, es preciso gestionar el territorio en su conjunto y no solo en terrenos de propiedad pública. Es necesario fomentar la responsabilidad social . Los medios públicos de extinción no pueden llegar inmediata y contundentemente hasta el último rincón de nuestro territorio. Es preciso un necesario ejercicio de percepción del riesgo individual y colectivo y contundentes medidas de autoprotección, con especial énfasis en el interfaz urbano forestal, en donde perímetros de defensa, planificados y mantenidos, impidan que el avance de las llamas pueda afectar las edificaciones, permitiendo a los medios de extinción forestales dedicarse a apagar las llamas en los montes, sabiendo que las poblaciones están relativamente seguras.Hace falta conciencia social. Más del 90% de los incendios son provocados por acciones humanas. Por eso, tenemos que ser conscientes del riesgo que supone en verano realizar determinadas actividades y, en su caso, limitarlas o paralizarlas. Y hace falta inversión. Los montes proporcionan muchos bienes materiales e inmateriales a nuestra sociedad y ésta los disfruta y los valora, desgraciadamente más aún cuando los pierde, víctima de las llamas. Y no reciben la inversión necesaria para su defensa. Ni los públicos ni mucho menos los privados.Y por eso tenemos que intentar anticiparnos al problema. Los incendios no se apagan solo en invierno, se apagan durante todo el año. Y se apagan en las Cortes del Estado y Regionales, en los Plenos de los Ayuntamientos y Diputaciones y también en casa de todos nosotros. Se apagan con normativa específica, con organización, coordinación, trabajo, inteligencia e inversión. La sociedad nos está exigiendo soluciones y la respuesta no solo es podar, clarear o desbrozar una porción infinitesimal de nuestros bosques. Tampoco es tener un helicóptero o una brigada de extinción más. Es una solución mucho más compleja, pero entre todos sabremos enfocar el problema y encontrar soluciones. ¿Hacen falta más megaincendios para que nos pongamos a la obra?Ángel Iglesias Ranz Dr. Ingeniero de Montes Llevamos poco más de medio verano y se nos están quemando los montes. Y no es nuevo. A lo largo de los últimos años vamos superando todos los registros en superficie afectada , a la par que se establecen nuevos máximos en las variables meteorológicas que afectan a la evolución de los incendios: las temperaturas son cada vez más altas y, como consecuencia, la vegetación sufre contenidos de humedad extraordinariamente bajos, sin recuperación nocturna, generando una disponibilidad absoluta en caso de ignición. Basta una chispa para generar llama. Si le sumamos vientos más intensos y variables de lo habitual, encontramos la realidad de lo que estamos viviendo: incendios tremendamente voraces, de gran intensidad y velocidad de propagación, muy difíciles de gestionar desde la dirección de extinción. Para completar el panorama, añadimos un medio rural abandonado, con escasa y muy poca actividad en el territorio y un urbanismo irresponsable que ha facilitado la dispersión de edificaciones por el monte y así completamos todas las piezas que hacen de un incendio una enorme emergencia de protección civil.Y ahora, en mitad de la campaña, es momento de empezar a reflexionar sobre lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo y lo que debemos hacer, porque en cuanto el humo se disipe, otros asuntos ocuparán la actualidad.Es la hora de tratar de anticiparnos al problema.Llevamos muchos siglos sufriendo incendios (un aspecto muy importante de la historia forestal de nuestro país) y muchas décadas apagándolos, mejorando operativos y tratando de llevar a cabo una insuficiente prevención por falta de inversión. Y también llevamos unos cuantos años enrocados en la famosa frase «los incendios se apagan en invierno», que esconde en su brevedad y contundencia un mensaje claro: hay que hacer trabajos de prevención para evitar que esto ocurra. Hay que hacer gestión forestal.No seré yo quien diga que esto no es cierto, porque bien necesaria es la labor preventiva en nuestros bosques, pero ¡cuánta superficie forestal perfectamente gestionada no se han llevado por delante los incendios del último lustro! Dicho claramente: Lo que estamos haciendo no es suficiente.Lo que afirmo con contundencia es que hacen falta muchas más herramientas para tratar de ponernos por delante del problema, es decir, para tener una oportunidad de enfrentarnos a incendios de decenas de miles de hectáreas quemadas un año tras otro. Porque si algo está claro, es que el clima cada vez nos lo va a poner más difícil.Por los puestos de mando avanzado de los grandes incendios de nuestro país han pasado autoridades de todas las administraciones y de distinto signo político. Sin excepción, han mostrado su solidaridad con los afectados, se han hecho eco del drama social y ecológico y han prometido medidas para paliar los daños y las pérdidas.A todos ellos les propongo que, por una vez, además de hablar de millones de euros para la reconstrucción, empecemos a hablar de planificación e inversiones para adelantarnos al problema. Para empezar a hacer todo lo que está en nuestra mano para que no vuelva a ocurrir.Los técnicos que trabajamos en los montes y en los incendios sabemos bien lo que se necesita para gestionar el territorio desde el punto de vista de la prevención. Entre otras, por ejemplo, cambios normativos que faciliten la gestión integral del territorio. Los incendios no distinguen de propiedad. Dos terceras partes del territorio forestal de nuestro país es de titularidad privada, con carácter general, muy poco atendido y muy escasa gestión, sin ayudas ni incentivos suficientes para sus propietarios. Y para diseñar una completa red de infraestructuras de defensa que dé una oportunidad de intervención en la extinción, es preciso gestionar el territorio en su conjunto y no solo en terrenos de propiedad pública. Es necesario fomentar la responsabilidad social . Los medios públicos de extinción no pueden llegar inmediata y contundentemente hasta el último rincón de nuestro territorio. Es preciso un necesario ejercicio de percepción del riesgo individual y colectivo y contundentes medidas de autoprotección, con especial énfasis en el interfaz urbano forestal, en donde perímetros de defensa, planificados y mantenidos, impidan que el avance de las llamas pueda afectar las edificaciones, permitiendo a los medios de extinción forestales dedicarse a apagar las llamas en los montes, sabiendo que las poblaciones están relativamente seguras.Hace falta conciencia social. Más del 90% de los incendios son provocados por acciones humanas. Por eso, tenemos que ser conscientes del riesgo que supone en verano realizar determinadas actividades y, en su caso, limitarlas o paralizarlas. Y hace falta inversión. Los montes proporcionan muchos bienes materiales e inmateriales a nuestra sociedad y ésta los disfruta y los valora, desgraciadamente más aún cuando los pierde, víctima de las llamas. Y no reciben la inversión necesaria para su defensa. Ni los públicos ni mucho menos los privados.Y por eso tenemos que intentar anticiparnos al problema. Los incendios no se apagan solo en invierno, se apagan durante todo el año. Y se apagan en las Cortes del Estado y Regionales, en los Plenos de los Ayuntamientos y Diputaciones y también en casa de todos nosotros. Se apagan con normativa específica, con organización, coordinación, trabajo, inteligencia e inversión. La sociedad nos está exigiendo soluciones y la respuesta no solo es podar, clarear o desbrozar una porción infinitesimal de nuestros bosques. Tampoco es tener un helicóptero o una brigada de extinción más. Es una solución mucho más compleja, pero entre todos sabremos enfocar el problema y encontrar soluciones. ¿Hacen falta más megaincendios para que nos pongamos a la obra?Ángel Iglesias Ranz Dr. Ingeniero de Montes
Llevamos poco más de medio verano y se nos están quemando los montes. Y no es nuevo. A lo largo de los últimos años vamos superando todos los registros en superficie afectada, a la par que se establecen nuevos máximos en las variables meteorológicas … que afectan a la evolución de los incendios: las temperaturas son cada vez más altas y, como consecuencia, la vegetación sufre contenidos de humedad extraordinariamente bajos, sin recuperación nocturna, generando una disponibilidad absoluta en caso de ignición. Basta una chispa para generar llama. Si le sumamos vientos más intensos y variables de lo habitual, encontramos la realidad de lo que estamos viviendo: incendios tremendamente voraces, de gran intensidad y velocidad de propagación, muy difíciles de gestionar desde la dirección de extinción. Para completar el panorama, añadimos un medio rural abandonado, con escasa y muy poca actividad en el territorio y un urbanismo irresponsable que ha facilitado la dispersión de edificaciones por el monte y así completamos todas las piezas que hacen de un incendio una enorme emergencia de protección civil.
Y ahora, en mitad de la campaña, es momento de empezar a reflexionar sobre lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo y lo que debemos hacer, porque en cuanto el humo se disipe, otros asuntos ocuparán la actualidad.
Es la hora de tratar de anticiparnos al problema.
Llevamos muchos siglos sufriendo incendios (un aspecto muy importante de la historia forestal de nuestro país) y muchas décadas apagándolos, mejorando operativos y tratando de llevar a cabo una insuficiente prevención por falta de inversión. Y también llevamos unos cuantos años enrocados en la famosa frase «los incendios se apagan en invierno», que esconde en su brevedad y contundencia un mensaje claro: hay que hacer trabajos de prevención para evitar que esto ocurra. Hay que hacer gestión forestal.
No seré yo quien diga que esto no es cierto, porque bien necesaria es la labor preventiva en nuestros bosques, pero ¡cuánta superficie forestal perfectamente gestionada no se han llevado por delante los incendios del último lustro! Dicho claramente: Lo que estamos haciendo no es suficiente.
Lo que afirmo con contundencia es que hacen falta muchas más herramientas para tratar de ponernos por delante del problema, es decir, para tener una oportunidad de enfrentarnos a incendios de decenas de miles de hectáreas quemadas un año tras otro. Porque si algo está claro, es que el clima cada vez nos lo va a poner más difícil.
Por los puestos de mando avanzado de los grandes incendios de nuestro país han pasado autoridades de todas las administraciones y de distinto signo político. Sin excepción, han mostrado su solidaridad con los afectados, se han hecho eco del drama social y ecológico y han prometido medidas para paliar los daños y las pérdidas.
A todos ellos les propongo que, por una vez, además de hablar de millones de euros para la reconstrucción, empecemos a hablar de planificación e inversiones para adelantarnos al problema. Para empezar a hacer todo lo que está en nuestra mano para que no vuelva a ocurrir.
Los técnicos que trabajamos en los montes y en los incendios sabemos bien lo que se necesita para gestionar el territorio desde el punto de vista de la prevención.
Entre otras, por ejemplo, cambios normativos que faciliten la gestión integral del territorio. Los incendios no distinguen de propiedad. Dos terceras partes del territorio forestal de nuestro país es de titularidad privada, con carácter general, muy poco atendido y muy escasa gestión, sin ayudas ni incentivos suficientes para sus propietarios. Y para diseñar una completa red de infraestructuras de defensa que dé una oportunidad de intervención en la extinción, es preciso gestionar el territorio en su conjunto y no solo en terrenos de propiedad pública.
Es necesario fomentar la responsabilidad social. Los medios públicos de extinción no pueden llegar inmediata y contundentemente hasta el último rincón de nuestro territorio. Es preciso un necesario ejercicio de percepción del riesgo individual y colectivo y contundentes medidas de autoprotección, con especial énfasis en el interfaz urbano forestal, en donde perímetros de defensa, planificados y mantenidos, impidan que el avance de las llamas pueda afectar las edificaciones, permitiendo a los medios de extinción forestales dedicarse a apagar las llamas en los montes, sabiendo que las poblaciones están relativamente seguras.
Hace falta conciencia social. Más del 90% de los incendios son provocados por acciones humanas. Por eso, tenemos que ser conscientes del riesgo que supone en verano realizar determinadas actividades y, en su caso, limitarlas o paralizarlas.
Y hace falta inversión. Los montes proporcionan muchos bienes materiales e inmateriales a nuestra sociedad y ésta los disfruta y los valora, desgraciadamente más aún cuando los pierde, víctima de las llamas. Y no reciben la inversión necesaria para su defensa. Ni los públicos ni mucho menos los privados.
Y por eso tenemos que intentar anticiparnos al problema. Los incendios no se apagan solo en invierno, se apagan durante todo el año. Y se apagan en las Cortes del Estado y Regionales, en los Plenos de los Ayuntamientos y Diputaciones y también en casa de todos nosotros. Se apagan con normativa específica, con organización, coordinación, trabajo, inteligencia e inversión. La sociedad nos está exigiendo soluciones y la respuesta no solo es podar, clarear o desbrozar una porción infinitesimal de nuestros bosques. Tampoco es tener un helicóptero o una brigada de extinción más. Es una solución mucho más compleja, pero entre todos sabremos enfocar el problema y encontrar soluciones.
¿Hacen falta más megaincendios para que nos pongamos a la obra?
Ángel Iglesias Ranz
Dr. Ingeniero de Montes
RSS de noticias de sociedad
